LUANA
Los sabuesos de los McKinley. Una compra secreta.
Hasta que Harry se había presentado en su casa la noche anterior, había querido creer que Ralph tenía la situación casi bajo control.
Pero las sospechas de su vecino le habían demostrado que se equivocaba.
¡Y tan pronto! ¿Cómo narices iban a sacar la situación adelante?
Le había insistido a Ralph en que hiciera algo con el Forester cuanto antes, pero a él le preocupaba la imagen que darían si se ponían a trastear en el garaje en plena noche.
Y, con los perros al caer, tocar la bici de Liam era lo último que quería hacer.
«Bueno, eso quizá deberías habértelo pensado antes de pillarte un colocón y coger el coche», le entraron ganas de gritarle, pero ya habían tomado aquel camino —lo habían tomado los dos, maldita sea— y sabía que su marido tenía razón.
«Los niños. Mantén la cordura por los niños. ¡No se te ocurra derrumbarte!».
Consiguió dormir unas cuantas horas, atormentada por unas pesadillas terribles en las que se oían golpes en el desván, a Django gritando, el aleteo de unas alas como de murciélago gigante y ciego.
La asaltó la idea irracional de que la estaban manteniendo dormida a la fuerza, porque era incapaz de despertarse incluso cuando el pánico se apoderaba de ella, incluso cuando el instinto maternal que la instaba a ir con Django se volvía irresistible.
Cuando por fin se despertó y se sentó de golpe en la cama, alrededor de las cuatro y media, cedió a ese instinto y se lo encontró dormido como un tronco en su habitación, con el disfraz de Halloween puesto y una foto de Liam y él aferrada en la mano derecha.
La imagen le partió el corazón y, al mismo tiempo, hizo que una nueva oleada de autoaborrecimiento le recorriera las venas.
Al amanecer, los vecinos se reunieron ante la casa de los Wachowski. Era una mañana entumecedora y, tras la nube blanca de su aliento, todos tenían la cara demacrada. Joyce estaba pálida y confundida. Marc estaba callado y retraído. Noviembre se les estaba grabando en el rostro a todos.
McKinley y sus hijos llevaban varias horas despiertos y en marcha.
—Estos son Schnitzel , Frankfurt y Sauerkraut —bromeó Maurice sin arrancarle una risa a nadie.
Los tres perros prometidos resultaron ser unos sabuesos de aspecto hosco y orejas largas, llenos de piel flácida por todas partes, que desde su llegada estaban desplomados al borde de la carretera con la lengua colgando y jadeando como locomotoras de vapor.
—¿Esos son los que tienen que encontrar a mi hijo? —gritó Joyce.
—No te dejes engañar —contestó Gray—. Puede que no parezcan muy avispados, pero cada uno de ellos posee más de trescientos millones de receptores olfativos.
Graham asintió.
—La lluvia de ayer no juega a nuestro favor y no somos expertos en perros, ni mucho menos, pero Orville dice que ni siquiera las autoridades te conseguirían nada mejor.
—Es cierto —añadió Ralph—. A veces, los hallazgos de los sabuesos se utilizan en los tribunales.
—Y tenemos otra cosa —dijo Graham sin apenas poder ocultar su alegre determinación.
«Otra cosa» resultó ser un dron térmico profesional que un especialista de Bellevue les había vendido a un precio especial.
Mientras Gray, Maurice y Marc salían con los perros, Graham y Juliette conducirían hacia el oeste para ir a recogerlo.
Antes de las diez, estarían buscando a Liam con un equipo de calidad casi militar—.
Si está en este bosque, lo encontraremos, Joyce.
—Si es que sigue vivo, claro —añadió Maurice—. Me refiero a que, si no lo está, los sabuesos lo encontrarán, pero el dron no, obviamente.
Su hermano se lo quedó mirando, horrorizado.
—¿Qué? Es verdad, ¿no? A ver, si está frío…
—¡Tío, cierra la boca!
Emprendieron el camino, pero las cosas se torcieron casi desde el principio.
Luana no se enteró de los detalles hasta más tarde, porque Ralph, Joyce, Laura, los Aikman y ella se marcharon a peinar el bosque al norte del sendero South Sunday para no estorbar a los sabuesos.
Era angustioso no saber qué estarían detectando los animales…
Y se sintió aún más angustiada cuando oyeron disparos a lo lejos y perdieron el contacto con el otro equipo.
«Misión abortada. De vuelta al cuartel general», gritó Laura cuando encontraron a Marc con el abrigo lleno de sangre, pero ni rastro de Gray y Maurice.
Resultó que Sauerkraut , tras olfatear la funda de la almohada de Liam, había seguido un rastro por el camino forestal y había empezado a ladrar junto a la valla a unos ochocientos metros al sur del bungaló de los Aikman (con solo mirar a Ralph, Luana supo que el animal había dado en el clavo).
Los hombres cortaron la valla metálica, pero, en cuanto entraron en el bosque, los sabuesos se volvieron incontrolables.
Gruñían como locos, con el rabo en alto, se lanzaban dentelladas los unos a las patas de los otros.
En palabras de Marc: «Se les fue la pinza.
Se les fue la pinza por todas las mierdas que olían en ese bosque».
Maurice los había jodido pero bien. Los había azuzado.
Les había pegado con las correas. Y por eso se habían vuelto contra él.
Horrorizados, escucharon a Marc contarles que los sabuesos habían intentado, literalmente, hacer pedazos a Maurice.
Era más coincidencia que suerte que no le hubieran desgarrado la garganta antes de que Marc sacase la Ruger y disparara tres veces.
—Disparé al aire. No podía disparar a los perros, ¿no? Gray quería que lo hiciera, me gritó que lo hiciera, pero no podía. Son nuestra última esperanza de encontrar a Liam, ¿no?
Los animales se habían dispersado y salido corriendo. Marc y Gray habían arrastrado a Maurice de vuelta a la carretera, donde este último había metido a su hermano en el coche y se lo había llevado al hospital. Había perdido muchísima sangre y la mayor parte de la mano derecha.
¿Los perros? Desaparecidos.
Graham McKinley, de vuelta de Bellevue, estaba tan pálido como un fantasma.
Luana nunca había visto al patriarca tan conmocionado.
Tal vez fuera por la estupidez de su hijo, que había estado a punto de costarle la vida, o tal vez fuera porque se daba cuenta de que, si no encontraban pronto a los perros, lo más probable sería que nunca lo hicieran, y eso le supondría mantener una conversación delicada con su viejo compañero de caza de Maple Valley.
Pero Luana intuía algo más. Habían perdido el control.
Estaban en los Días Oscuros y, por mucho que se hubieran preparado a fondo, y por muy buenas que fueran sus intenciones, nada salía según lo planeado.
Marc no quería perder tiempo, así que, con la ayuda de Graham y Joyce, puso en marcha el dron mientras los otros seis se adentraban de nuevo en el bosque con los megáfonos.
Luana estaba agotada, pero se obligó a seguir adelante.
Cada vez que se quedaba atascada en el barro o se arañaba con una rama, se preguntaba qué sentido tenía aquello.
No había cooperación ni coordinación ni confianza.
Los contratiempos no los habían unido, todo lo contrario.
Antes del mediodía, Juliette y Laura estaban a punto de enzarzarse en una pelea, y la tensión entre Harry y Ralph era palpable.
Elizabeth fue la primera en especular sobre el Contable. ¿Podría él desvelarles algo aquella noche?
La pregunta le retumbó en la cabeza a Luana. «Sí, ¿podría?».
Ralph se había llevado a Liam a la puta guarida del Contable. En aquel momento, les había parecido lógico no desperdiciar la muerte de Liam. No lo habían pensado bien. Y ahora…
¡CRAC!
Como si aquel fuera el empujón definitivo, la mente se le quebró.
Luana vio que el megáfono —le había tocado llevarlo a ella— se le caía de la mano.
El sudor de la frente se le enfrió. Los ruidos empezaron a pitar y luego se atenuaron.
Las ramas desnudas de noviembre giraban a su alrededor y por encima de ella cuando las piernas le cedieron y se desplomó entre los helechos.
Pasos. Manos que la agarraban.
—Madre mía, Luana, ¿estás bien?
No era Ralph. Era Elizabeth. Ahí estaba Ralph. Apartando a Elizabeth a codazos. Discutieron.
—Venga, cariño —dijo su marido, de pronto muy cerca, mientras la levantaba con cuidado—. Te llevaré a casa.
Luana empezó a protestar, pero tenía el paladar demasiado pastoso, la lengua se negaba a obedecerla.
—Mmno, tenemos que bushhcar…
—Te has quedado sin fuerzas. Ya es suficiente por hoy.
Juliette estuvo de acuerdo y la llevaron a casa con gran cautela. Cuando Ralph la acostó, ella volvió a resistirse, pero su marido no quiso saber nada del tema. Luana temía que los nervios le impidieran conciliar el sueño, pero temía aún más lo que la esperaba si lo conseguía.
Bajo una lluvia tempestuosa, recorrió el camino forestal. El bosque que se alzaba tras la valla estaba sumido en las tinieblas. Había una amenaza invisible.
«Tienes que largarte de aquí. Tienes que irte a casa antes de que sea demasiado tarde».
¿Demasiado tarde para qué? ¿No habían salido al bosque a buscarlo? ¿A buscar a Liam («muerto»), al que no iban a («Liam está muerto y es culpa tuya»), al que no iban a encontrar?
De repente, unos faros. Se dio la vuelta y, doblando la esquina a toda velocidad, con el motor rugiendo, había un coche.
En un destello, vio los ojos asustados de Ralph a través del parabrisas, pero no era el Forester de Ralph el que se le echaba encima, sino un viejo Chevy con matrícula de Brasil.
Aquello hizo que Luana se diera cuenta de que estaba soñando.
Pero, aun en el sueño, sintió el crujido de las astillas del cromo y la lluvia y la luz blanca y brillante cuando ya era demasiado tarde para apartarse.
El cráneo se le reventó contra un árbol, y Luana ya no sabía nada.
Abrió los ojos y se descubrió envuelta en un halo de resplandeciente luz solar en la avenida Rebouças de São Paulo.
Tenía el cuello roto, pero seguía viva. El aroma de los mangos, de los vapores tropicales y del contaminado río Tieté le dibujó una sonrisa en los labios.
No podía respirar y tenía la boca llena de sangre, pero supuso que, si podías morir sonriendo, el resto no importaba mucho.
La puerta del coche se abrió y Ralph se apeó de él, pero, cuando Luana oyó que sus pasos se acercaban, se dio cuenta de que no era Ralph, sino el Contable.
Este se acuclilló, dejó a un lado el maletín y se inclinó sobre ella.
La mano que se introdujo en su campo visual no era pálida, como había esperado.
Sintió una súbita e intensa oleada de miedo, pero no pudo impedir que él le cerrara los ojos.
—Buenas noches, mamá —susurró Kaila, y Luana gritó al incorporarse.
Se dio cuenta de que estaba sentada en la cama, con la sangre bulléndole en las sienes.
— Porra … —balbuceó, un improperio que hacía más de dos décadas que no usaba.
El dormitorio estaba en silencio. La pelvis le palpitaba con el dolor sordo del accidente, como si la hubiera seguido desde el sueño.
Por fin lo entendió. Durante todos aquellos años, había estado viviendo una prórroga. Había deseado una razón para vivir y se la habían concedido. Pero aquella noche, de una forma u otra, todo iba a terminar.
Así que solo le quedaba una cosa pendiente.
Liberar a sus hijos.
Proporcionarles una vida lejos de Bird Street.
Luana se levantó, sabiendo lo que tenía que hacer.
Se alegró de no toparse con Kaila y Django camino del garaje, pues le daba miedo que su cara la delatase.
Estaban en sus respectivos dormitorios, claro, porque Ralph y ella habían decidido no mandarlos al colegio aquel día.
Durante el desayuno, Django se había mostrado callado y retraído.
Kaila… No había visto a Kaila en ningún momento.
«Dios, la iniciación. Hemos pasado de ella. ¡Madre mía, qué desastre!».
Ya era demasiado tarde para eso.
Cogió el Optima. Mientras se acercaba al agujero de la valla, Luana estaba irracionalmente convencida de que los vecinos la detendrían y la obligarían a colaborar en la búsqueda, pero no ocurrió nada por el estilo.
Vio a Marc Wachowski, que se había puesto unas gafas futuristas y manejaba algo parecido al mando de la consola de Django.
McKinley no apartaba la vista de un iPad.
Este le hizo un breve gesto de saludo con la mano, y ella se lo devolvió y clavó la mirada en la carretera que tenía delante.
No se detuvo en Lock Haven, donde la gente la conocía, ni en Carnation, sino que siguió conduciendo hasta Duvall. Aparcó y llamó a Ralph, que contestó al primer tono. ¿Estaba bien? Sí, se encontraba mejor.
—¿Estoy en el manos libres? ¿Por qué has salido de casa?
—Tenía que pasar por la farmacia del pueblo a por Voltarén. Los viejos dolores me están molestando de nuevo. Antes de que me lo preguntes: sí, he cerrado el garaje con llave. Las dos puertas.
—Bien.
Seguían buscando, le dijo él, aunque el dron había aportado poca información.
Era un aparato maravilloso, con un alcance enorme, pero cada treinta minutos de vuelo equivalían a una hora de recarga.
Habían pensado que verían todo tipo de fauna en el bosque, pero solo habían visto una liebre americana muy inquieta que se metía en su madriguera a toda velocidad.
Ni ciervos ni zorros ni mofetas ni osos.
No habían encontrado a los sabuesos. Y, por supuesto, tampoco habían encontrado a Liam.
Joyce y Marc estaban más que desesperados.
—Ajá —dijo Luana, distraída—. ¿Qué se ha acordado respecto a esta noche?
—Seguimos adelante, en casa de los McKinley. Todos albergamos la esperanza de que el Contable pueda contarnos algo.
—Entiendo que no puedes hablar. ¿Y los niños?
—Se quedarán. No conviene enviarlos a ningún otro sitio ahora mismo. Están preparando la biblioteca de Graham para dormir allí. Django no se opondrá, porque Ethan les hará de canguro.
—¿Ethan?
—Han tenido que explicarle por qué no podían llamar a la policía, así que lo han puesto al corriente. No de todo, solo de lo que queríamos contarle a Kaila antes de que se enterara el año pasado.
Luana lo entendió.
—¿Ralph? Vete a casa. Kaila nos necesita. Este debería haber sido su día.
—Lo sé, cariño. Lo intentaré.
Se despidieron y Luana colgó.
A la izquierda estaba la farmacia. A la derecha, Duvall Firearms.
Se bajó del coche y entró.