lo que no sale en las fotos #8
Terminamos escribiendo una lista. No porque Adrián lo considerara necesario. La lista fue idea mía. Por supuesto. Cogí una hoja de mi libreta, dibujé una línea en el centro y escribí en la parte superior:
Adrián la leyó al revés desde el otro lado de la mesa.
—Parece el nombre de una misión militar.
—Es que no conoces a mi tía Pilar.
Empecé a anotar datos. Cuánto tiempo llevábamos supuestamente juntos, dónde nos habíamos conocido, qué cosas sabía él de mí y cuáles sabía yo de él.
A los pocos minutos descubrimos que nuestro principal problema no era inventarnos una relación.
Era que apenas nos conocíamos. Sabía que Adrián tenía treinta años, era fotógrafo y vivía en Valencia.
También sabía que le gustaba llevarme la contraria y que tenía una sonrisa bastante peligrosa.
Eso último no lo apunté. Él, por su parte, sabía que yo tenía veintiocho años, organizaba eventos y consideraba que llegar ocho minutos tarde constituía una falta grave de respeto a la humanidad.
—¿Tienes hermanos? —pregunté.
—Una hermana mayor. Se llama Irene.
Lo anoté.
—¿Y tus padres?.
—Miguel y Teresa.
—Vale.
—¿Los tuyos?
—Antonio y Carmen. Mi hermana, Alicia. Y mi tía Pilar, que es la que más miedo debería darte.
Adrián sonrio mientras me observaba escribir.
—¿Siempre tomas apuntes cuando conoces a alguien?
—Solo cuando estoy preparando una estafa sentimental.
Se echó a reír.
Continuamos. Descubrí que odiaba las aceitunas rellenas de anchoa, que le gustaba conducir sin música cuando necesitaba pensar y que había estudiado Comunicación Audiovisual antes de especializarse en fotografía.
Él descubrio que yo tenía una hermana pequeña, que me encantaban las películas románticas aunque fingiera que me parecían previsibles y que era incapaz de dormir si había un armario abierto.
—Eso último es preocupante —comentó.
—Es una cuestión de seguridad.
—¿Qué crees que va a salir del armario?.
—No lo sé. Precisamente por eso lo cierro.
Adrián se rio. No una carcajada exagerada. Una risa auténtica. Y me sorprendió lo agradable que resultaba escucharla cuando no estaba dirigida contra mí.
Seguimos hablando hasta que la camarera empezó a recoger las mesas cercanas.
Aquel hombre, al que tres meses atrás había descartado como una cita desastrosa, resultaba bastante más fácil de tratar cuando ninguno intentaba demostrar que era mejor que el otro.
Me habló de sus primeros trabajos como fotógrafo, de una boda en la que un perro había salido corriendo con un zapato de la novia y de las veces que su madre le preguntaba cuándo iba a sentar la cabeza.
—¿Ves? —le dije —Todas las madres son iguales.
—La mía todavía cree que debería opositar.
—¿A qué?
—No lo tiene decidido. Le basta con que tenga una plaza fija.
Me reí.
Adrián apoyó la barbilla sobre una mano y me observó con una expresión que no supe interpretar.
—¿Qué?— pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Solo estaba pensando que te ríes bastante cuando no estás enfadada conmigo.
Sentí un calor inesperado en las mejillas. Y eso sí que me molestó. Porque yo no me sonrojaba. O al menos no solía hacerlo delante de hombres que no me importaban.
—Pues procura no darme motivos para enfadarme —respondí.
Adrián sonrio.
—Lo intentaré.
Miré la hora. Eran casi las cuatro. Llevábamos más de dos horas sentados en aquella cafetería.
Dos horas que habían empezado hablando de iluminación para una boda y habían terminado con una lista de datos personales destinada a convencer a mi familia de que estábamos enamorados.
Mi vida empezaba a parecer una comedia romántica escrita por alguien que había dormido muy poco.
—Tengo que irme —anuncié.
Adrián miró su reloj.
—Yo también.
Recogimos nuestras cosas. Antes de levantarnos, volví a mirar la hoja. Habíamos anotado nombres, edades, profesiones, gustos y algunas anécdotas que podríamos utilizar durante la cena. Pero faltaba algo importante.
—Espera.
Adrián se detuvo.
—¿Qué pasa?
—Tenemos que decidir qué hacemos si mi madre espera que nos demos un beso.
La sonrisa que apareció en su cara fue lenta. Demasiado lenta.
—¿Y qué propones?
Aparté la mirada.
—No lo sé. Podemos evitarlo.
—¿Cómo?
—Manteniendo una distancia prudencial.
—Somos pareja, Julia.
—De mentira.
—Tu madre no lo sabe.
Lo fulminé con los ojos.
Adrián parecía estar disfrutando muchísimo de aquella conversación.
—Podemos cogernos de la mano —concedí.
—Qué generosa.
—Y quizá algún abrazo.
—Me siento privilegiado.
—Pero nada de besos.
Adrián ladeó la cabeza.
—¿Ni uno en la mejilla?
Lo pensé.
—En la mejilla sí.
Asintió con una seriedad que no me creí ni un segundo.
—Perfecto. ¿Algo más?
—Nada de llamarme cariñito.
Soltó una carcajada.
—No pensaba hacerlo.
—Ni princesa.
—Tampoco.
—Ni gordi.
—Julia, por favor.
Sonreí, satisfecha.
—Bien.
Adrián se puso la cazadora. Después se inclinó ligeramente hacia mí, lo suficiente para que tuviera que levantar la cabeza. No me tocó. Ni siquiera invadió realmente mi espacio. Pero estaba cerca. Mucho más cerca de lo que había estado durante toda la tarde.
—¿Puedo llamarte Juli? —preguntó con una seriedad completamente fingida.
Lo miré. Sus ojos eran marrones. Ya lo sabía. Pero no me había fijado en que tenían pequeñas motas más claras alrededor de la pupila. Qué detalle tan innecesario.
—Eso dependerá de cómo te portes.
Sonrio. Y, por primera vez desde que lo conocía, no supe si me estaba tomando el pelo o si había algo más en aquella forma de mirarme.
Salimos juntos de la cafetería. El aire de diciembre me golpeó la cara y agradecí poder respirar sin tener a Adrián tan cerca.
La calle estaba llena de gente, los comercios empezaban a encender las luces de los escaparates y alguien había colocado un altavoz que reproducía villancicos a un volumen bastante cuestionable.
Caminamos unos metros hasta el lugar donde se separaban nuestros caminos.
—Te escribiré para concretar los detalles —dije.
—Vale.
—Y no se lo cuentes a nadie.
—¿A nadie?.
—A nadie.
Adrián pareció considerar la petición.
—¿Ni siquiera a mi hermana?.
—Especialmente a tu hermana.
Sonrio.
—Está bien.
Nos quedamos unos segundos frente a frente.
Era un momento extraño. No era una despedida romántica.
Tampoco una despedida profesional. Simplemente dos personas que acababan de ponerse de acuerdo para hacer algo bastante absurdo y que todavía no sabían cómo comportarse después.
Adrián se metió las manos en los bolsillos.
—Julia.
—¿Qué?
—Hay algo que quería decirte.
Su expresión había cambiado. Ya no sonreía. Esperé.
—Lo de aquella cita de septiembre...
Sentí que se me encogía ligeramente el estómago.
—¿Qué pasa?
—Creo que los dos estuvimos bastante insoportables.
Solté aire por la nariz.
—Eso es una manera elegante de decirlo.
—Pero quería disculparme por el comentario del calendario.
Lo miré sorprendida. Había olvidado que me había dicho aquello. Bueno. No lo había olvidado exactamente. Lo había archivado en una carpeta mental titulada: Motivos por los que Adrián Beltrán es un imbécil.
Y aquella carpeta tenía varios apartados.
—No hacía falta —respondí.
—Ya. Pero fue un comentario bastante desagradable.
Bajé la mirada. Aquello me obligó a reconocer algo que llevaba meses evitando.
—Yo tampoco estuve especialmente acertada cuando hablé de tu trabajo.
Adrián negó suavemente con la cabeza.
—No.
Me reí.
—Podrías haber dicho que no pasaba nada.
—Pero sí pasó.
Tenía razón.
Otra vez.
Empezaba a sospechar que aquel hombre utilizaba algún tipo de técnica psicológica para dejarme sin argumentos.
—Lo siento —dije.
Adrián me observó durante un segundo. Después sonrio.
—Disculpas aceptadas.
Y aquello fue todo. No hubo una gran conversación sobre nuestros errores, ni una promesa de no volver a discutir, ni una de esas escenas en las que dos personas descubren repentinamente que estaban destinadas a encontrarse.
Solo dos adultos reconociendo que habían sido un poco idiotas.
Lo cual, teniendo en cuenta nuestros antecedentes, me pareció un avance extraordinario.
—Nos vemos, Julia.
—Nos vemos, Beltrán.
Empecé a caminar hacia mi oficina. No había dado ni diez pasos cuando mi móvil vibró. Un mensaje suyo.
Por cierto, necesito una cosa.
Me detuve.
¿Qué?
Una fotografía contigo.
Fruncí el ceño.
¿Para qué?
Tu madre querrá saber cómo es su futuro yerno.
Solté una carcajada en mitad de la calle. Una señora que pasaba a mi lado me miró con desaprobación. No le hice caso.
No eres su futuro yerno.
Todavía no he superado la entrevista.
Negué con la cabeza, sonriendo.
Eres idiota.
Su respuesta llegó inmediatamente.
Pero soy tu idiota hasta el 24.
Me quedé mirando aquellas palabras. Y cometí el error de imaginármelo diciéndolas en persona.
Con esa sonrisa. Con esa voz. Con esa manera de mirarme como si siempre supiera algo que yo todavía no había descubierto.
Sentí algo parecido a un cosquilleo en el estómago.
Pequeño. Inesperado. Profundamente inconveniente.
Guardé el móvil. No. Ni hablar. Habíamos acordado una cena.
Una mentira. Un favor. Nada más. Además, todavía tenía que explicarle a mi madre que mi supuesto novio se llamaba Adrián, era fotógrafo y tenía treinta años.
Y, sobre todo, conseguir que no empezara a buscar salones de boda antes de que llegara Nochebuena.
Volví a caminar. Esta vez un poco más deprisa.
Porque había descubierto algo que me preocupaba bastante más que la cena familiar.
Adrián Beltrán acababa de ofrecerse a fingir que estaba enamorado de mí.
Y yo todavía no tenía claro cuánto esfuerzo iba a costarme recordar que todo era mentira.
Sonríe, que parezcamos enamorados.
12 de diciembre. Valencia.
Mi madre había puesto una fotografía de mi novio inexistente en la lista de cosas que necesitaba para organizar la cena de Nochebuena.
Justo debajo de los langostinos. Y encima del papel de aluminio.
Lo descubrí un sábado por la mañana, cuando me envió una fotografía de su libreta de preparativos acompañada de un mensaje que decía: Cariño, mándame una foto de Adrián, que tu padre quiere ponerle cara.
Amplié la imagen con dos dedos. Allí estaba.