Días oscuros RALPH
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RALPH

Pánico entre los vecinos. Imágenes del Camp Heron Market.

Una suerte endiablada.

«No ha sido la alarma, ha sido el timbre. Los Días Oscuros han venido a buscarnos».

Cogió unos vaqueros y un jersey del armario, se los puso de cualquier manera y se amasó la cara.

«La policía —pensó cuando empezó a bajar las escaleras y el timbre volvió a sonar—. Alguien te vio. Creías que pasarías inadvertido, pero ¿qué sabes tú? Cometiste un error. Y ahora han venido a arrestarte».

Pero el cristal lateral de la puerta reveló que era peor, mucho peor. Era Marc Wachowski quien esperaba plantado bajo la tenue luz de la mañana. Ralph sintió que el corazón se le subía a la garganta y que las venas le latían en las sienes.

«Contrólate. Por lo visto, te equivocaste el pensar que tendrías más tiempo, pero todavía puedes salir airoso de esto. ¡Así que contrólate, joder!».

Aunque ¿cómo? Siendo juez, Ralph estaba acostumbrado a mantener sus emociones a raya cuando tenía que dictar sentencias importantes, pero nunca había sido su propia vida la que estaba en juego.

Se lamió los labios, descorrió los cerrojos, giró la llave y abrió la puerta.

—Hola, Marc. Siento haber tardado, estaba en la cama. Te has levantado temprano.

—Liam ha desaparecido.

Ralph se rascó la nuca y miró hacia el camino de entrada que se extendía a la espalda de Marc. Las alcantarillas se habían desbordado, pero los charcos estaban en calma. Hacía unas horas que había dejado de llover.

—Liam… ¿Los niños no están con los Stone?

—Felicia Stone acaba de llamar. Dice que Liam se marchó anoche. Pero no llegó a casa.

«Los Stone. Joder, ni siquiera se te pasó por la puta cabeza considerar esa posibilidad».

—Uf, no. —¿Su sorpresa era creíble? ¿O demasiado teatral? Justo a tiempo, se le ocurrió una idea—: ¿Y Django?

—Sí, está allí. Noah y él dicen que se pelearon y que Liam se fue. Pero Felicia y Bill no lo sabían. Se han enterado esta mañana durante el desayuno, así que nos han llamado enseguida. Joyce está llamando a todos sus amigos de Carnation. Creemos que se fue a casa de alguno de ellos por cómo llovía…

—Pero ¿no sabéis nada?

—No.

—¿Y su móvil?

—Pues se lo dejó en casa de los Stone. Lo hemos localizado con «Buscar mi iPhone».

—Marc miró con aire pensativo el teléfono que tenía en la mano, como si esperara que sonase en cualquier momento.

No se estaba dejando arrastrar por el pánico, todavía no, pero era obvio que estaba afectado—. ¿Django no te ha dicho nada?

—Eh…, no que yo sepa, pero anoche llegué tarde a casa. Una fiesta del juzgado. Le preguntaré a Luana.

—¿Me harías ese favor? ¿Y llamarías a Django a ver qué te dice? Joyce acaba de hablar con Noah y con él, pero quizá se hayan sentido presionados. Quizá se muestre más comunicativo con vosotros.

—Sí, claro, lo llamo enseguida. Dios, Marc, ¿estás bien?

—Seguro que no es más que una chiquillada. Pero es 1 de noviembre y me tranquilizaría saber que está bien. Te agradezco la ayuda, Ralph. Estaré en casa y la puerta delantera está abierta. ¿Nos vemos allí?

—Sí, claro.

Sin decir una sola palabra más, Marc se alejó a toda prisa por el camino de entrada.

Todavía no había echado a correr, pero, en cuanto llegó a la calle, lo hizo.

«Es imposible que piense que esto no es más que una chiquillada».

Ralph cerró la puerta y se apretó los ojos con las manos.

«Te agradezco la ayuda, Ralph. Sí…, qué majo eres».

Sin embargo, no era un buen momento para fustigaciones morales.

Bajó las manos y se estremeció de inmediato.

Las arrugas y los surcos estaban sucios de tierra.

De tierra negra y sangre seca. Tenía lunas crecientes de barro bajo las uñas.

Con los ojos como platos a causa del miedo, se las raspó, pero no sirvió de nada; y, al parecer, la ducha rápida que se había dado al llegar a casa de madrugada tampoco había servido de nada.

«Dios mío. ¿Se habrá dado cuenta Marc?».

No recordaba que le hubiera mirado las manos. En caso de que lo hubiera hecho y de que se lo señalase más tarde, podría achacarlo a que había estado trabajando en el jardín, aunque no tenía ningún sentido: acababa de decirle que había vuelto tarde a casa tras asistir a una fiesta.

«Estás hasta el cuello. Date prisa, imbécil, y lávate las manos».

Subió corriendo las escaleras y entró en el dormitorio, donde Luana estaba sentada en medio de la cama, muy erguida y con la manta envuelta alrededor de la cintura.

—¿Era…?

—Sí. Los han llamado los Stone. Pensaba que tendríamos unas horas más, pero el espectáculo ya ha comenzado. ¿Estás preparada?

—¿Tengo alguna otra opción?

—No. ¿Qué te contó Django anoche?

Le enseñó el mensaje: «Buenas noches, mamá». Nada más.

—Bien. Ve a lavarte y prepárate, porque te voy a necesitar. Tengo que llamar a Django y luego me iré a casa de los Wachowski.

Ella asintió. Estaba claro que aún tenía un montón de preguntas sobre la noche anterior («Y tú no quieres contarle todo lo que pasó, ¿verdad?

»), sobre cuál iba a ser su versión, sobre el papel que iba a desempeñar ella en todo eso si las cosas se torcían.

Pero no las formuló. Se limitó a levantarse y entrar en el baño sin un mero «buena suerte» o una muestra de cariño.

Ralph era consciente de que no se las merecía; aun así, le sorprendió lo mucho que le dolía.

Volvió a la planta baja y llamó a Django. En cuanto oyó la voz de su hijo, se le llenaron los ojos de lágrimas. Se las tragó.

—Django, soy papá. Supongo que ya sabes lo que pasa, ¿no?

—Sí. Lo siento mucho. Es que no lo entiendo.

—¿Qué pasó?

—Liam se empeñó en salir a pedir caramelos.

Pero hacía muy mal tiempo y el señor Stone nos dijo que, si nos poníamos el chubasquero, nadie vería nuestro disfraz.

Sin embargo, Liam no paró de insistir hasta que el señor Stone se plantó y dijo que no.

La señora Stone y él nos organizaron una búsqueda del tesoro dentro de casa, pero a Noah y a mí nos pareció que ya éramos demasiado mayores para eso, así que cogimos los caramelos y nos pusimos a jugar a la consola.

—¿Y Liam? ¿Os peleasteis?

—No. Aunque estaba de muy mal humor y era un rollo. Le dejamos jugar casi todo el rato para que se le pasara, pero no sirvió de nada. Y luego tiró el mando y dijo que se iba a casa.

—¿Sin motivo?

—Porque lo mataron —contestó Django. Ralph se quedó boquiabierto, pero entonces su hijo añadió—: En Los Vengadores .

Despacio, el juez levantó la mano y se revolvió el pelo.

—¿Y dijo específicamente que se iba a su casa? ¿No a casa de algún otro amigo vuestro?

—No, dijo «a casa». Aunque intentamos convencerlo de que no lo hiciera, se enfadó y se marchó hecho una furia de la habitación. Y, como estaba lloviendo, pensamos que el señor o la señora Stone lo llevarían en coche. Pero ni siquiera lo vieron. Ni siquiera lo oyeron marcharse.

«Si no hubiera estado lloviendo. Si Bill Stone les hubiera dejado salir a pedir caramelos, si Liam hubiera ganado en ese puñetero juego, nada de esto habría ocurrido».

La réplica no se hizo esperar: «Si tú no hubieras bebido».

—Papá, estoy preocupado. ¿Crees que Liam estará bien?

A Ralph se le encogió el corazón.

—Bueno, no volvió a casa —dijo con la voz ronca—. Los Wachowski están haciendo llamadas para averiguar adónde podría haber ido. ¿Te vas ya a clase?

—Sí.

—Bien. ¿Me mandas un mensaje en cuanto llegues para decirme si Liam está en el colegio o no?

—Sí. —Django titubeó y luego preguntó—: ¿Tendría que haber avisado? Cuando Liam se fue, quiero decir. ¿Debería haberos enviado un mensaje a la señora Wachowski o a ti?

Dios. Django se sentía culpable. Ralph creía que ya había tocado fondo, pero resultaba que siempre se podía caer más bajo.

—Esto no es culpa tuya, Django, recuérdalo. Pero, sí, habría sido lo mejor. —«Y, si lo hubieras hecho —pensó—, me habrían pillado y habría sido tu sentencia de muerte, así que gracias a Dios que cometiste ese error»—. Tengo que dejarte. Escríbeme en cuanto llegues al colegio, ¿vale?

—Vale. —Ralph quería colgar, pero Django dijo algo más—: ¿Y si a Liam se lo ha llevado un desconocido?

«No ha sido un desconocido», pensó Ralph, y cerró los ojos.

—No pienses eso, Django. Escríbeme.

Colgó.

En la cocina, se frotó la mugre de las manos y se rascó las uñas con el cepillo para platos con tal violencia que se abrió la piel del dedo anular de la mano izquierda.

Con pañuelos de papel y una mueca de dolor, detuvo la hemorragia.

Solo entonces se dio cuenta de lo mucho que le temblaban las manos. Pero eso pasaría, supuso.

Se puso a toda prisa el abrigo y bajó por el camino de entrada con los hombros bien cuadrados.

Tenía la sensación de que lo estaban observando.

Era cierto lo que decían: los secretos de un hombre se le escribían en la frente con letras de neón parpadeantes.

No era de extrañar que algunas personas ganaran mucho dinero desmontando las mentiras de los sospechosos; Ralph lidiaba con ellas a diario.

Cuando estaba a punto de cruzar la calle, cambió de opinión y se encaminó hacia el bungaló de los Aikman. Necesitaba un señuelo. Alguien que aportara su propia dinámica y distrajera la atención de su nerviosismo. Harry.

En cuanto llamó al timbre —de nuevo con el dedo tembloroso—, se arrepintió de no haber recurrido al móvil.

Si había alguien a quien no quería ver esa mañana, era a la entusiasta y perspicaz Elizabeth.

Ya no la soportaba. Durante los preparativos de los Días Oscuros, se había asegurado de alejarse de ella.

No sabía cómo la soportaba Harry, y tampoco le importaba.

Pero, cada vez que Ralph la veía, se la imaginaba dando saltos como una marioneta enloquecida, arañándose la cara y gritando: «¡Salta, maricón de mierda! ».

Y, por supuesto, fue Elizabeth quien respondió.

—¡Ralph! Buenos días, no esperaba verte aquí.

Decidió ir al grano:

—Puede que tengamos un problema.