Días oscuros DJANGO #4
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DJANGO #4

—¡Ves! A eso me refiero. Kaila me ha dicho que, pase lo que pase esta noche, yo estaré a salvo.

Pero no tengo claro que fuera del todo ella misma cuando me lo dijo.

No sé si ella también está bajo la influencia de esa cosa.

Pero, cuando ese reloj marque las diez, preferiría no estar aquí para averiguarlo.

Ethan asintió.

—Vale. No sé hasta qué punto me creo todo esto. No me creo ni la mitad, diría yo. Pero ya estoy harto de esta mierda. —Se dio la vuelta y se encaminó hacia la repisa de la chimenea, donde le dio la vuelta al monitor para bebés.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Django.

—Escapar.

Ethan sacudió la puerta. Acercó una silla a ella y palpó el marco en busca de una llave inexistente. Se sacó una tarjeta de la cartera y la pasó por la rendija. Se le resbaló. Soltó un taco. Y, mientras tanto, Django no paraba de cambiar el peso de una pierna a otra.

—Date prisa —siseó—. A lo mejor viene alguien a ver cómo estamos.

—¡Lo estoy intentando!

—¡Solo te lo recordaba!

—Esto no va a funcionar. —Miró a su alrededor y se fijó en que las niñas estaban viendo Jugando con fuego . Se acercó a su hermana—. Harper. Dame una horquilla.

—Ni de broma, es mía.

—Diez dólares.

—Veinte, en efectivo. Mañana.

—Trato hecho.

Django miró con incredulidad primero a la hermana y luego al hermano, pero Harper ya se había quitado una horquilla del pelo y se la había dado a Ethan. Este la dobló y la introdujo en la cerradura. Al cabo de un rato, Django le preguntó si había hecho algo así antes.

—¿A ti qué te parece?

—¿Puedo intentarlo?

—Adelante, maestro.

El muchacho lo intentó, pero no tenía ni idea lo que estaba haciendo. Tendría que haberlo practicado, por supuesto. Siempre hay que estar preparado para las emergencias, decían.

Ambos se sobresaltaron al oír la voz de Harper.

—¿Qué estáis haciendo?

—Pesca de altura —contestó Ethan.

La niña estaba justo detrás de ellos.

—Tengo que ir al baño.

—Yo también —dijo Aurora, que se levantó y se frotó la entrepierna sin ningún pudor.

—Que alguien me pegue un tiro —dijo Ethan—. Aguantaos, ¿vale? Llamaré a alguien. —Se acercó a la repisa de la chimenea, levantó el monitor y empezó a hacer señas—. ¡Eh! ¡Pausa para hacer pis!

Django lo sacó del encuadre y le susurró:

—Espera…, ¿quién crees que va a venir?

—Laura. O puede que la Aikman.

—Podríamos tenderles una emboscada. Esperar detrás de la puerta con un atizador o un libro gordo.

Ethan le lanzó una mirada que podía significar cualquier cosa. Luego, regresó al monitor.

—¡Oye, aquí hay unos cuantos que tenemos que ir al baño!

—Ethan…

—Cállate —siseó, y se agachó para no salir en la cámara—. No vamos a pegar a una mujer. Los dos fingiremos que también vamos al baño. Cuando lleguemos a las escaleras, corre.

—Y luego ¿qué?

—Sal por la puerta.

—¿Y los demás qué? ¿Qué pasa con Kaila y el pequeño Ricky?

—Llamaremos a la policía. A la mierda lo que sea que estén tramando. Quiero encontrar a Liam. —Se giró hacia el monitor—. ¡Hola!

—Tengo muchas ganas de hacer pis —se quejó Aurora.

—Eso se lo cuentas a tu Madre del Año cuando venga —masculló Ethan—. ¡Eh, capullos! ¡Vuestros hijos necesitan ayuda!

Pero, por más empeño que pusiera en intentarlo y por más tiempo que dedicara a hacerlo, no apareció nadie.

Ni siquiera cuando el reloj dio las ocho.

Aurora y Harper ya no aguantaban más, así que Django les propuso que hicieran pis en un vaso.

Se armó un buen lío, porque Harper se negaba.

Pero Django le dijo que sería divertido, como una aventura, y al final la naturaleza se impuso.

Ethan y Django tuvieron que marcharse al otro extremo de la habitación y ponerse de espaldas.

Cuando oyeron que el chorro de pis de las niñas llenaba los vasos, el mayo de los chicos se estremeció y puso cara de asco mientras gritaba:

—¡Puaj, qué asco!

A las ocho y cuarto, Aurora empezó a llorar porque quería a su mamá.

El llanto no tardó en convertirse en un chillido que asustó muchísimo a Harper.

Ethan aporreó la puerta y gritó pidiendo ayuda.

Django agitó los brazos frente al monitor, pero no acudió nadie.

Y el único pensamiento que le rondaba la cabeza una y otra vez: ¿cuán desesperada era la situación llegados a ese punto?

La mirada penetrante de Ethan, la forma en que la boca se le crispaba y deformaba…

No le gustaba ni un pelo. No era propio de una persona que solo se creía a medias lo que estaba pasando.

Lo que significaba que las esperanzas del propio Django empezaban a desmoronarse.

A las ocho y media, Aurora se había quedado sin fuerzas y estaba acurrucada bajo una manta en uno de los colchones hinchables, con un rubor enfermizo en las mejillas. El pequeño Ricky no se había despertado en ningún momento.

—Es una casa vieja —dijo Harper—. Las casas viejas siempre tienen pasadizos secretos. Seguro que una de las estanterías se da la vuelta y abre un túnel secreto.

Ethan y Django intercambiaron una mirada.

—A lo mejor hay un panel…

—O un libro que en realidad sea una palanca…

Se pusieron manos a la obra. Sacaron libro tras libro de las estanterías y los apilaron en el suelo.

Harper les echó una mano con los estantes inferiores.

Era un trabajo de la leche, porque el señor McKinley tenía una cantidad ingente de libros.

Las manecillas del reloj de pie avanzaban despacio hacia las nueve.

Luego, pasaron de esa hora. Y siguieron hacia las nueve y media.

Django aceleró el ritmo, con la lengua entre los dientes.

Las estanterías se vaciaban. Las pilas se hacían más altas.

No había palanca. Ni pasadizo secreto.

Al final, tras sacar el último libro de los estantes y presionar el panel trasero de todas las estanterías, Ethan se dejó caer, derrotado.

—El señor McKinley nos va a matar.

—Cien por cien —susurró Django.

—¡Eh! —le gritó Ethan a la cámara—. ¡Te hemos jodido la biblioteca, cabronazo! ¡Ven a por nosotros!