KAILA #2
Sí, lo entendía. Todo lo que él le había contado era verdad.
Sus padres eran unos monstruos. Papá había atropellado y matado a Liam y había ocultado la verdad, y lo más jodido era que en aquel preciso instante estaba buscándolo en el bosque con los demás.
Y mamá también era cómplice, porque lo sabía todo.
La videollamada nocturna en el móvil de su padre lo demostraba.
Sintió que le fallaban las piernas. El Contable la agarró por los hombros justo a tiempo. La chica pensó: «Dios mío, llévame de vuelta al año pasado, al verano en Italia. Al año pasado, cuando no sabía nada».
Eso la destrozó. Se tapó la cara y lloró.
Aun así, sintió que el Contable se acercaba a ella.
El olor almizclado de su loción de afeitar, el de la lluvia y el bosque la abrumaron.
Oyó el «ooouuuhhhh» voraz de la criatura mientras inhalaba sus emociones, pero no tenía fuerzas para preocuparse por ello. Era demasiado. Ya no le importaba nada.
Cuando lo peor hubo pasado, levantó la vista hacia él.
—¿Tú eres así? —preguntó él al mismo tiempo que señalaba el Forester.
Ella negó despacio con la cabeza.
Una sonrisa lobuna le deformó el rostro al Contable.
—Entonces, déjalos ir, Kaila. Al diablo con ellos. No vuelvas a tener nada que ver con ellos jamás.
—Pero ¿cómo va a ser mejor lo que tú haces? Vi lo que le hiciste a Levi. Te alimentas de las almas de los inocentes. ¿Cómo puedes defender eso?
—Uy, pero ¡tenemos que comer! Comer para limpiar, claro. Y en noviembre nos entra hambre …, ¡muchísima hambre!
—Eso no ayuda.
Pero se imaginó a un león atacando a la cebra más débil de la manada en el Serengueti.
¿No era eso la naturaleza? Cruel, sí, pero todas las cosas debían alimentarse.
La naturaleza no era ni buena ni mala, solo estaba equilibrada.
Y ¿no era eso lo que hacía el Contable, equilibrar la balanza?
Más aún: Levi, Liam y todos los demás eran la maldad de sus padres y vecinos, no la del Contable.
Así las cosas, ¿estaban realmente corrompidos por el Diablo, o acaso el Diablo se había asegurado de que su maldad estuviera canalizada para que no se hundieran aún más en la oscuridad?
Sus padres cometían maldades bajo la cortina de humo de la caridad.
Esta criatura, como mínimo, era sincera al respecto y a todas luces transaccional.
Un alma al año, ese era su precio. A cambio de esa cifra, mantenía un equilibrio innegable.
Durante once meses al año, la gente de Bird Street era feliz y buena. Así que ¿hasta qué punto era mala?
El Contable la miró mientras le daba tiempo para reflexionar sobre todo ello y llegar a su propia conclusión.
—Está bien —dijo Kaila al fin mientras se enjugaba las lágrimas—. Haz que esto se acabe. Haz lo que quieras con ellos; pero, por favor, haz que esto se acabe.
—Tú eres la clave, Kaila. Eres mi legado. Eres libre de marcharte, pero no, tu porvenir no pinta bien …
La rodeó con los brazos y ocurrió algo extraño: el mundo se convirtió en un túnel, se formaron remolinos de humo negro y, de repente, Kaila lo vio todo.
Vio su futuro, el futuro que le esperaba si escapaba de su responsabilidad.
Era una adaptación del guion que había escrito a principios de otoño para su solicitud de admisión en la Universidad del Sur de California.
En la película, Django y ella huían a California, donde llevarían una vida desgraciada: ella haría malabares con una serie de trabajillos a tiempo parcial, aunque, inevitablemente, acabaría viviendo en la calle.
Desesperada por mantener a su hermano pequeño, caería en la delincuencia, siempre huyendo de la policía, siempre habitando en las sombras, hasta que una noche estaría demasiado encocada como para cuidarlo.
Django estaría rebuscando comida en los contenedores cuando, de repente, un zorro muy enfermo saldría de uno y lo mordería.
Pero el zorro no tendría la rabia. No, sería un animal tótem, y Kaila ya lo había visto.
Vagando en la oscuridad, nada menos que desde el estado de Washington, los había encontrado.
Y mientras ella estaba a un paso de sufrir una sobredosis en un colchón sucio —sobre el que al día siguiente se cortaría las venas de pura pena—, Django comenzaría su viaje de regreso al norte en solitario.
Los ojos le brillarían como el fuego, el pelo le susurraría como las hojas de noviembre… y llevaría un maletín de cuero.
Porque Django era el segundo hijo.
El destino de su hermano y la elección de Kaila eran intrínsecamente lo mismo.
Vio todas esas cosas y supo que sucederían. A menos que…
—Vale, muy bien —dijo. El humo negro se disipó al instante. Estaban de nuevo en el garaje. En realidad, no debían de haber salido de allí, supuso—. Solo hay una cosa más.
—Una cosa. Veamos …
—Quiero proponerte un trato.
Y así habían llegado hasta el desmoronamiento del pacto de Bird Street, allí, en el salón de los McKinley. Pero se forjarían nuevos pactos. Así funcionaba el mundo.
Kaila se levantó mientras, en el suelo, sus antiguos vecinos pataleaban y se retorcían en charcos de sus propios fluidos.
Aquel había sido su último brindis, y no lo habían hecho solo con vino.
Kaila se arrodilló junto a sus padres. En sus últimos estertores, se habían aferrado el uno al otro en una posición que podía ser tanto un abrazo como una llave de estrangulamiento.
Entonces, pareció que sentían la presencia de su hija (no podían verla, no, no en aquel estado), porque extendieron hacia ella las manos marchitas, con la mirada clavada en las lúgubres profundidades de su propia mente.
—Adiós, papá —dijo en voz baja—. Adiós, mamá. —Se levantó y se volvió hacia el Contable, que había terminado de inhalar las vidas—. ¿Y Django y los otros niños? —preguntó.
—Arriba. A salvo y fuera de la vista de las personas-padres durante toda la noche. Una, por desgracia, ha caído en la oscuridad y no he podido salvarla de las sabandijas, no. Los demás están a salvo. Django también.
—Y quedan libres.
—Hecho .
—Sin ningún recuerdo de esto.
—Hecho .
—Django tendrá una vida normal. Una buena vida. Seguirá tocando el piano.
—¡Hecho, hecho, hecho!
—Y quiero que Jax se olvide de mí. Quiero que sea feliz.
—Los chicos de su edad olvidan rápido, Kaila. No me necesitan para eso.
Aquello le resultó deprimente, pero decidió que no importaba.
El Contable sacó el libro del maletín. Empezó a arrancar las páginas con el nombre de sus padres y de sus vecinos y fue lanzándolas al fuego de una en una. Tenía que hacer sitio para los nuevos nombres que, sin duda, llegarían.
Cuando terminó, Kaila le preguntó:
—¿Dónde firmo?
Él cerró el libro.
—Pero, Kaila …, ya lo has hecho.
La chica sintió un pinchazo en el estómago y se levantó el jersey y la camiseta. Las viejas cicatrices del cuchillo de pelar patatas, que aquella mañana no eran más que unas marcas cada vez menos visibles, le estaban sangrando y trazaban palabras irregulares:
KAILA LEWIS DA SILVA
El Contable se quedó plantado delante de ella. Daba la impresión de que quería decirle algo, pero le temblaban demasiado los labios. Ella estiró una mano y le recolocó la pajarita con delicadeza.
—No pasa nada —dijo con una sonrisa—. De verdad, no pasa nada.
El Contable asintió. Por última vez, su traje y su cabello comenzaron a desprender humo negro.
En ese humo, Kaila vio la vida de la criatura: su pasado y su futuro, sus sueños y su hambre, eternamente ligados al ritmo de las estaciones, siempre esperando la llegada de noviembre.
Ella lo aceptó y él empezó a alimentarla con su vida.
Cuando acabó, el Contable se había ido.
La chica miró a su alrededor. Aunque en el salón reinaba el silencio, ahora oía cosas: el resoplido emocionado del lobo gris —cuya cabeza descansaba ahora sobre la repisa de la chimenea, pero que en otro tiempo había vagado por el bosque cazando ciervos canadienses—; el bramido del alce, cuyas astas se exhibían sobre la puerta, en época de celo; el delicioso chisporroteo de la savia de pino en las brasas de la chimenea y el brotar del árbol joven del que procedía el tronco.
Todo muy raro.
Tenía el jersey arrugado, así que se lo alisó. Luego, cogió su maletín.
Sabía que las promesas del Contable para Django eran ciertas, porque ahora también veía por sí misma el futuro de su hermano. Sonrió.
Con cuidado de no tropezar con los cadáveres de las personas-padres, salió del salón. Al principio sus andares eran vacilantes, como los de un animal joven que aprende a ponerse en pie por primera vez, pero no tardó en ganar confianza.
Inhaló el futuro. Su sonrisa se tornó más amplia, eufórica.
¡Era cierto, la esperaban un sinfín de cosas!
Ya las oía susurrar entre la maleza.
Kaila salió de la casa de los McKinley y se internó en el bosque que había detrás.
Bitsch, Suiza, 17 de enero de 2022 – Niza, Francia, 4 de agosto de 2022