KAILA #3
Kaila no quería contárselo; habría preferido protegerlo de la verdad, pero esa opción ya no existía. Ahora, en el último momento, por fin veía con claridad cómo eran sus padres y sus vecinos, y no quería tener nada que ver con ello. Y por eso necesitaba a Django.
—Levi ha venido porque quiere contar su historia —continuó—. No quiero cometer el mismo error que cometieron mamá y papá, así que voy a escucharlo. Django…, ¿cómo se invoca a los muertos?
—¿Con quién tienen un trato? —susurró el chico, que temblaba como un cervatillo.
—¿Qué has dicho?
—¿Con quién tienen un trato?
—Ahora mismo, eso da igual. Tenemos que darnos prisa.
—Si no me lo dices, no te diré cómo invocar a los muertos.
—Con alguien malo, ¿vale? Una especie de demonio. Creo que se alimenta de la gente que le ofrecen.
«Y que yo soy especial para él».
—Aquel que Siempre Tiene Hambre —farfulló Django, ahora con un rollo a lo El sexto sentido que le puso los pelos de punta.
—¿De qué estás hablando?
—Las Cosas Muertas. Aquel que Siempre Tiene Hambre las persigue para cazarlas. Me lo han dicho.
—¿Quién te lo ha dicho?
—No me creerías.
—¿En serio? ¿Después de esto?
—Cerdo Desmechado.
Lo miró de hito en hito. Django le devolvió el gesto, aterrorizado, mientras una lágrima le brotaba por la comisura del ojo y le aterrizaba en el labio.
—¿Quién?
—Es una larga historia.
—Guárdatela para el coche. Django…, ¿cómo lo invoco?
—¿Tienes algo que le perteneciera?
—Pues claro.
Le mostró la pulsera de cuero que se había puesto en la muñeca.
«Ya no es mi habitación», pensó mientras contemplaba las vigas que una vez le habían resultado familiares, los pósteres de Audrey Hepburn y Sophia Loren, de La vita è bella y Sunset Boulevard .
Había sustituido a Bradley Simpson por Kim Tae-hyung, porque, bueno, obvio, pero ni siquiera sus ojos seductores lograban aliviar la creciente convicción de que allí sería donde pasaría su última noche.
Ahora, el montón de ramas dominaba la habitación.
Yacía como un ser vivo y jadeante que procedía de otro mundo y que, ocultando una profundidad inconmensurable y llena de ramas, había cruzado algún tipo de grieta espacio-temporal hasta el nuestro.
Kaila fue consciente de que su hermano le apretaba la mano con tanta fuerza que le hacía daño, pero no le dio importancia.
Lo único en lo que podía pensar era: «¿En qué reino se encuentra el espacio inexistente entre mi suelo y el techo de Django, adónde conduce el pozo? ».
—No quiero —susurró su hermano—. Creo que es mala idea…
—Lo has empezado tú —le espetó ella, se zafó de su mano y se agachó ante los objetos de Liam.
La luz titilante de la vela le reveló una pelota de béisbol firmada, una foto de los dos y un objeto que no reconoció: una insignia de uniforme. Con una puñetera esvástica. La levantó.
—¿Qué cojones es esto?
—Era de Liam y mía, para jugar a los nazis.
—Django, ¿de qué coño vas?
—¡Tú te rajaste la tripa!
—Vale, entendido.
«Y, por si aún te faltaba algún motivo para alejarlo de aquí, ahora ya lo tienes. Este lugar es enfermizo».
Apartó toda la parafernalia y colocó las fotos, la nota de despedida y la pulsera de Levi delante del espejo. Miró de reojo a través de él y vio a Django cerca de la escalera, con una mano estirada en una especie de imitación desesperada de Once y un ojo muy abierto a causa del miedo.
—¿Y si te equivocas? —vociferó—. ¿Y si ha venido a por mí?
—¡Django, calla! ¡Mamá y papá!
—Pero no quiero…
—¡Cierra el pico!
El niño lo hizo. Le temblaban los labios y el pecho le subía y bajaba a toda velocidad mientras intentaba controlar el pánico que lo invadía.
—Vale, ¿cómo lo hago?
—No voy a decírtelo.
—Django, ¡¿cómo lo hago?!
—¡Que no te lo voy a decir!
Pero no fue necesario que lo hiciera, porque justo entonces se oyó un chasquido seco.
Kaila giró la cabeza de golpe y escudriñó el montón.
No se movía. Pero el sonido se repitió…, otra vez…, y se multiplicó, como si de repente el pozo estuviera lleno de vida.
—Ay, Dios, ¿ves eso? ¿Lo ves? ¡Mira!
Django no estaba señalando el montón. Estaba señalando el espejo.
Cuando se volvió, ella también lo vio. En el espejo, la pila había cobrado vida.
De ahí provenía el ruido. El montón se estaba derrumbando sobre sí mismo y las ramas se desplomaban y astillaban.
Paralizada, continuó observándolo mientras su cerebro luchaba por reconciliarse con la idea de que la imagen del espejo contradecía la realidad y tenía vida propia.
Gritó cuando Django la agarró del jersey y, con un tirón, la hizo caer de espaldas.
Menos mal, porque, un segundo después, el espejo se onduló una vez, dos, y luego estalló en una lluvia de esquirlas que se le habrían clavado en la cara si aún hubiera estado delante.
Y, con eso, el reflejo irrumpió en la realidad. El montón cobró vida. Se retorcía. Crujía. Lo estaban separando desde dentro, como si algo estuviera intentando abrirse paso hacia el exterior.
—¡Abortamos misión! —chilló Django mientras le tiraba del brazo.
Ahora sí que había gritado a pleno pulmón, y era imposible que sus padres no lo hubieran oído, pero el pánico de Kaila era demasiado intenso como para darle importancia a algo así. Aún sentada, pataleaba y se retorcía, de manera que las esquirlas de cristal salían volando por todas partes.