lo que no sale en las fotos #2
—No puedo acordarme de todo.
—Nunca he dicho que tengas que hacerlo.
Guardó el teléfono. Y ahí estaba otra vez. Esa facilidad suya para dejarme sin una respuesta adecuada.
—¿Siempre tienes que llevar la contraria? —pregunté.
Adrián pareció pensarlo.
—Solo cuando merece la pena.
—Qué suerte la mía.
Sonrio.
Fue una sonrisa pequeña, de esas que no implican enseñar todos los dientes ni transformar la cara por completo, pero que consiguen que una se fije en detalles absolutamente innecesarios.
Como las arruguitas que se le formaban junto a los ojos.
Me habría venido fenomenal que tuviera un diente torcido. O una verruga. Cualquier cosa.
—¿Vas a volver a la ciudad? —preguntó.
—Sí.
—Hay bastante tráfico por la V-30. He tardado casi media hora.
—Gracias por el parte de circulación.
—De nada.
Nos quedamos mirándonos unos segundos. Después él se rio. Y lo peor fue que yo también estuve a punto de hacerlo. Tuve que apretar los labios para evitarlo.
—Nos vemos, Julia.
—Eso parece.
Lo observé caminar hacia su coche. No porque quisiera.
Simplemente estaba en mi campo de visión.
Y porque llevaba unos vaqueros que, desde un punto de vista estrictamente estético, merecían cierta atención.
Cuando se volvió para comprobar si venía algún vehículo, aparté la mirada con tanta rapidez que casi se me cayó el móvil.
Maravilloso. Veintiocho años. Independiente.
Con una empresa que sacar adelante. Y escondiéndome detrás de una carpeta porque un hombre atractivo acababa de mirar en mi dirección.
La evolución femenina estaba haciendo maravillas conmigo.
Conocí a Adrián a mediados de septiembre.
Una amiga de una amiga me había hablado de él después de que yo cometiera el error de mencionar que estaba pensando en volver a tener citas.
Aquello me sucedía cada cierto tiempo. Pasaba varios meses convencida de que vivir sola era uno de los mayores placeres de la existencia, hasta que una noche veía una película romántica,
me entraban ganas de que alguien me acariciara el pelo y decidía que quizá no estaría tan mal compartir la vida con otra persona.
Normalmente se me pasaba después de dos conversaciones de Tinder.
Pero Adrián no había aparecido por una aplicación.
Me escribió por Instagram. Su primera frase fue bastante normal, cosa que debería haber interpretado como una señal positiva.
Me han dicho que eres la mujer que puede organizar cualquier cosa.
Yo respondí: Excepto mi vida sentimental. Eso lo tengo hecho un desastre.
Se rio.
Durante una semana hablamos de trabajo, de música, de sitios para cenar en Valencia y de la absurda cantidad de dinero que la gente estaba dispuesta a gastarse en determinadas cosas.
Me contó que era fotógrafo, que trabajaba principalmente en bodas y proyectos comerciales y que le gustaba salir a caminar por la ciudad con una cámara antigua que había sido de su abuelo.
Parecía interesante. Era divertido sin necesidad de esforzarse demasiado.
Y tenía una voz que me había gustado desde el primer audio.
Así que acepté tomar algo con él. Nuestro error fue elegir un jueves.
Yo llevaba dos días durmiendo poco por un evento que se celebraba aquel sábado.
Había tenido una discusión con una empresa de sonido, una clienta había decidido cambiar el diseño de las invitaciones después de imprimirlas y mi portátil había empezado a hacer un ruido parecido al de una cafetera industrial.
Adrián, por su parte, había llegado a la cita directamente de una sesión de fotografías.
Los dos estábamos cansados. Los dos teníamos hambre.
Y los dos éramos demasiado orgullosos para reconocer que quizá habría sido mejor posponerla.
Recuerdo que el principio fue agradable.
Nos sentamos en una terraza del centro, pedimos algo para picar y hablamos durante un buen rato.
Incluso me hizo reír con una historia sobre un novio que perdió los anillos dentro de un coche de alquiler.
Pero entonces sonó mi teléfono. Era una clienta.
No contesté a la primera llamada. Ni a la segunda.
A la tercera lo hice porque pensé que había ocurrido algo grave.
No había ocurrido nada grave. Quería saber si los manteles de las mesas podían ser de un tono ligeramente distinto al que habíamos acordado.
Un jueves. A las diez de la noche. Estuve al teléfono casi diez minutos intentando hacerle entender que el beige arena y el beige champagne no eran motivos suficientes para declarar una emergencia nacional.
Cuando colgué, Adrián tenía los brazos cruzados sobre la mesa.
—¿Siempre trabajas a estas horas?
—Cuando hace falta.
—Ya.
—¿Qué significa ese «ya»?
—Nada.
Me molestó su tono. Él debió de notar que me había molestado, porque añadió:
—Solo digo que a lo mejor podrías desconectar un poco.
Fue un comentario razonable. Lo sé ahora.
Aquella noche, sin embargo, lo interpreté como una crítica a mi manera de trabajar.
Le expliqué que tener un negocio implicaba responsabilidades, que no siempre podía permitirme desconectar y que organizar una boda era bastante más complicado de lo que la gente creía.
Adrián escuchó hasta que terminé. Entonces cometió el error de decir:
—Julia, solo te he preguntado si siempre trabajas tanto. No necesitas darme una conferencia. Y yo cometí otro.
—Perdona. Pensaba que, como super fotógrafo, entenderías lo que significa tener clientes.
El silencio que siguió fue bastante revelador. Adrián dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Como super fotógrafo?
—No he querido decir eso.
Pero sí lo había dicho. Y él lo había entendido perfectamente.
A partir de ahí, todo fue cuesta abajo. No llegamos a gritarnos ni a montar una escena.
Simplemente nos volvimos educados de una manera espantosa.
Empezamos a responder con frases cortas, a sonreír por compromiso y a mirar el reloj como si alguno tuviera una cita urgente con el ministro de Asuntos Exteriores.
Pagamos a medias. Nos despedimos en la puerta.
Y no volvimos a escribirnos. Hasta que Laura y Víctor decidieron contratarlo para fotografiar su boda.
A veces pienso que el universo debería tener un departamento de reclamaciones.
Cuando llegué a mi oficina eran casi las dos.
Mi empresa se llamaba Momentos, un nombre que había elegido a los veintitrés años porque me parecía elegante y emotivo.
Ahora me sonaba ligeramente a marca de pañuelos, pero ya había invertido demasiado dinero en tarjetas, carpetas y una página web para plantearme cambiarlo.
Compartía un pequeño local cerca de la Gran Vía con una diseñadora gráfica que trabajaba por su cuenta.
No era precisamente la oficina de una gran empresaria, pero tenía dos escritorios, una mesa de reuniones, una cafetera decente y una ventana por la que entraba luz suficiente para que mis plantas siguieran vivas.
Bueno. Casi todas. Dejé el bolso sobre la silla y encendí el ordenador.
Tenía dieciséis correos pendientes, tres presupuestos por revisar y un mensaje de mi madre.
Cariño, ¿has pensado ya qué vas a hacer en Nochebuena?
Miré la pantalla. Después el techo. Después otra vez la pantalla.
Mi madre sabía perfectamente qué iba a hacer en Nochebuena.
Lo mismo que llevaba haciendo desde que tenía uso de razón.
Ir a su casa, cenar con la familia, discutir con mi tío sobre algún asunto que ninguno de los dos dominaba y comer turrón hasta necesitar una intervención médica.
Así que aquella pregunta solo podía significar una cosa.
Había decidido volver a hablarme de mi vida sentimental.
Le contesté: Ir a vuestra casa, mamá. Como todos los años.
La respuesta llegó antes de que pudiera abrir el primer correo.
Sí, cielo, claro. Me refería a si vendrás sola.
Apoyé la frente sobre la mesa. No podía ser. No podía estar empezando el mes y llevar ya dos conversaciones sobre lo mismo. Mi móvil empezó a sonar.
Mamá.
Por supuesto.
—Hola, cariño —saludó cuando contesté—. ¿Te pillo trabajando?
—Sí.
—Pues no te entretengo. Solo quería preguntarte una cosita.
Mi madre tenía una relación bastante particular con el concepto de una cosita. Podía emplearlo para pedirme que comprara pan o para explicarme durante cuarenta minutos por qué la hija de una vecina se había separado después de descubrir que su marido tenía una segunda familia en Albacete.
—Dime.
—¿Tú sigues sin estar con nadie?
Miré el reloj. Habíamos tardado diecisiete segundos. Récord absoluto.
—Mamá...
—Que no pasa nada, hija. Ya sabes que yo solo quiero que seas feliz.
—Soy feliz.
—Y yo me alegro muchísimo. Pero también estaría bien que encontraras a alguien con quien compartir las cosas.
—Comparto cosas.
—No me refiero a tus amigas.
—Pues deberías. Martina tiene una cuenta de Netflix estupenda.
Mi madre soltó una risa.
La quería muchísimo. De verdad. Era una mujer cariñosa, generosa y capaz de aparecer en mi casa con un táper de albóndigas porque había mencionado de pasada que llevaba dos días comiendo bocadillos.
También era la persona que más me había animado a montar mi propio negocio cuando todo el mundo me aconsejaba buscar un trabajo estable.
Pero tenía una idea bastante concreta de cómo debía ser la felicidad de una mujer.
Y, por desgracia, esa idea incluía a un hombre.
—Es que el otro día me encontré con Maribel —continuó.
Cerré los ojos. Maribel. La vecina del cuarto. La mujer que sabía quién se había divorciado, quién estaba embarazada y quién había comprado un coche nuevo antes incluso de que los protagonistas se enteraran.
—¿Y?
—Me preguntó por ti.
—Qué amable.
—Su sobrino está soltero.
—Qué tragedia.
—Julia, no seas así.
—Mamá, no quiero conocer al sobrino de Maribel.
—Pero si ni siquiera sabes cómo es.
—Precisamente. Y conociendo a Maribel, si necesita que su tía le busque novia, algo raro habrá.
Mi madre suspiró.
—Solo digo que podrías darle una oportunidad.
—Y yo solo digo que no quiero.
Hubo un silencio breve. Escuché ruido de platos al otro lado.
Seguramente estaba recogiendo la cocina mientras hablaba conmigo, como hacía siempre.
Me la imaginé con el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja, el delantal puesto y esa expresión de preocupación que le aparecía cuando creía que alguien de la familia no estaba viviendo como debería.
—No quiero que te quedes sola, cariño.