Diciembre tenía otros planes ​lo que no sale en las fotos #6
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​lo que no sale en las fotos #6

Maldita fuera la hora en que había compartido una captura de aquella conversación.

«Eso era trabajo».

«Claro», respondió ella.

«Lo era».

«Nadie ha dicho que no».

Vera tenía una forma muy particular de hacerte sentir culpable sin acusarte absolutamente de nada. Martina se quitó la mascarilla y la dejó sobre un pañuelo.

«Fuera bromas. No me parece buena idea meter a un proveedor en tus problemas familiares. Estáis trabajando juntos y todavía queda la boda del veintisiete».

Aquello me devolvió un poco de cordura. Tenía razón.

Adrián no era un desconocido al que pudiera proponerle una estupidez sin consecuencias.

Era un profesional contratado para un evento que yo estaba coordinando.

Mi trabajo dependía, entre otras cosas, de mantener una buena relación con los proveedores.

No podía aparecer delante de él y preguntarle si le apetecía fingir que estaba enamorado de mí mientras mi tío Paco lo interrogaba sobre sus intenciones matrimoniales.

Sería ridículo. Y bastante poco profesional.

«Lo sé», respondí. «Ni se me había pasado por la cabeza».

Mentí. Naturalmente.

Era evidente que diciembre estaba sacando lo peor de mí.

Antes de despedirnos, Clara me pidió que no hiciera nada precipitado y Martina me recordó que todavía estaba a tiempo de arreglarlo todo con una conversación honesta. Vera fue algo menos constructiva.

«Si al final contratas un novio, asegúrate de que no tenga antecedentes».

«Gracias por tu apoyo».

«Para eso están las amigas».

Colgué sonriendo. Después me quedé mirando el salón vacío.

La bolsa con mi vestido nuevo seguía sobre el sofá.

La pequeña guirnalda que había colocado aquella mañana alrededor de la ventana parpadeaba con una luz cálida, y desde la calle llegaba el ruido de un coche aparcando.

Pensé en llamar a mi madre. Pensé en decirle que había exagerado, que todavía no estaba preparada para presentar a nadie y que sería mejor dejarlo estar.

Incluso busqué su contacto. Pero antes de pulsar el botón apareció un mensaje suyo.

Cariño, le he contado a tu padre lo del chico. Está muy contento. Dice que compremos una botella de ese vino que tanto te gusta para recibirlo bien.

Me quedé mirando aquellas palabras. Mi padre.

Una botella de vino. Mi madre intentando que el chico imaginario se sintiera cómodo.

No era justo. Pero tampoco quería escuchar otra vez aquella preocupación en su voz.

Así que cometí el segundo error de la noche.

Guardé el teléfono. Y decidí que encontraría una solución al día siguiente.

4 de diciembre.

El problema de las mentiras es que no respetan tu agenda.

Llevaba tres días intentando localizar una excusa convincente para no presentar a un hombre inexistente a mi familia cuando mi madre decidió incluirlo en el recuento oficial de invitados.

Lo descubrí mientras estaba revisando la distribución de las mesas de la boda de Laura y Víctor.

Mi hermana me mandó una captura del grupo familiar.

Pilar: ¿Entonces cuántos somos al final?

Mamá: Veintidós. Contando al chico de Julia.

Papá: ¿Qué chico?

Mamá: Antonio, te lo conté ayer.

Papá: A mí no me has contado nada.

Mamá: Claro que sí.

Papá: Pues no me acuerdo.

Alicia: Papá 😂

Leí la conversación dos veces. Después apoyé la frente contra la mesa. Mi padre no se acordaba de que tenía un yerno potencial. Mi madre ya lo había añadido a la lista. Y mi hermana me había enviado la captura acompañada de quince emoticonos riéndose. Qué familia tan maravillosa.

A mediodía tenía que reunirme con Adrián para revisar las fotografías de referencia de la boda.

Habíamos quedado en una cafetería cerca de la oficina porque, según él, necesitaba enseñarme unas opciones de iluminación que no se apreciaban bien en los archivos comprimidos.

Había aceptado la reunión sin darle demasiadas vueltas.

O eso me repetía desde que elegí qué ponerme.

Que fueron tres veces. No por Adrián. Simplemente porque hacía frío por las mañanas, calor al mediodía y yo no estaba dispuesta a pasarme la tarde sudando dentro de un jersey. Una cuestión puramente meteorológica.

Cuando llegué, él ya estaba sentado junto a la ventana.

Tenía un café delante, el portátil abierto y la cazadora colgada del respaldo.

Llevaba una camisa azul oscuro con las mangas remangadas y unos vaqueros negros.

Su pelo parecía haberse peleado con una almohada y haber perdido.

Estaba revisando unas fotografías cuando levantó la mirada.

Sonrio. No demasiado. Lo justo. Y me molestó descubrir que me alegraba verlo.

—Has llegado pronto —, comenté al acercarme.

—Diez minutos antes.

—Estoy impresionada.

—He pensado que te gustaría.

Dejé el bolso junto a mi silla.

—A mí me gustan muchas cosas.

Adrián cerró el portátil parcialmente.

—¿Eso es una invitación a descubrirlas?.

Lo miré.

Él sostuvo mi mirada con una tranquilidad que me pareció casi ofensiva.

—Es una manera de decir que la puntualidad no es precisamente una cualidad extraordinaria.

—Entonces me esforzaré por encontrar otras.

La camarera se acercó antes de que pudiera responder.

Pedí un café con leche y una tostada. No había desayunado más que una mandarina y llevaba toda la mañana imaginando bocadillos de dimensiones obscenas. Adrián me observó mientras dejaba la carta sobre la mesa.

—¿No has comido nada?.

—He desayunado.

—¿Qué?.

—Una mandarina.

Alzó las cejas.

—Impresionante.

—Tenía vitamina.

—Y una ambición desmedida.

Me eché a reír. No pude evitarlo. Adrián sonrio también, pero no aprovechó el momento para hacer ninguna observación sobre mi trabajo o mis horarios. Se limitó a girar el portátil para enseñarme las imágenes.

Durante los siguientes cuarenta minutos hablamos de la boda.

De verdad. Sin discutir. Me enseñó fotografías de otras ceremonias que había realizado en espacios parecidos, distintas posibilidades para aprovechar la luz de última hora de la tarde y algunas ideas para conseguir retratos más naturales de Laura y Víctor.

Me sorprendió especialmente una fotografía.

En ella aparecía una pareja de espaldas, sentada en unas escaleras.

No estaban besándose ni mirándose a los ojos.

Él tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de ella y sus manos descansaban juntas sobre un escalón.

Era una imagen sencilla. Pero había algo en la manera en que estaban sentados que transmitía una intimidad difícil de explicar.

—Esta me gusta, reconocí.

Adrián se inclinó ligeramente para verla mejor.

—Es una de mis favoritas.

—¿La preparaste tú?.

Negó con la cabeza.

—No. Los encontré así después de la ceremonia. Estaban descansando un momento antes de entrar al salón.

Observé la fotografía otra vez.

—Parece que se han olvidado de que había una boda.

—Un poco.

Su expresión cambió al recordarlo.

—Llevaban toda la mañana nerviosos. Habían tenido problemas con el transporte de algunos invitados, se retrasó la ceremonia y la novia perdió un pendiente. Cuando por fin se quedaron solos, se sentaron ahí sin hablar. Fue el primer momento del día en que parecieron relajarse.

Me quedé mirando la pantalla.

—Qué bonito.

Adrián me observó.

—¿Ves? A veces las cosas que no organizamos también salen bien.

Giré lentamente la cabeza hacia él.

—No podías evitarlo, ¿verdad?.

Se rio.

—Lo tenía demasiado fácil.

Negué con la cabeza, pero esta vez no me molestó su comentario. O no tanto.

Había algo en Adrián que empezaba a descolocarme.

No era solamente que fuera atractivo. Hombres atractivos había muchos, aunque algunos se esforzaran especialmente en estropearlo en cuanto abrían la boca.

Era su manera de estar. Parecía cómodo consigo mismo.

No necesitaba demostrar constantemente que tenía razón, aunque disfrutara provocándome, y cuando hablaba de fotografía transmitía un entusiasmo que no tenía nada que ver con impresionar a nadie.

Yo conocía bien esa sensación. Era la misma que experimentaba cuando conseguía que un evento saliera adelante después de semanas de trabajo.

Cuando veía a una pareja entrar en un salón decorado exactamente como lo había imaginado o cuando una novia me abrazaba emocionada porque todo había salido bien.

A veces se me olvidaba que había empezado a dedicarme a aquello precisamente por eso.

No por los presupuestos. Ni por los horarios.

Sino porque me gustaba formar parte de los momentos importantes de otras personas.

—¿Qué?, preguntó Adrián.

Parpadeé.

—¿Qué de qué?.

—Llevas un rato mirándome.

Me atraganté con el café.

Maravilloso.

—Estaba pensando.

—Eso ya lo he visto.

—En la boda.

—Por supuesto.

La manera en que lo dijo me hizo sospechar que no me creía. Y tenía razón.

Maldito fuera.

Terminamos de revisar las fotografías poco después de las dos. Yo tenía que volver a la oficina y Adrián debía pasar por su estudio para preparar una sesión de producto. Habíamos resuelto casi todos los detalles pendientes, así que guardé mis notas y me dispuse a marcharme.

Entonces mi móvil empezó a sonar.

Mamá. Otra vez.

Lo dejé boca abajo. Adrián miró la pantalla antes de que se apagara.

—¿No vas a contestar?.

—No.

—¿Todo bien?.

—Perfectamente.

El teléfono volvió a vibrar. Lo observé con odio.

—Parece insistente.

—Es una característica familiar.

Esperé a que dejara de sonar. Un mensaje apareció inmediatamente después.

Cariño, solo necesito saber si tu chico tiene alguna alergia para preparar la cena. Y cómo se llama, que todavía no me lo has dicho.

Cerré los ojos. Me llevé las manos a la cara. Adrián dejó de guardar sus cosas.

—Vale. Ahora sí que parece que pasa algo.

No tenía ninguna intención de contárselo.

Ninguna. Pero llevaba tres días durmiendo mal, tenía dieciséis conversaciones familiares pendientes y acababa de descubrir que mi madre estaba organizando un menú especial para un hombre que únicamente existía en mi imaginación.

Así que hice lo que cualquier persona sensata habría hecho en mi situación.

Empecé a reírme. No una risa normal. Una de esas risas nerviosas que te salen cuando estás a dos centímetros de perder completamente la dignidad.

Adrián me contempló durante unos segundos. Después se recostó en la silla.

—Me estoy perdiendo algo, ¿verdad?.

—No tienes ni idea.

—¿Quieres contármelo?.