Diciembre tenía otros planes
© inepub.com
PrÓlogo
30 de noviembre. Valencia.
—Tu árbol de Navidad parece que acaba de salir de una relación tóxica.
Julia llevaba exactamente cuarenta y siete segundos dentro de mi casa. Cuarenta y siete. Había dejado las dos pizzas sobre la mesa, se había quitado una bota y ya estaba insultando mi decoración navideña. Todavía no había tenido tiempo de preguntarme cómo estaba.
—Buenas noches a ti también.
—Lo digo en serio, Vera. Míralo. Tiene una rama mirando hacia Cuenca y otra que parece estar pidiendo ayuda.
Aparté la vista de las luces que llevaba veinte minutos intentando desenredar y contemplé el árbol.
Era artificial, medía metro y medio y lo había comprado seis años atrás, cuando todavía compartíamos piso las cuatro.
Le faltaban varias ramas, tenía una pata reparada con cinta aislante y estaba ligeramente inclinado hacia la izquierda.
No era precisamente el protagonista de un anuncio de Navidad, pero le tenía cariño.
Había sobrevivido a tres mudanzas, dos gatos ajenos, una inundación doméstica y una noche de Nochevieja que preferíamos no recordar.
—Tiene personalidad.
—Tiene depresión.
—Pues haced buenas migas.
Julia soltó una carcajada y me lanzó un cojín que esquivé por pura casualidad. Después se acercó al árbol, examinó sus ramas con gesto crítico y sacó el móvil para hacerle una fotografía.
—Ni se te ocurra subir eso a Instagram.
—Tranquila. No quiero que me denuncien por maltrato vegetal.
Aquello era lo bueno de Julia. Podía entrar en una habitación y convertir cualquier tontería en un espectáculo.
Lo malo era que también utilizaba ese talento para no hablar de lo que realmente le preocupaba.
Llevaba siete años conociéndola y todavía había momentos en los que me costaba distinguir cuándo estaba de buen humor y cuándo necesitaba que alguien la abrazara.
Esa noche, por ejemplo, había aparecido con una botella de vino de más y los labios pintados de un rojo que utilizaba siempre que estaba enfadada con alguien.
No pregunté.
Todavía.
—¿Dónde están las otras? —preguntó, mientras abría una de las pizzas para robar un trozo de queso.
—Martina está aparcando y Clara ha dicho que llegaría un poco tarde.
—¿Por qué?
—Porque trabaja.
—Qué necesidad.
—Es lunes, Julia.
—Y estamos a treinta de noviembre. Técnicamente, es la víspera del mes más bonito del año. Debería ser festivo.
Yo no compartía aquella devoción por diciembre.
Trabajaba en una librería y, para mí, la Navidad significaba pasar ocho horas envolviendo libros, localizar ejemplares que se habían agotado en todas partes y escuchar a personas explicar que necesitaban un regalo para alguien a quien no le gustaba leer.
Me encantaban las luces, las películas románticas y el olor a canela, pero llevaba tres campañas navideñas aprendiendo que la magia también podía incluir cortes con papel, clientes enfadados y dolor de espalda.
Aun así, desde que dejamos de vivir juntas, aquella cena se había convertido en una tradición sagrada.
El último día de noviembre nos reuníamos en casa de alguna, cenábamos demasiado, bebíamos algo más de la cuenta y decorábamos un árbol que siempre terminaba pareciendo un proyecto escolar realizado bajo amenazas.
Este año me había tocado organizarla a mí. Y estaba empezando a arrepentirme.
El timbre sonó justo cuando Julia intentaba colocar una bola roja sobre una rama que apenas podía sostener su propio peso.
—¡La arquitecta del grupo! —gritó al escuchar la voz de Martina por el telefonillo—. ¡Ven a salvar este desastre!
—Soy interiorista, gilipollas —respondió Martina cuando entró dos minutos después.
Llevaba un abrigo negro, el pelo oscuro perfectamente peinado y esa expresión de estar a punto de despedir a alguien que se le ponía cada vez que encontraba algo fuera de su sitio.
Había salido directamente de una reunión con un cliente y todavía sujetaba una carpeta bajo el brazo.
Dejó el bolso en una silla, contempló el árbol y cerró los ojos.
—No.
—¿No qué? —pregunté.
—No pienso permitir que eso presida una cena.
—Pues es mi árbol.
—Y yo te quiero muchísimo. Ambas cosas pueden ser verdad y, aun así, ese árbol necesita una intervención urgente.
Martina se quitó el abrigo, se recogió las mangas y se arrodilló junto a la base sin pedir permiso.
Había algo tranquilizador en verla trabajar.
Era de esas personas que detectaban un problema y se ponían a resolverlo antes de preguntarse si les correspondía hacerlo.
También era de esas personas que podían discutir durante veinte minutos porque alguien había guardado los vasos en el armario equivocado.
—¿Quién ha puesto cinta aislante aquí?
—Yo.
—¿Y por qué?
—Porque se caía.
—¿Y has pensado que, a lo mejor, había que apretar el tornillo?
La miré.
Ella me miró.
—Voy a por un destornillador —dije.
—Me parece un avance.
Julia seguía comiendo queso directamente de la pizza.
—Yo creo que entre las tres podríamos montar una empresa.
—¿De qué? —pregunté.
—De lo que sea. Martina organizaría todo, tú llevarías las cuentas y yo sería la imagen.
—Tú serías la causa de nuestra primera denuncia —contestó Martina.
—Pero saldría guapísima en las noticias.
Cuando Clara llegó, veinte minutos después, encontró a Martina debajo del árbol, a Julia cantando una versión bastante cuestionable de All I Want for Christmas Is You y a mí sujetando una guirnalda que habíamos descubierto demasiado tarde que no funcionaba.
Se quedó en la entrada contemplándonos.
—¿Queréis que vuelva mañana?
—¡Clara! —Julia corrio a abrazarla.
Clara consiguió devolverle el abrazo sin soltar la bolsa que llevaba en una mano ni las llaves en la otra.
Se había recogido el pelo rubio de cualquier manera y tenía unas ojeras que ni el corrector conseguía disimular.
Trabajaba como terapeuta ocupacional y aquella semana estaba cubriendo el turno de una compañera.
Llevaba varios días saliendo tarde, aunque no había querido cancelar nuestra cena.
—He traído postre— anunció.
—Cásate conmigo— dijo Julia.
—Tú no estás preparada para una relación estable.
—Eso dicen mis terapeutas imaginarios.
Clara dejó una caja de pasteles sobre la mesa y, antes de quitarse el abrigo, se acercó a mí.
—¿Cómo ha ido el día?
—Bien. Una señora me ha preguntado si teníamos libros sin palabras porque a su marido no le gusta leer.
Clara arqueó las cejas.
—¿Y qué le has dicho?
—Que probara con un calendario.
Se echó a reír, pero no se marchó inmediatamente. Me observó unos segundos más, como hacía siempre que sospechaba que alguien estaba ocultando algo.
—¿Has comido?
—Sí.
—Vera.
—Un bocadillo.
—¿A qué hora?
—¿Desde cuándo estás interrogando a sospechosas?
Me acarició el brazo y fue a ayudar a Martina.
Clara era así. No necesitaba hacer grandes discursos ni preguntarte quince veces qué te pasaba.
Prestaba atención a cosas que las demás solíamos pasar por alto.
Recordaba cuándo tenías una cita médica, cuál era tu chocolate favorito y qué canción no podías escuchar porque te recordaba a alguien.
También tenía una capacidad extraordinaria para convencerse de que sus propios problemas podían esperar.
A veces me preocupaba que pasara tanto tiempo cuidando a los demás que terminara olvidándose de ella.
Nos habíamos conocido seis años atrás, en un piso de estudiantes donde la propietaria insistía en que no había humedades mientras una mancha del tamaño de Portugal crecía en el techo del pasillo.
Yo era la pequeña. Había llegado a Valencia con dos maletas, una colección absurda de novelas románticas y la firme intención de convertirme en una mujer independiente.
Julia había decidido adoptarme durante la primera semana, Martina me había enseñado a utilizar la lavadora sin inundar el baño y Clara había sido la primera en encontrarme llorando por teléfono después de una discusión con mi madre.
No nos parecíamos demasiado. De hecho, durante los primeros meses discutimos por la limpieza, los horarios, la música y un paquete de jamón que desapareció misteriosamente de la nevera.
Nunca descubrimos quién se lo comió. Julia seguía siendo mi principal sospechosa.
Sin embargo, lo que empezó siendo una convivencia por necesidad terminó convirtiéndose en una amistad que había sobrevivido a carreras universitarias, trabajos espantosos, mudanzas, relaciones sentimentales y varias decisiones que, vistas con perspectiva,
merecían una orden de alejamiento de nuestro propio sentido común.
Ya no necesitábamos vivir bajo el mismo techo para sentirnos en casa.
Aunque, a juzgar por el estado de mi salón, quizá deberíamos dejar de reunirnos allí.
A las nueve y cuarto conseguimos que el árbol permaneciera recto.
Martina había encontrado una forma de repartir las ramas para disimular los huecos, Clara había colocado las luces y Julia había insistido en coronarlo con una estrella dorada que pesaba demasiado.
La estrella estaba torcida. Nadie dijo nada.
Nos sentamos alrededor de la mesa baja del salón con las pizzas, los pasteles, unas aceitunas que encontré en el frigorífico y una botella de vino que Julia abrio con la solemnidad de quien estaba a punto de inaugurar una ceremonia importante.
—Propongo un brindis —anunció.
Martina suspiró.
—Como vuelvas a brindar por encontrar un hombre que te mantenga, me voy.
—No necesito que me mantengan. Necesito que alguien pague el alquiler de diciembre porque me he comprado tres vestidos para cenas a las que todavía no me han invitado.
—Eso tiene solución —dijo Clara.
—¿Conocer a un millonario?
—Devolver los vestidos.
Julia la miró con auténtica decepción.
—Últimamente estás muy poco romántica.
—Últimamente tengo que madrugar.
Levantamos las copas. Afuera, una moto aceleró en la calle y alguien discutía por una plaza de aparcamiento.
Valencia estaba empezando a vestirse de Navidad, aunque las temperaturas seguían sin ponerse del todo de acuerdo con el calendario.
Yo había encendido una vela de canela para dar ambiente, pero sospechaba que el olor a cuatro quesos estaba ganando la batalla.
—Por nosotras —dije.
—Y por sobrevivir a otro año —añadió Clara.
—Y por cobrar las facturas pendientes —intervino Martina.
Julia levantó su copa un poco más.