Diciembre tenía otros planes ​lo que no sale en las fotos #5
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​lo que no sale en las fotos #5

Escuché un armario cerrarse al otro lado. Seguramente estaba recogiendo la cocina. Mi madre era incapaz de mantener una conversación telefónica sin aprovechar para hacer alguna tarea doméstica. Yo había heredado de ella los ojos, la nariz y absolutamente nada de aquella productividad.

He hablado con tu tía Pilar, anunció.

Me apoyé en la encimera.

Qué bien.

Y me ha contado lo de Sergio.

Miré los huevos.

Los huevos me parecieron de pronto una compañía estupenda.

Ya lo sé, mamá. Alicia me lo ha dicho.

Pues me parece fatal.

Aquello me sorprendió.

¿El qué?.

Que Lucía invite a esa chica y a Sergio sin pensar en cómo puedes sentirte tú.

Me quedé callada.

Había esperado una recomendación sobre cómo peinarme o qué vestido ponerme para demostrar que había superado a mi ex. No que mi madre estuviera enfadada por mí.

Mamá, Lucía no tiene por qué organizar su vida alrededor de mis antiguas relaciones.

Ya, pero podría tener un poquito de consideración.

Mi madre llevaba meses ilusionada con organizar la cena de Nochebuena.

Había convencido a mis tíos para reunirnos todos en su casa, llevaba desde octubre comprando adornos y ya había discutido con mi padre dos veces porque él quería cambiar la distribución del salón para colocar una mesa más grande.

Que Lucía hubiera propuesto llevar a una amiga y a su pareja no habría supuesto ningún problema si mi tía Pilar no hubiera confirmado la invitación antes de descubrir quién era el novio.

Ahora todos parecían incómodos. Todos menos Sergio, probablemente.

Sergio tenía una capacidad extraordinaria para atravesar situaciones incómodas sin enterarse de que existían.

Estoy bien, insistí, aunque mi madre no podía verme.

Ya lo sé, cielo. Pero si prefieres que les diga que no vengan...

Ni se te ocurra.

Julia.

Mamá, en serio. No vamos a montar un conflicto familiar porque mi ex tenga novia.

Hubo un silencio.

Pensé que habíamos terminado. Ingenua de mí.

Es que me da pena que tú tengas que estar allí sola mientras él viene acompañado.

Cerré los ojos.

Ahí estaba. La frase. No era cruel ni pretendía hacerme daño.

Mi madre lo decía porque me quería, porque seguía pensando que yo había sufrido muchísimo por aquella ruptura y porque llevaba toda la vida creyendo que una pareja era una especie de chaleco salvavidas emocional.

Pero a mí me tocó exactamente donde más me molestaba.

No porque siguiera enamorada de Sergio. Ni porque me avergonzara estar soltera.

Me molestaba que mi madre hubiera imaginado la escena y decidido, antes de que ocurriera, que yo sería la parte triste de la fotografía.

Sergio con su novia. Mi hermana con su prometido.

Mis primos con sus parejas. Y yo. Julia.

La que trabajaba demasiado, compraba vestidos que no necesitaba y seguía sin encontrar a nadie con quien construir una vida.

Me sentí ridícula por enfadarme. Y todavía más ridícula por querer demostrarle que se equivocaba.

No voy a estar sola, mamá.

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Al otro lado se hizo un silencio distinto. Más atento.

¿Cómo que no?.

Miré hacia la puerta de la nevera. Tenía pegada una fotografía de mis amigas, un imán de Lisboa y una lista de la compra que llevaba tres semanas sin actualizar. Ninguno de aquellos objetos podía ayudarme.

Pues eso. Que no voy a estar sola.

¿Vas a llevar a alguien?.

Tenía varias opciones. Podía decir que me refería a mis amigas.

Podía explicarle que estar rodeada de mi familia no era precisamente estar sola.

Podía incluso fingir que se había cortado la llamada.

En lugar de eso, dije: «Estoy conociendo a un chico».

Mis ojos se abrieron tanto que me dolieron las pestañas.

¿Qué? ¿Qué acababa de hacer? Mi madre tardó aproximadamente medio segundo en reaccionar.

¡¿Un chico?!.

Aparté el teléfono de la oreja.

Mamá, no grites.

¡Pero bueno! ¿Y por qué no me habías contado nada?.

Porque me lo acababa de inventar, señora.

Porque es pronto.

¿Cuánto tiempo lleváis?.

Poco.

¿Un mes?.

Más o menos.

¿Y cómo se llama?.

Miré alrededor de mi cocina buscando inspiración. Había un paquete de arroz, una botella de aceite y un bote de orégano. Ninguno me pareció un nombre adecuado.

Mamá, estoy cansada. ¿Podemos hablar de esto otro día?.

Claro, claro. Perdona, hija. Es que me hace mucha ilusión.

Aquella ilusión debería haberme detenido.

Debería haberme recordado que estaba mintiéndole a una persona que me quería y que probablemente acabaría descubriéndolo.

Pero entonces mi madre añadió: «Pues tráelo a Nochebuena».

Y mi cerebro, que aparentemente había abandonado el edificio, respondió: «Vale».

Silencio. Un segundo. Dos. Tres.

¿De verdad?.

Me llevé una mano a la frente.

Sí, mamá.

Ay, hija, qué alegría. Verás cuando se lo diga a tu padre.

No.

No, por favor.

A mi padre no.

Mi padre tenía la costumbre de hacer preguntas que parecían interrogatorios judiciales, aunque después se encariñaba con cualquiera que supiera distinguir un destornillador de estrella de uno plano.

Mamá, espera...

Bueno, no te entretengo. Descansa, cariño. Y dile a ese chico que tenemos muchas ganas de conocerlo.

Pero...

Te quiero.

La llamada terminó. Me quedé inmóvil con el teléfono junto a la oreja.

Después lo aparté lentamente y contemplé la pantalla.

Nueve minutos. Nueve minutos de conversación habían bastado para conseguir un novio, comprometerlo a cenar con mi familia y probablemente convertirlo en el tema principal del grupo de WhatsApp de mis tíos.

Y todo sin que el hombre existiera. Dejé el móvil sobre la encimera.

Abrí la nevera. La cerré. Volví a abrirla.

Saqué el queso rallado. Me metí un puñado en la boca. No solucionó absolutamente nada.

A las nueve y treinta y dos, las cuatro estábamos participando en una videollamada de emergencia.

Martina apareció desde su salón con una mascarilla facial blanca que la hacía parecer la protagonista de una película de terror de bajo presupuesto.

Clara estaba sentada en la cama, con el pijama puesto, y Vera había colocado el móvil sobre una pila de libros porque, según ella, no encontraba ningún otro sitio donde apoyarlo.

Yo llevaba diez minutos intentando explicar lo sucedido sin que Julia, mujer adulta, quedara como una completa imbécil. No lo estaba consiguiendo.

«A ver si lo he entendido», dijo Martina, sujetándose el pelo para que no se le pegara a la mascarilla. «Ayer firmamos un pacto para pasar diciembre sin dramas sentimentales y hoy te has inventado un novio».

«No me lo he inventado exactamente».

Clara frunció el ceño.

«¿Existe?».

«No».

«Entonces sí te lo has inventado».

Vera empezó a reírse.

Me dejé caer contra el respaldo del sofá.

«Necesito soluciones, no una auditoria de mis errores».

«La solución es llamar a tu madre y decirle la verdad», respondió Martina.

La miré con indignación.

«¿Así, sin anestesia?».

«Pues sí».

«Qué poco espíritu navideño».

Clara, que había estado escuchando en silencio, se acomodó mejor sobre la almohada.

«Juli, ¿por qué le has dicho eso?».

Era una pregunta sencilla. Y precisamente por eso me costó contestarla.

Podría haber explicado que mi madre llevaba meses intentando emparejarme con cualquier hombre que tuviera pulso y trabajo estable.

O que estaba harta de las comparaciones con Alicia.

O que Sergio apareciera en Nochebuena con su novia me parecía una falta de consideración innecesaria.

Todo aquello era verdad. Pero no era toda la verdad.

«Porque estoy cansada», reconocí al final. «Estoy cansada de tener que demostrar que estoy bien. De que me miren con pena, de que cada vez que mi hermana habla de su boda alguien me pregunte cuándo me toca a mí. Estoy contenta con mi vida, joder. ¿Por qué parece que nadie se lo cree?».

Ninguna respondió inmediatamente. Martina dejó de ajustarse la mascarilla. Clara me observaba con esa expresión suya que siempre conseguía hacerme sentir un poco más transparente de lo que me gustaba. Fue Vera quien habló.

«Porque algunas personas necesitan ver una pareja para entender que alguien es feliz. Pero eso no significa que tengas que inventarte una para convencerlas».

Suspiré.

«Ya lo sé».

Y lo sabía. De verdad. Pero también conocía a mi familia.

Sabía cómo funcionaban aquellas cenas, las bromas que parecían inocentes y las preguntas que se repetían año tras año sin que nadie reparara en lo agotadoras que podían resultar.

Mi madre no lo hacía con mala intención.

Mi tía tampoco. Hasta Sergio probablemente sería educado.

Y precisamente por eso me resultaba tan difícil enfadarme con nadie.

«Además», añadió Martina, «si apareces con un novio inventado vas a tener que mantener la mentira hasta que encuentres una manera de deshacerte de él».

«Podríamos fingir que se ha muerto», propuso Vera.

Clara abrio mucho los ojos.

«¡Vera!».

«¿Qué? Es una ruptura definitiva».

Me eché a reír.

La necesitaba.

Necesitaba a mis amigas, sus comentarios absurdos y aquella manera que tenían de convertir una catástrofe emocional en algo bastante menos terrible.

«También podría decir que ha tenido que viajar por trabajo», sugerí.

«Eso funciona para una película», respondió Martina. «Pero tu madre querrá conocerlo después».

«Pues viaja muchísimo».

«Julia».

«Es piloto».

Vera se tapó la boca.

«Y desapareció en el triángulo de las Bermudas».

Clara terminó riéndose también.

Durante un rato barajamos posibilidades cada vez más absurdas. Un novio extranjero, uno que trabajaba en un barco, uno que estaba temporalmente destinado en otro país. Parecía que estábamos construyendo la biografía de un agente secreto en lugar de buscar la manera de solucionar una mentira.

Hasta que Martina pronunció el nombre que yo llevaba evitando mentalmente desde que había colgado el teléfono.

«¿Y Adrián?».

La miré.

«¿Qué pasa con Adrián?».

«Es soltero, ¿no?».

«Eso creo».

«Es guapo».

«Por desgracia».

«Y ya lo conoces».

Clara empezó a sonreír. Yo señalé la pantalla.

«Ni se os ocurra».

«Solo digo que podría hacerte el favor», continuó Martina.

«Adrián Beltrán no me haría un favor ni aunque necesitara que me sujetara la puerta de un ascensor».

«Pues esta mañana te ha mandado un correo bastante simpático», recordó Vera.