Días oscuros KAILA #2
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KAILA #2

Sus padres le habían contado lo de la quema ritual del artefacto durante el brindis, y Kaila no le había dado mucha importancia, pero al verlo se puso furiosa.

El sobre también contenía una carta, así que la sacó. Cuando la desplegó y vio que se trataba de una nota de despedida escrita a mano, la rabia aumentó. Ni siquiera la habían enviado.

«¿Estás segura de que quieres leerla? A veces es mejor no saber. Hay puentes que no conviene cruzar».

Pero había llegado demasiado lejos y ya no podía dar marcha atrás.

Ayer me desperté y me sentí como el sol

Pero la tierra había desaparecido

Y yo estaba atrapado en la oscuridad

Haciendo cosas de sol

¿Qué sentido tiene vivir cuando nadie te ve? Mamá, papá, no os merecéis esto, pero me odio más de lo que os quiero. Más abajo están mis contraseñas. El Instituto McKay no debe saber por qué y cómo morí. Hay una chica en Instagram, se llama Ava Torres. Por favor, decidle que lo siento.

Perdón, pero es mejor así. Espero que no os duela.

Levi

—Levi —susurró Kaila—. Conque así te llamabas.

Se enjugó una lágrima, abrió Instagram, cerró sesión y luego volvió a entrar con las credenciales de Levi.

Resultó que su nombre completo era Levi Llewellyn.

Su perfil podría ser el de cualquiera: fotos normales de zapatillas y vaqueros, pizzas de peperoni, un golden retriever al que las mayúsculas llamaban Max .

No había selfis: el truco de Levi era mirar siempre hacia su vida y darle la espalda a la cámara, de modo que solo se le veía el pelo y una oreja.

Se preguntó si Ava Torres habría sido su ligue de internet.

«No», pensó al abrir su lupa de exploración. Måneskin. Twenty One Pilots. Erizos y puercoespines comiendo zanahorias. Y modelos masculinos sin camiseta.

Aquello contaba casi toda su historia.

Pasó a sus chats. Los últimos treinta o así estaban sin abrir: emojis de corazones rotos y caras llorando, la mayoría de ellos de hacía más de cuarenta y cinco semanas.

«De modo que sí había gente que se preocupaba por ti».

Pero el primero lo habían leído, y a Kaila se le aceleró el corazón. Ava Torres.

«Papá».

Lo abrió. Se desplazó hacia atrás en el tiempo, desconcertada, porque Ava había enviado innumerables mensajes.

En agosto: «Levi, te echo de menos, por favor, respóndeme».

En julio: «Quién sigue abriendo este chat?

». En mayo: «Veo que lo has leído» . En abril: «Dios mío, esto es muy raro, me estoy volviendo loca».

En febrero: «Estás conectado!!! Dónde coño estás? ??».

Y, entre medias, una y otra vez: «Levi?».

«Levi, por favor…».

«Levi?».

La amargura le clavó una estaca helada en el corazón. «Lo estabas acosando, papá, y ni siquiera fuiste capaz de concederle su último deseo».

Cuando retrocedió hasta noviembre del año anterior, encontró largas cadenas de mensajes. Eso no debería haberla sorprendido, pero, aun así, lo hizo: hubo un tiempo en el que Levi aún estaba vivo. Incómoda, volvió al inicio del chat. No podía soportar la idea de leer sus conversaciones privadas.

Y ¿ahora qué? Estaba tratando de averiguar la respuesta cuando apareció un nuevo mensaje.

«O sea que estás conectado de nuevo. No sé si eres tú o el pervertido que te hizo algo, porque, si no fueras más que un desconocido que le robó el teléfono, lo habrías reseteado. HÁBLAME. Si no, llamaré a la policía».

Kaila se quedó mirando el mensaje durante un buen rato.

Luego escribió: «Lo siento». Escribió: «Siempre he querido decírtelo», y «Por favor, pierde la esperanza», y «Sigue con tu vida, no voy a volver», pero nada de aquello le sonaba auténtico, no le sonaba propio de él, así que lo dejó en lo que Levi había pedido en su nota.

Durante un momento, dejó el dedo suspendido sobre el botón «Enviar».

¿Debía arriesgarse a hacerlo? ¿Estaba poniendo en peligro el caso de sus padres?

La respuesta le llegó con una frialdad clara: «¿Me importa?».

Pulsó «Enviar» y cerró la sesión. No le hacía falta ver la respuesta.

Papá había iniciado sesión en las redes sociales de Levi de forma insistente y obsesiva, como un pirómano que volvía a la casa que había incendiado. ¿Qué más estaba ocultando?

«Su móvil».

La idea se le impuso, como si una mano invisible la estuviera guiando. Y ¿acaso no era cierto? Si era capaz de creerse que un chico muerto estaba manifestando su tumba bajo un montón de ramas en el desván, también era capaz de creerse que él le mostraría lo que quería que viera.

Volvió a cruzar el rellano en silencio. Las luces estaban apagadas, así que podía abrir sin problema la puerta del dormitorio de sus padres, siempre y cuando las bisagras no chirriaran.

No lo hicieron, pero, aun así, el bulto del lado derecho de la cama —mamá— se revolvió.

Kaila se quedó paralizada. Mamá se tranquilizó.

Con sigilo para que no le crujieran las articulaciones, caminó de puntillas y cogió el teléfono de su padre de la mesita de noche.

Cuando desconectó el cargador, la pantalla se iluminó con intensidad.

Mordiéndose la lengua para no soltar un taco, la apagó.

Su padre masculló algo en sueños. Ella lo miró. Nunca había pensado que pudiera odiar a sus padres y esperaba que siguiera siendo así, rezaba para que siguiera siendo así.

Otra vez en el rellano, desbloqueó el móvil y abrió Vember. A pesar de que sabía que no funcionaría, puso el dedo índice en el widget de escaneo y, por supuesto, el inicio de sesión falló.

«Abre su historial de llamadas».

Ahí estaba, a plena vista. Una videollamada con mamá, de aquel mismo día a las 00:26.

Duración: una hora y treinta y cuatro minutos.

Kaila se quedó mirando aquellos datos mientras intentaba interpretar su significado.

Ella había llamado a su madre a medianoche mientras estaba en la fiesta de Halloween de Vicky Partridge con Jax.

«Claro —le había dicho cuando le había preguntado si papá había vuelto a casa—. Ha terminado de cerrar las contraventanas y se está dando una ducha».

Le había parecido que su madre estaba rara. Y ahora sabía que no se lo había imaginado. No sabía por qué sus padres habían pasado casi una hora y media en una videollamada justo después, pero lo que estaba claro era que no había sido para ayudarlo a ducharse.

«Mira WhatsApp».

Lo hizo. Esta vez tardó más en encontrar lo que estaba buscando.

Su padre era de los que nunca borraban nada. Se desplazó por una interminable sucesión de chats sin archivar con compañeros de trabajo, amigos y números que ni siquiera había guardado en sus contactos. Qué poca cabeza.

El 27 de marzo, encontró un mensaje que ni siquiera tenía número, por eso le llamó la atención. Decía: «La cuerda tendría que haber sido más larga. Dijiste que era lo bastante larga, que sería rápido, pero no lo fue».

Kaila encontró a Django donde lo había dejado: en su habitación. Estaba acurrucado en la cama y ya no llevaba solo el casco de mandaloriano, sino la armadura entera.

—Eso no te protegerá —le dijo—. Y no son los Jibblymowers quienes deberían darte miedo.

Su hermano se quitó el casco al instante.

—¿Quiénes deberían darme miedo, entonces?

—Papá y mamá. —Se acercó a él hasta que casi se rozaron la nariz—. Django, tienes que escucharme con atención. ¿Confías en mí?

—Sí, claro.

—¿Y confías en que siempre te protegeré?

—Sí, pero…

—Entonces mete algo de ropa y tus pertenencias más importantes en la mochila. Puede que tengamos que huir.

—¿Huir? ¿Huir adónde?

—Todavía no lo tengo claro. Cogeremos el coche de papá y lo decidiremos una vez que estemos en la carretera.

—Pero ¿qué pasa con mamá y papá?

—¡Es de mamá y papá de quienes tenemos que huir! —Se lo soltó con más brusquedad de la que pretendía. Pero en ese momento no era ella misma. Ni por asomo.

—Kaila, ¡me estás asustando! ¿Qué ocurre?

«Lo ahorcaron. No usaron las jeringuillas, lo ahorcaron y salió fatal».

—No hay tiempo para explicaciones. Te diré lo que necesitas saber, pero el resto tendrá que esperar. —«Allá vamos», pensó—. ¿Las ramas del desván? Tenías razón, cubren una tumba. Pero no es la de Liam. Es la de otro chico.

—¿Qué chico?

—Sabes que los Días Oscuros no son, digamos, algo normal, ¿verdad? Y que la facilidad con la que te salen ciertas cosas (tocar el piano, ser un sabihondo) es algo que a los niños que viven en otros sitios no les pasa.

—¡No soy un sabihondo!

—Sí que lo eres, y no actúes como si no lo supieras. A mí me pasa lo mismo. Y a Liam. En Bird Street todos tenemos suerte. Lo sabes, ¿no?

Django asintió con aire vacilante.

—No es una coincidencia y es antinatural.

Se debe a que mamá y papá tienen un pacto.

El resto de los vecinos también están implicados.

Tenemos una suerte de la leche, pero a cambio tienen que ofrecer a alguien en el bosque todos los noviembres.

Lo descubrí el año pasado. Demasiado pronto, porque se supone que tienes que entrar a los dieciséis.

Así que, por supuesto, tú no deberías saberlo y, si los vecinos se enteran de que te lo he contado, me darán una paliza.

O algo peor… Son capaces. Por lo tanto, ni una palabra a mamá y papá.

Django se quedó mirándola. Tenía la cara pálida y lágrimas en los ojos, pero su hermana no vio ni incomprensión ni incredulidad.

—El chico de debajo de las ramas tenía mi edad y se llamaba Levi.

Lo ofrecieron el año pasado. Mamá y papá dicen que solo eligen a gente que ya no quiere vivir porque está muy enferma y va a morir de todos modos, que así es como los ayudan.

Al principio, pensé que era algo bueno, pero no es así.

Porque esas personas no encuentran la paz que están buscando.

Se convierten en Jibblymowers, como tú los llamas. Y a nadie le importa que sufran.

A su hermano le tembló el labio.

—¡Basta! ¡No quiero oírlo!

—Lo siento, pero tienes que saberlo.