KAILA
El hermano rarito. Lo que el chico muerto quería decir.
Un visitante en la noche.
Llevaba semanas teniendo premoniciones de que se hallaba en vísperas de un cambio profundo.
Un cambio que le transformaría la vida, tal vez, y solitario, además, tan solitario como lo era la transición de la infancia a la edad adulta.
Y aquel día, durante el trayecto de vuelta a casa en el autobús, se había dado cuenta de que lo tenía espantosamente cerca.
Pero lo que más la perturbaba —y no por casualidad— era justo lo único de lo que no se atrevía a hablar con sus padres. Y eso era la inminente visita del Contable. Desde aquel día de octubre en el que su padre le había dado el litio por primera vez, había estado carcomiéndola.
«No te preocupes —le había asegurado él—.
Sabes que este año lo cortaremos de raíz».
Porque creía que estaba preocupada por su depresión de noviembre.
En cierto sentido, lo estaba, pero no era el litio lo que acabaría con la depresión.
Así que, en cuanto su padre se había marchado, se había sacado la pastilla de la boca y la había tirado al váter.
Luego, había sacado la piedra negra de su joyero.
« Quiero darte una cosa. La voluntad de vivir ».
No se la había dado papá, sino el Contable.
Y Kaila quería ponerla a prueba. Lo que sus padres no sabían era que ahora, tres semanas más tarde, no tenía ni una pizca de litio en la sangre.
Y sin embargo, por primera vez desde hacía años, no había tenido ni un solo pensamiento suicida.
¿Un poco de oscuridad? Desde luego. Siempre se ponía un poco melancólica al inicio de los Días Oscuros. Pero nada que ver con otros años.
« Pero guárdatela bien. Es solo tuya ».
¿Qué la hacía tan especial a ojos del Contable? Era un monstruo y las cosas que hacía eran despreciables; aun así, ella esperaba su encuentro con nervios e ilusión. Quizá al fin respondiera a sus preguntas.
Solo que ahora Liam había desaparecido y Bird Street se estaba sumiendo en el caos.
Terrible para Django y más terrible todavía para los Wachowski.
Kaila tenía el presentimiento de que eso no acabaría bien.
Sin duda, la situación exigía un debate —¿hasta qué punto eran culpables sus padres y el resto de los vecinos, por ejemplo?
—, pero era consciente de que no tenía tiempo para eso.
Quizá fuera egoísta e inmaduro, pero se suponía que aquellos eran sus Días Oscuros.
Si no encontraban a Liam antes del día siguiente, ya podía despedirse de cualquier tipo de ceremonia de iniciación.
Pero no podría expresar esos pensamientos en voz alta, así que se le quedaron hirviendo a fuego lento en el caldero de la cabeza hasta las once de la noche, cuando se topó con Django en la escalera.
—¿Ahora? —le preguntó—. Deberías estar en la cama.
Su hermano se quitó el casco de mandaloriano y dijo:
—Es una cuestión de vida o muerte.
—Qué dramático —le soltó, y se arrepintió al instante. Era obvio que estaba alterado; por lo de Liam, claro—. Vale, sube conmigo y hablamos.
Le dio un empujón suave, pero Django se resistió.
—No puedes subir ahí. No es seguro.
—¿No es seguro?
—Chis, mamá y papá nos van a oír. No pueden enterarse.
—Pero ¿qué pasa?
—Hay un montón de ramas en tu habitación.
—¿Cómo dices?
—Ya me has oído. Cerca de la cama. Y he pensado que a lo mejor Liam…
—¿Sabes dónde está Liam? —le preguntó con brusquedad.
—No. Pero se me había ocurrido que a lo mejor estaba ahí dentro, porque los Jibblymowers lo marcaron y ahora se lo han llevado. Pero no es Liam. Es otra cosa, y creo que ha venido a por mí. Porque a mí también me marcaron.
Django la agarró del brazo, le apoyó la cara en él y rompió a llorar.
Kaila lo acompañó a su habitación, aunque no sin antes asomarse por el borde de la escalera para verlo con sus propios ojos. Una mirada bastó para comprenderlo. No todo, pero sí mucho. Demasiado, de hecho.
Ahora estaban sentados cara a cara en la cama de Django. Él se había calmado, pero seguía aferrado a su casco de mandaloriano.
—¿Qué te hace pensar que es Liam? —le preguntó ella mientras le sujetaba los tobillos con suavidad.
—Que los Jibblymowers lo tocaron a él. Tienen agujeros debajo de los montones, muy hondos.
¿Te acuerdas de cuando nos perdimos en el bosque en verano?
Nos quedamos atrapados en uno y sacaron las manos de las paredes.
A mí también me tocaron, pero no tanto como a Liam. Por eso viviré más tiempo, supongo.
Cada una de las frases de su hermano merecía un emoji de cerebro explotando, pero lo que Kaila dijo fue:
—Liam ha desaparecido. Eso no significa que esté muerto.
—Eso es justo lo que significa —dijo Django—. Y lo está.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Que lo sé. Y quería invocarlo porque esperaba que me dijera qué hacer.
Otro emoji.
—¿Sabes invocar fantasmas?
Django la miró con incredulidad.
—¿Tú no?
—Eh…, ¿no?
El chico puso los ojos en blanco como si acabara de decirle que no sabía montar en bicicleta.
—Los espejos, tonta. Y unos cuantos objetos mágicos. Y tienes que creértelo de verdad. Pero la cuestión es que no era Liam. Era otra cosa. Algo malo. Y venía a por mí.
Entonces, Kaila al fin cayó en la cuenta.
Le apretó los tobillos a su hermano.
—Escucha. Vamos a hacer una cosa: tú quédate aquí. Yo voy a solucionar…
—¡Quiero ir contigo!
—Quédate en tu habitación, Django. En serio. Haces mucho ruido, mamá y papá te van a oír.
—Pero…
—¡Nada de peros! Haz lo que te digo. «Sí, hermanita; entendido, hermanita». Bien, muchas gracias. Aquí estarás a salvo. Creo que sé lo que está pasando y, si es lo que creo que es, te voy a necesitar, así que no te duermas. —Dudó—. Me aseguraré de que estés a salvo, ¿vale?
Él no dejó de mirarla, pero lo hizo con los ojos muy abiertos y abatidos.
—Ojalá pudieras.
Kaila cerró la puerta de Django detrás de ella y aguzó el oído para escuchar los ruidos del dormitorio de sus padres.
Su hermano tenía razón en al menos una cosa: el montón del desván no tenía nada que ver con Liam.
Ella sabía que las ramas cubrían las tumbas de las personas a las que sus padres y vecinos eutanasiaban en el bosque.
Puede que Liam estuviera desaparecido, pero la idea de que lo hubieran sacrificado ahí arriba era absurda.
Sin embargo, no podía decírselo a Django.
Otra cosa que no podía contarle era que tenía firmes sospechas de a quién podía pertenecer aquella tumba.
Había atormentado insistentemente sus recuerdos durante las últimas semanas: el chico de las fotos con las que había pillado a papá en su despacho hacía unos meses. El chico del manga, a falta de un nombre real.
Por supuesto, se había quedado impresionada al saber que habían llevado a un menor al bosque, a un chico apenas mayor que ella.
A grandes males, grandes remedios, le había explicado papá.
Aun así, Kaila lo comprendía. Conocía la terrible e insoportable soledad de albergar el deseo de morir y tener que gritarlo en la oscuridad.
Papá lo había escuchado, tal vez porque ella lo había convencido de lo importantísimo que era.
Pero desde hacía un tiempo, mientras jugueteaba en la cama con el trozo de vidrio volcánico sin pulir, había empezado a tener dudas.
El chico del manga la intrigaba. Sentía con él una profunda afinidad que iba más allá de la edad.
Si las cosas hubieran sido diferentes, si hubieran podido pasar algún tiempo juntos, ¿no habría sido posible que él hubiera recuperado las ganas de vivir, al igual que ella?
Su padre seguía atormentado por todo aquello, eso estaba claro. Había cambiado. Se había vuelto más melancólico. Kaila estaba casi segura de que era por el chico. Quería saber qué le había pasado.
Y ahora, esas ramas… en su habitación.
Sabía que podían aparecer en cualquier parte, pero nunca dentro de casa. Los espejos a veces mostraban destellos de los muertos, pero aquello era diferente.
¿Y si era él?
Si quería decirle algo, tenía que escucharlo. Y el hecho de que apareciera justo al comienzo de los Días Oscuros, un día antes de su iniciación, significaba que era urgente.
De ahí que necesitara saber su nombre.
Kaila cruzó el rellano y se coló en el despacho de su padre.
Qué humillante: los intentos desesperados de sus padres a lo largo de todo el año para demostrar lo mucho que confiaban en ella.
Kaila estaba pasando por «una transición», estaba «madurando de verdad» y «asumía responsabilidades como una campeona»…
¿En serio? Si querían convencerla para que se uniera a su pacto, solo tenían que pedírselo.
—La caja fuerte —le había dicho papá un día después de su decimosexto cumpleaños— guarda todos nuestros documentos importantes.
Mi testamento y el de tu madre, los datos bancarios, las escrituras de la casa, todo ese rollo.
Si alguna vez nos pasa algo, quiero que puedas abrirla. Ya tienes edad para estas cosas.
Y entonces le había dado el código: 020469, la fecha de nacimiento de Frank.
«Ridículo», pensó en aquel momento, mientras lo introducía.
Kaila no esperaba encontrar lo que buscaba. A fin de cuentas, papá había tenido casi un año para deshacerse de ello. Habría sido lo más lógico. Pero sus esperanzas se basaban en la incapacidad de su padre para desprenderse de ello, y no se llevó una decepción.
Casi se le escapó entre el montón de envoltorios, notificaciones de Hacienda y demás correo. Pero aquel sobre blanco normal y corriente contenía un bulto extraño que le llamó la atención y, cuando lo abrió, las dos fotos cayeron de él.
A la luz del móvil, no tenía ningún aspecto de chico de manga, ni siquiera cuando llevaba el pelo largo y despeinado. Parecía el típico adolescente estadounidense. Aun así, Kaila reconoció de inmediato la mirada vacía.
—Hola —susurró.
Escudriñó el interior del sobre y le dio la vuelta. Entonces cayó una pulsera de cuero: el bulto. Sin marca, solo un pequeño león grabado.
«El artefacto —pensó—. ¿Seguías teniendo pulso cuando te la arrancaron de la muñeca?».