Días oscuros DJANGO #2
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DJANGO #2

Probó las llaves y tuvo suerte a la tercera. Django se coló en el garaje y cerró la puerta a su espalda. Los ojos tardaron un rato en adaptársele a la penumbra y se agarró al pomo por si acaso tenía que salir corriendo.

«¿Y si el de arriba no era papá, sino un monstruo? ¿Y si papá está aquí, haciendo cosas secretas como cavar agujeros? ¿Y si lo asusto, se da la vuelta y me revienta la cabeza con una pala?».

«¿Y si usa su mazo de juez?».

Pero su padre no estaba allí. El garaje estaba en silencio.

Las piernas de Django lo llevaron hacia la masa oscura del Forester.

Como le habían quitado todos los espejos, las ventanillas del coche destacaban y resplandecían de forma tenebrosa a la luz tenue que se colaba por debajo de la puerta.

Resplandecían y se movían, pero Django vio que no era más que su propio reflejo al acercarse.

Cuando tocó el frío cristal con los dedos, fue como si una mano se estirara desde el interior para encontrarse con la suya.

—Siento que ahora tengas que vivir ahí —susurró—. Pero yo todavía no quiero. No quiero morir aún.

De repente, se le erizó la piel de la espalda. Los Jibblymowers estaban cerca. Sentía que sus manos le rozaban la piel. Tras zafarse de ellas, Django rodeó el coche a toda prisa hasta donde estaban apilados los espejos. El del baño era pequeño y no pesaba demasiado. Con ese le serviría.

Se lo metió debajo del brazo y salió del garaje.

Diez minutos más tarde, totalmente preparado, se sentó con las piernas cruzadas y de espaldas al montón de ramas.

Frente a él, apoyado contra la cama de Kaila, estaba el espejo, que le mostraba su imagen y la del montón que tenía detrás.

Extendidos delante, tenía cinco objetos mágicos.

El primero, una foto de Liam y él con los brazos entrelazados en la barbacoa de fin de curso del Colegio de Primaria Carnation, para reforzar de quién iba todo aquello.

El segundo, el casco de mandaloriano, que representaba un recuerdo reciente.

El tercero, la pelota de béisbol firmada por J.

P. Crawford que Liam le había regalado, porque el béisbol había sido algo importante en la vida de su amigo.

El cuarto, la insignia nazi, como símbolo de su amistad.

Y el quinto, una vela encendida porque, bueno, eso era casi obligatorio.

Quizá la cola de un gato muerto o un gusano de tormenta en vinagre habrían sido mejores, pero tendría que apañarse con lo que había.

Y ¿ahora qué?

No lo tenía muy claro.

—Liam Wachowski —dijo en tono solemne—, te ordeno que salgas. Muéstrate, pero no me hagas daño, por favor. Soy tu mejor amigo.

A su espalda, el montón no se movió.

Django no sabía gran cosa de nigromancia, pero ya lo había hecho una vez, ¿no? Solo que entonces, con Cerdo Desmechado, había sucedido sin más. No le había apetecido repetir el experimento porque, entre otras cosas, no sabía que los muertos pudieran ser tan plastas.

Pero ahora tenía que hacerlo.

—Liam Wachowski, resucita de entre los muertos. Si estás aquí, dame una señal. Pero no muy fuerte, porque me asustaré y mis padres podrían oírla. Solo haz que parpadee la luz de la mesilla o algo así.

La luz de la mesilla no parpadeó. El montón no se movió.

El chico repasó todos los rincones oscuros de la habitación de su hermana en el espejo, pero no había cambiado nada. Sería típico de Liam acurrucarse debajo del escritorio de Kaila para darle un susto, pero allí tampoco había nada.

El corazón le latía de una forma extraña.

—Venga, tío, respóndeme…

Lo intentó todo. Le ofreció sus cómics. Le prometió llevar la insignia de la esvástica durante el resto de su vida.

Le dijo que iría todos los días a la valla de detrás del bungaló de los Aikman para ser su compañero de juegos viviente, Django a este lado, Liam al otro.

Se ofreció a demostrarle su amistad lanzando un ladrillo contra el ventanal de los McKinley.

Incluso se puso el casco de mandaloriano, pero luego se sintió ridículo y además, como le impedía ver el espejo, le provocó un pánico instantáneo que le llevó a quitárselo enseguida.

«¿Por qué ha aparecido el montón en la habitación de Kaila? Si Liam quería hablar conmigo, ¿por qué no ha aparecido en la mía?».

Escuchó el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado y recordó la luz del porche de los Wachowski.

«Porque este no es Liam».

Le dio la sensación de que el corazón se le caía del pecho y se le hundía hasta la pelvis.

Y entonces sí oyó un ruido que salía del fondo del pozo.

Un cambio repentino. En lo más profundo. Ramas que se movían. Ramas que se partían y luego se quedaban quietas.

Como si allí abajo se hubiera movido algo. Pero, si no era Liam…, ¿qué era?

«Otra cosa».

Cogió el casco de mandaloriano, se encaminó descalzo hacia la escalera y bajó hasta la mitad.

Allí, se lo puso y se sentó en silencio, a la espera.

Seguía sentado cuando su madre subió a acostarse quince minutos más tarde.

Pero ella ni siquiera se percató de su presencia, tampoco cuando fue al baño.

Y Django seguía allí cuando, cuarenta minutos más tarde, por fin subió su hermana.

Estuvo a punto de chocarse con él.

—Joder, ¿quieres matarme? Casi me da un infarto. ¿Qué coño haces aquí?

—Tenemos que hablar —susurró el chico.