PrÓlogo #4
Acabamos escribiendo nuestras propias normas, tachando unas cuantas y discutiendo durante cinco minutos sobre si un beso en una fiesta contaba como complicarse la vida.
Martina opinaba que dependía de las consecuencias.
Julia defendía que besar a alguien no tenía por qué significar absolutamente nada.
Clara insistía en que el problema no estaba en besar, sino en hacerlo cuando sabías que la otra persona esperaba algo diferente.
Yo escuchaba mientras recogía los platos y pensaba que, al final, todas estábamos diciendo más o menos lo mismo de maneras distintas.
No queríamos renunciar al amor. Queríamos dejar de hacernos daño intentando encontrarlo.
Cuando regresé al salón, Julia había escrito una frase enorme en la parte superior de la servilleta: PACTO DE DICIEMbrE
Debajo había dejado espacio para nuestras firmas.
—Parece un contrato de divorcio —comenté.
—Pues firma antes de que aparezcan los abogados —respondió.
Martina fue la primera. Clara lo hizo después, escribiendo su nombre con aquella letra pequeña y ordenada que siempre había tenido.
Julia estampó una firma exagerada que ocupó casi media servilleta.
Yo fui la última. Miré a mis amigas mientras buscaba un bolígrafo que funcionara.
Julia estaba intentando convencer a Martina de que nos hiciéramos una fotografía con el árbol.
Clara recogía los vasos vacíos y Martina discutía porque la estrella volvía a estar torcida.
Aquella escena me resultaba tan familiar que, por un instante, sentí una punzada de ternura difícil de explicar.
Habíamos cambiado mucho desde los veinte años.
Ya no nos conformábamos con las mismas cosas, teníamos preocupaciones que antes ni siquiera imaginábamos y empezábamos a descubrir que hacerse adulta no consistía en tener todas las respuestas, sino en aprender a vivir con unas cuantas preguntas.
Pero seguíamos allí. Juntas. Y había algo profundamente reconfortante en saber que, por mucho que cambiara nuestra vida, todavía podíamos reunirnos alrededor de una pizza y reírnos hasta que nos doliera la barriga.
Firmé.
—Hecho.
Julia fotografió la servilleta y la mandó al grupo de WhatsApp.
Las de siempre 🍷
23:41 · Julia: Este diciembre se acabaron los dramas por hombres. Tenemos pacto oficial, firmado y todo.
23:42 · Martina: Lo has escrito en una servilleta manchada de aceite.
23:42 · Julia: Los grandes acuerdos de la historia empezaron con menos.
23:43 · Clara: Solo pido que nadie tenga que venir a recoger a nadie de ningún sitio a las cuatro de la mañana.
23:43 · Vera: Yo solo pido que me ayudéis a recoger el salón.
23:44 · Julia: Qué poco espíritu navideño tienes, hija.
La noche terminó cerca de medianoche, con Martina llevándose las cajas de pizza al contenedor, Clara envolviendo los pasteles que habían sobrado y Julia buscando una bota que había perdido debajo de mi sofá.
Nos despedimos con abrazos, promesas de volver a vernos pronto y la fotografía de rigor frente al árbol.
En ella, Martina aparecía mirando hacia otro lado, Clara tenía los ojos cerrados y Julia estaba haciendo unos cuernos detrás de mi cabeza.
Era horrible. La puse de fondo de pantalla.
Cuando por fin me quedé sola, recogí las últimas copas y apagué la mayoría de las luces.
El árbol iluminaba el salón con un parpadeo cálido y algo irregular.
Seguía siendo feo, pero ya no parecía que estuviera a punto de desplomarse.
Me senté en el sofá y contemplé la servilleta que Julia había insistido en dejar sobre la mesa.
Sonreí. No era un mal propósito. Quizá aquel año consiguiéramos pasar las fiestas sin perseguir a nadie, sin esperar mensajes que no llegaban y sin dar oportunidades a personas que no sabían qué hacer con ellas.
Quizá pudiéramos dedicarnos a disfrutar de nuestras vidas tal y como eran.
Mi móvil vibró junto a la rodilla. Era Hugo.
¿Has conseguido echar a las tres delincuentes de tu casa?
Le mandé una fotografía del salón.
Sí. Han dejado pruebas del delito.
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
Al menos el árbol sigue vivo.
Gracias a Martina.
Dile que la próxima vez le pago yo las herramientas.
Sonreí y empecé a escribir una respuesta, pero antes de enviarla apareció otro mensaje.
Oye, Vera.
¿Qué?
Me ha gustado verte esta noche.
Me quedé mirando la pantalla. Era una tontería. Hugo decía cosas así constantemente. A veces me escribía para contarme que había pasado por delante de una librería y se había acordado de mí, o que había visto una película horrible que teníamos que comentar juntos. No significaba nada.
Escribí: A mí también, idiota.
Apagué el móvil y me fui a la cama.
No volví a pensar en aquel mensaje. Bueno.
Casi no volví a pensar en él. Lo que no sabía era que, durante las siguientes semanas, Julia iba a necesitar un novio que no tenía, Clara tendría que enfrentarse a una historia que creía terminada,
Martina descubriría que perder el control podía resultar peligrosamente agradable y yo acabaría cuestionándome algo que llevaba años dando por sentado.
Pero aquella noche no sabíamos nada de eso.
Solo éramos cuatro amigas, una servilleta firmada y la ingenua convicción de que podíamos empezar diciembre sin complicarnos la vida. Pobrecitas.
Diciembre tenía otros planes.