RALPH #4
Kaila esbozó una pequeña sonrisa, pero no los miró a los ojos.
Uno por uno, fue pasando alrededor de los vecinos y llenándoles la copa con el vino humeante de color rojo sangre que tan bien conocían.
Como siempre, la jarra siguió vertiendo mucho después de que la lógica indicara que tendría que haberse acabado.
Pero, al llegar a la última copa, la de Kaila, no cayó ni una sola gota.
La chica se asomó al interior, la agitó con cuidado entre ambas manos.
—Está vacía —dijo.
Sonó un gorgoteo, un burbujeo, como de agua que se acumula en un desagüe, y su cáliz comenzó a llenarse por sí mismo.
—Guau, qué flipada… —susurró Maurice.
Cuando el líquido llegó hasta el borde, se detuvo. Kaila volvió a dejar la jarra en la piedra del hogar y cogió su cáliz.
—Muy bien. Solo lo sé por lo que me han contado, pero creo que tenemos que estar todos de pie, ¿no?
«Algo va mal —pensó Ralph mientras los vecinos se levantaban—. Algo va muy mal».
Incluso Maurice se las arregló para ponerse en pie apoyándose en una muleta.
Bajo la cabeza de lobo sonriente, Kaila alzó su cáliz. Por primera y última vez aquella noche, miró a Ralph a los ojos.
—Por el chico del año pasado, entonces. Que viva en la prosperidad. Ofrecido voluntariamente.
El patriarca levantó su copa y exclamó un sonoro:
—¡Sí!
—Sí —repitió Juliette.
—Sí —se oyó susurrar Ralph. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Sí, cariño —dijo Luana, que miró a Kaila con la cabeza ladeada y una expresión que contenía todas las emociones de los últimos días—. Dios mío, te quiero tanto…
—Sí —dijeron Elizabeth y Harry al unísono.
—Hasta el fondo —proclamó Maurice y, para horror de todos los demás, empezó a beber.
De hecho, se bebió el vino de un solo trago.
Una vez que vació el cáliz, se dejó caer en el sillón reclinable con un bufido de lobo, se lamió los labios de color rojo sangre y sonrió de oreja a oreja—. Papi necesita su medicina.
Kaila ni siquiera pestañeó, sino que se quedó mirando a Joyce, expectante.
—Sí —dijo esta con lágrimas en la voz—. Y por Liam. Que todo acabe bien.
Marc asintió.
—Sí, brindo por eso.
—Bien hecho, cariño —respondió Laura—. Sí.
Y «Sí», dijo Gray, el último de la fila.
Kaila levantó los ojos hacia el cielo.
—Por ti, Levi —susurró.
Y bebió.
Todos bebieron. Y, mientras sentía que la bebida cálida y amarga se le arremolinaba dentro como un ser vivo o una nebulosa estrellada o como azufre y fuego, Ralph se dio cuenta de que Kaila había dicho el nombre del chico.
Detrás de la chica, las llamas se elevaron con fuerza. La manga izquierda se le recogió cuando rompió el cáliz, y entonces su padre vio lo que le rodeaba la muñeca.
La pulsera de Levi.
Ralph pensó: «¿Kaila?».
Y entonces el reloj dio las diez.
Todos habían perdido la noción del tiempo por el brindis. Ahora, todas las cabezas se volvieron hacia la puerta de doble hoja. Elizabeth soltó un grito. Joyce ahogó un jadeo. Ralph sintió que se le secaba la boca.
Tras el tercer toque, los estruendosos golpes de la aldaba sacudieron el pasillo.
Dos veces. El Diablo siempre llamaba dos veces.
Nadie habló mientras todos volvían a acomodarse en sus respectivos asientos y dejaban el cáliz sobre la mesa.
El salón del ala norte estaba a cierta distancia del vestíbulo de entrada, al final de un largo pasillo revestido con paneles de caoba.
Sin embargo, todos oyeron el ruido resonante y metálico del cerrojo al abrirse.
El crujido de la puerta principal al girar sobre las bisagras.
Con una mezcla de incomprensión y —mucho peor— de comprensión, Ralph observó a Kaila.
Su hija se había arrellanado en su sillón y se estaba mirando las manos.
Intentó pronunciar su nombre, pero no le brotó ningún sonido de los labios.
Daba igual lo que hubiera querido decirle: ya era demasiado tarde.
La puerta delantera se cerró con brusquedad.
Por fin, la corriente de aire llegó al salón.
Las velas titilaron y se apagaron. A continuación se oyó el tranquilo clic-clac de los mocasines de charol al repiquetear contra el mármol, así como un arrastrarse lento y sibilante.
Graham resolló y Ralph entendió el porqué: el déjà vu le evocaba imágenes del año anterior, Dorothy arrastrando los pies camino de la sala de trofeos, deformada por el Parkinson y encorvada sobre su andador, barriendo el suelo con un pie inerte.
Los pasos se acercaron. La sibilancia los siguió.
Ralph pensó: «Si pudiera elegir acabar con mi vida ahora mismo, creo que lo haría».
Una ilusión de hojas de noviembre que se revolvían, de ramas que reptaban, de escarcha y niebla negra se derramó por el salón, y Ralph sintió que la temperatura de la sangre le bajaba de manera considerable.
La habitación se oscureció; aquello, sin duda, no era una ilusión.
La oscuridad les trepó a todos por el rostro. Se les acopló.
De las sombras emergió otra que emanaba un hedor pútrido.
El Contable entró, vestido con su traje negro, su camisa blanca con chorreras y su pajarita negra.
Imperturbable, avanzó dando zancadas. Al principio, Ralph no se dio cuenta de lo que arrastraba con aquel brazo anormalmente largo, porque el Chesterfield de McKinley le impedía la vista. Pero luego lo vio.
En una mano enguantada llevaba su maletín.
Con la otra sujetaba una cabeza de pelo rubio y ensangrentado.
Con un único movimiento como de marioneta, tan rápido que debería haber sido imposible según cualquier ley de la física o la anatomía, el Contable se inclinó hacia un lado, levantó lo que había estado arrastrando y lo estampó contra la mesita de centro.
Los cálices se hicieron añicos. Los vecinos se encogieron en sus asientos, se llevaron las manos a la boca con una expresión de repugnancia abyecta y paralizada.
Ante ellos yacía el cadáver mutilado de Liam Wachowski.
Hubo un momento en que la conmoción de Ralph fue tan colosal que sintió que abandonaba su cuerpo.
Se le nublo la visión y le pareció que se alejaba de su vida en un desmayo.
¡Oh, ojalá ese pudiera ser el final! Pero el momento se prolongó solo unos instantes, y entonces el salón volvió a materializarse sin piedad ante sus ojos.
Ralph Lewis comprendió que se suponía que debía soportar todo aquello con la mente intacta.
Joyce y Marc rompieron a gritar y se derrumbaron sobre su hijo, embarrado por la tumba en la que había pasado dos días enterrado. El Contable giró la cabeza con brusquedad hacia Ralph y siseó:
—Este no cuenta, padre …
Pero ¿de verdad era eso lo que había dicho?
La palabra «padre» parecía ocultar el destello de alguna otra palabra, de una palabra de una lengua antigua y corrupta que Ralph entendía a la perfección a pesar de todo: el Contable lo había llamado «impostor», había escupido la palabra en una nube de vapor negro y odio chorreante.
Mientras Joyce chillaba y chillaba el nombre de su hijo y Marc solo emitía sonidos ahogados, los demás observaban la escena paralizados por la conmoción.
La mayoría había oído lo que había dicho el Contable, pero todavía no habían asimilado el significado de sus palabras.
Elizabeth se había olvidado de qué había que hacer para parpadear y las lágrimas se le escurrían.
A Graham se le habían reventado las venas de las córneas amarillentas y se le estaban llenando los ojos de sangre.
Luana estaba hiperventilando, pero no se movía.
Hasta Maurice se había quedado mudo. ¿Y Ralph?
Lo único que podía hacer era contemplar el enlodado disfraz de Halloween de Liam, húmedo e infestado de algas.
Un olor fétido le invadía las fosas nasales: el hedor de la podredumbre, que se extendía por el salón y se les metía en los pulmones.
Solo había una persona que no miraba el cadáver: Harry. En su lugar, no apartaba la vista de Ralph.
—¿Vas a hablar ya?
Todos los vecinos lo miraron boquiabiertos.
Él intentó decir algo. No pudo.
Fue Luana quien lo dijo:
—Fuimos nosotros. —Las palabras le salieron en ráfagas entrecortadas—. Oh, Dios, fuimos nosotros. Lo siento… Lo siento muchísimo.
Ralph miró a su esposa a través de los dedos y se le nubló de nuevo la visión. Luana no le devolvió la mirada; se giró hacia Joyce.
—Fue un accidente… Ralph lo atropelló con el coche. Llegó a casa, había bebido… Nos entró el pánico…
Buscó palabras que pudieran justificar lo que habían hecho, pero todas las razones que antes les habían parecido tan irrefutables ahora se le escapaban. Y Ralph lo sabía. No había motivos. No había excusas. Solo la verdad.
Por fin, recuperó la voz:
—Perdonadme —les dijo a Joyce y a Marc—. He sido increíble e imperdonablemente estúpido.
—¡No! —gritó Joyce. Soltó a Liam y se abalanzó sobre él—. ¡Cerdo asqueroso!
El impacto hizo que a Ralph le saltaran chispas delante de los ojos.
Lo que siguió fue un azotar de manos, un desgarrar de uñas, un golpeteo de puños, todo en una furia ciega.
Ralph no tenía fuerzas para defenderse de ella y, aunque las hubiera tenido, no lo habría intentado porque se lo merecía.
Y aún más importante: ella se lo merecía.
Se limitó a levantar los antebrazos para protegerse la cara; el ansia asesina de Joyce tenía la precisión de un halcón y sus uñas postizas le apuntaban a los ojos.
—¡Asesino! —gritaba—. ¡Asesino! ¡Asesino!
Alguien la apartó de él, y la cara de Gray Júnior apareció en su campo de visión, bocabajo.
—Buen trabajo, pedazo de cabrón —dijo—. Ahora estamos todos jodidos.