Días oscuros RALPH #3
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RALPH #3

—De acuerdo. —Le lanzó una mirada severa a cada uno—. Cuando llegue el momento decisivo, aseguraos de que no se echa atrás. Por Liam.

Graham abrió la boca, pero Marc se levantó el dobladillo de la camisa y el patriarca la cerró con un golpe seco. Todos la habían visto: Marc llevaba su pistola embutida en el cinturón.

Las nueve en punto. Cuando Elizabeth sacó con cautela el tema de cómo debían afrontar los próximos días y semanas en el «improbable escenario» de que no encontraran a Liam, las cosas estuvieron a punto de descontrolarse, porque los Wachowski no estaban preparados para afrontar esa perspectiva.

Cuando Maurice sacó con mucha menos cautela el tema de los daños punitivos —al fin y al cabo, había perdido la mano buscando a su hijo—, la cosa ya se desmadró.

Esta vez nadie se apresuró a intervenir cuando Marc se abalanzó sobre él.

Graham, Luana, Kaila y Ralph estaban o demasiado atónitos o paralizados.

Los demás o llegaron demasiado tarde u olieron sangre.

Desplomado en su sillón reclinable, Maurice no tenía ninguna posibilidad.

Recibió unos cuantos puñetazos fuertes antes de que Gray y Elizabeth por fin se interpusieran, pero Wachowski golpeó sin querer con el brazo a esta última y la lanzó contra la mesa de centro.

Esa fue la señal para que Harry le hiciera una llave de cabeza a Marc y apretara.

Al final, fueron Laura y Juliette quienes lograron separarlos y empujarlos a sus respectivos asientos; sudorosos, jadeantes, acalorados, pero al menos satisfechos.

Durante todo ese rato, Joyce puso la banda sonora: una sinfonía de chillidos.

Entonces, nadie volvió a hablar.

Esperaron.

«Todas estas personas se odian a muerte —pensó Ralph—. Y, sin embargo, no podemos separarnos unos de otros. Todos somos adictos a este abrazo maligno, y nadie tiene la osadía de decir: se acabó».

Graham permanecía sentado y pálido en su sofá Chesterfield, con la mirada clavada en su copa de ginebra intacta. No levantó la vista ni siquiera cuando una ráfaga de viento aullante sacudió el techo.

Luana tampoco se movía. Seguía aferrada a su bolso con nerviosismo, tenía la cara del color de un eclipse lunar. Y Kaila…

¿Qué narices le pasaba a Kaila?

No era capaz de entender qué le ocurría.

Estaba demasiado callada, y eso le daba miedo.

Por supuesto, era más que posible que esa noche de locos la hubiera dejado sin habla, pero intuía que había algo más.

No paraba de meterse la mano derecha en la manga izquierda, de rascarse la muñeca como si tuviera un picor insoportable en esa zona.

Ojalá se la hubiera llevado a un aparte para mantener una charla de padre a hija en casa, cuando aún había oportunidad.

Ralph sintió que se le ponía la piel de gallina. ¿Por qué lo miraba todo el mundo? Una parte de él sabía que no era cierto; aun así, no conseguía librarse de esa sensación, y cuando ya no pudo soportarla más, se levantó y se dirigió a la barra.

Smirnoff Gold. Uf. Lo ansiaba incluso en un momento así. Se sentía pura escoria, pero era verdad. El impulso le resultaba casi irresistible.

Rompió unos cubitos de la bandeja. El ruido lo hizo estremecerse. Se dio la vuelta y vio a Harry justo detrás de él. No lo había oído acercarse. Su vecino lo estaba estudiando con un desprecio fascinado, casi curioso.

—¿A qué estás jugando? —preguntó en voz baja para que solo lo oyera Ralph… de momento—. Sabes que a las diez saldrá a la luz. Si la has cagado, esta es tu oportunidad de confesarlo.

Ralph sintió que se le crispaba la mandíbula, que se le encogía la columna vertebral y se le contraía el cuero cabelludo. No podía hacer nada para controlarse. Lo que le salió de los labios fue apenas un susurro:

—No tengo nada que confesar.

Cogió su vaso de la barra —solo con cubitos de hielo— y regresó a su asiento. Cerró los ojos y apretó las rodillas para evitar que le temblara el cuerpo entero.

Los minutos pasaban despacio. Eran las nueve y cuarenta.

Y fue entonces cuando Kaila se levantó.

—Os estáis olvidando de una cosa —dijo. Todo el mundo se estremeció. Todo el mundo la miró—. Os estáis olvidando de mí.

—Se suponía que esta noche iba a ser mi iniciación —les dijo Kaila—. Entiendo que este año es distinto y me siento fatal, como todo el mundo, pero esta tendría que haber sido una noche especial para mí. Mis padres me dijeron que sería mi rito de paso. Mi entrada a la mayoría de edad.

El rostro de Luana reflejaba el dolor y la culpa que le provocaba la situación, pero estaba demasiado conmocionada para consolar a su hija. Ralph ni siquiera era capaz de empezar a comprender lo que estaba ocurriendo. Por lo tanto, fue Graham McKinley quien tomó la palabra:

—Lo comprendo perfectamente, Kaila. Y lo siento muchísimo. En estas circunstancias, no podemos convertir esto en una ocasión festiva para ti.

—No, eso lo entiendo. Y más tarde, cuando el Contable esté aquí, todos estaréis concentrados en Liam. Y eso también lo entiendo. De verdad que sí.

—Escribirás tu nombre en su libro. Es un momento especial.

—Sí, lo sé. Pero he estado pensando que tienes razón. Las tradiciones son importantes, y la muerte de una persona no es algo secundario. Tenemos que honrar a la persona a la que llevasteis al bosque el año pasado, a quien le debemos otro año entero de prosperidad.

Murmullos de asentimiento.

—Que alguien entregue su vida de manera voluntaria por nosotros es muy importante. Bueno, ya sé que ellos no lo saben, y ya sé que los estamos ayudando de verdad, pero aun así… —Miró a su alrededor—. Porque eso es cierto, ¿no?

La mayoría asintió. Por el rabillo del ojo, Ralph vio que Elizabeth tenía los nudillos blancos. Él mismo estaba mudo de asombro, incapaz de asimilar la situación.

—Así que he pensado que quizá podríamos quitarnos todo el rollo ceremonial de encima ahora mismo y, así, centrarnos en Liam a partir de las diez.

—Tiene razón —dijo Laura tras un breve silencio.

Gray se mostró vacilante.

—¿Podemos hacerlo sin el Contable delante?

Nadie sabía la respuesta. Graham se volvió hacia Ralph.

—¿Has traído el artefacto del año pasado?

Y eso fue lo que al fin lo sacó de su aturdimiento.

—Bueno, el caso es que… —dijo— lo he tenido todo el año guardado en la caja fuerte.

Estoy seguro, porque iba comprobándolo de vez en cuando.

—Eso era quedarse más que corto: la pulsera de Levi había llegado a adquirir la solemnidad de un talismán, y el juez la había sacado de la caja fuerte innumerables veces, siempre que sentía la necesidad de estar más cerca del chico.

Pero eso los demás no tenían que saberlo—.

Solo es que no tuve tiempo de traerlo. Y, cuando he ido a cogerlo antes de venir aquí, ya no estaba.

—¿Has perdido el artefacto? —preguntó McKinley en voz baja.

—No lo entiendo. Estaba allí. Hoy he revisado la caja seis veces y ya no está.

—¿Cómo coño es posible, Ralph?

Recordaba haber sacado la pulsera de la caja fuerte hacía unas semanas y haberla llevado puesta durante un par de días, pero ¿y después? Debía de haberse olvidado de guardarla, no había otra explicación. Pero ¿dónde podía estar?

—No lo sé —dijo—. Lo siento muchísimo.

Una ira nueva y amarga le sonrojó las mejillas a McKinley, pero Kaila se le adelantó antes de que pudiera decir nada:

—Bueno, podemos honrarlo incluso sin el artefacto, ¿no? ¿Cuál es el protocolo de este ritual?

Elizabeth les echó un vistazo a los trece cálices de cristal que había en el aparador.

—Mira, Kaila, tus intenciones son buenas, pero el que propone el brindis es el Contable. No podemos…

—Chicos, mirad… —Juliette se puso de pie de un salto y señaló la chimenea.

Todos siguieron su mirada.

Nadie había añadido troncos nuevos al hogar durante la última hora, así que el fuego se había reducido a unas cuantas brasas humeantes.

Justo en el centro, debajo del arco de piedra, había una jarra de cobre.

A Ralph se le cortó la respiración al ver que era la jarra que el Contable solía sacarse del maletín.

Un destello rojo ardía en la superficie pulida.

—Vaaa… leee… —dijo Maurice, que se hundió aún más en su sillón reclinable, como si esperara que la jarra lo atacara—. Eso no estaba ahí antes, ¿verdad?

Marc se giró hacia Graham y observó:

—Parece que ya está todo listo.

Y, de repente, Ralph se alarmó.

—Esperad. No sé si…

Pero la voz de Graham sonó más fuerte cuando señaló a Kaila con la cabeza y le dijo:

—Si esto no es una señal, no sé qué podría serlo. ¿Nos harías el honor de proponer el brindis, chica?

Kaila rodeó el sillón reclinable de Maurice hasta llegar a la chimenea. Hipnotizada, contempló durante unos segundos el resplandor inquietante. Después, estiró el brazo.

—Cariño, ten cuidado… —comenzó Luana, pero, al igual que Ralph, ella tampoco podía moverse.

Kaila dejó las manos suspendidas sobre la jarra unos instantes… y luego la agarró. Todos los vecinos dieron un respingo.

—No está caliente —dijo. Cuando se volvió hacia los demás, sostuvo la jarra entre las manos y les mostró una sonrisa exultante—. Está tibia, pero no caliente…

Graham chasqueó los dedos para indicarles a Juliette y a Elizabeth que se dieran prisa y empezaran a repartir los cálices.

Doce, porque el decimotercer invitado aún no había llegado.

Ralph, con la boca abierta, miró a su hija, invadido por un respeto profundo y devoto.

Al parecer, había malinterpretado las reservas de Kaila.

En medio de las hostilidades, su hija había triunfado donde Graham y los demás habían fracasado: en crear un momento de unidad entre los vecinos.

—El abuelo habría estado muy orgulloso de ti, Kaila —dijo, y notó que tenía un nudo en la garganta.

—Yo también lo creo —añadió McKinley—. El juez Lewis era un hombre distinguido.