RALPH #5
Liam había terminado de hacer acrobacias y se puso de pie sobre los pedales para acelerar hacia la rampa de salida, donde desapareció.
Ralph sintió una necesidad casi irresistible de meter la mano en la imagen, agarrarlo por el cuello y tirar de él, pero el trágico destino que le esperaba un kilómetro y medio más allá ya había ocurrido y no había forma de revertirlo.
El pinchazo debía de haberse producido apenas unos instantes después, lo cual lo habría obligado a bajarse de la bicicleta soltando, sin duda, toda una retahíla de palabrotas creativas.
Pero aquel vídeo de seguridad era el último registro que se tenía del muchacho y, once horas más tarde, solo Ralph sabía que también era la última vez que se lo había visto con vida.
Porque, después de aquello, no había sido más que un destello en el parabrisas.
«Un destello, sí, pero no te olvides del pegote rojo que viste durante una milésima de segundo antes de que los limpiaparabrisas se lo llevaran».
Luego: «Fisiológicamente hablando, ¿la sangre sigue viva cuando está húmeda y caliente y sale a chorros de un cuerpo?».
Se clavó las uñas en la carne de los pulgares y aplastó el pensamiento.
—Pues hay un niño, pero ningún perro —dijo Ollie mientras pasaba al siguiente archivo.
Aquel vídeo solo mostraba la lluvia, al igual que el de después, pero entonces Harry levantó una mano.
—¿Qué es eso?
«Eso soy yo —pensó Ralph—. Allá vamos».
—Este es interesante —dijo Ollie—. ¿Veis ese destello que se desplaza por el terraplén y por esos árboles de ahí? Yo creo que son unos faros. Pero es difícil saberlo. Podrían ser solo unas ramas meciéndose delante de las farolas.
Pero era demasiado artificial para eso, pensó Ralph… Y Harry también lo sabía.
—¿Tú no llegaste a casa hacia esa hora?
Las imágenes señalaban que eran las 22:03. Ralph abrió la boca, soltó un graznido, volvió a empezar.
—No estoy seguro. Podría haber sido más tarde.
«Por Dios. Si no sabes qué decir, ¡al menos cierra el pico!».
—¿Y no viste ningún perro por ahí? —preguntó Ollie.
—No, creo que me habría dado cuenta.
Hubo más chorradas, y Ralph vio que Harry observaba las imágenes con gran atención. No hubo más destellos que pudieran ser faros. Ralph se sentía del todo impotente, pero ¿qué podía hacer? Nada, salvo intentar desviar la atención de ello.
—Supongo que esto es lo que hay, ¿no? —sugirió con cautela cuando la hora de las grabaciones empezó a acercarse a la medianoche.
—Eso me temo —contestó Harry—. Aunque quizá podríamos seguir un poco más, solo para estar seguros.
Sin embargo, no encontraron nada importante. Lo más destacable fueron tres ciervos correteando por el aparcamiento a las 2:41 de la madrugada.
—Lo siento, chicos —dijo Ollie cuando cerró la aplicación—. Ojalá pudiera seros de más ayuda. Pero el perro llama la atención. Seguro que aparece, ¿no?
—Supongo —dijo Harry.
—Decidle a Gray que puede colgar un cartel en la entrada si quiere.
Le dieron las gracias por el tiempo que les había dedicado y salieron. En cuanto se quedaron solos, Harry se detuvo.
—¿Estás bien, Ralph? Te noto raro.
Su primer impulso fue decir que sí, que estaba bien, pero se lo pensó mejor.
—A decir verdad, no mucho. Ya estaba bastante nervioso teniendo la iniciación de Kaila a la vuelta de la esquina. Y ahora esto…
—Lo entiendo, tío. Pero hay que hacer de tripas corazón, tenemos trabajo.
Aunque le daba náuseas, Ralph sabía que tenía que cargar las tintas para inspirar confianza.
—No paro de pensar en qué haría si estuviera en el lugar de Marc. Si el desaparecido fuera Django, me volvería loco.
Harry asintió.
—Pues alégrate de que no te haya tocado. Oye, lo que quería preguntarte… —Hizo un gesto en torno al aparcamiento—. Liam pasó por aquí a las 21:46. Tú llegaste diecisiete minutos después. ¿Estás seguro de que no viste nada? ¿Nada que te llamara la atención?
—Como le he dicho a Ollie: creo que me habría dado cuenta.
—Es que el intervalo de tiempo es muy corto. Y tú vas mucho más rápido en coche que él en bici. Algo debió de pasar durante ese breve lapso.
Ralph asintió, pensativo.
—Ojalá hubieras llegado un poco antes…
—¿Por qué?
—Porque lo habrías visto y te habrías ofrecido a llevarlo a casa.
—Sí, claro. —El juez suspiró con lo que esperó que fuera una frustración creíble—. Aunque tampoco podemos estar seguros de que ese fuera yo. Quizá fuera otro de esos destellos borrosos que vimos en las imágenes posteriores.
—No he visto más destellos después de ese —dijo Harry.
—Me refiero a… Eh… ¿Cómo ha dicho? Chorradas. No sé, estaba todo un poco borroso. Si llevas los faros alineados de una forma un poco distinta, es posible que la cámara ni siquiera los capte. Me parecía que había llegado a casa un poco más tarde, nada más. Se lo preguntaré a Luana.
A Harry se le crispó la boca, pero eso fue todo. Bien…, por ahora. Señaló el Explorer con la cabeza.
—Vamos. Tenemos que hacer una llamada.
A las nueve y media de la mañana, la residencia de los Wachowski era un caos rebosante de pánico.
Marc estaba histérico y amenazaba con romper el pacto si no le permitían llamar a la policía de inmediato.
Los hermanos McKinley tuvieron que contenerlo físicamente cuando agredió a su padre por prohibírselo.
Al final, Joyce, aterrorizada pero con una tranquilidad admirable, fue la única que consiguió hacerle entrar en razón.
—Déjate de gilipolleces —le dijo con voz la temblorosa mientras lo agarraba por las muñecas—, y sé el padre que Liam necesita. Ahora mismo, su búsqueda depende de nosotros, así que ¡deja de tocar las pelotas!
—Pero la policía vendría con perros…
—… y encontrarían muchas más cosas que a Liam en ese bosque, ¿no lo entiendes, joder? ¿De qué nos servirá si nos pillan a todos? ¡Así que déjate de gilipolleces y ayúdanos!
Ahora que las imágenes de seguridad habían demostrado que Liam había desaparecido en algún punto entre el Camp Heron y Bird Street, los vecinos concluyeron que el muchacho, por alguna razón, se había adentrado en el bosque.
Por supuesto, Joyce y Marc preguntaron si habían visto algún otro vehículo en las grabaciones anteriores o posteriores a la de Liam (no, excepto algo que quizá fuera Ralph) y, por si acaso, Marc y Gray revisaron las grabaciones de sus propias cámaras de seguridad en sus respectivos móviles.
Ralph estuvo a punto de perder los papeles cuando Gray soltó de buenas a primeras:
—Mira, ¿ves, Ralph? Aquí es cuando llegas a casa, pero es mucho más tarde. Casi una hora después de que Liam pasara por el Camp Heron.
El hombre no tenía ni idea de qué iba a decir hasta que oyó que las palabras le salían de la boca con una calma absoluta:
—Ah, ¿ves, Harry? Llegué más tarde.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Joyce con brusquedad.
—Bueno, las cámaras del Camp Heron captaron un destello poco después de las diez, y Ollie comentó que a lo mejor eran unos faros. Pero también dijo que podrían ser las píceas meciéndose delante de las farolas. Es una pena, pero no llegaba a verse la carretera.
—Si fuera un coche —sugirió Harry—, podría ser alguien que estuviera siguiendo a Liam. Quizá se lo llevara antes de que tú llegases.
Pero Elizabeth repuso:
—Eso no tiene sentido. Habéis dicho que el destello apareció más de un cuarto de hora después, y para entonces Liam ya tendría que haber llegado a casa. Si alguien lo hubiera estado siguiendo, habría actuado antes.
Ralph asintió.
—Cierto. Debió de ser una chorrada.
—¿Estás seguro de que no eras tú? —insistió Harry—. No hemos visto ninguna otra luz, ¿verdad?
—No puede ser —insistió Marc—. Ralph llegó a casa a las 22:39.
—Sí, es cierto —dijo Luana. Era la primera vez que intervenía—. Ahora lo recuerdo. Te dije que no nos quedaba mucho tiempo para poner las contraventanas, ¿te acuerdas?
Su marido asintió y le acarició la pierna con gratitud.
—¡Chicos, estamos perdiendo el tiempo! —suplicó Joyce—. ¿Podemos salir a buscarlo ya, por favor?
—Por supuesto —dijo Graham—. Pero es sensato descartar cualquier otra posibilidad.
Desconcertado, Ralph miró a sus vecinos. Comprendía el proceso psicológico erróneo que les impedía insistir en el asunto: ya nadie creía en un desenlace que no fuera el del bosque. Ni siquiera Harry. Y, una vez más, sintió que tenía una cantidad de suerte indecente de su lado.
Por supuesto, ya habían peinado la carretera, aunque no de forma sistemática, así que eso era lo siguiente.
Ya no necesitaban que Django les informara sobre los atajos habituales de los chicos.
La atención se centró, entonces, en la excursión al bosque que habían hecho en agosto.
Pero Django no pudo aportar más detalles que la ubicación de la zanja que habían cavado junto a la valla detrás del bungaló de los Aikman, porque el bosque les había parecido «un laberinto horrible» y, al parecer, los había atraído «con magia» hacia «todos aquellos montones de ramas» en las ciénagas.
Hacía tiempo que habían rellenado la zanja —Marc y Ralph, los padres cabreados pero francamente aliviados, lo habían hecho al día siguiente— y una inspección más detallada confirmó que no había nuevas excavaciones.
Habría que revisar el tramo de más de un kilómetro y medio que había entre Bird Street y el punto donde la valla giraba hacia el este y se alejaba de la carretera en busca de agujeros.
Si Liam la había saltado —algo no imposible para un chico ágil—, podría haber sido en cualquier sitio.
Antes de las diez, todos los vecinos de Bird Street estaban explorando el bosque prohibido de detrás de las casas.