Diciembre tenía otros planes ​lo que no sale en las fotos #4
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​lo que no sale en las fotos #4

Me sorprendió que lo reconociera. Alicia y yo nos llevábamos bien, pero no éramos de contarnos absolutamente todo. Nos queríamos, nos ayudábamos y discutíamos por tonterías, aunque hacía tiempo que cada una llevaba una vida bastante independiente.

¿Te molesta mucho?, preguntó.

Me apoyé contra la pared. Podría haberle dicho que no. Que ya estaba acostumbrada. Que nuestra madre era así y que no merecía la pena darle importancia. Pero estaba cansada. Y a veces, cuando una está cansada, se le escapa la verdad antes de conseguir vestirla de otra cosa.

Me molesta que parezca que todo lo que hago da igual mientras no tenga novio.

Mi hermana tardó un poco en responder.

Juli, yo sé que no es así.

Ya.

Y mamá también. Aunque sea una pesada.

Suspiré.

Entonces llegó otro mensaje.

Por cierto, ¿sabes que viene Sergio a Nochebuena?

Fruncí el ceño.

Sergio. Mi ex. Mi exnovio de hacía casi dos años.

El hombre con el que había pasado tres Navidades, dos aniversarios y una cantidad considerable de domingos viendo series en el sofá.

El mismo que un día me había explicado que necesitaba espacio para descubrir qué quería hacer con su vida y que, cuatro meses después, había publicado una fotografía en Instagram anunciando que se iba a vivir con una chica que había conocido durante aquel supuesto proceso de autodescubrimiento.

Sergio. El de la claridad emocional.

¿Perdona?

Está saliendo con una amiga de Lucía.

Lucía era nuestra prima. Mi prima favorita cuando no invitaba a antiguos novios a las celebraciones familiares.

¿Y?

Pues que Lucía ha invitado a la chica a cenar y, claro, Sergio viene con ella.

Me quedé mirando la pantalla. Durante unos segundos no supe qué contestar.

No porque siguiera enamorada de Sergio. Aquello había terminado mucho antes de que nos separáramos definitivamente.

Habíamos pasado nuestros últimos meses juntos intentando convencernos de que estábamos atravesando una mala temporada cuando, en realidad, llevábamos demasiado tiempo queriendo cosas diferentes.

Lo que me molestaba no era verlo. Lo que me molestaba era imaginarlo sentado a la mesa de mi familia, con su novia nueva al lado y mi madre observándome de reojo para comprobar si estaba sufriendo.

Porque mi madre tenía un talento extraordinario para preocuparse por mí incluso cuando yo no necesitaba que lo hiciera.

Y porque sabía perfectamente lo que ocurriría aquella noche.

Alguien preguntaría por mi vida amorosa.

Alguien comentaría que Sergio parecía muy feliz.

Mi tía Pilar aprovecharía para contar que la hija de una compañera se había quedado embarazada a los cuarenta y uno después de conocer a su marido por Internet.

Y yo acabaría explicando otra vez que estaba bien sola.

Sonriendo. Por supuesto. Siempre sonriendo.

¿Desde cuándo lo sabes?, pregunté.

Desde esta mañana.

¿Y mamá?

También.

Solté una carcajada sin ninguna gracia. Ahora entendía las llamadas.

El sobrino de Maribel. Las preguntas. La insistencia.

Mi madre estaba intentando encontrarme un acompañante para que no tuviera que sentarme frente a mi ex novio y su nueva pareja.

Aquello era tan propio de ella que me dieron ganas de abrazarla y estrangularla al mismo tiempo.

No te preocupes, escribió Alicia. Yo me sentaré contigo.

Me quedé mirando aquellas palabras. Y sonreí un poco.

Gracias, enana.

Guardé el móvil. Después lo saqué otra vez.

Había una idea empezando a formarse en mi cabeza.

Una idea absurda. Ridícula. De esas que nunca deberían salir de la parte del cerebro donde se almacenan las ganas de cortarte el flequillo a las dos de la mañana.

Podía decir que estaba saliendo con alguien.

No tenía por qué presentarlo. Simplemente dejar caer que había conocido a un chico, que estábamos empezando algo y que preferíamos ir despacio.

Así mi madre se tranquilizaría. Mi tía Pilar tendría otra cosa de la que hablar.

Y Sergio podría dedicarse a su nueva novia sin que nadie necesitara vigilar mis expresiones faciales durante toda la cena.

Era un plan perfecto. Excepto por un pequeño detalle.

No conocía a ningún chico. Bueno. Conocía a muchos.

Pero ninguno al que pudiera llamar para proponerle que participara en una representación teatral navideña a cambio de croquetas y una posible discusión con mi tío.

Miré hacia la calle. Una pareja pasó frente a mí cogida de la mano.

Él llevaba una bolsa de compras y ella le hablaba con entusiasmo mientras señalaba una tienda.

No parecían especialmente preocupados por su futuro.

O quizá sí. Quizá acababan de discutir por dinero, quizá uno de los dos llevaba semanas preguntándose si la relación tenía sentido o quizá, simplemente, estaban pensando en dónde cenar.

No tenía manera de saberlo. Y me pregunté cuántas cosas damos por hechas cuando vemos a dos personas juntas.

Pensé en la conversación con mi madre. En Sergio.

En la expresión de Alicia cuando me anunció su compromiso.

Y, sin saber muy bien por qué, también pensé en Adrián.

En su manera de escuchar a Laura. En cómo había previsto aquellos quince minutos extra para las fotografías.

En la sonrisa que había intentado no devolverle aquella mañana.

Negué con la cabeza. No. Ni hablar. Antes me presentaba en Nochebuena acompañada por una planta de plástico.

Mi móvil volvió a vibrar. Un correo. De Adrián.

Hola, Julia. Te adjunto las últimas referencias de iluminación para la boda. Creo que una de ellas encajaría especialmente bien con lo que quiere Laura.

Debajo había añadido: Y prometo llegar puntual a nuestra próxima reunión.

Sonreí. Una reacción completamente involuntaria que me molestó bastante.

Abrí el documento, aunque sabía que podría revisarlo perfectamente al día siguiente.

Las fotografías estaban bien seleccionadas.

Había prestado atención a los colores, al tipo de decoración y a la distribución de la masía.

Incluso había incluido una alternativa por si el tiempo no acompañaba.

Era irritantemente bueno en su trabajo. Y tenía una sonrisa que debería estar prohibida por algún artículo del Código Penal.

Respondí: Gracias. Las revisaré mañana. Y espero que lo de llegar puntual no sea otra de tus promesas vacías.

Esta vez tardó menos de un minuto.

¿Sigues enfadada conmigo por aquella cita?

Dejé de caminar. Me quedé inmóvil junto al escaparate de una tienda de juguetes, rodeada de luces navideñas y personas que parecían saber perfectamente adónde iban.

Leí el mensaje dos veces. Después una tercera.

Adrián nunca había mencionado nuestra cita desde que empezamos a trabajar juntos.

Yo tampoco. Habíamos actuado como si aquel jueves de septiembre hubiera sido una especie de error administrativo que ninguno estaba interesado en revisar.

Y ahora, de pronto, lo sacaba a relucir. Miré el teclado.

Escribí: No estoy enfadada contigo.

Lo borré.

Escribí: No sabía que hubiera motivos para estarlo.

Demasiado borde. Lo borré también.

Finalmente contesté: ¿Debería estarlo?

Vi aparecer los tres puntitos. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.

Y entonces llegó su respuesta.

No. Pero me alegra saber que todavía te acuerdas.

Solté una risa incrédula.

Menudo imbécil. Un imbécil bastante atractivo, por desgracia.

Guardé el teléfono en el bolso sin contestar.

Había decidido empezar diciembre sin complicaciones sentimentales y pensaba cumplir mi parte del pacto.

Al menos durante las primeras veinticuatro horas.

Lo que ignoraba era que aquella noche, al llegar a casa, recibiría otra llamada de mi madre.

Y que, por primera vez en mi vida, terminaría una conversación familiar diciendo algo que no tenía absolutamente nada que ver con la realidad.

Algo que iba a obligarme a buscar una solución antes de Nochebuena.

Pero de momento solo tenía una bolsa con un vestido nuevo, un ex novio al que preferiría no ver y un fotógrafo insoportable que acababa de conseguir hacerme sonreír dos veces en el mismo día. Y diciembre acababa de empezar.

​Se busca novio. Abstenerse sensatos.

Valencia. 1 de diciembre.

Hay decisiones que tomas después de pensarlas detenidamente, valorar las consecuencias y consultar con alguien de confianza.

Y luego están las que tomas un martes por la noche, descalza, y con un vestido nuevo que no deberías haberte comprado.

La segunda categoría debería estar regulada por ley.

Porque fue exactamente así como acabé anunciando que tenía novio.

Bueno, técnicamente no lo anuncié. Se me escapó. Que es bastante peor.

Todo empezó a las nueve y diecisiete, cuando llevaba cinco minutos intentando decidir si cenaba una tortilla francesa o directamente me comía el queso rallado que había encontrado en el frigorífico.

Había llegado a casa agotada, con los pies doloridos y el firme propósito de no pensar en nada que requiriera utilizar más de dos neuronas.

Mi piso estaba en una tercera planta cerca de la Gran Vía.

Tenía un dormitorio, un salón que compartía espacio con la cocina y un balcón tan estrecho que solo servía para comprobar si llovía.

Lo había decorado poco a poco, mezclando muebles baratos con otros que había heredado de mi abuela, y me gustaba precisamente porque no tenía que ponerme de acuerdo con nadie sobre dónde colocar las cosas.

Aunque aquello también significaba que nadie más recogía mis cosas.

Había dejado la bolsa de la tienda sobre el sofá, los zapatos junto a la entrada y el bolso en una silla.

En la encimera me esperaban dos platos desde la noche anterior.

No estaba sucio. Estaba vivido. Que era una manera bastante elegante de justificar que me daba pereza poner el lavavajillas.

Mi teléfono sonó mientras examinaba la fecha de caducidad de unos huevos. Mamá. Suspiré. La quería. Muchísimo. Pero había días en los que necesitaba un botón que permitiera querer a una persona sin tener que contestarle al teléfono.

Hola, mamá.

Cariño, ¿estás cenando?.

Estoy decidiendo si voy a hacerlo.

Pues come algo, que luego te duele el estómago.

Aquella era su frase de apertura habitual. Primero se preocupaba por mi alimentación y después entraba en el asunto por el que realmente había llamado.

¿Qué pasa?.

¿Por qué tiene que pasar algo? ¿No puedo llamar a mi hija?.

Claro que puedes.

Pues eso.