Diciembre tenía otros planes ​lo que no sale en las fotos
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​lo que no sale en las fotos

1 de diciembre. Valencia.

La primera mentira que dije aquel diciembre no tuvo nada que ver con un hombre.

Le dije a una novia que su idea de colocar cuarenta y siete velas encendidas entre ramas secas de eucalipto me parecía preciosa.

En realidad, me parecía una manera bastante original de convertir una boda en un simulacro de evacuación.

—¿Y si ponemos algunas también en el suelo? —preguntó Laura, señalando la fotografía que había guardado en Pinterest.

Contemplé la pantalla de su móvil. Un pasillo estrecho, cientos de velas, flores blancas y una iluminación tan tenue que los invitados necesitarían visión nocturna para encontrar sus mesas.

—Podemos conseguir ese ambiente con velas LED de buena calidad —propuse, utilizando mi tono profesional.

Ese que había perfeccionado durante seis años y que, básicamente, consistía en decirle a la gente que estaba teniendo una idea espantosa sin que se sintiera insultada—.

El efecto será prácticamente el mismo y evitaremos que tu abuela se prenda fuego al intentar sentarse.

Laura se echó a reír. Su prometido, Víctor, no.

Llevaba cuarenta minutos estudiando un presupuesto con la misma expresión que habría puesto si estuviera negociando la compra de una central nuclear.

—¿Y cuánto cuestan esas velas?

—Depende de la cantidad y del modelo.

—¿Más que las normales?

—Algo más.

Víctor soltó aire por la nariz.

A esas alturas de nuestra relación profesional, ya había descubierto que aquel hombre expresaba el noventa por ciento de sus emociones a través de la nariz.

Laura quería una boda de cuento de hadas.

Víctor quería una boda que no implicara vender un riñón.

Mi trabajo consistía en encontrar un punto intermedio entre ambas expectativas y procurar que ninguno terminara durmiendo en el sofá antes de casarse.

No siempre era fácil. Especialmente cuando faltaban veintiséis días para el enlace y todavía estábamos discutiendo sobre centros de mesa.

Me llamo Julia, tengo veintiocho años y organizo eventos.

Eso significa que puedo conseguir que doscientas personas cenen a la misma hora, encontrar un violinista con menos de veinticuatro horas de antelación y convencer a una empresa de catering para que prepare un menú completamente diferente porque el padrino acaba de descubrir que es intolerante a la

lactosa.

Lo que no significa, por desgracia, es que sepa organizar mi propia vida.

De hecho, si mi vida sentimental fuera uno de mis eventos, habría tenido que cancelarlo por incumplimiento de las condiciones mínimas de seguridad.

Pero eso no venía al caso. Aquella mañana tenía una reunión en una masía a las afueras de Valencia, una novia que quería convertir el salón en una sucursal de Laponia y una lista de proveedores que revisar antes de las doce.

Había dormido cinco horas porque la noche anterior mis amigas habían decidido inaugurar diciembre en casa de Vera, y llevaba un café demasiado cargado haciendo equilibrios sobre una carpeta.

Lo último que necesitaba era una complicación. Así que, naturalmente, apareció Adrián.

—Perdonad el retraso.

Reconocí su voz antes de levantar la mirada.

Hay voces que una recuerda por motivos agradables.

Porque te han dicho algo bonito, porque pertenecen a alguien a quien quieres o porque te han susurrado al oído alguna indecencia que todavía te hace sonreír cuando estás sola.

La de Adrián Beltrán no entraba en ninguna de esas categorías.

La recordaba porque, tres meses atrás, su propietario me había dicho que yo probablemente tenía un calendario hasta para ir al baño.

No fue lo único que me dijo aquella noche, pero sí una de las frases que más ganas me dieron de estamparle la carta de postres en la frente.

—Hola —saludó Laura, levantándose para darle dos besos—.

No pasa nada, acabamos de empezar. Mentira.

Llevábamos casi una hora hablando de decoración, pero decidí no intervenir.

Era demasiado pronto para enemistarme con todos los presentes.

Adrián se quitó la cazadora y la dejó sobre el respaldo de una silla.

Vestía unos vaqueros oscuros, una camiseta negra y un jersey gris que le sentaba bastante mejor de lo que una prenda tan aburrida tenía derecho a sentarle.

Llevaba el pelo castaño ligeramente despeinado y esa barba corta que parecía mantener siempre en el punto exacto entre me he afeitado esta mañana y soy un hombre misterioso que no se preocupa por estas cosas.

Medía bastante más que yo. También tenía unos hombros estupendos.

Qué desgracia. Porque era guapo. Mucho. De esos hombres que resultan atractivos incluso cuando están haciendo algo tan poco interesante como sacar una libreta de una mochila.

Y yo tenía la mala costumbre de reconocer las cualidades físicas de las personas aunque me parecieran profundamente irritantes.

Nuestros ojos se encontraron. Su expresión cambió apenas un segundo.

—Julia.

—Adrián.

—Qué alegría verte.

—Se te nota muchísimo.

Una comisura de su boca se elevó. Laura nos observó con curiosidad.

—¿Os conocéis de antes?

—Hemos coincidido algunas veces por trabajo —respondí, antes de que él pudiera abrir la boca.

No era mentira. Desde nuestra desastrosa cita de septiembre habíamos vuelto a encontrarnos en dos reuniones relacionadas con aquella boda. Laura había contratado a Adrián por recomendación de una amiga, sin saber que su organizadora de eventos habría preferido trabajar con un asesino en serie.

La primera vez que nos vimos después de la cita fue incómoda. La segunda, irritante. Aquella prometía convertirse en una combinación de ambas.

—Julia es muy organizada —comentó él mientras tomaba asiento—. No deja demasiado espacio para las sorpresas.

—Y Adrián es muy espontáneo —contesté—. A veces incluso aparece a la hora que le apetece.

Víctor soltó una carcajada. Adrián bajó la mirada hacia su reloj.

—Siete minutos.

—Ocho.

—He tenido que aparcar lejos.

—Qué historia tan conmovedora.

Laura sonrio, encantada.

—Me encanta que tengáis confianza.

Si supiera.

La reunión continuó durante algo más de una hora.

Revisamos los horarios de la ceremonia, las fotografías familiares, la entrada al salón, la distribución de las mesas y las posibles alternativas si llovía.

Diciembre en Valencia no solía regalar paisajes nevados ni estampas de película americana, pero podía sorprenderte con una lluvia capaz de arruinar un peinado de doscientos euros antes de que terminaras de cruzar un aparcamiento.

Yo llevaba un plan B para la ceremonia exterior, un plan C para las fotografías y otro plan, todavía sin bautizar, para el supuesto de que la mitad de los invitados decidiera fumar bajo el único toldo disponible.

Adrián escuchaba mientras hacía anotaciones.

Lo hacía de una manera que me resultaba ligeramente desconcertante.

No parecía especialmente interesado en demostrar cuánto sabía, no interrumpía para explicar detalles técnicos y apenas consultaba el móvil.

Sin embargo, cuando intervenía, sus preguntas solían ser acertadas.

—¿A qué hora llega la madre de Laura? —preguntó.

Levanté la mirada de mi ordenador.

—A las cuatro y media. ¿Por?

—Me gustaría hacer algunas fotos de Laura con ella mientras se prepara.

Laura sonrio.

—Mi madre se va a emocionar muchísimo.

—Eso espero —respondió él—. Pero prefiero que no esté todo preparado para la fotografía. Me gustan más esos momentos en los que nadie está pendiente de la cámara.

No sé por qué aquella frase consiguió que dejara de escribir.

Quizá porque esperaba que Adrián fuera uno de esos fotógrafos que pasan toda una boda colocando a las personas como si fueran figuritas de porcelana.

O quizá porque todavía conservaba una imagen bastante poco generosa de él.

Lo cierto era que tenía una manera de hablar de su trabajo que me obligaba a prestarle atención.

—¿Y los retratos de pareja? —preguntó Laura.

—Esos sí los organizaremos un poco. Pero tampoco quiero teneros cuarenta minutos posando mientras vuestros invitados se beben el cóctel.

Víctor levantó la cabeza.

—Gracias.

Adrián sonrio.

—Además, no os preocupéis por mirar siempre a cámara. Prefiero fotografiaros mientras habláis, os reís o simplemente estáis juntos.

—Eso queda precioso —murmuró Laura.

Yo también pensé que quedaría precioso. Y me molestó bastante tener que darle la razón.

Al terminar, acompañamos a los novios hasta la entrada de la masía.

Laura me abrazó antes de marcharse, algo que hacía cada vez que creía que habíamos solucionado uno de sus problemas, y Víctor volvió a preguntarme si podíamos reducir el presupuesto de las flores.

Le prometí revisar las cantidades. No le prometí milagros.

Cuando el coche desapareció por el camino de grava, me quedé consultando unas notas en el móvil.

—Has sido muy diplomática con las velas.

No necesitaba levantar la cabeza para saber quién había hablado.

—¿Has estado escuchando?

—Me ha resultado difícil no hacerlo. He llegado justo cuando estabas intentando evitar un incendio.

—Se llama prevención.

—Y diplomacia. Yo le habría dicho directamente que era una mala idea.

Guardé el teléfono en el bolso.

—Por eso tú haces fotografías y yo organizo bodas.

—Puede ser.

Esperé una respuesta más larga. Alguna provocación, un comentario sobre mi necesidad de control o una observación desagradablemente acertada. Pero Adrián se limitó a ponerse la cazadora. Aquello me irritó todavía más.

—Por cierto, necesito que me mandes el horario definitivo de las fotografías antes del viernes.

—Lo tendrás.

—Y las necesidades de iluminación.

—También.

—Y que confirmes si vas a necesitar algún espacio reservado durante el cóctel.

Me miró.

No de una forma descarada. Simplemente levantó los ojos y los mantuvo sobre los míos el tiempo suficiente para que yo fuera consciente de que llevaba más de un minuto enumerándole cosas que ya habíamos hablado.

—Julia.

—¿Qué?

—Me has enviado tres correos con esa información.

—Pues contéstalos.

Sacó el móvil del bolsillo, tocó la pantalla un par de veces y me enseñó un mensaje: Recibido. Todo correcto. Gracias, Julia. Lo había mandado el día anterior. A las seis y veintitrés. Sentí un calor bastante poco profesional subiéndome por el cuello.

—Tengo muchos proveedores.

—Ya lo imagino.