KAILA
En realidad, estar sola en ese momento no fue tan malo.
La cabeza se le llenó de música: Jax cantando una versión brutal de «Bohemian Rhapsody» para su público en la noche de karaoke.
Django arrasando con «Great Balls of Fire» en el programa de James Corden y llevando al público al delirio.
«Dynamite», de BTS, en sus AirPods. La música le llenó la cabeza de recuerdos cálidos y entrañables y relegó el ruido de aquel pandemonio a un segundo plano.
Y no estaba sola, ¿verdad? No, el Contable estaba justo detrás de ella. Físicamente, sí, pero también en ese plano introspectivo en el que habitaba su mente. Sintió un golpecito suave, el equivalente espiritual de una palmada en el hombro.
Y, en su cabeza, oyó su voz: «Bien jugado, chica…».
¿Ves ahora que son unos monstruos reprobables?
Bueno, podrías haber sido un poquito más sutil al respecto. Como diría Jax: «Estás desesperado, tío …».
¿Se merecen algo mejor? No reconocerán los estragos que han causado hasta que les lances la verdad a la cara y los gusanos salgan en estampida.
Ahora Kaila también era consciente de ello y no sentía compasión por las personas a las que una vez había considerado sus padres y vecinos.
La humanidad y la empatía se desmoronaban si pasaban el tiempo suficiente sometidas a la crueldad de otros.
Eso no quería decir que la indiferencia de Kaila fuera absoluta.
¿Es justo para los demás? No han tenido nada que ver con esto.
Ah, pero tú no conoces sus historias, Kaila. Yo sí. Las conozco todas. Demasiado frías incluso para que yo me caliente con ellas. Créeme, todos se lo merecen.
Kaila reflexionó sobre sus palabras y llegó a la conclusión de que le estaba diciendo la verdad. Y pensar que le había faltado muy poco para unirse a ellos… Brrr.
Ya es casi la hora, Kaila. Los contratos antiguos están a punto de expirar. Hay que forjar otros.
No, por supuesto que no iba a unirse a ellos.
Desde el momento en que había descubierto lo que hacían y con qué fin, le había repugnado.
Se había negado en redondo a relacionarse con todo aquello, pues era incapaz de conciliar los actos de esas personas con lo que ella creía que estaba bien.
Y sin embargo, maliciosos como eran, habían logrado atraerla poco a poco hacia una falsa sensación de conformidad.
En especial papá. Él, precisamente, con su ética por aquí y su moral por allá, la había llevado a creer, de manera engañosa, que aquel puto embrollo ético era el menor de los males.
Pero, la noche anterior, todo aquello había llegado a un final prematuro. Con el asesinato de Levi, habían cruzado una línea que llevaba a un punto sin retorno. Kaila lo sabía porque se lo había contado el propio Levi.
¿Y el Contable?
El Contable le había aportado una perspectiva totalmente nueva.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Kaila con la voz ahogada cuando lo vio alzarse de lo que hasta hacía unos instantes habían sido los tristes restos de Levi, esparcidos por el suelo del desván, pero que entonces no eran más que un remolino de partículas de… ¿hollín?
—Lo he enviado de vuelta a la oscuridad. Calladito se queda, entre las Cosas Muertas de la maleza. No te preocupes, queda bastante para después.
Una lengua larga y negra le culebreó entre los labios; daba la sensación de que no podía contenerse.
Las partículas se dispersaron. El montón se hundió, las ramas cayeron al pozo y las tablas del suelo se unieron.
Django seguía despatarrado e inconsciente, resollando con cada respiración.
Su hermana lo protegía de la criatura…, aunque, ahora que por fin había aparecido, sentía curiosidad.
Un día antes. Solo para ella.
—Has armado un jaleo tremendo —le dijo—. Van a venir papá y mamá.
—¿Ellos? Están dormidos. Los he obligado. Veo sus sueños. Nada bonitos, nada bonitos …
—¿A qué has venido?
—A salvarte de los monstruos .
—¿Monstruos? ¿Qué monstruos?
—Las personas-padres.
Kaila negó con la cabeza.
—Mi madre no es un monstruo. Mi padre, quizá, pero mi madre no.
—La persona-madre es una criatura despreciable y rencorosa que nunca ha apreciado mi regalo …
La chica lo miró con los ojos abiertos como platos, sorprendida por el veneno que le teñía la voz.
—Es la verdad. Tú fuiste su hija-deseo, pero hasta su cuerpo se resistió a ti …
Levantó una mano envuelta en terciopelo y, a través de un remolino de humo negro, le mostró que había nacido azul, que el cordón umbilical se le había enrollado alrededor del cuello con tanta fuerza que los médicos apenas habían tenido tiempo para soltarlo y permitirle lanzar su llanto liberador en busca de oxígeno.
—Quería aplastarte esa cabecita tan bonita y frágil …
Y Kaila lo vio: mamá encorvada sobre su cuna, el rostro convertido en una máscara de odio, los dedos rozándole las fontanelas.
—Te quitó la voluntad de vivir …
Esta vez la chica no lo vio, sino que lo oyó: la nana de su madre invadiéndole el sueño hacía muy poco tiempo, el noviembre anterior: Boi boi boi, boi da cara preta . Y, a la mañana siguiente, se había despertado sin la piedra negra.
— Noticia de última hora —dijo el Contable mientras el humo se disipaba y el desván volvía a materializarse a su alrededor — . No eras más que la hija-deseo de la persona-madre. ¿Y por qué?
De pronto, Kaila lo comprendió.
—Era estéril…
—¿Quién crees que te concibió? ¿La persona-padre?
—La risa del Contable rezumaba desdén—. Su semilla era lenta.
Tú nunca deberías haber existido, y Django tampoco.
Pero aquí estás. —Con un atisbo de inseguridad repentino, se alisó el traje.
Cuando levantó la mirada hacia ella, la chica le vio un sobrecogimiento devoto en el rostro.
Y… ¿amor? En la medida en que semejante criatura podía sentir amor: sí—. Eres la primogénita, Kaila.
¡PAM!
La palabra le resonó en la cabeza como un reloj dando las diez.
No podía creérselo.
Ella. No Damien Thorn de La profecía . No Adrian de La semilla del diablo . Kaila Lewis da Silva.
La hija del Diablo.
— El pacto con las personas-padres y sus compañeros es finito —prosiguió el Contable, impertérrito—.
Siempre lo ha sido, pues los humanos tienen fecha de caducidad.
Se pudren. Tu hermanito dormido lo sabe muy bien, Kaila.
Tu precioso hermanito dormido. La maldad de los humanos no conoce límites.
No he sido yo quien ha devorado su humanidad, han sido ellos mismos.
Los humanos son caníbales, ni siquiera en tiempos de abundancia son capaces de resistirse a devorarse a sí mismos.
¡Ñam-ñam-ñam! Como los sabuesos que hoy le han comido el brazo a Maurice, ñam- ñam …
—Tras meterse la mano en la garganta, demasiado adentro, empezó a masticársela.
Cuando volvió a sacársela, se sacudió la baba y salpicó el póster de Sophia Loren —.
Es obvio que es finito, Kaila. Y yo, yo también soy finito.
Su maldad me ha llenado. Ya es suficiente.
Ha llegado el fin. —La miró a los ojos —. Quiero proponerte un trato .
Esa palabra la había mantenido despierta durante toda la noche. «Primogénita».
Aunque no a causa de la sorpresa; tampoco de la incredulidad.
Kaila no era una criatura sobrenatural: era humana, de carne y hueso, y se parecía a sus padres en todos los aspectos.
Tenía la piel de su madre y la mirada pensativa de su padre.
Pero ¿acaso su mente no había contenido siempre cierta dualidad?
La bipolaridad no era más que una parte de ella.
La oscuridad había formado parte de su esencia durante toda su vida.
Y a veces había salido a la luz. Demasiado pronto, con demasiada violencia: cuando aún no estaba preparada para ello.
Las visitas al servicio de urgencias.
El cuchillo.
Y ¿quién había querido protegerla de sí misma?
Sus padres no, desde luego, con sus medicamentos absurdos.
Ni siquiera Jax, con su pulsera. Había sido él .
Era como si Kaila estuviera predestinada para alguna tarea especial, pero su naturaleza bipolar y ella necesitasen superar esos años turbulentos y peligrosos de la adolescencia antes de poder comprender su propio valor.
Entonces, ¿a quién se parecía más?
« Tienes libertad de elección —le había asegurado el Contable—. Jamás he obligado a nadie a firmar. Pero te darás cuenta, Kaila. Este contrato está hecho a tu medida …».
Al final, se sumió en un sopor entrecortado y soñó que su madre volvía a estar encorvada sobre su cuna.
Sin embargo, esta vez el colchón estaba lleno de sangre.
Cuando se despertó con las primeras luces del día, lo tenía claro: huiría.
El miedo le corría por las venas. El miedo a sus padres, el miedo a la corrupción de Bird Street, el miedo al Contable y el miedo a la inevitabilidad de su destino que, a esas alturas, ya podía intuir, pero que nunca, jamás, aceptaría.
Fue Django quien inclinó la balanza. Django era inocente de todo aquello y necesitaba una salida.
Se llevarían el Forester de papá lo más lejos posible de allí.
No podría ser así.
—¡Uy, uy, uy! —había cacareado el Contable desde el asiento del copiloto cuando la chica se quedó paralizada junto a la portezuela abierta—. No, no te lleves el coche; el coche bonito ha sido mancillado …
Había sangre en el asiento trasero. El hedor a óxido le provocó arcadas. La máscara de Baby Yoda de Liam, en la parte de atrás, estaba empapada. Y su bicicleta de montaña también estaba allí.
Le brotaron flores negras delante de los ojos. Cuando volvió en sí, el Contable estaba encorvado en ángulos extraños sobre el banco de trabajo de papá: la cabeza colgando hacia abajo, los largos brazos de depredador a punto de rozar el suelo.
—Siento que hayas tenido que ver eso, pequeñ a. ¿Lo entiendes ahora?