lo que no sale en las fotos #7
Lo miré. Y, por primera vez desde que nos conocíamos, no encontré una respuesta sarcástica.
Simplemente estaba cansada. Cansada de fingir que todo me daba igual.
Cansada de repetir que no necesitaba a nadie cuando la verdad era bastante más sencilla: no necesitaba una pareja para sentirme completa, pero tampoco quería que el resto del mundo interpretara mi soltería como un fracaso.
—He hecho una estupidez —confesé.
Adrián apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Eso suena prometedor.
—Una muy grande.
—Ahora estoy interesado.
Miré hacia la ventana. Un hombre cruzaba la calle hablando por teléfono mientras intentaba abrir un paraguas que el viento se empeñaba en doblar. Dos chicas se hicieron una fotografía junto a la decoración navideña de una tienda. Todos parecían tener problemas normales. Qué envidia.
—Mi madre cree que tengo novio.
Adrián tardó un instante en reaccionar.
—Vale.
—Pero no tengo novio.
—Hasta ahí llego.
—Y cree que voy a llevarlo a Nochebuena.
Sus cejas se elevaron ligeramente.
—Entiendo.
—No, no entiendes. Mi ex va a estar allí con su nueva pareja, mi hermana está prometida y mi madre lleva meses intentando convencerme de que necesito un hombre para ser feliz. Se me escapó que estaba conociendo a alguien y ahora toda mi familia espera que aparezca con él.
Adrián guardó silencio. Yo seguí hablando, porque cuando estaba nerviosa tenía una capacidad extraordinaria para convertir una explicación sencilla en una conferencia internacional.
Le conté lo de Sergio, lo de Alicia, las llamadas de mi madre y aquella maldita cena que parecía haberse convertido en un acontecimiento de interés nacional.
Mientras hablaba, Adrián no me interrumpió.
Ni una sola vez. Cuando terminé, aparté la mirada, avergonzada.
—Ya puedes reírte.
No lo hizo.
—¿Tu madre cree que vas a pasarlo mal por ver a tu ex?.
Asentí.
—Y en lugar de explicarle que estás bien, le has dicho que tienes novio.
—Cuando lo dices así suena bastante estúpido.
—Un poco.
Lo fulminé con la mirada. Adrián sonrio apenas.
—Pero entiendo por qué lo has hecho.
Aquello me sorprendió más que cualquier broma.
—¿En serio?.
—Sí.
Se quedó pensando unos segundos.
—A veces es agotador tener que convencer a los demás de que tu vida está bien como está. Sobre todo cuando parece que ya han decidido por ti cómo deberías sentirte.
Lo miré. No esperaba aquella respuesta. Y tampoco esperaba que me hiciera sentir un alivio tan inmediato.
—Exactamente —murmuré.
Adrián bajó la vista hacia su taza.
—Mi familia tampoco ha sido especialmente discreta con algunas cosas de mi vida.
No explicó cuáles. Y, aunque sentí curiosidad, decidí no preguntar.
Todavía estábamos en una cafetería, rodeados de personas, y seguía siendo el mismo hombre con el que había tenido una cita desastrosa tres meses antes.
Pero algo había cambiado. Quizá porque acabábamos de mantener una conversación en la que ninguno necesitaba ganar.
O quizá porque me estaba dando cuenta de que había juzgado a Adrián con demasiada rapidez.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó.
Suspiré.
—No lo sé. Supongo que acabaré diciéndole la verdad.
—Es una opción.
—También he pensado en inventarme que se ha marchado a trabajar al extranjero.
Una sonrisa apareció lentamente en su cara.
—¿El novio?.
—Sí.
—¿Dónde?.
—No lo tengo decidido.
—Conviene que elijas un país. Por si tu madre pregunta.
Solté una carcajada.
—Mi amiga Vera propuso que muriera.
Adrián abrio mucho los ojos.
—Vuestras reuniones tienen que ser fascinantes.
—No sabes cuánto.
Nos reímos. Y durante unos segundos la situación dejó de parecer tan terrible.
Hasta que él preguntó:
—¿Por qué no llevas a alguien de verdad?.
Lo miré.
—Porque, como acabo de explicarte, no tengo novio.
—No he dicho que tenga que ser tu novio.
Parpadeé. Una vez. Dos.
Adrián seguía observándome con absoluta tranquilidad.
—¿Qué?.
—Podrías llevar a alguien que se hiciera pasar por él.
Mi cerebro empezó a hacer un ruido parecido al de un ordenador antiguo intentando encenderse.
—¿Me estás proponiendo contratar a un actor?.
—No exactamente.
—Porque no pienso pagarle a nadie para que se coma las croquetas de mi madre.
Se echó a reír.
—No estaba pensando en un actor.
Hubo un silencio. De esos silencios que empiezan siendo normales y terminan ocupando demasiado espacio. Lo miré. Él me miró. Entonces lo entendí. O creí entenderlo.
—No.
Adrián ladeó la cabeza.
—No he dicho nada.
Lo estás pensando.
—¿El qué?.
—Eso.
Sonrio.
—¿Y qué es eso?.
Lo odié un poquito. Solo un poquito.
—Ni de coña, Beltrán.
Una persona inteligente habría terminado la conversación allí. Habría recogido sus cosas, le habría agradecido el café y se habría marchado a su oficina para continuar con su vida. Yo, en cambio, permanecí sentada. Y lo peor fue que Adrián tampoco parecía tener ninguna prisa.
—¿Tienes planes para Nochebuena? pregunté.
No sé por qué lo hice. Probablemente porque mi cerebro seguía intentando demostrar que era capaz de tomar decisiones peores que la anterior.
Adrián se acomodó en la silla.
—Mis padres viven en Zaragoza. Voy a verlos el veinticinco.
—¿Y el veinticuatro?.
—Me quedo en Valencia. Tengo bastante trabajo con la boda del veintisiete.
Miré mi café. Luego su cara. Luego otra vez mi café.
—Qué casualidad.
—Muchísima.
Una sonrisa empezó a formarse en sus labios.
—Julia, si necesitas que alguien te acompañe a cenar, puedo hacerlo.
No esperaba que lo dijera tan directamente. Me quedé mirándolo.
—¿Así, sin más?
Se encogió de hombros.
—Tengo la noche libre.
—Pero no nos soportamos.
Adrián soltó una risa breve.
—Yo te soporto bastante bien.
Aquella respuesta me dejó sin palabras. Un acontecimiento histórico.
—Pues no lo parece —conseguí decir.
—A lo mejor porque dedicas demasiado tiempo a intentar discutir conmigo.
Abrí la boca. La cerré. Tenía razón. Y eso me molestó muchísimo.
—Además —añadió—sería una cena. No estamos hablando de casarnos.
—No conoces a mi madre.
—¿Debería preocuparme?
Mi madre puede empezar preguntándote si quieres más ensaladilla y terminar averiguando cuántos hijos te gustaría tener.
Adrián se rio.
—Intentaré no comprometerme a nada antes del postre.
Lo observé unos segundos. Intenté imaginarlo sentado en el comedor de mis padres, rodeado de mis tíos, contestando preguntas absurdas y fingiendo que estábamos juntos. La imagen era ridícula. Absolutamente ridícula. Y, sin embargo, no me resultaba tan desagradable como debería.
—No entiendo por qué aceptarías hacer algo así —reconocí.
Adrián dejó de sonreír. No porque se hubiera molestado, sino porque pareció entender que esta vez la pregunta era seria.
—Porque me lo has contado y puedo ayudarte. Y porque no creo que merezcas pasar la noche justificando tu vida delante de nadie.
Bajé la mirada.
Aquello era demasiado bonito. Demasiado inesperado. Especialmente viniendo del hombre al que llevaba meses considerando un imbécil.
—Eso ha sonado peligrosamente bien —murmuré.
—No te acostumbres.
Levanté los ojos. Sonreía otra vez. Y agradecí que lo hiciera, porque empezaba a sentirme extrañamente incómoda.
—Además —añadió—tengo curiosidad por conocer a la familia que ha conseguido meterte en semejante lío.
—Créeme, se te pasará.
—Puede ser.
Guardó el portátil en su funda, pero no se levantó.
—Eso sí, si vamos a hacerlo, deberíamos hablar de algunas cosas.
Lo miré con desconfianza.
—¿Qué cosas?
—Para empezar, tu ex.
Mi sonrisa desapareció ligeramente.
—¿Qué pasa con Sergio?
—Que no voy a hacer esto para que se ponga celoso.
La frase me molestó más de lo que esperaba.
—No quiero darle celos.
—Bien.
—No estoy enamorada de él.
—No he dicho que lo estés.
—Entonces, ¿por qué sacas el tema?
Adrián se inclinó un poco hacia delante.
—Porque no me apetece pasar Nochebuena compitiendo con un hombre al que no conozco por una mujer con la que no salgo.
Me quedé callada. Era una condición bastante razonable. Y precisamente por eso me costó aceptarla sin discutir.
—No se trata de Sergio —expliqué al fin. —Se trata de mi familia. De mi madre. De que estoy harta de sentir que tengo que justificarme.
Adrián asintió.
—Entonces me parece bien.
No hubo más preguntas. Ni consejos. Ni intentos de explicarme cómo debería gestionar mi vida sentimental. Por primera vez en muchos días, alguien parecía dispuesto a escuchar lo que yo decía sin buscar una interpretación diferente. Y aquello consiguió que me relajara un poco.
—Vale —respondí.
Adrián sonrio.
—¿Vale?
Tragué saliva.
—Vale. Pero solo Nochebuena.
—Solo Nochebuena.
—Y sin hacer nada raro.
—Necesito una definición de raro.
Lo miré.
—Adrián.
—Julia.
Apreté los labios.
—Nada de pasarte de listo.
—Prometo comportarme.
Su expresión me hizo sospechar que aquella promesa tenía varias interpretaciones posibles.
—Y tenemos que acordar una historia.
—¿Sobre cómo nos conocimos?.
Asentí.
—Mi madre pregunta muchísimo.
—Podemos contarle la verdad.
Lo observé horrorizada.
—¿Qué verdad?
—Que nos presentó una amiga, quedamos para cenar y discutimos.
—Adrián, una pareja normal no empieza su historia de amor contándole a su suegra que su primera cita fue una mierda.
—Hay parejas que empiezan peor.
Me quedé pensando.
Tenía razón otra vez. Estaba empezando a resultar insoportable.
—Podemos decir que, después de aquella cita, volvimos a encontrarnos por trabajo y decidimos darnos otra oportunidad —propuse.
Adrián me contempló durante unos segundos.
—Eso suena bastante creíble.
—Porque casi todo es verdad.
—Excepto lo de darnos otra oportunidad.
No contesté inmediatamente. La frase quedó flotando entre nosotros. Una segunda oportunidad. No había pensado en aquello de esa manera. Tampoco quería hacerlo. Así que recuperé mi mejor expresión profesional.
—Exactamente. Y no pienso confundir las cosas.
Adrián asintió.
—Perfecto.
—Perfecto.
Nos quedamos callados. Después él sonrio.
—¿Ves? Ya hemos conseguido ponernos de acuerdo en algo.
—No te emociones. Todavía queda mucho diciembre.