Días oscuros RALPH #2
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RALPH #2

A su vecina se le afiló la mirada al instante: a Elizabeth le encantaban los problemas. Además, tenía una intuición infalible, y eso podía ser peligroso.

—No, tacha el «puede que». Estamos con la mierda hasta el cuello. Liam ha desaparecido.

Le contó la versión de Marc. Cuando le preguntó si Harry y ella podían acompañarlo a casa de los Wachowski para gestionar la situación, ella le contestó que iría a buscar a su marido de inmediato.

Con independencia de los recelos que pudiera despertarle Elizabeth, aquella mujer conocía los intereses de Bird Street como nadie, en eso sí podía confiar.

Ralph cruzó la calle. La puerta delantera estaba abierta, tal como le había dicho Marc, pero entrar en la casa fue como atravesar una nube de gas venenoso. El aire estaba espeso y cargado de tensión nerviosa.

—Liam se ha escapado —dijo una voz débil, y Ralph levantó la vista, sobresaltado.

Harper estaba sentada en mitad de las escaleras con un libro en el regazo.

—Eso me han dicho. Vamos a… —«encontrarlo», le entraron ganas de decir, pero no fue capaz de mentirle—. Vamos a buscarlo, Harper.

La niña asintió y volvió a su libro. Ralph se dirigió al salón y enseguida se dio cuenta de lo infundada que era su angustia por llamar la atención con su comportamiento nervioso.

Los Wachowski estaban demasiado alterados como para reparar en él.

Joyce estaba al teléfono, con el portátil abierto sobre una mesa, mientras Marc daba vueltas a su alrededor como un pomerania inquieto.

Antes, en la puerta, su vecino había mostrado cierto autocontrol.

Ahora no había caído presa del pánico, pero casi.

Ethan no estaba en casa. Como Kaila, era alumno del Instituto Cedarcrest, en Duvall, así que ya debía de haberse marchado a clase cuando sus padres recibieron la llamada de Felicia Stone.

Ralph tosió para anunciar su presencia y Marc se le acercó a toda prisa. Su expresión de esperanza era insoportable.

—¿Qué te ha dicho Django?

Le resumió la conversación que había mantenido con su hijo, y la cara de decepción de Marc le resultó aún más insoportable.

—Entonces ¿no se pelearon? ¿Estás seguro?

—Django me ha dicho que Liam se puso de muy mal humor porque no les dejaron salir a pedir caramelos. Estaba cabreado, nada más.

—Bueno, es que le hacía mucha ilusión… Y ¿solo te ha contado eso? ¿No te ha dicho nada acerca de adónde podría haber ido?

—Por lo visto, a Django y a Noah les dijo que se volvía a casa.

—¡Mierda! —Marc apretó los puños—. ¿Y por qué coño no se lo dijeron a los Stone? ¡Es una irresponsabilidad!

Ralph levantó las manos, pero las juntó enseguida porque seguían temblándole.

—Son unos críos. Liam cogió la bici y se fue en plena noche sin decírselo a nadie.

—Lo sé. Debería pegarle unos azotes, pero ahora mismo daría cualquier cosa por saber dónde está. Lo siento, Ralph, me estoy volviendo loco…

—Lo entiendo. ¿No habéis averiguado nada con las llamadas?

Marc negó con la cabeza.

—No me entra en la cabeza. Nadie sabe nada. No creo que se le ocurriera de verdad venirse hasta aquí en bicicleta, ¿no? ¡Son ocho putos kilómetros! Con el tiempo que hacía, debió de quedarse en Carnation.

Elizabeth entró con Harry pisándole los talones, pero Marc apenas se fijó en ellos. Harry saludó a Ralph con un breve gesto de asentimiento y bajó la mirada mientras su mujer echaba un vistazo en torno a la habitación.

—Y entiendo que estuviera enfadado —continuó Marc—, pero, cuando se dio cuenta de que se había dejado el móvil, ¿por qué no volvió a por él? ¡No se despega de ese chisme!

—Django y Noah van camino del colegio ahora mismo —dijo Ralph—. Django me enviará un mensaje en cuanto sepa si Liam está allí.

—Eso está bien —dijo Elizabeth.

Joyce terminó la llamada y soltó el teléfono.

—Otra vez nada. Hola. —Les dedicó una breve mueca de dolor a sus vecinos; debía de ser lo más parecido a una sonrisa que era capaz de esbozar en esas circunstancias.

Le temblaba la boca, pero a Ralph le pareció que estaba muy serena—.

He llamado a todo el mundo. A sus amigos de clase, a los compañeros de equipo del Redmond Ridge, pero nadie sabe nada de él.

—¡Joder! —gruñó Marc, que estaba de todo menos sereno.

A Harry se le crispó un músculo en el cuello.

—¿Se os ocurre cualquier otro sitio al que hubiera podido acudir? —preguntó Elizabeth—. ¿Alguien menos obvio? ¿Un amigo de un amigo, un amigo de la familia?

—¿Algún chaval con el que quede de vez en cuando? —añadió Harry.

Joyce los miró con ojos vacíos.

—No me viene nadie más a la cabeza.

—¿Por qué demonios les dejamos celebrar Halloween allí? —estalló Marc—. ¿Cómo hemos podido ser tan gilipollas?

Elizabeth estiró un brazo y, con gran eficiencia, se lo pasó alrededor de los hombros.

—No nos pongamos en lo peor. Son niños. A lo mejor solo se le ha olvidado avisaros y aparece en el colegio. Y, recuerda, ayer todavía no era noviembre. Estoy segura de que está bien.

—Hoy sí es noviembre —dijo Joyce.

—Aun así. Os habéis llevado un susto, pero todo saldrá bien. Tenemos un trato. Así que confiad en él. Él jamás permitiría que le pasara nada malo a Liam.

«En eso confiaba yo», pensó Ralph.

Joyce agarró las llaves que había en la mesa.

—No puedo quedarme aquí sentada de brazos cruzados. Voy a llevar a Harper al colegio. Puede que tengas razón, Elizabeth. Voy a ir a buscarlo allí.

—Te acompaño —dijo Marc.

Una vez más, Elizabeth intervino con destreza.

—Deja que yo vaya con Joyce. Uno de vosotros debería quedarse en casa por si vuelve. Si está allí, lo encontraremos. Tú quédate aquí con Ralph y Harry e intentad pensar en cualquier otra posibilidad.

Ralph sabía que su vecina no había mencionado el factor clave: Marc iba como pollo sin cabeza.

Elizabeth se estaba adelantando a una posibilidad que los Wachowski aún no estaban preparados para considerar: que tal vez Liam no estuviera en el colegio.

Si uno de los dos padres se dejaba llevar por el pánico, la desaparición del muchacho se haría pública.

Ya había demasiados padres en Carnation y Lock Haven que sabían que algo iba mal debido a las llamadas de Joyce, pero eso podía contenerse con una buena historia. De momento.

Marc asintió con la expresión atónita de un hombre a medio camino entre el sueño y la realidad. Ralph y Elizabeth intercambiaron una mirada sombría.

—Harper, ¿estás preparada para que te lleve al colegio? —la llamó Joyce.

—¡Por fin! —suspiró la niña desde el pasillo.

—Llámame en cuanto lo encuentres —dijo Marc.

Joyce asintió y guio a Elizabeth hacia el exterior de la habitación.

Poco después, oyeron el rugido de un motor que se alejaba.

—Todo saldrá bien —le dijo Harry a Marc solo para romper el silencio—. Estoy seguro de que estará en el colegio y de que esta tarde podrás echarle la bronca. Elizabeth tiene razón: confía en el pacto.

Pero Marc ya no confiaba en nada. Y, cuando más de un cuarto de hora después Django envió un mensaje diciendo que el pupitre de Liam estaba vacío, ya nadie creía que todo fuera a salir bien.

Marc se estremeció con una desesperación visceral, y Ralph tuvo que ayudarlo a sentarse en una silla.

Miró a Harry en busca de apoyo; había llegado el momento.

El juez sabía cómo funcionaba la desesperación: mientras que al sufriente se le fueran administrando dosis de esperanza, por pequeñas que fueran, tendría algo a lo que aferrarse.

Gracias a Dios, Elizabeth llamó justo en ese momento.

Marc se irguió de golpe, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

Por horrible que fuera, Ralph tenía que orientar la vana esperanza del hombre.

Un hombre presa del pánico no era cosa de risa; un Marc Wachowski presa del pánico era un petardo en un barril de pólvora.

Harry puso el teléfono en altavoz.

—¡No está aquí, Marc! —gimió Joyce—. ¡No lo he encontrado por ninguna parte!

—Oh, cariño… —A Marc se le quebró la voz—. Lo sé. Django acaba de enviar un mensaje.

—Ahora estamos en el aparcamiento, dentro del coche —dijo Elizabeth con la clara intención de tomar las riendas de la situación—. Esperaremos un poco más, por si llega tarde. Desde aquí vemos bien la entrada.

—¿Habéis informado a la señora Hewitt? —preguntó Marc.

Una breve vacilación.

—No, Marc. Ahora debemos tener mucho cuidado con qué decimos y a quién se lo decimos. Joyce le ha asegurado a Harper que no pasa nada y le ha pedido que no hable de esto con nadie.

—¿Que no pasa nada? —A Marc se le puso la cara colorada—. ¡Liam lleva toda la noche desaparecido!

—Marc…

—Voy a llamar a la policía.

Ahora era Joyce la que hablaba entre lágrimas:

—No puedes, Marc. Elizabeth tiene razón.

—¡Joyce, no puedes decirlo en serio! ¡Podría haber pasado cualquier cosa!

—¡Ya sabes por qué no podemos! —exclamó Joyce.

A su marido le temblaba el labio inferior; estaba horrorizado.

Harry le puso una mano en la espalda con torpeza, pero Marc se la sacudió de encima.

Era como una bomba a punto de estallar, pero, justo entonces, Graham McKinley Sénior entró en la sala, seguido de cerca por Laura, la aspirante a senadora estatal (Ralph y Luana habían visto a principios de mes los carteles de su campaña, con el logotipo del elefante del Partido Republicano, y habían bromeado sobre posibles eslóganes: «Vaccarelli 2024: ¡Provida, pero no del todo!

»). Dejando la política a un lado, la llegada de dos miembros del clan McKinley era otro impulso que podía apaciguar temporalmente la histeria melancólica de Marc.

Elizabeth debía de haberlo anunciado en Vember antes de llegar. Bien por ella.

«Pero ¿de verdad esto es obra de Elizabeth? Todo está saliendo demasiado bien. Como si tuvieras una suerte endiablada. ¿Podría ser que te estén… compensando?».

Aquella idea lo heló.

—Hemos venido en cuanto lo hemos sabido —dijo Laura.