Diciembre tenía otros planes PrÓlogo #3
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PrÓlogo #3

Como el árbol de Navidad. De hecho, había estado allí aquella tarde, intentando apretar la pata antes de rendirse y prometer que buscaría una pieza en la ferretería.

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita? —preguntó Martina.

—Hace dos meses.

—¿La del chico que te explicó durante cuarenta minutos cómo funcionaba su criptomoneda? —recordó Clara.

—Ese.

Julia se llevó una mano al pecho.

—Todavía no supero que te enseñara una gráfica durante el postre.

—Yo tampoco. Me preguntó si quería invertir y le dije que prefería invertir mi tiempo en volver a casa.

Las tres se echaron a reír.

—Pues deberías salir más —opinó Julia.

—Estoy bien así.

—Estar bien sola no significa que tengas que quedarte sola.

Aquello me hizo levantar la mirada. No por lo que dijo, sino porque Julia parecía haberse olvidado durante un momento de sus propios problemas.

—Ya lo sé —respondí—. Pero tampoco quiero buscar pareja como si estuviera cubriendo una vacante.

—Eso sí —admitió Clara.

—Además, tiene a Hugo —insistió Martina, con una sonrisita.

Resoplé.

—Hugo es mi mejor amigo.

—Y nosotros no hemos dicho lo contrario.

—Estáis insinuándolo.

—Vera —intervino Julia—, ese hombre sabe qué marca de compresas utilizas.

—Porque una vez fue a comprármelas cuando estaba enferma.

—Exactamente.

—No entiendo qué tiene de romántico comprar compresas.

—Que las compró bien —respondió Julia—. Hay hombres que llevan quince años viviendo con una mujer y todavía necesitan que les mandes una foto del paquete.

Me quedé sin argumentos durante dos segundos. Dos segundos que las tres aprovecharon para celebrar una victoria que nadie les había concedido.

El telefonillo sonó antes de que pudieran continuar.

—Seguro que es él —dijo Clara.

—No empecéis.

Era él.

Hugo apareció unos minutos después con una bolsa pequeña de ferretería y el pelo revuelto por el viento.

—He encontrado la pieza. Creo que podemos evitar que tu árbol muera antes de diciembre.

—Llegas tarde— le dije, haciéndome a un lado para dejarlo pasar—. Martina ya lo ha arreglado.

Hugo miró el árbol y luego a Martina.

—Sabía que debería haberla llamado directamente.

—Como para casi todo —contestó ella.

Se acercó a la mesa para saludar a las demás. Julia le ofreció vino, Clara le preguntó cómo le había ido el trabajo y Martina volvió a examinar la estrella torcida con una expresión de profundo sufrimiento. Hugo la enderezó sin que nadie se lo pidiera.

—¿Has cenado? —le pregunté.

—He picado algo. ¿Tú?

—Pizza.

—Eso ya lo veo.

Me quitó de la mano el trozo de servilleta con el que estaba intentando limpiar una mancha de tomate de mi jersey.

—Así la vas a extender más. Dame.

Fue hasta la cocina, cogió un paño húmedo y volvió para dejármelo en la mano.

Todo ocurrio con la naturalidad de siempre.

Hugo conocía mi cocina, sabía dónde guardaba las cosas y tenía la costumbre de regañarme por frotar las manchas en lugar de limpiarlas con cuidado.

Cuando levanté la vista, las tres estaban mirándonos.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —respondió Julia.

El tono que utilizó para decirlo fue lo más alejado de nada que había escuchado en mi vida.

Hugo tampoco pareció darle importancia. Se despidió unos minutos después porque había quedado con su hermano, me recordó que le devolviera un libro que llevaba tres semanas en mi mesita de noche y se marchó después de prometer que volvería otro día a revisar el árbol.

En cuanto se cerró la puerta, Julia sonrio.

—No voy a decirlo.

—Estupendo.

—Pero podría.

—Julia.

—Solo digo que tiene ojos.

—La mayoría de los hombres tienen dos.

—Y los utiliza para mirarte de una manera muy concreta.

Me serví más vino.

—Os prohíbo hablar de Hugo durante lo que queda de noche.

—¿Podemos hablar de sus manos? —preguntó Martina.

—No.

—Qué dictadura —murmuró Clara.

Las cuatro nos echamos a reír.

Eran casi las once cuando Julia anunció que necesitábamos hacer un pacto. No fue especialmente solemne. Lo dijo con la boca medio llena de chocolate, sentada en el suelo y con una manta sobre las piernas.

—Estoy hablando en serio.

—Eso me preocupa —respondió Martina.

—No, escuchad. Llevamos toda la noche hablando de tíos. Del que no viene, del que molesta, del que no tenemos y del que nuestras madres quieren que tengamos. Estamos empezando diciembre y ya estamos agotadas.

Clara dejó el móvil sobre la mesa.

—En eso tiene razón.

—Gracias, persona sensata del grupo.

Julia se incorporó, apoyándose en el sofá.

—Propongo que estas Navidades nos dediquemos a nosotras. Sin obsesionarnos con encontrar pareja, sin volvernos locas por nadie y sin permitir que un hombre nos arruine las fiestas.

—Me parece razonable —dije.

Martina entrecerró los ojos.

—¿Eso incluye no mandarle mensajes a alguien después de tres copas?

—Sobre todo eso —contestó Clara.

—Oye, que yo no hago esas cosas —protestó Julia.

Las tres la miramos.

—Vale. Pero solo me pasó dos veces.

—En septiembre —puntualicé.

—Qué necesidad tenéis de llevar un registro de mis errores.

Clara sonrio, aunque había algo más tranquilo en su expresión.

—A mí me parece bien. Sin tomar decisiones por miedo a estar solas. Ni por lo que esperen los demás de nosotras.

—Y sin volver con ex novios porque aparecen en Navidad con cara de arrepentidos —añadió Martina.

Clara levantó la ceja.

—¿Eso va por mí?

—Va por todas. Es una norma preventiva.

—Pues yo añado otra —dije—. Nada de citas desastrosas por aburrimiento.

Julia me señaló.

—Y no fingir que no te gusta alguien solo porque lo conoces desde hace años.

—Julia, te juro que...

—Vale, vale. Retiro la propuesta.

No la retiró. La apuntó en una servilleta.