Días oscuros RALPH #8
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RALPH #8

Ralph asintió. No se había molestado en quitarse la ropa, así que la siguió escaleras abajo. Harry lo esperaba en el umbral, acurrucado bajo su paraguas y mostrando un alivio más que evidente por poder juguetear con el puño.

—Hola, Harry. ¿Qué te trae por aquí?

—Joyce ha perdido la cabeza.

—¿Qué ha pasado?

Ralph se frotó la cara.

—¿No has visto Vember?

—No, me he quedado frito, tío.

—Elizabeth estaba allí cuando pasó. Juliette y ella están haciendo turnos para vigilarla. Está convencida de que el Contable tiene a Liam.

—¿En serio?

—Elizabeth le ha dicho que es muy poco probable, pero le ha sugerido que se lo pregunte mañana durante la cena.

Joder, ni siquiera estoy seguro de si debemos seguir adelante con ella, dadas las circunstancias.

En fin, le ha leído el cuento de antes de acostarse a Harper porque, ahora mismo, Marc y Joyce están totalmente ciegos a sus otros hijos.

Cuando ha bajado, Joyce había convertido el salón en un puto templo.

Velas, salvia quemada, pentagramas, toda la pesca.

Una sesión de espiritismo casera para invocar al Diablo.

—Joder.

—Debe de pensarse que tenemos el teléfono del Contable en marcación rápida o algo así, pero no ha habido manera de hacerle entender que no es así.

—Miró a Ralph con seriedad—. Joyce ha arañado a Elizabeth cuando ha intentado detenerla.

Se puso a gruñir como una gata, le enseñó los dientes.

Hasta donde yo sé, sigue con la invocación.

—Madre mía. ¿Y Marc?

—Nada. Ni una palabra en toda la noche. Se ha tomado una pastilla y se ha ido a la cama.

—Menudo desastre.

—Sí.

Harry se quedó callado durante un rato, contemplando las gotas de lluvia que caían del paraguas.

—¿Era eso lo que habías venido a contarme?

—No. Hay otra cosa. —Dio la impresión de hacer acopio de valor y lo miró a los ojos—. Ralph…, ¿hay algo que deba saber?

Vaciló solo un instante.

—¿Como qué?

—No quería sacar el tema delante de todo el mundo, pero no puedo quitármelo de la cabeza. Y, cuanto más lo pienso, menos puedo.

—¿De qué estás hablando, Harry?

—El destello de las imágenes del Camp Heron.

No tengo la menor duda de que eran unos faros.

La luz era demasiado constante para ser cualquier otra cosa.

Y solo vimos ese vídeo, el de las 22:03, así que tenías que ser tú.

Pero la cámara de Marc muestra que no llegaste a casa hasta las 22:39.

Eso son treinta y seis minutos para recorrer poco más de un kilómetro y medio. No me cuadra, Ralph.

Ralph abrió la boca, pero Harry lo interrumpió:

—¿Pasó algo en ese lapso? Considero que eres un buen vecino, incluso me atrevería a decir que el más fiable del grupo. No quiero acusarte de nada, pero, si pasó algo que pueda poner las cosas en peligro, quiero saberlo.

—Harry… Ese no era yo. —Las puñeteras manos volvían a temblarle, así que se las escondió detrás de las caderas—.

Tenía pensado llegar a casa a las diez, pero se me hizo tarde.

Y ahora ya recuerdo por qué. Cuando estaba a punto de marcharme, Miriam Weinberg, una de mis asesoras, me detuvo y estuvimos más de media hora comentando un caso.

Y, cuando me puse en marcha, me noté cansado, así que paré en la gasolinera Shell de Sammamish a coger un café.

De verdad, ojalá pudiera decirte que vi algo sospechoso, pero no es así. Lo siento.

Esperaba que la mentira colara. Las mejores mentiras eran las se acercaban mucho a la verdad, y Ralph no creía que le hubiera temblado la voz, pero, aunque se sonrojó, Harry no apartó la mirada. Al final, dijo:

—No te creo.

Se oyó un crujido detrás de ellos: Luana apareció en el pasillo.

—Entonces, ¿de qué estás acusando exactamente a mi marido, Harry?

—Luana, no quiero…

—¿No te parece que las cosas ya están bastante mal? ¿Tenemos que empezar a enfrentarnos entre nosotros, además? ¿A eso hemos llegado?

—Luana…

—¡No me vengas con «Luanas»! —Tal vez Harry no entendiera las razones por las que estaba enfadada, pero vaya que si estaba enfadada—. ¿Qué insinúas? ¿Que Ralph le hizo algo a Liam? ¿Lo dices en serio? Me esperaría algo así de cualquiera, ¡de cualquiera!, pero ¿de ti?

—No debería haber venido —murmuró Harry.

—¡Por supuesto que no! Estoy muy decepcionada contigo.

—Harry, te estás imaginando cosas. —Ralph lo intentó de nuevo, ahora más tranquilo—. Lo entiendo, quieres encontrar algo que explique la desaparición, pero ya viste lo oscuras que estaban las imágenes.

Harry refunfuñó un poco más.

—Vete a dormir. Descansa. Espero que los perros encuentren algo mañana. Espero que encontremos a Liam, joder.

Su vecino asintió y se alejó sin despedirse. Ralph cerró la puerta, pero no sin antes ver que su vecino miraba de reojo la entrada del garaje. Mal asunto.

—Menudo puto lío de los cojones —protestó Luana—. ¿Alguna vez será más fácil?

—No lo creo. Pero lo has hecho muy bien.

—Por favor, no digas eso. Me siento fatal.

Él le sonrió con tristeza. Le costó un rato, pero al final ella le devolvió una sonrisa igual de triste. Ya era algo, al menos.