Días oscuros DJANGO #5
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DJANGO #5

Pero no fue nadie. ¿Por qué no iba nadie? ¿Dónde se habían metido? ¿Y por qué la casa estaba tan silenciosa?

—Chicos —la voz de Harper se alzó desde detrás de una muralla de libros—. Os dije que habría un túnel secreto, ¿no?

Abriéndose paso entre un laberinto de volúmenes polvorientos, se acercaron a ella.

Estaba sentada en el saliente de piedra que remataba la chimenea.

Era ancho. A la izquierda estaba la abertura cuadrada para el fuego, cubierta de cenizas.

A la derecha, separado por una pared de piedra caliza, había un espacio similar lleno de troncos de abedul partidos.

En la pared de al lado había una rueda de hierro.

—Gírala —ordenó Harper.

Ethan obedeció. Se oyó un profundo traqueteo de cadenas. Un chirrido de poleas. Los troncos se hundieron un poco. Ethan y Django se miraron. A toda prisa, agarraron la leña y la arrojaron al hogar hasta dejar al descubierto una plataforma suspendida por cadenas de hierro.

—Es un montaplatos —murmuró Ethan.

—Guau… ¿Adónde lleva?

A un pozo profundo.

—Debe de ser algún tipo de sótano. Donde almacenan la leña.

—¿Crees que…?

—No soportaría tu peso. Ni el de Harper.

Se volvieron al mismo tiempo.

—Aurora…

—¡No quiero!

—¡Tienes que hacerlo! ¡Eres nuestra última esperanza!

Aurora estaba sentada en la plataforma, encorvada, con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos envueltos alrededor de ellas. Apenas cabía. Les había costado mucho incrustarla allí; tenía la cara y el jersey llenos de manchas negras.

—Pero ¡me da miedo!

—No pasa nada —le dijo Django—. Solo tenemos que bajarte un poco.

—¿Y si hay arañas?

—A las arañas no les gustan los espacios pequeños y oscuros. Les gustan los espacios abiertos y aireados, como los techos.

Estaba bastante seguro de que era al revés, pero también había arañas en el techo, así que a lo mejor colaba.

—Oye, cuando llegues al sótano, sal sin hacer ruido y corre —le dijo Ethan—.

Busca las escaleras y sube. Pero sin que nadie te vea, ¿entiendes?

Te lo digo en serio, ni siquiera tu mamá y tu papá.

Vuelve aquí arriba. Estoy casi seguro de que han dejado la llave en la cerradura, así que podrás dejarnos salir, capice ?

Unos ojos grandes y asustados los contemplaban desde la oscuridad. En cuanto Ethan empezó a bajarla, Aurora chilló y se agarró a las cadenas de hierro. Las manitas pálidas se le llenaron de hollín. Poco a poco, se hundió.

—¡Esto está muy oscuro! —gritó, y luego—: ¡No, no, no, no quiero, me da miedo!, ¡dejadme salir, sacadme de aquí!

Con lágrimas en los ojos, Harper observó a Aurora mientras desaparecía.

Fue entonces cuando Django también empezó a dejarse llevar por el pánico.

Lo tenía claro: la niña se caería y se rompería el cuello.

Se quedaría atascada a mitad de camino, moriría y se convertiría en un fantasma que dejaría huellas cenicientas en los espejos durante las noches frías, cuando se encendiese el fuego.

Quería gritarle a Ethan que se detuviera, que girase la rueda en la otra dirección, pero no emitió ningún sonido, así que el chico continuó, y Aurora siguió gritando, y tic-tac, tic-tac, el reloj no dejaba de marcar las horas, de acercarse a las diez…

Con un crac, pam, pum, el montaplatos se quedó parado.

Los llantos y los gritos cesaron.

Silencio sepulcral.

—¡Aurora! —gritó Ethan—. ¿Estás ahí?

No les llegó ninguna respuesta desde el hueco.

—¡Aurora!

—¿Por qué no responde…? Ethan, ¿por qué no responde?

Este último, con los ojos rebosantes del mismo miedo desgarrador que Django sentía corriéndole por las venas, empezó a girar la rueda en la dirección opuesta. Hasta el último impulso, no vieron reaparecer la plataforma. Pero no había ni rastro de Aurora.

—¿Crees que ha…?

—Debe de haber…

—Es imposible que haya…

Los tres volvieron a abrirse paso entre los montones de libros para congregarse ante la puerta, atentos a cualquier ruido proveniente de la casa. No oyeron nada. Y cuando, tras lo que debieron de ser al menos diez minutos, seguían sin saber nada de Aurora, comprendieron que no iba a suceder.

—Laura y Gray van a matarnos—dijo Ethan en voz baja.

Django asintió. Tenía algo en el estómago que quería salir, pero no subía. Las lágrimas tampoco le brotaban. Solo era capaz de mirar la puerta cerrada.

—Django —susurró Ethan.

Señaló con la cabeza el reloj de pie que había en la esquina.

Faltaba un minuto para las diez.

Ya era demasiado tarde.

Django pensó: «Estos son los Días Oscuros. Esta es la Era de la Podredumbre. Soy Django “Lee” Lewis da Silva, y vivo en Bird Street, Lock Haven, Washington, Estados Unidos de América. Este es quien soy».

Con la mano derecha, se agarró a la de Ethan. Con la izquierda, a la de Harper.

El reloj dio las diez.

Tras el tercer toque, se oyó un golpe estruendoso en la puerta del vestíbulo de la planta baja.

Otra vez.

Django permaneció en silencio, pero tenía la sensación de que no había nada en este mundo que pudiera hacerle soltar la mano de sus amigos.

Abajo, oyeron unos pasos lentos.

Entonces comenzaron los gritos.