lo que no sale en las fotos #3
Aquello me hizo dejar de sonreír. Porque sabía que no lo decía para hacerme daño. Y, aun así, me dolía.
—Mamá, tener pareja no garantiza que no estés sola.
—Ya lo sé.
—Y yo tengo una vida que me gusta. Mi trabajo, mis amigas, mi casa...
—Lo sé, hija. Estoy muy orgullosa de ti.
Me quedé callada. Mi madre también.
Durante un instante pensé que quizá podríamos terminar aquella conversación sin discutir. Entonces añadió:
—Pero tener a alguien que te espere cuando llegas a casa también es bonito.
Miré alrededor de mi oficina. Sobre el escritorio había una fotografía con mis amigas durante nuestro último verano juntas.
Vera llevaba una corona de flores que había encontrado en un mercadillo, Clara se estaba riendo de algo fuera de cámara y Martina aparecía intentando apartar la mano de Julia, que acababa de estropearle el peinado.
Yo estaba en medio. Con los ojos cerrados. Y una sonrisa enorme.
—Ya encontraré a alguien cuando tenga que encontrarlo —respondí.
—Claro que sí. Además, eres muy guapa.
Resoplé.
—Gracias por confirmar que mi problema no es físico.
—Y tienes mucho carácter.
—Eso ha sonado bastante menos positivo.
—Solo digo que a veces podrías ser un poquito más flexible.
Me dejé caer contra el respaldo de la silla.
—Mamá, tengo que trabajar.
—Vale, cariño. No te enfades. Ya hablaremos.
—No estoy enfadada.
—Y acuérdate de llamar a tu hermana. Está muy ilusionada con los preparativos de su boda.
—La llamaré.
—Te quiero.
—Yo también.
Colgué.
Permanecí unos segundos mirando la pantalla apagada del teléfono.
Mi hermana pequeña, Alicia, llevaba seis meses prometida.
Tenía veinticinco años, trabajaba como maestra y estaba organizando una boda para la primavera siguiente.
Adoraba a su prometido, un chico encantador al que yo también quería muchísimo.
Me alegraba por ellos. De verdad. Había sido la primera en abrazarlos cuando anunciaron el compromiso y llevaba meses ayudándolos con los preparativos.
Pero desde entonces, cada reunión familiar se había convertido en una especie de competición imaginaria en la que yo siempre llegaba última.
Alicia había encontrado al amor de su vida.
Alicia iba a casarse. Alicia estaba construyendo una familia.
Y Julia... Bueno. Julia tenía una empresa.
Un alquiler. Y una colección de citas que podrían servir como material para una tesis sobre la incapacidad de comunicación de algunos hombres.
No me molestaba que mi hermana fuera feliz.
Me molestaba que, cada vez que alguien celebraba su felicidad, pareciera necesario preguntarme por qué yo todavía no había alcanzado la mía.
Abrí el grupo de WhatsApp.
Las de siempre 🍷
Julia, 14:08: Mi madre acaba de intentar colocarme al sobrino de Maribel.
Martina, 14:09: ¿La vecina del cuarto?
Julia, 14:09: La misma.
Clara, 14:10: ¿Y cómo es?
Julia, 14:10: NO LO SÉ, CLARA.
Vera, 14:11: Igual está bueno.
Julia, 14:11: Os odio muchísimo.
Martina, 14:12: ¿No firmamos ayer un pacto?
Julia, 14:12: Yo sí. Mi madre claramente no.
Dejé el móvil sobre la mesa y abrí por fin los correos. El tercero era de Adrián.
Asunto: Boda Laura y Víctor. Fotografías.
Lo abrí con la esperanza de encontrar algo por lo que pudiera enfadarme.
No lo encontré. Había adjuntado una propuesta con los horarios revisados, algunas sugerencias para aprovechar la luz natural de diciembre y una lista bastante razonable de los momentos que convenía fotografiar sin interrumpir demasiado la celebración.
Al final había añadido una nota: He dejado quince minutos extra entre las fotos familiares y el cóctel.
Con una familia tan grande, seguro que alguien desaparece justo cuando le toque salir.
Mejor tener margen. Fruncí el ceño. Era exactamente lo que yo habría hecho.
Me fastidiaba que resultara tan competente.
Le contesté que había recibido la propuesta y que revisaría los tiempos con el equipo.
Después me quedé mirando el último párrafo.
No tenía ninguna necesidad de escribir nada más.
Ninguna. Sin embargo, añadí: Por cierto, gracias por avisarme del tráfico.
He tardado cuarenta minutos en volver. Su respuesta llegó cinco minutos después.
Te habría avisado antes, pero me estabas explicando cómo organizar mi trabajo.
Solté una carcajada. Una de verdad. De esas que te salen antes de que puedas decidir si la otra persona se las merece. Me tapé la boca, aunque estaba sola. Después escribí: Qué gracioso eres, Beltrán.
Y él respondió: Me lo dicen mucho.
Me quedé mirando aquellas cuatro palabras.
No había ningún emoticono. Ninguna insinuación.
Nada que pudiera interpretarse como coqueteo.
O eso intenté convencerme. Bloqueé el móvil y volví al ordenador.
Tenía trabajo. Muchísimo. Y desde luego no pensaba perder ni un minuto más recordando cómo sonreía Adrián cuando conseguía sacarme de mis casillas.
A las ocho y media de la tarde salí de la oficina.
Había conseguido enviar dos presupuestos, confirmar las flores de otra boda y discutir con una empresa de iluminación que pretendía cobrarme un suplemento por instalar unos focos que ya figuraban en el contrato.
También me había comido un bocadillo de máquina.
De los que llevan una cantidad tan sospechosa de mayonesa que empiezas a preguntarte si deberías llamar a alguien para despedirte antes de dar el último mordisco.
Necesitaba ir al supermercado, poner una lavadora y revisar los gastos del mes.
Decidí hacer lo único realmente sensato.
Me fui a comprar un vestido. No tenía ninguna ocasión concreta para estrenarlo.
Bueno, sí. Varias cenas de diciembre. Y quizá algún evento profesional.
Y, si me apurabas, podía utilizarlo para ir a comprar el pan si algún día me levantaba con ganas de arruinar mis finanzas.
Entré en una tienda del centro que acababa de decorar el escaparate con guirnaldas, luces cálidas y maniquíes vestidos de lentejuelas.
Había algo profundamente injusto en la ropa de Navidad.
Durante el resto del año podía sobrevivir perfectamente con vaqueros, vestidos sencillos y un par de zapatos cómodos.
Pero llegaba diciembre y, de pronto, mi cerebro decidía que necesitaba prendas que brillaran lo suficiente para interferir en las comunicaciones de un aeropuerto.
Elegí uno negro, corto, con las mangas largas y un escote discreto en la espalda.
Me lo probé. Me quedaba estupendo. Lo cual era un problema.
Porque costaba más de lo que había pensado gastar.
Me observé en el espejo del probador. Me había recogido el pelo por la mañana de cualquier manera y empezaban a escaparse mechones alrededor de mi cara.
El maquillaje había aguantado razonablemente bien, aunque el pintalabios estaba casi desaparecido y tenía una pequeña mancha de café en la manga.
No parecía una mujer especialmente glamurosa.
Parecía una autónoma que llevaba doce horas trabajando.
Pero el vestido me hacía sentir guapa. Y llevaba demasiado tiempo comprando cosas únicamente porque eran prácticas, necesarias o estaban rebajadas.
Me giré para verme de perfil. Después de espaldas.
Y terminé haciéndome una fotografía. Se la mandé a mis amigas.
Julia, 20:47: Decidme que no necesito este vestido.
Vera, 20:48: No necesitas ese vestido.
Julia, 20:48: Qué decepción de amiga.
Clara, 20:49: Te queda precioso, pero ¿tienes para pagarlo?
Julia, 20:49: Qué manía con introducir la economía en mis decisiones.
Martina, 20:50: ¿Cuánto cuesta?
Julia, 20:50: Eso es información confidencial.
Martina, 20:50: Julia.
Julia, 20:51: Ya lo he comprado.
Me reí sola frente al espejo.
Al final no estaba tan mal la vida que había construido.
Tenía amigas que me conocían demasiado, un trabajo que me gustaba incluso cuando me daban ganas de arrojar el ordenador por la ventana y un piso pequeño donde podía dejar los zapatos en mitad del salón sin que nadie me reprochara nada.
Había días en los que echaba de menos tener pareja.
Claro que sí. Echaba de menos las conversaciones tontas antes de dormir, tener a alguien con quien comentar una película mientras la veíamos y esa confianza que se construía poco a poco, cuando dejabas de pensar en qué decir y empezabas a sentirte cómoda simplemente estando.
También echaba de menos el sexo. Bastante.
No voy a ponerme poética con algo que podía solucionar en determinadas circunstancias, aunque últimamente mis circunstancias parecían empeñadas en presentar candidatos con graves deficiencias de comprensión lectora.
Pero una cosa era echar de menos tener a alguien y otra muy distinta sentir que mi vida estaba incompleta porque no lo tenía.
Y eso era lo que más me costaba explicarle a mi madre.
Salí de la tienda con una bolsa en la mano y una deuda moral conmigo misma que decidí resolver en enero.
En la calle, las luces de Navidad empezaban a reflejarse sobre los escaparates.
Un grupo de adolescentes se hacía fotografías junto a un árbol decorado, una pareja discutía en la puerta de una perfumería y un hombre intentaba convencer a su hijo de que no necesitaba otra bolsa de garrapiñadas.
Olía a castañas asadas. Me gustaba ese olor.
Me gustaba diciembre, aunque me negara a reconocerlo cuando llegaba agotada a casa.
Me gustaban las calles iluminadas, las cenas improvisadas y la excusa de comprar regalos para las personas a las que quería.
Lo que no me gustaba era la sensación de que todo el mundo estuviera obligado a ser feliz de una forma determinada.
Pareja. Familia. Fotografía perfecta. Sonrisa perfecta.
Como si las Navidades fueran un escaparate en el que debías colocar tus mejores logros y procurar que nadie viera el desorden que había detrás.
Mi móvil vibró.
Era Alicia.
Hermanitaaaa. ¿Has hablado con mamá?
Me detuve junto a un escaparate.
Sí. ¿Por?
Porque acaba de llamarme para preguntarme si conozco algún chico para ti.
Cerré los ojos.
Voy a cambiarme el número de teléfono.
Mi hermana me mandó varios emoticonos riéndose.
Después escribió: No le hagas caso. Está pesada porque se acerca Navidad.
Está pesada desde que tú te prometiste.
Un poco sí.