Días oscuros RALPH #2
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RALPH #2

—Lo acorralamos —dijo Marc—. O nos devuelve a Liam, sano y salvo, o no habrá sacrificio. Si todos nos mantenemos firmes, no tiene alternativa.

—¿Y si Liam está muerto? —preguntó Gray Júnior.

—¡No digas eso! —chilló Joyce—. ¡No se te ocurra decir eso!

—Joyce, tienes que pensar en…

—¡No tengo que pensar en nada!

—¡Tía, supéralo! —soltó Maurice con la cabeza gacha—. A ver, es todo muy triste y muy bua, bua, bua, pero ¡hay que intentar ser realista!

—Uf, ¿por qué no cierras la puta boca hasta que hayas recuperado lo que te falta de mano? —le espetó Joyce—. Me han dicho que sigue husmeando por el bosque.

—Sí, y a mí me han dicho que te follaron tan fuerte por delante y por detrás que te reventaron el perineo en el bosque.

Marc se levantó de un salto de su asiento y se le habría echado al cuello si Graham no hubiera agarrado el bastón y hubiera estampado la cabeza de íbice de níquel contra la mesita de café. Todo el mundo se quedó callado al instante.

Graham había empalidecido.

—¿Qué estáis haciendo? ¡Fijaos en eso! —Levantó el bastón para señalar hacia el otro lado de la mesa, donde Kaila levantó la vista, alarmada—. Tenemos una invitada esta noche. ¿Así es como nos presentamos? ¡Esto… no… es… civilizado!

Silencio sepulcral.

—Kaila, por favor, acepta mis disculpas por el comportamiento de tus vecinos. Esto no es representativo de quiénes somos.

La chica, sonrojada, se retorció en el sillón reclinable.

—No pasa nada. Esta noche todo el mundo está un poco alterado. Lo entiendo.

—Es una actitud muy madura por tu parte, pero no es excusa.

Gente, podemos pedirle información al Contable, pero no vamos a desafiar al Diablo.

¡No vamos a chantajearlo! —Joyce quiso protestar, pero Graham levantó la mano.

Al mismo tiempo, Ralph intentó captar la mirada de su hija para mostrarle su aprobación, pero Kaila volvía a tenerla clavada en las manos—.

Joyce, tienes razón. Esto no es suerte. Pero la forma de no agravar aún más las cosas es llevar a alguien al bosque mañana y darle la vuelta a la situación.

Y, luego, esperamos que el resultado sea bueno, rezamos por ello.

—Es de la vida de mi hijo de lo que estás hablando —dijo Marc con frialdad—. ¿Y quieres rezar por ella? Tenemos derecho a nuestra felicidad.

—¿Y si está muerto, Marc? —Joyce se aferró al brazo de su marido—. Ay, Dios, ¿y si Liam está muerto?

Una nueva ola de sollozos ahogó sus palabras, pero Marc estaba demasiado ensimismado para consolarla.

—No tenemos derecho a la felicidad, Marc —repuso Graham—. Nos prometieron felicidad, pero ¿quién? —Miró a su alrededor y finalmente posó la mirada en Ralph, quien sintió que se le formaba un nudo en el estómago—. Ralph, ¿qué opinas tú de esto?

—Eh… —Tuvo que aclararse la garganta y, aun así, la voz le salió ronca—. Jamás se sostendría ante un tribunal, desde luego. Aunque todo se viniera abajo, no se consideraría incumplimiento de contrato. No tenemos garantías. Ni sobre la inmortalidad ni tampoco sobre la inmunidad.

—¿Por qué de repente te has puesto a hacer de abogado del Diablo?

—Marc, el pacto no dice que nadie pueda morir. Recuerda que hace unos meses perdimos a Dorothy.

—¡Era vieja! —soltó Joyce entre lágrimas—. ¡Tuvo una vida larga y feliz!

—Mi hermano se quitó la vida a los dieciséis años. ¿Crees que mis padres no se preguntaron cómo encajaba aquello en el pacto? ¿Cómo era siquiera posible?

«La delicada verdad es que aprendieron a ser felices con ello», pensó, pero no lo dijo.

Joyce y Marc Wachowski se enfrentaban a ese mismo futuro horrible: más pronto que tarde —ominosamente pronto, de hecho—, el dolor agonizante de la desaparición de Liam se desvanecería.

No lo habrían asimilado, pero lo habrían reprimido.

Se despreciarían a sí mismos porque se había vuelto soportable, pero eso también pasaría, porque, al fin y al cabo, estaban programados para ser felices, así de simple.

Y entonces la desaparición de Liam sería para siempre un Día Oscuro del pasado.

—Ralph tiene razón —dijo Graham—. Esperemos que el Contable muestre buena disposición hacia nosotros. La esperanza es lo último que se pierde. Pero, de momento, lo único que podemos hacer es esperar.

El reloj dio las ocho.

Se produjo una breve pausa en la que los vecinos de Bird Street, agradecidos, se encerraron en sí mismos.

Juliette preparó unas bebidas. Maurice se sumió en una especie de estupor y no se percató de la mosca que le correteaba sobre la sangre coagulada del pelo.

Laura dio un respingo cuando se acordó del monitor del bebé y activó a toda prisa la imagen y el sonido.

Al menos en eso tuvieron un golpe de suerte: los niños estaban jugando al Escondite inglés, los chicos a un lado de la biblioteca y las chicas al otro.

Los nervios de Ralph eran insoportables.

La presión que sentía en el pecho le bajó al estómago y le provocó retortijones.

El silencio era peor que hablar, porque le permitía especular.

¿Las cosas que había dicho eran las que habría dicho normalmente?

¿La forma en que las había dicho había despertado sospechas?

No tenía respuestas para esas preguntas.

—¿Estás bien? —preguntó Juliette al ofrecerle un refresco—. Estás sudando a mares.

—Estoy bien. —Se tocó el cuello y notó el sudor en los dedos—. Bueno…, tan bien como tú, supongo.

Ella asintió con una expresión que podría significar cualquier cosa y volvió a la barra. Ralph se bebió el refresco de un trago. Uf. Mientras se secaba las lágrimas de los ojos, sintió el peso de la mirada de Harry sobre él.

«Lo sabe».

Ralph fingió no darse cuenta, pero Harry siguió mirándolo con intensidad.

«Lo sabe, ya ni siquiera lo duda. Puede que viera algo esa noche. Quizá estuviera asomado a la puerta delantera de su casa y viese tu faro roto. Tal vez se esté guardando ese triunfo en la manga hasta que llegue el momento adecuado».

Tonterías. Si las sospechas de Harry fueran más allá de una simple conjetura, las habría expresado.

Su vecino le había tomado simpatía, pero el equilibrio de Bird Street era demasiado delicado como para permitir que una sola persona inclinara la balanza.

Si Harry estaba convencido de que Ralph tenía algo que ver con la desaparición de Liam, no podría decir nada que lo persuadiera de lo contrario. Y eso lo hacía peligroso.

Ralph intentó desviar su atención hacia otro lugar.

Hacia Kaila, por ejemplo. Mirarla le provocó una premonición muy distinta, aunque no menos preocupante.

Cuando habían vuelto del bosque, la chica se había mostrado callada y distante, con una oscuridad en los ojos que su padre conocía demasiado bien.

Antes de que Ralph los metiera en aquel lío, Luana y él estaban bastante seguros de que estaban haciendo un buen trabajo respecto a la gestión del camino de Kaila hacia su iniciación.

Pero, entonces, todo se desmoronó y le habían perdido la pista justo antes de la meta.

Ralph temía que esta deficiencia hubiera causado más daño del que parecía posible en tan poco tiempo.

A veces, la depresión de noviembre de Kaila se comportaba como un coche trucado: con los Días Oscuros como motor de arranque y el caos actual como catalizador, su estado mental podía sobrealimentarse hasta convertirse en un desastre.

La chica sintió su mirada y levantó los ojos un instante hacia los de él, el tiempo justo para que su padre le preguntara moviendo los labios: «¿Estás bien?».

Un gesto de asentimiento rápido. Volvió a bajar la mirada. Así que no estaba bien. A partir de mañana, estaría ahí para ella. Más litio. Más atención. Jugar a juegos de mesa si a ella le apetecía. Y dejar de regodearse en su propia desdicha.

Juliette había rellenado todos los vasos y Graham sintió que había llegado el momento de hacer un repaso del día siguiente.

—La forma en que decidamos abordar la búsqueda de Liam dependerá de lo que nos cuenten esta noche. Pero también tenemos una cita con un paciente. Elizabeth, ¿debo contar con que sigue en pie?

—Sí, le he llamado esta tarde y sigue en pie. Con lo que ha pasado, no he podido brindarle todo el apoyo que me habría gustado, pero tengo la sensación de que, de todos modos, este hombre no lo necesita. Lo tiene claro.

—¿Cómo decías que se llamaba?

—Bill Nielsen.

—Ah, sí, el señor Nielsen. El relojero. ¿Qué hemos podido organizarle? —Aquella última pregunta iba dirigida a su hijo mayor, que lo miró con cara de desconcierto—. Para dignificar su final, quiero decir.

—Ah, eso. Con todo este lío, no hemos tenido tiempo. Mañana podemos llevar una silla o algo así al Lugar de la Ejecución, pero es imposible conectar los generadores y la luz.

—¿Qué pasa, que quieres electrocutarlo? —dijo Maurice riéndose entre dientes; por lo visto, no se había desmayado del todo.

—Ahógate con la campanilla. Me refería a la decoración. A lo mejor podemos poner una lámpara de propano o algo así. Llevar un reloj pequeño.

—¡Oh, qué bien! ¡Y no te olvides la barbacoa!

—¡Maldita sea! —A Graham volvían a temblarle los labios—. Ese hombre está entregando su vida por nosotros. ¿En serio eso es lo mejor que podemos hacer?

—Va a ser algo básico, Graham —intervino Harry—. Pero Nielsen no pide más. Lo importante ahora es que salga bien. Todo lo demás es secundario.

—¡La muerte de una persona no es secundaria!

—Papá, concéntrate en el objetivo, por favor. —Gray miró a su padre y, esta vez, no apartó la vista—. Sabemos cuál es tu postura. Ya has dicho lo que tenías que decir.

—¿Y si se echa atrás en el último momento? —preguntó Joyce sin ocultar ni un ápice toda su desesperación—. Me refiero a que no podemos fallar ahora…

—No se echará atrás, Joyce —aseveró Elizabeth—. Te lo garantizo.

—Pero ¿y si lo hace?

—Tenemos otros candidatos —comenzó Graham, pero Marc lo ignoró (lo ignoró deliberadamente y con desdén) y se volvió hacia Elizabeth.

—¿Quién va a subir con él?

—Harry, Gray y yo.