Días oscuros DJANGO #2
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DJANGO #2

El pánico lo asaltó por todos los frentes, como una manada de hienas atacando a un antílope.

Era una sensación horrible. Se le erizaron todos los pelos de la nuca.

Algo estaba cerca, muy cerca. Volvió la cabeza con brusquedad.

La cocina estaba vacía. Aun así, sabía que ya no estaba solo.

Ahora también lo olía: la podredumbre del bosque y el inconfundible hedor de un gran depredador.

«¿Con quién tienen un trato?», se oyó preguntar de nuevo.

«Con alguien malo, ¿vale? Una especie de demonio. Creo que se alimenta de la gente que le ofrecen».

«Una especie de demonio».

Mamá y papá tenían un trato con el Diablo.

Y de repente, de la nada, Cerdo Desmechado: «Aquel Que Caza Cosas Muertas le ha echado el ojo a la Hermana-humana».

«Ella es especial a Sus ojos. Está en grave peligro. Todos lo estáis».

Ahora lo entendía. Lo entendía todo.

—¡Kaila! —gritó—. ¡Abre la puerta! ¡No me dejes solo! ¡Abre la puerta!

Se lanzó contra ella, sacudió el pomo, aporreó la madera, perdió el control; las lágrimas le corrían por las mejillas.

Kaila estaba dentro y aquella otra cosa estaba dentro con ella.

Su hermana corría un grave peligro, todos corrían un grave peligro.

¿Y si le había pasado algo horrible a la última persona del mundo en la que podía confiar? ¿Qué iba a hacer?

No pasó nada.

Y, cuando nada siguió pasando, Django se agotó y se rindió.

Se sentó a la mesa de la cocina. Se acordó del móvil. Ojalá Kaila contestara. No lo hizo. Ojalá Liam contestara. Tampoco lo hizo. Ojalá supiera qué decirle al operador de emergencias. No se le ocurrió nada.

La pantalla del horno marcaba las 8:49 cuando la puerta del garaje se abrió. Su hermana salió con sigilo y cerró la puerta con llave a su espalda. Luego, se la guardó en el bolsillo.

—Kaila…, ¿qué ha pasado?

Entonces se volvió hacia él y a Django se le encogió el corazón.

Kaila Zombi. Los Días Oscuros, o el monstruo que habían engendrado, habían llegado hasta ella.

Tenía los ojos vidriosos y vacíos. El aspecto de su cara era el mismo que tendría la masa de brownie de mamá si la lanzaras contra la pared de la cocina y empezara a deslizarse lentamente.

En la mano derecha sostenía el mazo de acero de papá, lo bastante pesado como para convertir piedras grandes en pedacitos de piedra.

—Vete a tu habitación, Django —le dijo con la voz espesa.

—Pero ¿no se suponía que íbamos a huir…?

—Te he dicho que te vayas a tu habitación.

—¿Qué está pasando?

—Los planes han cambiado.

—Pero ¿qué…?

—¡Vete a tu habitación!

Kaila arremetió contra él blandiendo el mazo. Django retrocedió y su gesto hizo que la silla se estrellara contra las baldosas. Salió corriendo al pasillo, giró a toda velocidad en la esquina y subió las escaleras patullando al mismo tiempo que le gritaba:

—¡Eres una puta esquizofrénica, que lo sepas!

Cerró con violencia la puerta de su habitación y miró a su alrededor.

—Hola —murmuró.

Así que, a fin de cuentas, no había sido la última vez.

Vale, no era un día de mierda. Era un día malo de cojones

Django estaba desesperado. Los Días Oscuros eran una línea de vanguardia impenetrable, y él se hallaba impotente ante ellos.

No mucho después, oyó los pasos de Kaila en las escaleras, junto con el sordo pero inconfundible pom, pom del mazo al chocar contra los peldaños.

Una vez que eso desapareció, solo quedó el crujir de las tuberías y el viento, lo que empeoraba aún más las cosas.

Las teclas del teclado lo miraban como dentaduras postizas.

No quería tocarlo. Tenía ganas de hacer pis, pero le daba demasiado miedo salir de su habitación.

Aguantó todo lo que pudo. Al final, hizo pis en el lavabo.

Cuando llegó el mediodía, Django había reunido el valor necesario para bajar las escaleras.

Durante un rato, se quedó plantado ante la puerta delantera, que estaba abierta, con la mochila colgada.

Ni un solo pájaro cantaba, ni un solo insecto zumbaba.

No podía sacar la bicicleta del garaje, pero podía caminar.

Por la carretera forestal hasta Lock Haven.

Hacer autostop desde allí. Daba igual adónde.

Siempre había algún camionero amable que te llevaba.

Pero tenía miedo.

Estaba ese tramo de más de un kilómetro y medio a lo largo de la valla. Ahí era donde se habían llevado a Liam, seguramente.

Django levantó la vista y entornó los ojos para protegerse de la luz tenue. Lo que necesitaba era un globo aerostático. Así podría cruzar el bosque volando hasta cualquier otro sitio. Pero no tenía un globo aerostático.

Volvió a subir las escaleras con paso pesado.

Poco después, mamá y papá llegaron a casa.

Ella se echó en la cama, él se marchó de nuevo.

Luego se fue mamá. Ninguno de los dos se acercó a ver cómo estaba.

Era como si no existiera. Tal vez fueran más felices sin él. A lo mejor por eso querían ofrecerlo.

De vuelta a Kaila, entonces.

Ya desde el pie de la escalera, vio que su hermana había tapado la parte superior con el gran tablero de contrachapado que usaba cuando quería intimidad.

Subió de todos modos. Con los labios justo debajo del tablón, la llamó en voz baja.

No obtuvo respuesta. Quizá estuviera dormida.

Django apoyó los dedos estirados en el contrachapado y empujó, pero no cedió. Otra vez.

Kaila había puesto algo pesado encima. El escritorio. O el gran sillón de terciopelo rojo.

¿A quién intentaba mantener fuera del desván? ¿A él? ¿A mamá y papá? ¿A todos?

Llamó con los nudillos. El ruido sonó amortiguado.

—Kaila, soy yo. Siento haberte llamado esquizofrénica. No lo eres.

«Sé que el monstruo está ahí dentro contigo —era lo que quería decir—. Tal vez podamos luchar juntos contra él». Pero no lo hizo. En realidad, dijo:

—Quiero hablar contigo. —Y, tras una breve vacilación—: Tengo miedo.

A lo mejor el monstruo no quería que Kaila volviera a ver a nadie jamás y por eso había clavado la tapa. Sirviéndose del mazo. Pero Django descartó esa posibilidad, porque sería imposible que no hubiera oído los golpes.

«Puede que no sea el escritorio ni el sillón lo que lo lastra. Puede que el monstruo se haya sentado encima. Quizá esté a solo un susurro de mí, justo al otro lado de la madera de contrachapado. Tal vez me huela, porque estoy muy cerca…».

Con la respiración contenida, el rostro tenso y las piernas como la gelatina, bajó las escaleras lo más deprisa que pudo. Volvió a su habitación. Se tumbó en la cama. Esperó a que se le pasaran los escalofríos.

No se le pasaron.

Se sentía fatal. Echaba de menos a sus verdaderos padres.

Echaba de menos a Kaila. Echaba de menos la primavera, el verano, el otoño y el invierno; echaba de menos los días luminosos e, incluso, los días oscuros, siempre y cuando no fueran los Días Oscuros.

Ansiaba todas esas cosas. Con una certeza cada vez mayor, sabía que eran cosas del pasado.

Al final, se quedó traspuesto. Cuando se despertó, estaba oscureciendo. Su móvil decía que eran las 17:39.

Tenía un mensaje de Kaila. Decía: «Pase lo que pase esta noche, estás a salvo. Prometido». Y un emoji de zombi.

La Kaila Zombi no tenía sentido del humor. Aquella era la Kaila de verdad.

Pero eso no le tranquilizó. Más bien todo lo contrario.

¿Qué iba a pasar esa noche? ¿Y a qué estaba esperando todo el mundo?

«A las diez en punto», pensó.

Papocalipsis entró para decirle a Django que tenía que ir con ellos a casa de los McKinley.

—Se suponía que íbamos a celebrar nuestra cena anual. Pero ahora tenemos que hablar de la desaparición de Liam. Tú puedes jugar arriba con Ethan y las niñas.

Eso hizo que le saltaran todas las alarmas.

—Pero si yo siempre me voy a casa de Noah —se quejó mientras lo seguía hasta la cocina.

La Otra Mamá y Kaila ya estaban allí.

—No después de lo que ha pasado, Django —dijo la Otra Mamá—. No podemos cargar a los Stone con esa responsabilidad. ¡Y si te pasara algo malo!

Dijo que no quería ir y que ya tenía edad suficiente para quedarse solo en casa, pero a Papocalipsis se le pusieron los ojos negros.

—Deja de tocar las narices. Ninguno de los demás va a dejar a sus hijos solos en casa ahora mismo. No serás tan idiota como para no entenderlo, ¿verdad?

—Y será divertido —dijo la Otra Mamá sonriendo con dulzura, lo que le resultó aún más inquietante que la ira de papá—. Será una fiesta de pijamas. Estaréis en una habitación especial con una pantalla gigante para ver Netflix y mucha comida insana.

«Una orgía de sangre —pensó Django—. Quieren engordarnos. Y luego: Hail, Satanás! ».

—Pero, mamá, venga, Aurora es tonta y…

—Django, cierra el pico y haz lo que te manden mamá y papá —le espetó Kaila.

Ella se había mantenido al margen, pero ahora le estaba enviando señales con los ojos. Era obvio que a su hermana le pasaba algo raro, más de lo habitual. Pero no era la Kaila Zombi. Eso era otra cosa. No tenía más remedio que confiar en ella.

Sin embargo, mientras todos se dirigían hacia casa de los McKinley, se sintió como un cordero llevado al matadero.

La casa los esperaba al final del camino de entrada, lúgubre, cubierta de vegetación, como algo que llevara una vida secreta propia.

Desprendía un olor a podredumbre que ni siquiera el viento brusco y gélido era capaz de disipar.

Tal vez fueran los hongos, porque Django veía hongos por todas partes: creciendo entre las hojas húmedas del canalón, en los escalones del porche y bajo los aleros.

Llegaron al mismo tiempo que los Wachowski y se apiñaron hasta formar una multitud sombría y desmoronada, con los labios azulados y fruncidos y la piel pálida. Harper lo saludó con la mano, pero no dijo nada.

El vestíbulo parecía el salón de baile de un siniestro cuento de hadas.

—Pasad —dijo Gray Júnior en voz baja—. Los demás ya están aquí.

El anciano señor McKinley salió de debajo de unos enormes cuernos de caribú y dio una palmada.