Días oscuros DJANGO
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DJANGO

Kaila Zombi. La casa de los McKinley. Diez en punto.

Menudo día de mierda, no habría tregua.

En el escenario más probable de cómo acabaría, Kaila y él se habían escapado de casa y vagaban por una tierra oscura y decrépita —salvo que no sería Narnia, sino Tacoma—.

En otro, los Jibblymowers lo habían atrapado y estaría muerto y olvidado en un pozo del bosque, como Liam.

Y luego estaba el escenario en el que mamá y papá se enteraban de todo lo que sabían, y eso sí que sería una auténtica carnicería.

Así que, pasara lo que pasase, un día de mierda.

Lo último que Django recordaba era el horror que había salido a rastras del pozo de la habitación de Kaila.

Lo siguiente, despertarse en su propia cama con la luz gris del amanecer.

¿Cómo había ocurrido aquello? Colgada de su silla estaba la mochila con camisetas y ropa interior; la foto enmarcada de Kaila, mamá, papá y él junto al lago en Italia; y Gorgonzola , su oso de peluche. Para el escenario de la huida.

Lo cual significaba que todo lo que había sucedido por la noche era real. Lo cual significaba que el chico sacrificado podría haberse llevado a Kaila.

Django salió sin hacer ruido hasta el rellano vacío. Al pie de las escaleras del desván, aguzó el oído. La casa se agitaba con el viento de noviembre, crujía como un viejo barco oráculo en medio de una tormenta. Viejo y en su último viaje.

Subió las escaleras con sigilo, se armó de valor y echó un vistazo por encima del borde.

Las ramas habían desaparecido. El suelo estaba intacto. La vela seguía allí, a medio quemar. Papá estaba sentado al borde de la cama y le acariciaba el pelo a Kaila con suavidad. Era imposible saber si su hermana estaba despierta, dormida o muerta. Las tres cosas parecían posibles.

El peldaño que tenía bajo el pie derecho crujió y lo delató. Su padre lo miró; tenía los ojos apagados y vacíos, como si ni siquiera se estuviera percatando de su presencia.

«Papocalipsis».

Siguió acariciándole el pelo a Kaila con movimientos largos y lentos.

A Django se le crispó la boca y volvió a bajar en silencio. De nuevo a su habitación. Cambiando el peso de una pierna a otra, deseando tener más entre las que repartirlo. Luego, se dirigió a la planta baja.

Encontró a su madre en la cocina, removiendo un cazo puesto al fuego con una cuchara de madera. Se la llevó a la boca, sopló, probó y añadió una pizca de hierbas de un tarro. Apagó el fogón y lo miró. Estaba pálida, tenía la piel casi transparente.

—¿Por qué llevas puesta la armadura, Django? Aquí no hay ningún Lord Sith, ¿no?

—Nunca se sabe con qué peligros puedes encontrarte.

—Tienes razón. Te he hecho bizcochos, bizcochito. Come.

Mamá nunca lo llamaba «bizcochito». Esta era la Otra Mamá. Con el estómago revuelto, se sentó a la mesa y empezó a picotear la comida. La Otra Mamá se sentó a su lado con su plato de sopa. Era roja, pastosa y estaba llena de grumos repugnantes. Introdujo la cuchara y se la llevó a la boca. Sorbió.

Ninguno de los dos habló.

No era solo su madre la que estaba hecha un desastre.

La cocina estaba hecha un desastre. Toda la planta baja y el viento que aullaba fuera y todo lo que él pensaba, sabía y sentía.

Y no era solo noviembre. Tenía que hablar con Kaila cuanto antes, pero Papocalipsis estaba con ella, así que no era seguro.

—Qué rollo, los Días Oscuros, ¿eh? —dijo para intentar romper el hielo.

Mamá estiró una mano y le rodeó una de las suyas. La tenía fría.

—Lo sé, Django. Lo superaremos. Igual que el año pasado.

El niño decidió arriesgarse:

—Podríamos mudarnos. La verdad es que no me importaría tener un poco menos de suerte si eso significara que no habría más Días Oscuros.

—Pero ¿qué haríamos con esas preciosas manitas de pianista que tienes? —dijo la Otra Mamá. Le apretó los dedos hasta hacer que Django se encogiera de dolor—. Tendríamos que encontrarles un nuevo propósito.

«Me las va a cortar. Las va a echar a la sopa. Me va a ofrecer como sacrificio al bosque».

—Pero se les da muy bien hacer esto —dijo el chico mientras hacía un esfuerzo considerable para que lo soltara.

La mano emitió un flap resbaladizo cuando al fin lo consiguió. Entonces, entrelazó los dedos a toda prisa y aguantó el dolor mientras flexionaba las palmas y movía los pulgares.

—Maravilloso —dijo la Otra Mamá—. De verdad. Pero dudo que sea suficiente. Cómete el bizcocho, Django.

Obedeció. Ella se quedó callada. Al cabo de un rato, el chico probó con otro enfoque.

—Oye, mamá, el otro día leí por casualidad un libro sobre brujas que hervían a la gente en ollas enormes y se la comían.

—¿En serio? ¿Te pusiste a leer algo así por casualidad?

—Sí —contestó con una risita—. Cero de cinco estrellas, si me preguntas.

La Otra Mamá no dijo nada. Siguió comiéndose la sopa. Le goteó un poco por la barbilla y se la limpió con la servilleta.

—Prefiero recuperar a Liam que tener suerte —musitó, y se encogió de miedo ante la perspectiva de un posible arrebato.

—Para de decir tonterías y deja comer a mami. —Lo dijo con desdén, pero luego soltó la cuchara—. Lo siento. Estoy de mal humor. No debería pagarlo contigo.

—No pasa nada, mamá. —Solo para asegurarse, preguntó—: Eso es sopa de tomate, ¿verdad?

—¿Qué iba a ser si no, Django? —Le lanzó una mirada larga, penetrante.

Él se encogió dentro de la armadura.

—No lo sé.

Papocalipsis entró en la cocina. Se parecía a papá, pero Django estaba receloso. Tanto que los nervios parecían recorrerle la espalda como mil millones de gusanos.

—Vamos a buscar a Liam otra vez —dijo Papocalipsis con la voz de papá.

—Vale.

—Espero de verdad que lo encontremos hoy.

La Otra Mamá dejó caer la cuchara y apartó el cuenco. Django desvió la mirada con rapidez desde ella hacia Papocalipsis. Mirara adonde mirase, sospechaba que en ese momento corría un peligro mortal.

—Vale —repitió.

—Hoy te quedas en casa, Django. He sacado mi teclado del trastero y lo he puesto en tu habitación para que puedas seguir tocando. Mantén los dedos ágiles. Es importante.

«Para ablandarlos para la sopa» .

—Vale. Sí. Muy bien, papá. Muchas gracias.

De repente, el hombre clavó la mirada en Django.

—¿Estás bien?

—¿Por qué no iba a estarlo?

La Otra Mamá se levantó y se acercó a él.

—¿Tienes fiebre? Deja que te toque la frente.

—No, no, no es eso —replicó él con un respingo. Lo último que quería era que aquellas manos frías lo tocaran—. Solo estoy triste. Por Liam. Y por los Días Oscuros.

La mujer se arrodilló delante de él e hizo lo que Django más temía: lo abrazó. Papocalipsis hizo lo mismo desde atrás.

—Lo sabemos, cariño. Es horrible. Aguanta un poco y pronto mejorará. Lo arreglaremos.

«Eso es justo lo que me asusta», fue lo que no dijo en voz alta. Le dieron un beso en la frente, lo soltaron y se marcharon.

Un suspiro tembloroso se le escapó de los labios. Django se quedó mirando la cocina vacía. Seguía así cuando dos manos se le posaron sobre los hombros. Gritó.

—Se han ido —afirmó Kaila—. Hay que largarse de aquí.

Kaila se había echado la mochila al hombro. Estaba demacrada, pero estaba viva y más o menos normal, lo cual ya era mejor que cualquier otra cosa que hubiera visto aquella mañana.

—Kaila…, ¡estás bien!

Pero ¿lo estaba? Aunque pareciera estar bien, eso no significaba que lo estuviera de verdad.

—Ve a por tu bolsa —lo apremió ella—. Esta es nuestra oportunidad.

—Pero ¿qué ha pasado?

—Date prisa, Django. Te lo contaré en el coche. No hay tiempo que perder.

—Va-vale… —tartamudeó.

Y echó a correr. Subió las escaleras hasta su habitación.

¿En serio que esa sería la última vez que estuviese allí?

Se detuvo y miró a su alrededor. La tranquilizadora cortina azul.

Su cama, del tamaño perfecto. Las vistas de Bird Street, la calle a la que podías salir por la ventana abierta para adentrarte en tu propia vida secreta.

Pero Django ya estaba harto de eso. Ya estaba harto de los monstruos, humanos y no humanos, que se escondían allí durante los Días Oscuros.

Durante un segundo, se preguntó si se plantearía cambiar su talento musical por una vida normal y la respuesta fue afirmativa.

«Si no te hacen caso —había dicho el señor Hendrickx—, tienes que dejar claro tu mensaje».

Si aquel no era el momento, ¿cuál lo sería?

Cogió la mochila y bajó corriendo. Quizá mamá y papá se dieran cuenta algún día de que una vida sin suerte no era tan horrible, si eso significaba que ya no tenían que matar a nadie. Tal vez, si dejaran de ser monstruos, podrían tener una vida normal en otro lugar, como una familia normal.

Su hermana no estaba en la cocina. La puerta del garaje estaba entreabierta.

Django corrió hacia ella y, cuando estaba a punto de anunciar su presencia, la puerta se cerró de golpe desde el garaje y el chico se dio de bruces contra ella.

—No entres —gruñó Kaila en voz baja.

Django tiró del pomo, pero ella le impidió abrir.

—Kaila, estoy aquí, tengo mis cosas…

—¡Vete! —gritó ella.

La cerradura hizo clic.

—Kaila, ¿qué pasa?

Silencio. Sacudió el pomo, pero fue una estupidez, porque desde luego que no iba a abrir la puerta así porque sí. La aporreó una, dos, tres veces.

—¡Eh, déjame entrar!

Nada.

—¡Kaila!

¿Qué había pasado? Su mente evocó todo tipo de posibilidades.

Su hermana había cogido el cúter de papá y se había cortado los dedos con la cuchilla afilada.

Papocalipsis y la Otra Mamá se habían escondido en el garaje y le habían echado un saco de arpillera sobre la cabeza.

El chico ofrecido —Levi, se llamaba— había salido arrastrándose de los espejos apilados y le había succionado los ojos para permitir que a Kaila se le escapara el alma por las cuencas vacías.

Pop, como un corcho al salir de una botella, todo precioso.