Días oscuros KAILA #4
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KAILA #4

Un ruido nuevo salió del pozo, un ruido horrible. Era el silbido del viento al pasar a través de un tubo estrecho, de alguien intentando tragar aire a través de una garganta destrozada.

Kaila estaba hiperventilando. Habían llegado justo al borde de la escalera y Django se arrastraba por el suelo hacia ella; se habría metido dentro de ella de haber podido.

El viento del pozo formaba sonidos reconocibles:

—Kaaai… laaahhh…

Lo pronunciaba al revés, inhalando aire en lugar de expulsándolo, como si los pulmones del hablante ansiaran más, más, más oxígeno.

—¿Levi? —murmuró ella.

—¡Kaila, haz que pare!

Pero no podía. Lo que intentaba salir a rastras de la tumba tenía vida propia. La chica se puso a cuatro patas y, entre los cristales, buscó la pulsera de cuero para sostenerla en alto.

—Levi, si eres tú, estamos aquí por ti. Queremos escucharte…

—¡No, no, no, tenemos que salir de aquí!

Varias ramas más se esparcieron por el suelo. La respiración de Levi era sibilante, como si estuviera hablando y ahogándose al mismo tiempo.

—Kaaai… laaahhh…, ven aquí…, podemos compartir… la cuerda…, podemos compartir… el dolor…, podemos compartir… la muerte…

Y fue entonces cuando ella se dio cuenta.

«La próxima vez, hazte un corte un poco más profundo. Hazte un buen agujero hondo y oscuro en el vientre; luego, métete dentro y ven a vivir con nosotros».

Lo que subía trepando hacia ella era Levi, pero, al mismo tiempo, no lo era.

Era una forma inferior del chico, algo que apenas recordaba quién había sido, perdido para siempre en la oscuridad de noviembre en el bosque de Snoqualmie, corrompido y deshumanizado por Aquel que Siempre Tiene Hambre.

Django tenía razón. Quizá su último vestigio de humanidad quisiera advertirla…

, pero la mayor parte de él quería hacerles daño.

—Kaaai… laaahhh…, qué… calor das…

—¡Ay, Kaila, haz que pare! —Su hermano se arrastraba los dedos por las mejillas, se los enredaba en el pelo, se aferraba a ella. Pero se había quedado paralizada y solo podía mirar—. ¡Kaila, ya viene, ya viene!

¡ZAS!

Un rollo de cuerda naranja cayó de golpe junto al montón, como una amarra lanzada desde un barco hacia el muelle.

Una mano pálida asomó por el borde. Unos dedos larguiruchos avanzaron como una araña hacia una rama seca, que se partió cuando la agarraron. Django rugió. Presa de un terror abyecto, se abalanzó hacia delante, tiró del edredón de la cama de su hermana y lo dejó caer sobre el montón.

Permaneció allí, inmóvil.

Luego, se abultó. Debajo, había algo que se estaba encabritando y levantaba el edredón consigo.

« Déjà vu —pensó Kaila, que sintió que una risa histérica y repentina le bullía por dentro—. Estoy perdiendo la puta cabeza».

Justo en medio del desván se alzó un fantasma.

Y, a su lado, la chica oyó un golpe sordo.

Se dio cuenta de que Django se había desmayado, y eso acercó aún más la carcajada.

En realidad, todo aquello era graciosísimo.

Los labios se le curvaron en una sonrisa, o tal vez en un grito, pero no salió ningún sonido. Le escocían los ojos de no parpadear.

—Me… mataron… —La voz ahogada provenía de debajo del edredón.

Y en la mente de Kaila, aquella misma voz gritaba: «Me mataron me mataron ¡¡¡me mataron y ahora voy a matarte a ti!!!».

Iba a por ella, se acercaba pisando el edredón y bajándolo cada vez más con cada paso atronador.

Por fin, lo vio.

Ahora entendía por qué apenas podía hablar. El extremo de la cuerda naranja que tenía atado al cuello le había destrozado la laringe. La piel de la garganta se le había recogido por encima de la mandíbula, salvajemente desgarrada. Tenía la cara morada.

Él echó a correr y ella lo vio venir. Él abrió la boca y dejó al descubierto el lecho purulento de encías brillantes que le sujetaba los dientes. Ella retrocedió…

… y no fue capaz comprender lo que ocurrió a continuación.

Solo fue consciente de un destello oscuro, como la sombra de un buitre cubriendo el desván.

Las ramas restantes saltaron por los aires convertidas en pedazos.

Una figura gigantesca se abalanzó sobre Levi y lo estampó contra el suelo.

Sonó un golpetazo cuando su maletín de cuero impactó contra la madera.

Había llegado el Diablo. No, el Contable.

—Ahí estás —le siseó a la silueta que se retorcía debajo de él—. Conque cruzando la valla, ¿eh? ¡No deberías estar aquí, chico colga-colga-colga COLGADO!

Cerró la boca sobre la cara de Levi y empezó a alimentarse de él con la voracidad famélica de un niño pequeño o un animal salvaje.

Mientras se sacudía y temblaba, se tragó literalmente a Levi, como si lo estuviera inhalando.

Kaila se dio cuenta de que los brazos y las piernas le convulsionaban.

Vio que se le marchitaba la carne. Un humo negro se elevaba desde los hombros de la criatura y, fuera, la lluvia azotaba; fuera, el viento aullaba.

Cuando el Contable terminó, Levi había desaparecido. Levantó la mirada hacia ella. Tenía la pajarita torcida. Se le dibujó una sonrisa en los labios, y los chorros de baba espumosa que le caían chisporroteaban sobre las tablas del suelo.

—Y ahora tú y yo, niñita —dijo— , tenemos que hablar .