Días oscuros DJANGO #3
91%

DJANGO #3

—Niños, es un placer daros la bienvenida a mi casa. Aunque todos desearíamos que las circunstancias fueran distintas. Kaila…, me alegro de verte.

«No me extraña que le dé un tratamiento especial a mi hermana —pensó Django—. Se supone que yo no sé en qué andan metidos, pero lo sé».

Kaila asintió y desvió la mirada.

—Gray os acompañará arriba, niños. Que paséis una buena noche.

—Vamos —dijo mamá—. Intenta pasártelo bien. Dentro de un rato, iremos a ver cómo estás. Y come un montón, ¿vale?

Django le soltó la mano y siguió a Gray, Ethan y Harper por una amplia escalera de mármol.

Esta conducía a un pasillo largo con puertas por todas partes.

Una de ellas, daba a una biblioteca que olía a alfombra mágica y estaba atestada de libros.

Había una gran chimenea de piedra, con un cuadro de un hombre que guardaba un extraño parecido con el viejo señor McKinley sobre la repisa y el hogar vacío.

Laura estaba dándole de comer arroz con salsa de tomate al pequeño Ricky.

—Ah, gracias por venir, Ethan. Ya verás como mi pequeño Plucky es todo un angelito. Lo pondré en su cuna de viaje y se dormirá enseguida. No te dará ningún problema.

Ethan miró al bebé como si estuviera estudiando un experimento científico fallido.

—Me han dicho que habría un monitor, ¿no?

—Sí —dijo Gray, y señaló la repisa de la chimenea—. Apagaremos el sonido para que podáis ver una película, pero lo conectaremos cada cinco minutos. Si pasa algo, solo tenéis que hacernos una señal. Estaremos viendo todo lo que ocurra aquí dentro.

Lo cual sonó más a amenaza que a cualquier otra cosa.

Aurora había extendido sus Barbies por la alfombra y Harper se acuclilló a su lado.

En efecto, había una pantalla de home cinema , además de un portátil con un proyector y una PlayStation.

Los pufs fluorescentes esparcidos aquí y allá contrastaban penosamente con la decoración original.

Lo mismo ocurría con las colchonetas hinchables del suelo.

El antiguo escritorio ejecutivo con tapa de cuero estaba repleto de latas de Gatorade, Mountain Dew y Cherry Coke.

Tazas, platos, cubiertos… Todo el percal.

Y de comida para llevar de Sam’s Noodle Town.

A Django se le hizo la boca agua, a pesar de todo.

No había comido nada desde el medio bizcocho del desayuno.

Marc Wachowski entró sin previo aviso y dijo:

—Los móviles, por favor.

—Uf, papá, ¿en serio? —suspiró Ethan—. Me dejáis aquí tirado con estos críos…

—Ethan, no te atrevas a llevarme la contraria precisamente ahora. —A Marc le temblaban los labios. De hecho, le temblaba toda la cara—. Ya lo hemos hablado. Dámelo ya.

Refunfuñando, Ethan cedió y le entregó el teléfono.

—Django, el tuyo también. Se lo daré a tus padres.

—Pero ¿por qué? —preguntó.

—Reflejos. No es seguro. Estáis solos aquí.

Al chico no le pareció que le estuviera diciendo la verdad, porque tenía el protector de pantalla antirreflejos y, además, los cubiertos eran de plata y los candelabros tenían cilindros de cristal.

Pero se dio cuenta de que no era el momento de plantarle cara a Marc.

Fuera lo que fuese lo que estaban tramando los adultos, el padre de Liam formaba parte de ello. A regañadientes, le dio su móvil.

Laura, que ya había terminado con el pequeño Ricky, lo dejó tan tranquilo en su cuna de viaje.

—Que paséis una noche estupenda, queridos —dijo—. ¡Y no olvidéis divertiros mucho!

Uno a uno, los adultos fueron saliendo de la biblioteca. Gray fue el último y cerró la puerta a su espalda. En cuanto oyeron el cloc del pestillo, Ethan abrió los ojos como platos.

—Eh… ¡Eh! —Saltó hacia la puerta y sacudió el pomo—. ¿Por qué nos habéis encerrado?

No hubo respuesta. Dieron un pequeño respingo cuando el reloj de pie de la esquina emitió un sonoro «dong…, dong…». Todos se volvieron a mirar hacia atrás, excepto Ethan.

—¡Y qué pasa si a uno de estos mocosos le entran ganas de ir al baño!

Nada.

—El monitor del bebé —dijo Django.

Ethan lo miró.

—Menuda puta mierda.

Django contó siete toques. Eso significaba que les quedaban tres horas. Tres horas hasta las diez en punto.

Mientras le pasaba el muñeco Ken a Harper, Aurora dijo:

—Tu hermano se ha escapado. —Luego, se volvió hacia los chicos—. ¿Quién va a prepararme el plato?

Fue Ethan quien lo hizo. Comieron y la señora Aikman se asomó por la puerta fingiendo una sonrisa, pero examinándolos con unos ojos fríos y acerados.

Le dijeron que todo iba bien y la mujer se marchó.

Entonces, Laura se pasó a ver cómo estaba Ricky; lo cogió en brazos y lo paseó de un lado a otro por la biblioteca haciendo un baile extraño y tarareando una especie de nana adulterada.

No era que desafinara, sino que siguió todo tipo de intervalos antinaturales hasta que el bebé se durmió. Ambas echaron el pestillo al salir.

Las niñas abrieron Netflix Kids y Django supo que no había tiempo que perder. Agarró a Ethan por la manga y tiró de él para alejarlo del monitor del bebé. Lo llevó hasta el reloj antiguo de la esquina opuesta.

—Oye, tío, ¿de qué vas?

—Finge que estás mirando los libros —dijo en un susurro al mismo tiempo que sacaba un voluminoso y polvoriento libro de tapa dura de la estantería.

—¿Qué pasa, que nos están vigilando los chinos? Tengo TikTok, así que no guardo secretos.

—Aquí no estamos a salvo.

—¿Qué quieres decir con que no estamos a salvo?

—Va a pasar algo. Algo malo. Esta noche, a las diez en punto. Y creo que tiene que ver con la desaparición de Liam.

—Tío, ¿de qué estás hablando?

—¡Tío, saca un libro de la estantería!

El problema de Ethan era que era el hermano mayor de Liam, mientras que Django era el hermano pequeño de Kaila, y eso era más o menos todo lo que sabían el uno del otro.

Los vínculos entre conspiradores se forjaban sobre la base de la confianza, y eso que requería de un tiempo del que no disponían.

Por no hablar del factor de que el chico, debido a su edad, lo consideraría un simple gusano, lo cual lo complicaba todo aún más.

Pero Ethan también era su última esperanza, así que tendría que apañárselas.

Este cogió un libro de la estantería.

— Sketches of the Character, Manners, and Present State of the Highlanders of Scotland —leyó en voz alta—, del coronel David Stewart, 1822. ¡Genial!

—¡Concéntrate! Tus padres y los míos. Todos los vecinos. Se llevan a gente al bosque durante los Días Oscuros.

El otro levantó la vista hacia él al instante.

—¿Lo sabes?

—¿Lo sabes tú? —repitió Django, igual de sorprendido.

—Papá y la bruja malvada de la casa de enfrente me lo contaron ayer.

—¿La señora Aikman?

—Brrr, sí, ella. Se suponía que no debía saberlo aún, pero Liam no les dio otra opción. Porque no pueden llamar a la policía. ¿No es una puta locura? Intentan hacer algo bueno, y ahora va Liam y paga las consecuencias.

—¿Qué te han contado?

—Que ayudan a gente que no quiere seguir viviendo. Eutanasia, ya sabes, algo legal en los países civilizados.

—No, qué va —dijo Django—. Te han mentido. No los están ayudando. Los están ofreciendo…

—Ofreciendo… Tío, ¿qué dices?

—Piénsalo. —A Ethan no debería resultarle difícil.

Su coeficiente intelectual era de 163, según le había dicho Liam una vez en tono engreído, y ya había conseguido una beca para estudiar Física Aplicada , Informática e Ingeniería en Harvard—.

El béisbol de Liam. Sus construcciones. Los saltos de trampolín de Kaila.

Mi piano. Los libros de tu madre. Sabes que no es normal, ¿verdad?

—Django le escudriñó—. Eres un genio por algo.

El chico cerró la boca de golpe. Y la mantuvo cerrada. Frunció el ceño como una persona que está resolviendo un problema matemático muy difícil. Al final, dijo:

—Vale, sé que lo que vivimos aquí es una locura de la hostia, pero…

—Los Días Oscuros. Los espejos. Que todo se solucione de repente en diciembre. Nunca pensaba en ello, pero así es como te atrapan. Porque, cuando vives aquí, parece normal. Pero no lo es. Ni de lejos.

Fue como si a Ethan se le aflojaran las manos, y el libro se le cayó.

—¿Quién te lo ha contado?

—Kaila. Esta calle es una especie de secta. Tienen muchísima suerte, pero, a cambio, tienen que sacrificar a gente. A la gente a la que se llevan al bosque. Los matan y los convierten en Jibblymowers.

—Django…, ¡los Jibblymowers son un cuento de hadas!

—¡Esto es un cuento de hadas! Uno de los chungos. Liam y yo los vimos en el bosque en agosto. Y ayer uno de ellos apareció en nuestro desván.

—¡Eh, frena un poco! —Ethan se pasó los dedos por el pelo—. ¿Dices que todo esto te lo ha contado Kaila?

—Tiene dieciséis años —asintió—. Cuando cumples dieciséis, tienes que unirte a ellos.

—Yo tengo quince…

—Y por eso tenemos que largarnos de aquí. Tendríamos que haberlo hecho ayer.

—¿Qué pasó ayer?

Django se lo contó. Y también lo que había pasado en agosto.

Y el comportamiento tan extraño que todo el mundo había tenido durante el día, y lo de «Aquel que Caza Cosas Muertas», que aquel mismo día había estado con Kaila en el garaje.

Cuando terminó, Ethan volvió a embutir el libro en la estantería y miró el reloj. Eran las ocho menos cuarto.

—¿Y qué pasa esta noche a las diez?

—No lo sé. Algo muy malo. ¿Quieres saber lo que pienso?

—La verdad es que no.

Django lo miró.

—Tío.

—Dímelo.

—Creo que van a matarnos. A todos.

—¡No seas idiota!

—Liam ha desaparecido y no quieren involucrar a la policía. Quizá querían ver si podían irse de rositas. Y hay otra cosa. ¿Tus padres se han comportado en plan normal durante estos últimos días?

—No, pero Liam ha desaparecido… —De repente, a Ethan se le despejó el rostro cuando al fin lo comprendió—. Y anoche mi madre celebró una sesión de espiritismo en el salón para invocar al Diablo.