Días oscuros DJANGO
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DJANGO

Memorabilia. Mejores amigos para siempre. La habitación de Kaila.

Despertar a los muertos.

Fueron las insignias lo que volvió a unirlos. Las insignias con la esvástica. Liam las había comprado para que se las pusieran debajo del disfraz de Halloween.

—No. Encargo piezas de K’nex con la tarjeta de crédito de mi padre a todas horas, nunca lo comprueban. No quieren impedir mi «desarrollo creativo».

Les superaron la puja una vez (por diez dólares), tras lo cual Liam pujó ciento ochenta y cinco. No era lo que te enseñaba el Monopoly, pero funcionó, porque, dos semanas más tarde, había interceptado un paquete de aspecto anónimo enviado a través de UPS.

Cuando lo abrieron, el nerviosismo ilusionado de Django se convirtió en horror.

Eran reales, sin duda. Estaban frías, pesaban y exudaban oscuridad.

Sentía que el hombre al que habían pertenecido era pura maldad.

Y el símbolo, antes tan místico, representaba esa maldad.

Django no quería tener nada que ver con eso, pero fingió que le gustaban por quedar bien con Liam.

Este las había comprado para arreglar lo que se había roto entre ellos. Como si fueran pulseras de la amistad.

—Tú te quedas con una y yo, con la otra —le había dicho el chico—. Ahora tenemos un secreto que no podemos compartir con nadie más. Y tienes que llevarla siempre puesta, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Liam había levantado su insignia.

—¿Mejores amigos para siempre?

—Mejores amigos para siempre —había repetido Django.

Y, cuando habían entrechocado las esvásticas, había sido como si saltara una chispa entre ellos.

Pero ahora todo eso se había esfumado.

Liam había desaparecido y era culpa de Django.

No había cumplido con su parte del trato.

No se había puesto la insignia. Ni siquiera en Halloween, debajo de la armadura de mandaloriano.

Aunque había dicho que la llevaría. Simplemente, no se habría sentido bien haciéndolo.

Había roto un acuerdo entre mejores amigos y ahora Liam no estaba.

A solas en su habitación, hizo girar la insignia entre los dedos.

Si tenía la magia de una pulsera de la amistad, debería permitirle sentir la presencia de Liam, pero no sintió nada y enseguida supo por qué.

Su amigo estaba muerto. Lo supo con la misma convicción con la que había sabido que las insignias eran reales.

Los Jibblymowers se lo habían llevado. Claro, ¿qué esperaba todo el mundo, después de lo que había pasado en el bosque durante el verano?

Habían marcado a Liam. Las manos se le habían retorcido por el cuerpo.

Un aguijonazo de dolor le atravesó los dedos y dejó caer el pin sobre el colchón. ¿Por qué tenía que ser noviembre otra vez? Los Días Oscuros habían comenzado a tope aquel año. Sentía cómo se le arrastraban por los huesecillos y las articulaciones de las manos. Los gusanos estaban despiertos.

¿Por qué no había dicho nada? Papá le había asegurado que no era culpa suya, pero, si Django hubiera alertado a los Stone, no habrían permitido que Liam se hubiera marchado solo. Los Jibblymowers no se lo habrían llevado.

«No habría importado. Lo habrían encontrado de todos modos. Si no ayer, hoy o mañana».

Pero ¿y él? Él había estado dentro del mismo agujero que Liam.

Las manos también le habían recorrido el cuerpo.

No tantas como a su amigo, porque este había quedado atrapado más abajo.

Pero Django jamás olvidaría el hormigueo en la piel, como cuando mamá le hacía cosquillas en el pecho de pequeño, solo que era más como si las manos de su madre hubieran salido arrastrándose de una tumba, ansiando el contacto con algo vivo.

Si habían marcado a Liam, también lo habían marcado a él. Llevaba todo el día reprimiendo ese pensamiento, pero entonces asomó su fea cabeza: él sería el siguiente. Pronto.

Se levantó y se coló por debajo de la cortina.

Antes, Bird Street le parecía infinitamente misteriosa y espeluznante y, sin embargo, tan conocida como si fuera toda suya.

Ya no. Ahora le parecía más bien vieja y peligrosa.

Se dijo que no fuera tonto —una calle no podía ser peligrosa—, pero era cierto.

La luz del porche de Liam seguía encendida. Quizá Joyce y Marc pensaran que, si su hijo volvía a casa, se perdería en la oscuridad sin ella.

Django se humedeció los labios, pero tenía la lengua como una tira de cecina. Sí, Bird Street parecía una cosa vieja y senil. Una bruja decrépita esperando el momento adecuado para pronunciar un hechizo final destructivo con su último y fétido aliento. Pero ¿cuándo?

«Mañana por la noche, a las diez en punto».

Aquello salió de la nada, y Django volvió la cabeza para mirar con sobresalto por encima del hombro. Su gesto hizo que la cortina se hinchara. Impaciente, se la quitó de encima.

¿De dónde había salido aquello?

Vio la insignia nazi que tenía en la almohada y se dio cuenta de que estaba asustado, muerto de miedo.

El aspecto de su habitación era el de siempre, pero, al igual que los hechizos de bruja, los Días Oscuros eran invisibles, y el chico notó que su influencia se acercaba con el mismo sigilo que una mancha de tinta.

Por las paredes. Por las sábanas. Por la yema de los dedos.

Sintió una intensa necesidad de huir, de marcharse de su habitación y bajar las escaleras si era necesario, pero no tenía sentido, porque en el resto de la casa también era noviembre.

Incluso dentro de papá. Incluso dentro de mamá.

Se oyó un ¡pam! en el desván y levantó la vista de golpe.

Como un caballo que cocea la puerta del establo porque huele un peligro.

Luego, un crujido largo y profundo. Se prolongó. Y se prolongó. Django ni siquiera habría sabido cómo describirlo, pero en su mente vio unos tablones de madera que se separaban a la fuerza bajo la presión de algún tipo de maquinaria pesada.

Por fin, se hizo el silencio.

Kaila estaba abajo con mamá.

Entonces, ¿qué pasaba en el desván?

La respuesta le llegó casi al instante: Liam.

Subió. Por la escalera. No quería, pero tenía la sensación de que sus piernas obedecían órdenes externas. Le parecía que tenía las manos, que se estiraban hacia los peldaños de más arriba, a kilómetros de distancia, que los brazos se le estiraban como gomas elásticas.

La habitación de Kaila estaba a oscuras, pero, en cuanto sacó la cabeza del hueco de la escalera, lo vio.

Justo en el centro del suelo había un montón de ramas.

Era como el nido de un pájaro prehistórico monstruoso; tenía tal envergadura que cubría en parte la alfombra y en parte las tablas del suelo que había junto a ella.

Pero, más que en el suelo, estaba dentro del suelo.

Había un agujero lleno de ramas, y Django sabía más que de sobra lo que habría debajo.

Su dormitorio no, desde luego.

Se quedó plantado en la escalera durante mucho mucho rato, con el rostro en apariencia tranquilo, quizá incluso un poco ausente.

En realidad, estaba concentrado en exorcizar su terror.

El desván había desaparecido, su mente veía un piano viejo.

Marfil roto sobre teclas amarillentas, a la espera de su señal.

¿Sería Count Basie, Cab Calloway o Duke Ellington?

¿O tal vez algo más moderno, como The Weeknd, BTS o Lil Nas X, al estilo de Mr. Djangoman?

Toda esa música estaba almacenada en su memoria, lista para verterse cada vez que se aburría, buscaba consuelo o necesitaba salvarse, como ahora.

Entonces empezó a tocar, y solo él oía su canción.

El viento azotaba la casa y hacía vibrar las contraventanas, pero Django no lo oía.

Sonó el timbre, y lo oyó, o al menos una parte de su subconsciente lo oyó: papá estaba allí, y mamá, y Harry, el vecino de al lado, y estaban discutiendo.

Pero a él le daba igual. Solo le importaba su canción. Era la mejor que había tocado jamás.

Cuando terminó, se dejó caer a cuatro patas y se acercó al montón.

«No puedes hacerme daño. No eres más que ramas. Las ramas no pueden hacer daño a la gente».

Lo que había dentro podría, quizá, pero primero tendría que salir. Además, si era Liam, seguro que tenía algo que decirle.

Se asomó al interior. Apartó unas cuantas ramas del borde con la mano derecha. Estaban viejas y secas, cubiertas de musgo áspero. Cuando volvió a asomarse, susurró:

—Liam. Liam, ¿estás ahí?

El agujero era profundo y oscuro y apestaba a tumba. Una voz familiar, como de conejo, le dijo en la mente: «Ha llegado la Era de la Podredumbre».

¿Hasta dónde llegaba? Quizá atravesara su dormitorio y llegase hasta la planta baja. O puede que fuera aún más hondo y se metiese en el suelo. Apartó varias ramas más, con cuidado de no caerse dentro.

—Liam, quiero hablar contigo —dijo en voz baja.

Pero su amigo no respondió y, al cabo de un rato, Django comprendió que se necesitaba algo más para invocar a los muertos.

La puerta que conectaba la cocina con el garaje estaba cerrada con llave. Qué raro. Nunca la cerraban con llave, ni siquiera durante los Días Oscuros.

Había bajado de puntillas, pero ahora tendría que volver a subir para coger la llave del despacho de papá. La tele estaba encendida en el salón. Mamá y Kaila estaban viendo una película y no se enteraron cuando pasó por allí.

Una vez en la planta de arriba, dejó atrás el dormitorio de sus padres.

La puerta estaba entreabierta y oyó un resuello regular pero crepitante.

Adelante: no había tiempo de tener miedo.

Su padre escondía el colgador de llaves en el panel central del armario.

Django no sabía cuál era la que abría la puerta del garaje, así que se las guardó todas en el bolsillo.

¿Qué había allí dentro que no le dejaban ver? No se le ocurría nada. Pero ¿qué sabían mamá y papá? Si vieran lo que había en la habitación de Kaila, seguro que también le prohibirían subir al desván. Llegaría un momento en que no quedarían habitaciones en la casa.