Días oscuros RALPH #4
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RALPH #4

Le agarró por la muñeca y tiró con tanta fuerza que estuvo a punto de caerse encima de él. Él la estabilizó y se puso en pie tambaleándose.

—Tienes razón —dijo—. No voy a derrumbarme. Lo prometo.

Luana lo miró con ojos febriles. Estaba vestida, pero parecía agotada.

—No he podido hacerlo, Ralph. No he podido ir a su casa.

—No pasa nada. No eras la única que faltaba. Puedes ir más tarde, cuando te sientas preparada.

La puso al corriente lo más deprisa que pudo. Cuando le contó lo de las cámaras de seguridad del Camp Heron, ella palideció.

—¿Crees que podrán deducir algo a partir de ellas?

—No lo sé. Por eso quiero ir a verlas por mí mismo. Escucha, ahora no hay tiempo. Tienes que ir al colegio a recoger a Django y preguntarle qué ruta cogen para volver desde casa de Noah.

—Pero ¿¡y el pollo que tenemos montado en el garaje!?

—Tendrá que esperar. Echa la llave de la puerta del garaje y, cuando llegues a casa con Django, deja el Optima en la entrada. Ahora mismo no hay otra opción.

Su esposa asintió.

—Vale. De todas formas, creo que me sentiré mejor si tengo aquí a Django. Más normal. —Pero Ralph se dio cuenta de que no se lo creía—. Hay café en la cocina. Tómate uno. Tienes cara de estar tan destrozado como yo me siento.

Le dedicó un gesto de agradecimiento, entró en la cocina y se bebió una taza de un trago. Cuando oyó que el Explorer de Harry se detenía en la entrada y se dispuso a marcharse, Luana lo detuvo.

—Ralph…, ¿está empeorando?

—¿A qué te refieres?

—El año pasado. Fue horrible. Peor que nunca. Y, ahora, apenas ha empezado y ya ha pasado esto. Tengo la sensación de que han tirado de la cadena y nos estamos yendo por el desagüe, y no soy capaz de ver qué nos espera al final.

Durante unos segundos, Ralph se quedó demasiado pasmado para responder. Luego, le apretó la mano.

—Tonterías, cariño. Fue un accidente. Un accidente horrible porque soy idiota. Nada más.

Pero le resultó obvio que eso tampoco se lo creía.

—Vaya puto lío —dijo Harry cuando arrancaron. Mas adelante, Marc y Graham caminaban cada uno por un lado de la carretera peinando los prados. Al pasarlos, levantaron la mano—. ¿Qué opinas? ¿Vamos a encontrarlo?

Ralph lo miró de reojo.

—¿Por qué no íbamos a encontrarlo?

—No lo sé. Tengo un mal presentimiento, Ralph.

—Yo también. Pero no debemos perder la esperanza.

—No me cuadra. Me refiero a lo que ha dicho Elizabeth. Puede que ayer los Días Oscuros no hubieran empezado todavía, pero hoy sí. La mala suerte acecha. Y no han encontrado al chico.

Ralph guardó silencio un instante.

—¿Qué crees que ha pasado?

Harry señaló hacia la izquierda.

—Si cruzó la valla, está perdido.

El juez asintió con aire distraído. Sería valiosísimo conocer la opinión de Harry al respecto, pero no conseguía concentrarse.

Lo que le consumía los pensamientos eran las imágenes de la cámara de seguridad y lo que pudieran encontrar más adelante, en la carretera.

Ralph había vivido toda su vida en aquella zona, así que conocía cada giro, cada curva en la que la carretera se acercaba o se alejaba de la valla.

Conocía las hileras de píceas de Sitka y de abetos que bordeaban la carretera; probablemente, sería capaz de señalar el árbol exacto contra el que Liam se había aplastado el cráneo, a pesar de la oscuridad absoluta que reinaba la noche anterior.

Ya estaban llegando al giro —era cierto que ambos habían estado casi a punto de llegar a casa— y el corazón empezó a latirle con fuerza en la garganta.

Ya no veía a Graham y a Marc en el espejo retrovisor, pero no tardarían en llegar allí.

—Y me preocupan las repercusiones —continuó Harry—. Si no encontramos pronto a Liam, todo el mundo empezará a perder la cabeza. Debemos comprometernos a hacer el sacrificio cuanto antes y…

Ralph lo interrumpió:

—¡Espera, para!

Harry pegó un frenazo.

—¿Qué?

—Creo que he visto algo.

Se asomó por la ventanilla. Cuando el Explorer se detuvo del todo, Ralph se apeó e, intencionadamente, rodeó el coche hasta llegar a la parte trasera para obstaculizarle la vista a Harry.

Quizá se hubiera arriesgado al parar allí, en el lugar donde había ocurrido, pero el riesgo de que Graham y Marc encontraran pruebas era aún mayor.

Allí estaba el árbol.

Y allí: cristales en el asfalto. La carcasa de su faro.

Ralph fingió pasearse de acá para allá con la atención centrada en el otro lado de la valla, pero en realidad estaba empujando los fragmentos con los pies hacia un charco embarrado que había al borde de la carretera.

Su vecino había bajado la ventanilla, así que el juez no podía hacer movimientos bruscos, pero los había quitado casi todos, ¿no?

Sí. Tenía que ser suficiente. Aunque le tocaría volver a por ellos más tarde, antes de que el charco se secara.

—¿Qué has visto? —preguntó Harry sin quitarle ojo.

—Me ha parecido ver un destello. La bici, quizá.

Se acercó a la cuneta y comprobó con discreción si veía sangre. No la vio. Parecía que las lluvias intensas se habían encargado de eso.

Se encogió de hombros y regresó.

—Nada. Debe de haber sido un tronco mojado o algo así.

—Vámonos, Ralph. El tiempo no está de nuestro lado.

No. Pero ¿Harry se había quedado mirándolo un segundo más de la cuenta o eran imaginaciones suyas?

—Verán, nuestro sistema de videovigilancia nos permite elegir lo que queremos grabar —explicó Ollie Brinks, gerente del Camp Heron Market.

Se reunieron alrededor de un monitor enorme en la trastienda, a la que se accedía por una puerta junto a las neveras—.

Durante el día, hay tanta actividad en el aparcamiento que no tiene sentido cambiar la configuración predeterminada, pero por la noche hay detectores de movimiento.

Así que las cámaras solo graban cuando algo las activa.

Ahorra un montón de datos y hace que sea mucho más fácil acceder a las grabaciones.

Incluso se puede ajustar la sensibilidad…

Muy ingenioso. ¿A qué hora se escapó el perro?

—Uf, ¿a qué hora nos dijo Gray? Lo metieron en la caseta sobre las nueve, ¿no?

—Harry se rascó la cabeza para intentar parecer tranquilo.

«Enhorabuena por el esfuerzo, pero no te vas a llevar el Óscar», pensó Ralph—.

Así que en cualquier momento entre las nueve y el amanecer.

Más temprano que tarde, supongo, porque no cerraron bien la verja.

—Estupendo. Echemos un vistazo.

Se acercó el teclado. Ollie Brinks era un tipo tranquilo y estaba más que dispuesto a ayudar a sus clientes de confianza.

Incluso se le escapó una risita; todo el mundo conocía a Gray y a sus galgos de nombres extraños, y seguro que localizar a una mascota fugada era el uso más emocionante que le sacaría a su avanzado sistema de cámaras de seguridad en un pueblo como Lock Haven.

—Aquí están los archivos exteriores de anoche, todos ellos fechados y con hora.

Para pasar de uno a otro se usa el cursor, ¿veis?

Pero no os hagáis muchas ilusiones, chicos.

¿Veis el ángulo? El aparcamiento es prácticamente lo único que se ve.

Si el chucho se acercó a husmear en los contenedores, estáis de suerte; vemos a mapaches haciéndolo todas las noches.

—Pero si se quedó en la carretera… —reflexionó Ralph.

—Toca fastidiarse.

Era cierto: las imágenes eran muy nítidas y a todo color, pero la parte superior se cortaba justo en el terraplén que separaba el aparcamiento de la carretera del bosque.

Desde la rampa de acceso que había en el cruce, la carretera giraba hacia el norte rodeando el Camp Heron hasta donde se encontraba la rampa de salida.

Esta también quedaba fuera de la imagen, y aquello despertó un atisbo de esperanza en Ralph.

—Será mejor que los veamos de todos modos —dijo Harry—, solo para asegurarnos. Los dueños están preocupadísimos.

—Por cierto, ¿dónde está Gray? —preguntó Ollie.

—Ha salido a buscarlo —respondió Ralph—. Con Schwarzwald . Y Laura.

—Qué detalle que les estéis echando una mano. Es lo que hacen los buenos vecinos, ¿no? A ver, este es el primero que tengo después de las nueve. Cerramos a las seis porque era Halloween, por eso no se ve ningún coche.

La cámara se había activado a las 21:07 a causa de una caja de cartón que cruzaba la imagen rodando de izquierda a derecha. El viento formaba ondas en los charcos profundos, que reflejaban la luz amarilla de las farolas.

—Con el tiempo que hizo anoche, vais a encontraros con un montón de chorradas como esta. Es complicado ajustar los sensores para que la lluvia no los active. Mirad, a esto me refiero.

Todas las imágenes que vieron a continuación estaban relacionadas con el tiempo: ráfagas de lluvia, píceas que azotaban el borde del recinto o que bloqueaban brevemente el resplandor de las farolas. Pero, a las 21:46, cantaron bingo.

—Eh, fijaos en eso —dijo Harry al mismo tiempo que se agachaba para ver mejor.

Ralph reconoció de inmediato a la figura que entraba pedaleando en el aparcamiento desde la rampa del cruce: Liam con su disfraz de Baby Yoda.

La imagen lo dejó sin aliento. Encogido sobre el manillar y a pesar de la lluvia torrencial, el chico bajaba a toda velocidad por una pista de BMX imaginaria como si no tuviera ni una sola preocupación en la vida.

Así que ahí estaba. Había atajado cruzando el aparcamiento. Como hacían todos los niños.

—Parece E.T. en su bicicleta —comentó Ollie—. ¿Es un niño?

—A mí me parece más bien un gremlin —murmuró Harry.

Pero entonces Liam hizo un caballito y disipó cualquier posible duda.

—Es el hijo de los Wachowski —dijo Ralph—. Liam. Siempre está haciendo locuras de ese tipo.

—No me lo puedo creer —contestó Ollie—. ¿Y lo dejan andar por la calle a esas horas de la noche?

—Las diez menos cuarto —confirmó Harry, por si acaso hacía falta añadirlo—. Bastante irresponsable. —Intercambió una mirada con Ralph.