RALPH #5
Vio un destello blanco cuando el puño de Gray le golpeó el pómulo.
Joyce solo le había dejado rasguños, ronchas y magulladuras, pero aquello era mucho peor.
La cabeza se le desplazó de golpe hacia atrás, el mundo se le tornó borroso y se llenó de un chirrido agudo.
Tuvo la nauseabunda sensación de que la carne de la mejilla se le había metido en el ojo derecho y no podía volver a su sitio.
Se la tocó con la yema de los dedos, notó sangre y un intenso aguijonazo de dolor en el hueso subyacente.
Cuando se le aclaró la vista, Marc había sacado la Ruger y le estaba apuntando con ella.
—Levántate —le dijo haciendo un gesto—. Ahora.
Despacio, con paso vacilante, Ralph obedeció. Detrás de Marc, Joyce se desplomó en brazos de Laura y de Elizabeth, con el rostro sucio y cubierto de mocos. Los botones de la chaqueta se le habían saltado durante el forcejeo, el vestido se le había rasgado.
—Tú y yo nos vamos a ir a dar un paseo —dijo Marc—. Al bosque.
Ralph levantó las manos.
—Marc, fue un accidente…
—Llevarlo al bosque no fue un accidente. ¿Cómo te sentiste al dejar a otro niño ahí fuera?
—Marc, somos personas razonables. Todavía no es demasiado tarde.
Sus palabras provocaron una risa; carente de alegría, pero impregnada de auténtica sorpresa.
—Pues claro que es demasiado tarde. ¿No lo sabes?
Ralph miró a sus vecinos y se dio cuenta de que era cierto.
Los rostros —el de Harry y el de Elizabeth; el de Juliette, el de Maurice, el de Gray y el de Laura, y, por supuesto, el de Joyce— no solo mostraban juicio.
Transmitían una necesidad de venganza rayana en la sed de sangre.
Aquello acabaría en un linchamiento popular.
Juliette se levantó y se unió a los demás para dejar clara su postura.
Ahora Luana se había quedado sola, sentada en una esquina del sofá, con los ojos oscuros, unos círculos vacíos que miraban una pesadilla, ya exiliada.
Solo Graham McKinley seguía haciendo gala de un velo de civilización.
—Marc, te ruego que no lo hagas —dijo el anciano—. Hay otras formas.
—Claro que las hay —masculló Joyce. Liberándose con una última contorsión del cuerpo, se plantó delante de Ralph para bloquear el disparo de Marc.
En su estado parecía haberse fugado de un manicomio.
Los labios se le curvaron en una sonrisa cruel—.
No vas a dejar que se salga con la suya tan fácilmente.
Ha matado a mi hijo. Vamos a ir a por Django y será a él a quien te lleves al bosque.
—¡Ni se te ocurra! —ordenó Luana.
«¿Estoy viendo esto?», pensó Ralph. Luana, que había aborrecido las armas de fuego durante todo el tiempo que llevaban casados, estaba ahora de pie y, con las manos temblorosas, apuntaba a Marc con una pistola. Estaba claro que la había sacado de su bolso, pero ¿y antes de eso?
—Me llevaréis al bosque a mí y, en el caso de Ralph, dejaréis que la justicia siga su curso. Yo seré el sacrificio de este año. No es necesario que más niños formen parte de este horror.
Ahora todas las miradas estaban clavadas en las dos pistolas, pero Ralph sintió que la suya se veía atraída hacia la izquierda como por un imán.
Kaila era la única que no se había movido desde la llegada del Contable.
Seguía sentada en su sillón reclinable, con la mirada perdida, ajena al caos que la rodeaba.
Ni siquiera el cadáver que había sobre la mesita de centro daba la impresión de haberla perturbado.
El Contable estaba de pie detrás de ella, y tal vez fuera un efecto de la luz, pero ahora parecía más alto que antes.
Estiró los brazos, abrió la palma de las manos, echó la cabeza hacia atrás…
… e inhaló.
Los inhaló a todos.
Ralph lo notó: un tirón en la mente cuanto el tejido de su cordura se desgarró y la criatura empezó a saquear los restos de lo que lo había hecho humano.
Fue muy consciente mientras sucedía, y también vio lo que asomaba detrás de ello: la superficie oscura y lisa de un espejo. En él vio pura barbarie.
Graham McKinley cayó de rodillas, gritando:
—¡No somos monstruos! ¡No somos monstruos! ¡No somos monstruos!
Pero entonces el Contable volvió a inhalar y el rostro del patriarca se retorció de un modo monstruoso hasta liberar una rabia primigenia: la única respuesta posible al darse cuenta de lo que habían sido durante todo aquel tiempo.
—Deja en paz a mis hijos, zorra —le gruñó Luana a Joyce.
—Tú eres la que tendría que haber dejado en paz a mi hijo, puta —espetó Joyce enseñándole los dientes. Tenía una mirada hambrienta y asesina. Como no podía llegar hasta Django, se abalanzó hacia Kaila con las manos extendidas.
Luana apuntó y apretó el gatillo. La bala le acertó a Joyce en plena cara.
La mujer salió disparada hacia atrás con los brazos en alto como si estuviera celebrando un gol, salvo que ya no le quedaba boca con la que celebrar.
Las piernas siguieron al resto del cuerpo y se golpeó la cabeza contra el sillón reclinable de Maurice.
—Conque así es como acaba todo —susurró Luana .
Ahora todos estaban gritando. Todos tenían el asesinato en mente.
El traje del Contable desprendía volutas de vapor negro.
Sin duda, se había hecho más grande; su sombra llenaba el salón.
Unas venas negras y tóxicas se le arrastraban bajo la piel escarchada del cuello.
Tenía la boca abierta y babeaba abundantemente.
Ralph oyó el oouuuuhhhhh febril de la respiración que inhalaba, una respiración que no era oxígeno, sino el combustible con el que lo habían alimentado todos aquellos años.
Absorbía su humanidad. Estaba devorando sobras… y las estaba saboreando al máximo.
Marc miró con incredulidad el cadáver de Joyce.
Al darse cuenta de que había perdido tanto a su hijo menor como a su esposa, levantó la Ruger hacia Ralph con renovada precisión.
A este último no le cabía la menor duda de que su vecino habría apretado el gatillo de no haber sido por Maurice, que justo en ese momento expelió un grito largo y gutural.
Todas las cabezas se volvieron de golpe.
El benjamín de los McKinley se incorporó en su sillón reclinable; se buscaba la garganta con la mano buena y se la presionaba con los restos de la otra.
Abrió la boca, pero solo le salió un chorro de espuma que le salpicó el regazo.
La mayor parte de él era de color rojo, manchado de sangre y de hojas otoñales mohosas. El resto era de un blanco inmaculado.
Ralph miró las esquirlas de los cálices esparcidas por el suelo y los dos cálices que —increíble pero cierto— permanecían intactos junto al cuerpo de Liam sobre la mesita de centro.
Se lo habían bebido. Todos se lo habían bebido.
Se le comenzó a dibujar una sonrisa en los labios.
Ralph oyó a Maurice gorgotear. Vio que se le salían las córneas de los ojos, vio que pedaleaba con los pies y que apretaba las mandíbulas, y vio que los dientes le machacaban el labio inferior hasta hacérselo jirones.
Pero nada de eso importaba ya, porque, por última vez, Ralph miró a Kaila.
Y pensó: «Bien jugado, chica».