Diciembre tenía otros planes PrÓlogo #2
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PrÓlogo #2

—Y porque este diciembre nos traiga algo bueno. Preferiblemente alto, con barba y que sepa comunicarse.

—No todo gira alrededor de los hombres —le recordó Clara.

—Ya. Pero estamos brindando, no haciendo una declaración de principios.

Chocamos las copas entre risas.

Durante un rato hablamos de cosas normales.

Del nuevo compañero de trabajo de Clara, que llevaba dos semanas llamándola Carmen.

De una clienta de Martina que quería reformar un piso entero sin mover un solo enchufe.

De la señora que había entrado aquella mañana en mi librería buscando una novela romántica, pero que no tuviera amor porque acababa de divorciarse.

Y del último evento que Julia estaba organizando.

—Una boda el veintisiete de diciembre —explicó, llevándose un trozo de pizza a la boca—. ¿Quién coño se casa el veintisiete de diciembre?

—Alguien que quiere casarse —respondió Martina.

—Ya, pero podrían hacerlo en mayo, como las personas normales. Hay centros de mesa con piñas, un photocall con renos y un fotógrafo que me está dando dolores de cabeza.

—¿Es guapo? —pregunté.

Julia dejó de masticar. Aquello me llamó la atención.

—No.

Clara levantó la vista.

—¿No qué?

—Que no empecéis.

Martina dejó el vaso sobre la mesa.

—Es guapo.

—No he dicho eso.

—Has dejado de masticar —señalé.

—Porque casi me atraganto, Vera. Es algo que sucede cuando comes.

Clara empezó a sonreír.

—¿Es el fotógrafo de aquella cita?

Julia cerró los ojos.

—Os odio.

—¡Es Adrián! —exclamé.

—No grites su nombre. Igual aparece, como los demonios.

Nos echamos a reír. Todas conocíamos la historia de aquella cita de septiembre.

Al menos, la versión de Julia, que había jurado no volver a quedar con él ni aunque fuera el último hombre sobre la Tierra.

Por lo visto, Adrián tampoco había terminado especialmente encantado con ella.

Que ahora tuvieran que trabajar juntos era una casualidad demasiado buena para desaprovecharla.

—¿Y qué tal os lleváis? —preguntó Clara.

—Fantásticamente. Hoy me ha preguntado si siempre organizo las cosas con tanta antelación o si solo lo hago cuando quiero amargarle la existencia.

—¿Y tú?

—Le he dicho que no se preocupara, que para amargarle la existencia me bastaba con hablar con él cinco minutos.

Martina soltó una carcajada.

—¿Ves? Ya tenéis algo en común.

—¿El odio?

—Una comunicación fluida.

Julia levantó el dedo corazón.

El asunto habría terminado ahí si su móvil no hubiera empezado a vibrar sobre la mesa. Una vez. Dos. Tres. Miró la pantalla y dejó escapar un sonido que no supe identificar.

—Mi madre.

—¿Qué quiere?— pregunté.

—Saber si voy a llevar a alguien a Nochebuena.

—Dile que sí —propuso Martina—. A nosotras cuatro.

—Mi madre no se refiere a vosotras. Se refiere a un hombre con el que pueda imaginarse nietos.

—Qué agobio —murmuró Clara.

Julia dejó el móvil boca abajo, aunque sus dedos permanecieron unos segundos apoyados sobre él.

—Lleva desde septiembre preguntándome si he conocido a alguien.

Cada vez que hablamos termina sacando el tema.

Mi hermana se ha prometido, mi primo acaba de tener un niño y, por lo visto, a mis veintiocho años debería estar preocupada porque mi útero está a punto de convertirse en un museo arqueológico.

—Puedes decirle que no es asunto suyo —contesté.

—Se lo digo. Entonces se pone triste y me explica que solo quiere verme feliz. Y yo acabo sintiéndome una mierda por enfadarme.

Aquella última frase salió sin la alegría que había acompañado al resto de la conversación. Clara alargó la mano y le apretó la rodilla.

—Tu madre te quiere, Julia. Pero eso no significa que tengas que hacer lo que espera de ti.

—Ya lo sé.

No parecía que lo supiera tanto.

Julia dio otro trago de vino y recuperó su sonrisa.

—En fin. Como no encuentre novio antes del veinticuatro, voy a tener que alquilar uno.

—Busca alguno con buenas referencias —dijo Martina—. Que luego vienen las reclamaciones.

—Y con seguro de responsabilidad civil —añadí.

Julia me apuntó con la copa.

—Tú te ríes, pero serías la primera en ayudarme a esconder un cadáver.

—Depende de dónde quisieras enterrarlo.

Clara dejó el trozo de pizza sobre el plato.

—¿Podemos tener una cena normal sin acabar hablando de delitos?

—En este grupo, no — respondimos Martina y yo a la vez.

La conversación siguió por otros derroteros hasta que Clara recibió un mensaje y su expresión cambió.

Fue apenas un segundo. Estaba mirando el móvil, sonriendo por algo que Julia acababa de decir, cuando sus ojos se detuvieron en la pantalla.

La sonrisa desapareció y dejó el teléfono junto a su plato. Yo fui la única que lo vio. O eso creí.

—¿Todo bien?— preguntó Martina.

Clara asintió demasiado deprisa.

—Sí. Mi hermana.

—¿Ha pasado algo?

—No. Me ha dicho que Marcos viene a Valencia por Navidad.

El nombre quedó flotando entre nosotras.

Julia, por una vez, no hizo ningún comentario.

Yo conocía a Marcos únicamente por fotografías, alguna videollamada antigua y todo lo que Clara nos había contado de él.

Habían sido pareja durante años. De esas parejas que parecían tener decidido el futuro antes de terminar de construir el presente.

Hasta que un día dejaron de tenerlo. No había habido una infidelidad escandalosa, ni una tercera persona, ni una escena digna de una película.

Habían ocurrido cosas mucho más difíciles de explicar: decisiones tomadas sin consultar al otro, conversaciones aplazadas, promesas que fueron perdiendo fuerza.

Clara había descubierto demasiado tarde que amar a alguien no siempre significaba que ambos estuvieran dispuestos a construir la misma vida.

—¿Y cómo te sientes? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Bien. Han pasado años.

—Eso no responde a la pregunta— dijo Julia.

Clara jugó con una servilleta, doblando una esquina con cuidado.

—No sé cómo me siento. Supongo que me resulta raro. Siempre me entero de cosas de él por otras personas y, de pronto, parece que va a estar otra vez aquí, como si nada.

Nadie se apresuró a decirle que debía pasar página. Tampoco que quizá aquello fuera una señal del destino. Habíamos aprendido, a base de equivocarnos, que a veces las amigas necesitaban respuestas y otras veces solo necesitaban espacio para reconocer que algo todavía les dolía.

—Si te lo encuentras y quieres irte, nos llamas —dije.

—Y si quieres quedarte, también —añadió Martina.

Clara nos miró y sonrió con una tristeza pequeña.

—Gracias.

Julia levantó una aceituna entre dos dedos.

—Y si quieres que le dé una patada en los huevos, tengo disponibilidad los fines de semana.

Esta vez Clara se rio de verdad.

—No hace falta.

—Pues nada. Otro talento desaprovechado.

Un rato después, cuando ya habíamos empezado los pasteles, le tocó el turno a Martina.

—Mi vecino me va a volver loca.

—¿Qué vecino? —preguntó Julia.

—Nico. El del tercero.

—¿El pastelero?

—El mismo.

Yo había oído hablar de Nico en varias ocasiones. Por las descripciones de Martina, era un hombre que vivía únicamente para molestarla, aunque todavía no tenía claro si había cometido algún delito real o si simplemente tenía la desgracia de ser su vecino.

—¿Qué ha hecho ahora? —preguntó Clara.

—Ayer estuvo horneando hasta las doce de la noche.

Julia parpadeó.

—¿Y?

—Que mi dormitorio da al patio interior y toda la casa olía a mantequilla.

—Qué horror —dije con absoluta falta de convencimiento.

—Y tenía música.

—¿Reguetón? —preguntó Clara.

—Villancicos.

Julia dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Por Dios, Martina. Que alguien detenga a ese delincuente.

—No es gracioso.

—No, claro. Tener un vecino que prepara dulces y escucha villancicos es una vulneración gravísima de los derechos humanos.

Martina nos fulminó con la mirada.

—No lo conocéis.

—¿Está bueno? —preguntó Julia.

—¿Qué tendrá que ver?

—Todo. Si está bueno, tu historia tiene potencial. Si es feo, llamamos al presidente de la comunidad.

Martina negó con la cabeza.

—Sois insoportables.

—Está bueno —concluí.

—Que sí, joder. Está bueno. ¿Contentas? Eso no quita que sea un pesado.

Julia levantó ambas manos en señal de victoria.

—¡Tenemos trama navideña!

Martina le lanzó una servilleta.

No sabía entonces que aquel vecino iba a convertirse en el centro de algunas de nuestras conversaciones más memorables.

De momento, solo era Nico, el pastelero que ponía villancicos demasiado altos y que había cometido el imperdonable pecado de cruzarse con Martina cuando ella tenía un mal día.

Y Martina llevaba una temporada acumulándolos.

Había aceptado demasiados encargos, dormía poco y estaba intentando ahorrar para reformar su propia casa.

Todo lo que tenía de paciente con sus proyectos profesionales lo perdía cuando las cosas escapaban de su control.

A veces pensaba que lo que más miedo le daba no era equivocarse, sino tener que reconocer que no podía solucionarlo todo sola.

—Bueno, ya hemos hablado de nuestros desgraciados —dijo Julia, girándose hacia mí—. Nos falta el tuyo.

—Yo no tengo desgraciado.

—Tienes a Hugo.

—Hugo no es un desgraciado.

—Nadie ha dicho que lo sea.

—Lo has incluido en la conversación.

Julia sonrio de una manera que conocía demasiado bien.

—Qué defensiva te pones.

—Porque sois unas pesadas.

Hugo y yo éramos amigos desde hacía años.

Nos conocíamos lo suficiente para saber cuándo el otro mentía, qué comida pedía en un restaurante y cuánto tiempo necesitábamos estar de mal humor antes de empezar a resultar insoportables.

Era prácticamente el quinto miembro de nuestro grupo, aunque se había negado más de una vez a formar parte del WhatsApp porque, según él, no estaba preparado para recibir ochenta y siete mensajes seguidos sobre el vestido que Julia debía ponerse para una cita.

Lo cierto era que Hugo estaba presente en muchas de las cosas que yo consideraba normales.

A veces venía a cenar después del trabajo.

Otras me acompañaba a comprar libros de segunda mano o aparecía con café cuando sabía que había tenido un día horrible.

También era la persona a la que llamaba cuando se estropeaba algo en casa, aunque la mayoría de las veces ninguno de los dos supiera arreglarlo.