RALPH #7
«¿No merecía yo el mismo respeto?», había dicho entonces la voz, muy real, muy cercana, y Ralph había cogido con dificultad una bocanada de aire que parecía desprovista de oxígeno. Había movido la linterna a su alrededor. Los árboles se ahogaban en la lluvia a su alrededor.
«Y entonces empezaste a gritar su nombre, ¿verdad?
Oh, sí, gritaste el nombre de un chico muerto.
Luana estaba dormida, Luana no se despertó, y el miedo se te tiró al cuello porque estabas solo en el bosque donde vagaban los muertos.
Porque había otra parte del ritual que no habías respetado el año pasado, ¿recuerdas?
Hay que velar la tumba la primera noche para que el difunto se quede en su sitio.
Eso es lo que dicta la tradición. Pero después de arrastrar el cuerpo de Levi hasta el agujero, después de rellenarlo con las ramas que Harry y Elizabeth habían recogido en la linde del bosque, habías llegado al límite de tus fuerzas.
“Deja de torturarte —te dijo Harry mientras te ponía una mano en el hombro—. Vuelve con tu mujer. Vuelve con Kaila. Nosotros lo vigilaremos”.
Y eso fue lo que hiciste. Te fuiste a casa y dejaste que Levi se convirtiera en su responsabilidad».
¿De verdad creía que habían cumplido su palabra?
Los ojos de Levi le habían dicho lo contrario.
«Así que ahora los muertos estaban despiertos y, ¡ups!, en ese momento estuviste a punto de dejar caer el bulto, el bulto que era Liam, porque no, los muertos no encontraban paz aquí, y quizá Liam también se hubiera despertado…».
No había dejado caer a Liam. Pero entonces la lluvia había empezado a susurrar: «Ven aquí, Ralph. Estoy aquí y te he estado esperando. Yo no quería, pero seguiste adelante de todos modos. Es culpa tuya que esté muerto. Es culpa tuya que ya no pueda cerrar los ojos».
Paralizado, había escudriñado la oscuridad mientras se aferraba a la manta mojada con los dedos.
«¿No quieres estar cerca de mí? Pues ven aquí y acércate. Enrollaré la cuerda a nuestro alrededor y estaremos cerca para siempre…».
La mente se le había quebrado. Ahora, diez horas después, seguía intentando evocar razones para justificar lo que había hecho.
Liam se merecía una tumba. Levi se merecía que le cerraran los ojos.
Ambos se merecían que alguien los velara.
Pero, ya anoche, una parte de él sabía que era una locura, pura locura, porque todavía recordaba que los últimos vestigios de su cordura le gritaron cuando, azotado por el viento y la lluvia en las ciénagas, había quitado el montón que cubría a Levi con la pala: «¡Dios mío qué estoy haciendo QUÉ ESTOY HACIENDO ¡¡¡QUÉ ESTOY HACIENDO! !!».
No había podido cerrarle los ojos a Levi. No había habido ojos.
Diez minutos más tarde, llegaron a la necrópolis. Ralph contempló la escena con incredulidad.
Anoche había montones por todas partes.
Ahora no quedaba ni uno.
—Ha comenzado la temporada de caza —dijo McKinley con voz ronca—. Se han dado a la fuga…
Aunque no debería haberle sorprendido, lo hizo, y el enorme contraste con lo que había visto hacía apenas unas horas le infundió un temor reverencial profundo, casi religioso, por las fuerzas sobrehumanas que actuaban allí.
Despacio, recorrió con la mirada las tierras vacías, las ciénagas en calma y las montañas del este, ocultas tras nubes de color gris acero.
—Pues hasta aquí esa teoría —murmuró Harry.
Habían albergado la esperanza de encontrar el montón que había atrapado a Liam y a Django el agosto anterior, ya que era posible que Liam se hubiera sentido atraído por él otra vez.
Era dar palos de ciego, pero era lo único que tenían.
Ahora esa teoría también se había esfumado, junto con la tumba en la que podrían haberlo encontrado.
Si hubiera seguido allí, habrían notado, casi con certeza, que la habían removido muy recientemente (otra cosa que Ralph no había tenido en cuenta).
Luana lo miró a los ojos y el desconcierto de su marido le reveló la verdad: que la tierra se había tragado las pruebas.
«Y si sigues sin creer que tienes una suerte endiablada, eres más tonto que el asa de un cubo».
—Vamos —dijo Graham—. Comprobemos las ciénagas. Dios, espero que no esté allí.
Pasaron toda la tarde peinando el bosque.
A las tres volvió a llover y Ralph estaba muerto de cansancio, pero Joyce y Marc se negaban a abandonar su inagotable y tortuosa esperanza.
A las cinco y media, cuando empezó a atardecer y no habían cubierto más que una pequeña parte de la reserva, por fin se dieron cuenta de que era inútil.
Volvió a surgir la idea de llamar a la policía, esta vez por parte de Joyce.
—¡Hemos perdido un día entero! ¡Mi niño ha desaparecido y me habíais dicho que lo encontraríamos!
Todo el mundo sabía que las primeras veinticuatro horas tras una desaparición eran críticas y que después las posibilidades de encontrar a un niño con vida disminuían con rapidez.
Todo el mundo sabía que los policías, con sus perros rastreadores y sus ojos en el cielo, podrían haber hecho más en una sola hora que todos ellos juntos en una semana.
Pero todo el mundo sabía, también, que aquella no era una desaparición cualquiera.
Incluso Marc. Estaba pálido y, cosa poco habitual en él, callado.
Mientras los vecinos intentaban consolar a Joyce, Graham hizo una llamada telefónica y regresó al cabo de unos instantes.
—Acabo de hablar con Orville Cooder, un viejo compañero de caza de Maple Valley.
Tiene tres sabuesos. Le he ofrecido un poco de pasta y Gray puede ir a recogerlos por la mañana.
—Graham les guiñó un ojo y Ralph pensó: «De “un poco” de pasta, nada»—.
Nos vemos al amanecer para hacer una búsqueda mucho más organizada.
Os prometo que estos animales son tan buenos como cualquier perro policía, si no mejores.
—Pero ¿y esta noche? —suplicó Joyce—. No tardará en oscurecer…
—Me siento fatal por ti —intervino Elizabeth con el apoyo distante de una persona que brilla al dar malas noticias—, pero aún queda mucho por hacer.
Hay que recoger a Harper, hay que informar a Ethan, hay que enviarles un mensaje a los Stone, y a todos los demás padres a los que has llamado, para decirles que Liam ha aparecido y que ha sido una falsa alarma, a poder ser antes de que la historia empiece a cobrar vida propia.
Y, Joyce, tienes que descansar o mañana no servirás para nada.
No vamos a encontrar a Liam en la oscuridad.
Joyce se dio la vuelta y se alejó dando tumbos.
—¡Liam! —gritó hacia el bosque—. ¡Liam, vuelve! ¡Devuélvemelo, hijo de puta! ¡Devuélveme a mi niño!
Y a partir de ahí se descontroló. Hubo unos segundos de expectación tensa en los que todos miraban a Marc, pero él se limitó a quedarse plantado con la mirada perdida, como si no fuera capaz de procesar lo que estaba pasando.
Así que Juliette y Elizabeth se abalanzaron sobre ella, rodearon con los brazos a la desdichada mujer y la consolaron lo mejor que pudieron.
Ralph vio que a Luana se le llenaban los ojos de lágrimas y sintió que a él también empezaba a pasarle lo mismo.
Pensó que podían permitirse ser compasivos, ya que las personas y los monstruos eran casi lo mismo.
A las seis y cuarto, cuando el crepúsculo había dado paso a la oscuridad, Ralph y Luana llegaron a casa, física y mentalmente destrozados. La odisea había terminado. Al menos por aquel día.
No había terminado porque, a las nueve y media, Harry se había pasado por allí.
Kaila compró comida para llevar. En lugar de acurrucarse frente a la chimenea como solían hacer el primero de los Días Oscuros, esa noche todo giró en torno a la desaparición de Liam.
Los niños reaccionaron cada uno a su manera: Django se encerró en sí mismo, Kaila estaba dispuesta a tomar las armas.
Argumentó que el hecho de que fuera a iniciarse al día siguiente era motivo más que suficiente para que se uniera a la búsqueda.
Ralph sentía la responsabilidad de participar en el bullicio familiar, pero Luana vio lo agotado que estaba y lo mandó a la cama.
—Me quedaré viendo una serie con ellos —dijo—. Por favor, ve a descansar.
Pero Ralph no descansó, porque el sueño liberó al fin los horrores que llevaba todo el día tratando de expulsar de su cabeza.
Era consciente de un tufo, el mismo que había captado la noche anterior mientras apartaba las ramas de la tumba de Levi.
No era el hedor de la descomposición reciente, sino de una podredumbre más antigua y profunda, porque lo que había allá abajo llevaba casi un año corrompiéndose.
En la cama, Ralph gimió y le dio la espalda, pero estaba por todas partes, incluso parecía emanar de su propio cuerpo.
El tufo se convirtió en una presencia, Ralph volvió a apartarse de ella, pero se descubrió enredado en una cuerda y gimoteó en voz alta, porque fue entonces cuando abrió los ojos en el sueño y lo vio. Vio lo que quedaba de Levi.
El ruido del timbre hizo que se despertara sobresaltado —otro déjà vu — y se dio cuenta de dónde estaba. Apático, oyó a Luana abrir la puerta y no se sorprendió cuando, un momento después, su mujer subió a buscarlo.
—¿Quién es?
—Harry. Django está en su habitación y yo estoy con Kaila. Hablad bajo, ¿vale?