Días oscuros RALPH #6
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RALPH #6

Se dividieron. El plan era peinar el terreno desde la valla, pero se decidió que también había que centrarse en las ciénagas, y cuanto antes, mejor.

Aunque había superado los ochenta con creces, Graham insistió en unirse a la búsqueda y optó por seguir el sendero South Sunday hasta la necrópolis para minimizar el riesgo de una caída fea en un terreno irregular.

Ralph no tuvo más remedio que acompañarlo, junto con Luana y Harry.

Elizabeth, Joyce y Marc, Gray, Laura, Juliette y Maurice emprendieron la colosal tarea de peinar el bosque a partir de la valla.

Antes de empezar, Maurice propuso pasarse por el Ace Hardware a comprar dos megáfonos; una oferta sorprendentemente altruista por parte del benjamín de la familia McKinley…, hasta que le pidió la tarjeta de crédito a Joyce, claro está.

No debían alejarse ni perderse de vista los unos a los otros de ninguna manera. Estaban en noviembre, y la implicación tácita era que ahora el bosque estaba despierto. Lo que fuera que lo habitase no era nada bueno, nada vivo.

McKinley echó a andar por el sendero a paso ligero, con un puño nudoso apretado alrededor de la cabeza de íbice, hecha de níquel, que remataba su bastón.

A unos diez metros a cada lado de él, Luana y Harry se abrían paso a través de la maleza enmarañada, con Ralph a otros diez metros de distancia hacia la derecha de Luana.

De vez en cuando, Harry activaba el megáfono y, después del chirrido, gritaba variaciones de: «¡LIAM! ¡LIAM, SI NOS OYES, HAZNOS UNA SEÑAL!».

No obtuvieron ninguna respuesta. Aun así, Ralph aguzaba el oído.

A solas con sus pensamientos, se sentía incómodo.

La gran mentira le pesaba en la conciencia.

Aunque hasta entonces había conseguido salirse con la suya, aquel no era más que el primer día del resto de su vida.

Peor aún era el déjà vu que lo perseguía entre los pinos, que lo empujaba sin piedad hacia la noche anterior.

«¿Recuerdas lo mucho que empezó a pesarte?

¿Cómo se te acalambraban los brazos y la espalda bajo el peso muerto?

Pero no te atrevías a arrastrarlo, ¿verdad?

Tenías la extraña e irracional convicción de que Liam llevaba meses muerto, y de que un tronco de árbol o un pedrusco de buen tamaño le destrozaría el cuerpo podrido.

¡Qué espectáculo tan triste habría sido!

Pero eso no era todo. La cuerda —la cuerda de polipropileno naranja con la que ataste el fardo— te recordaba a otra cosa en este bosque.

Porque eras muy consciente de lo que le había pasado al otro extremo de esa cuerda».

Intentó reprimir el pensamiento… No pudo.

Levi.

Levi había estado allí con él anoche. Había sentido su presencia de forma tangible.

Por supuesto, podía explicarlo de manera racional, los paralelismos eran inequívocos, pero no era solo eso.

A lo largo del último año, Ralph había llevado la muerte del chico consigo en todo momento, no la había superado.

A veces, sentado en la sala del juzgado o mientras conducía de vuelta a casa, creía sentir el aliento frío del joven en la nuca, tensándole el cuero cabelludo.

Y anoche lo había tenido claro: el chico muerto lo miraba desde la oscuridad.

La voz de Luana en la videollamada no había cambiado la situación.

«Y fue entonces cuando ocurrió, ¿verdad?

Estabas escuchando el inquietante crujir de los árboles a causa del viento y te recordó a los ruidos que hizo Levi cuando se resbaló.

Y, de repente, te preguntaste si le habías cerrado los ojos.

Ibas cargando con el cuerpo de Liam por el bosque y tratando de recordar si, once meses antes, le habías cerrado los ojos muertos a Levi. Y tal vez por eso no te dejaba en paz».

—¡LIAM! —gritó Harry, que sacó a Ralph de sus pensamientos—. ¡LIAM! LIAM, ¿NOS OYES?

«Para ya. Concéntrate en lo que se avecina».

Llegaron al claro y se reunieron formando un círculo. La noche anterior, Ralph no había dejado de mirar al frente iluminándose con la linterna,

«… porque no querías mirar hacia arriba, ¿verdad? No, te daba miedo verlo ahí colgando, como si nunca lo hubieras bajado y llevado a las ciénagas. Te daba miedo verlo mirándote con los ojos saltones y vidriosos…».

pero ahora veía el arce, las ramas que tan siniestramente abrazaban el Lugar de la Ejecución.

Se humedeció los labios resecos. Se suponía que aquel día y el siguiente tenían que preparar aquel espacio para Bill Nielsen, el hombre que deseaba que le aplicaran la eutanasia el día 3.

Harry tenía razón: estarían distraídos, y debían evitar cualquier riesgo que pusiera en peligro un sacrificio temprano.

Luana miró a su alrededor, estaba pálida. Su marido le preguntó si se encontraba bien.

—Sí. Más o menos —contestó.

Luego le echó un vistazo al móvil. Django estaba solo en casa y habían acordado enviarse mensajes cada quince minutos.

Harry había ido usando el megáfono cada vez menos a lo largo del último tramo; ahora lo llevaba colgando a un lado como si considerase que ya no era útil.

—La bici —reflexionó—. No me cuadra.

Graham le preguntó a qué se refería, pero Ralph ya lo sabía.

—Si Liam saltó la valla, ¿por qué no hemos encontrado la bicicleta? Trepar por ella ya es bastante difícil. No me dirás que, además, lo hizo con la bicicleta.

McKinley lo miró con serenidad.

—Harry, un niño no entra de manera voluntaria en este bosque durante los Días Oscuros. Llevan toda su vida enseñándole a tenerle miedo. Si está aquí, es porque algo lo trajo.

—¿Algo que da la casualidad de que necesitaba una Schwinn nueva? —preguntó Harry en tono burlón.

—A lo que me refiero es a que aquí actúan fuerzas que ni siquiera somos capaces de entender.

—Noviembre nunca empieza antes de tiempo. Tú mismo lo has dicho.

—Puede que tengamos que replanteárnoslo.

Lo que sé a ciencia cierta es que no comprendemos ni una mínima parte de lo que está pasando aquí.

El Contable, por ejemplo. ¿De dónde viene?

¿Adónde va cuando llega diciembre? La ley de conservación de la energía dicta que debe ir a algún sitio.

Pero ¡tal vez ni siquiera se rija por las leyes naturales!

El agujero en el que cayeron los chicos parece algo sacado de Alicia en el País de las Maravillas .

A las personas que ofrecen su vida aquí las vemos en los espejos.

Todo esto tendría que ser imposible, pero lo aceptamos.

—La voz del anciano, potente hasta entonces, comenzó a resquebrajarse y, por primera vez, mostró desesperación—.

Es posible que Marc y Joyce vuelvan a ver a su hijo en un espejo. De hecho, me da pavor que ocurra.

Harry suspiró.

—Si eso es cierto, no tiene sentido seguir buscando.

—Soy consciente de ello. Pero tenemos que darles algo, ¿no? —Se volvió hacia Luana—. ¿Estás bien? Estás muy callada.

La pregunta la sobresaltó.

—Este lugar me da escalofríos. Las cosas de las que estáis hablando me dan escalofríos.

—Pues sigamos adelante.

Al otro lado del Lugar de la Ejecución, el sendero se estrechaba hasta convertirse en una pista apenas distinguible, pero, antes de que volvieran a dispersarse, Harry preguntó:

—¿Podría haber sido el Contable?

—No lo creo —respondió Graham—. Nunca ha actuado por su cuenta.

—Entonces, ¿qué? ¿Espíritus vengativos? ¿La gente del espejo? ¿Creemos que son ellos quienes han actuado ahora?

—Sabemos quiénes son —dijo Graham—. Y hay una razón por la que no entramos en este bosque.

Harry no dijo nada. Ralph recordó su charla del noviembre anterior, cuando se había puesto tan nervioso por lo de Kaila.

El hecho de que los muertos buscaran la paz pero no la encontraran en aquel bosque era una implicación moral esencial de lo que hacían allí, y Harry había decidido no profundizar en ello ni entonces ni ahora.

Tal vez fuera ese silencio lo que le permitía seguir aguantando a Elizabeth tras el horror del año pasado.

Y quizá el mutismo fuera también lo que permitiría que Ralph terminara pasando página, con el tiempo.

Y, sin embargo, en cuanto salieron del claro, la vocecita volvió:

«Sí, no digas nada. Llévatelo a la tumba.

Hablando de tumbas: ¿recuerdas lo que hiciste anoche?

Te pareció lo correcto, ¿no? Porque te has pasado el año entero acosándolo.

En tus pensamientos, en Oregón, en sus redes sociales…

Pero nunca te atrevías a acercarte. Lo de anoche te obligó a actuar, y esos ojos suyos se negaban a dejarte escapar.

Si te habías olvidado de cerrarle los ojos, ¿no deberías hacer algo al respecto? ».

Esos ojos. Esos horribles ojos muertos. Que lo acorralaban en la oscuridad.

Luana se había quedado dormida, ajena al pánico que le sajaba el cerebro como un trozo de chatarra.

Cada corte era una imagen nueva: Levi en el sofá de los Aikman, mirando con los ojos apagados a través del lazo colgante.

Levi en la rama de arce, con los ojos rebosantes de miedo a la luz de la Krypton de Harry.

Las piernas de Levi sacudiéndose cuando…

—Basta ya —gruñó entre dientes, diez horas después—. No te desmorones ahora, pedazo de gilipollas.

Pero Levi no se apiadaba de él…, igual que Ralph no se había apiadado de Levi el año anterior.

«Porque una tumba en este bosque no es más que un agujero que caváis en el suelo y que rellenáis de ramas, y luego apiláis otras cuantas encima para indicar la ubicación.

Y la de Levi te tocó cavarla a ti. ¿Recuerdas cómo atacaste la tierra con la pala, una hora agotadora tras otra, hasta que los músculos empezaron a gritarte?

¿Recuerdas que estuviste a punto de aplastarle el cráneo a Harry porque no paraba de ofrecerse a ayudar? ».

Anoche había tenido la absoluta convicción de que Liam merecía el mismo respeto que cualquier otra persona que hubiera muerto allí. Quizá así el chico lograra encontrar la paz tras su trágica y prematura muerte.

Tal vez así Liam permaneciese en su tumba.