RALPH
La reunión. «Te estás olvidando de una cosa». La llegada del Contable.
Por primera vez desde hacía generaciones, los vecinos no se reunieron en la sala de trofeos, sino en el salón del ala norte.
Y, por primera vez, el festín acostumbrado no consistió en la tradicional carte du jour de cinco platos servidos en vajilla de porcelana fina, sino en una selección de platos de Sam’s Noodle Town en envases de plástico para llevar.
En general, el salón no se diferenciaba mucho de la sala de trofeos.
Estaban sentados en sofás de ante en torno a una mesita de centro.
Luana se acomodó a su lado, a la izquierda, lo cual fue todo un detalle por su parte, aunque no dejaba de juguetear con el bolso y eso no tardó en sacarlo de sus casillas.
En el sofá había espacio para Kaila, a su derecha, pero su hija eligió el sillón reclinable que había en el extremo más alejado, y Elizabeth y Harry acercaron un par de sillas que interpusieron entre ellos.
Fue Juliette quien, tras el saludo silencioso de rigor, se sentó a su lado.
Gray Júnior y Laura y Joyce y Marc ocuparon sendos sofás de dos plazas al otro lado de la sala, enmarcando el exuberante fuego de la chimenea.
Por último, el viejo Graham se hundió haciendo una mueca en su Chesterfield, a la cabecera de la consola, delante de la puerta de doble hoja.
La pieza más destacada de la repisa de la chimenea, entre un surtido de cuernos, no era la cabeza de un jabalí, sino la de un lobo gris sonriente.
Ralph estaba agotado física y mentalmente.
Tras abandonar la búsqueda en el bosque, se había duchado y se había dejado caer en la cama, pero no había conseguido que su siesta reparadora durase más de veinte minutos: demasiado breve para tener algún efecto real.
Y necesitaba estar en plena forma, porque esa noche volvería a ser el referente ético de sus vecinos.
A duras penas era capaz de soportar la hipocresía.
Pero era su deber, y no era el mejor momento para escaquearse.
Si superaban aquella noche, tendrían una oportunidad.
Estaba convencido de ello. Por supuesto, todavía les quedaba el resto de noviembre y, pese a los primeros y vacilantes pasos de Luana hacia la reconciliación, seguía temiendo por su matrimonio a largo plazo…
Aun así, esa noche sería la prueba de fuego.
El Contable. ¿Cómo demonios no se le había ocurrido pensar en el Contable?
Lo cierto era que no sabía qué iba a decir. Si es que iba a decir algo. Pero, a medida que se acercaba la hora del encuentro, el miedo a que la verdad saliera a la luz empezó a oprimirle tanto el pecho que casi no podía respirar.
No solía creer mucho en las supersticiones, pero, desde el accidente, no había sido capaz de mirar la foto de Samuel y Amelia Lewis que tenían en el aparador.
El juez Lewis había sido un hombre íntegro, y Ralph sentía algo más profundo que la vergüenza, pues sabía que sus acciones le habrían partido el corazón a su padre.
Pero esa noche, mientras se dirigían a casa de los McKinley, había oído de improviso la voz de su padre, muy cercana y sorprendentemente sensata: «¿Tan horrible te parecería, Ralph, que la verdad saliera a la luz? ¿Tan horrible te parecería limpiar tu conciencia?».
Se había detenido para mirar a su alrededor.
Las hojas se arremolinaban en las alcantarillas.
Desde el otro lado de la calle, los Wachowski restantes caminaban hacia ellos sin prisa, o tambaleándose, en el caso de Joyce, apoyada en su marido.
La mujer se apretaba el bolso contra el pecho de la misma forma en que una persona que se ahoga se aferraría a un salvavidas.
Cuando su mirada se cruzó durante un segundo con la de Marc, Ralph se quedó petrificado.
No solo no vio ningún tipo de reconocimiento en los ojos de su vecino, sino que le pareció que Wachowski era un hombre para el que los últimos días ni siquiera habían existido.
«Díselo, hijo. Dales la posibilidad de pasar página».
Pero tenía que pensar en Kaila y Django. Estaba metido hasta el cuello.
«Dame esta noche —había pensado—. Te juro por Dios que quiero hacer lo correcto. Pero, por favor, dame esta noche».
No había recibido respuesta.
—Bien —dijo Graham McKinley una vez que todo el mundo hubo terminado de comer. Nadie se había terminado el plato, pero las copas estaban vacías, eso sí—. Esto no está saliendo como esperábamos. Que quede claro: lo detesto.
—Todos nos sentimos fatal, Graham —señaló Elizabeth.
El patriarca no le hizo caso. Le temblaba el labio inferior mientras contemplaba los contenedores de comida para llevar medio vacíos que descansaban sobre la mesita de centro.
—Las tradiciones y los rituales recurrentes son los cimientos de quienes somos.
Nos conectan los unos a los otros y con nuestro pasado, y evitan que caigamos en la indiferencia.
Son de suma importancia, teniendo en cuenta la pesada tarea que desempeñamos.
Pero, ay. Las circunstancias son las que son.
—Murmullos de asentimiento—. ¡Y por eso os suplico a todos, por nuestro bien y por el bien de nuestra supervivencia… , que no… os rindáis… esta noche!
—Por Dios, papá, no seas tan dramático —bramó Maurice con voz ronca.
Los ojos de su padre, en lugar de llamear ante tal comentario, como habrían hecho en circunstancias normales, parpadearon y miraron hacia otro lado.
Nadie habló y, por unos segundos, lo único que oyeron fueron los sollozos silenciosos de Joyce; había empezado a llorar durante la cena y no había podido parar.
«En comparación con el año pasado —pensó Ralph—, cuando aún tenía a Dorothy a su lado, ha envejecido de forma considerable. He aquí a un hombre que entra en la etapa final de su vida y se da cuenta de que ha fracasado».
Creía entender de dónde procedía el temor de Graham.
Ya no había cohesión. El grupo se estaba descomponiendo —no en parejas, sino en individuos que habitaban cada uno en su propia oscuridad—, y McKinley, que había visto muchas cosas en la vida, lo sabía.
La desintegración había comenzado el año anterior, y tal vez el patriarca hubiese albergado la esperanza de que el paso del tiempo los fusionara, pero había ocurrido justo lo contrario.
Ralph había visto muchas cosas aterradoras a lo largo de los últimos días, pero el hecho de que McKinley apartara la mirada se llevaba la palma, porque significaba una rendición fatalista: nada de aquello importaba ya.
—Entonces, ideemos un plan —dijo Elizabeth, lo que llevó a Ralph a pensar: «Ella, precisamente ella, sigue intentando remendar el calcetín de la civilización.
Menuda ironía, ¿no?»—. Todos queremos encontrar a Liam.
Y todos estamos de acuerdo con que nunca ha sido tan importante que el regalo de invierno que le hacemos al Contable salga bien mañana mismo.
—¿Cómo que «regalo de invierno»? —resopló Maurice—. ¡No me hagas reír!
—Maurice, ¿por qué no te callas la puta boca? —dijo Gray.
—¿Qué? No me jodas, la mujer no debería hablar con eufem… fenem… eufeminismos cuando se trata de un sacrificio.
—Vuelve a llamar así a mi esposa y necesitarás más vendajes —advirtió Harry en voz baja.
—¿Cómo? ¿Mujer?
—Ya me has oído.
Juliette levantó las manos en un débil intento por calmar los ánimos.
—Elizabeth tiene razón. Tenemos que ponerle freno a esto antes de que empeore.
—¿Cómo va a empeorar esto? —soltó Joyce—. ¿Cómo? ¡Mi pequeño ha desaparecido y no hemos encontrado una puta mierda!
Elizabeth asintió.
—Lo sé, cariño. Deja que le proponga al grupo lo que Marc y tú me habéis pedido antes. —Se volvió hacia los demás—. ¿Qué creemos que sabe el Contable? ¿Creemos que tiene información sobre Liam?
Marc dejó el vaso sobre la mesa con brusquedad y derramó parte de su Jack Daniel’s.
—Si Liam se adentró en el bosque, él lo sabe. Esos son sus cotos de caza.
Ralph notó que Luana se tensaba a su lado. Quiso apretarle la mano. No pudo.
—En cualquier caso, algo tiene que saber —intervino Laura—. Sabe todo lo que tiene que ver con nosotros. Conoce nuestros deseos. Nuestras aspiraciones. Nuestros pensamientos más íntimos. Por supuesto que sabrá algo.
Eso estaba claro. La pregunta del millón era: ¿iba a interferir?
A Ralph le vino a la mente la historia que Graham le había contado a Kaila, la de cuando su abuelo James había intentado burlar al Diablo matando una vaca en el bosque.
El sacrificio no había contado, pero James McKinley no se había dado cuenta hasta que su amada Catherine murió por complicaciones durante el parto.
El Contable no había intervenido. ¿Era porque ansiaba el sufrimiento humano de la misma manera que ansiaba un alma nueva y fresca cada noviembre?
No era más que una suposición. Pero era la última esperanza de Ralph.
—Bien —dijo Elizabeth—. Creo que todos estamos de acuerdo en eso. Pero Joyce y Marc se preguntan, con razón: ¿y si se niega a contárnoslo?
—Obligaremos a ese hijo de puta a hablar —intervino Marc—. Sin información, no hay sacrificio.
—¡Blasfemia! —gritó Graham, y a Luana se le acalambró una pierna. Harry volcó su vaso. Kaila se puso rígida. Al final, resultó que los ojos de Graham seguían teniendo la capacidad de arder—. ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves?
—Pero, Graham… —suplicó Joyce—. ¡Tenemos un pacto, joder!
¡Y esto…! ¡Esto es incumplimiento de contrato!
—Graham la miró, atónito—. ¿Cómo va a ser esto suerte?
¡Mi pequeño ha desaparecido! ¡Y ya estaba desaparecido antes de los Días Oscuros!
Esto no es suerte, es un infierno. ¡Jamás nos habría ocurrido si él hubiera seguido las reglas!
—Joyce…
—Nosotros siempre cumplimos con nuestra parte. Le llevamos comida todos los años, y se supone que a cambio tenemos suerte. Esto no es suerte. ¡Esto es una pesadilla!
Maurice le lanzó una mirada de desconcierto.
—¿Qué quieres hacer, demandarlo?