LUANA #5
—Luana. —Suave. Demasiado cerca, demasiado real—. Luana, hazme caso. Ve al baño. Hay Seroquel en el armario de Kaila. Tómate uno, te calmará. Pero ten cuidado de no equivocarte con el litio.
Hizo lo que le decía y luego se fue a la cama.
Puede que el tranquilizante fuera de efecto inmediato, porque no recordaba haberse sentido tan agotada en su vida.
Era como si tuviera un peso en los párpados, y no tardó en empezar a sumirse en un delirio intermitente.
Tenía el móvil apoyado contra la almohada de Ralph, a su lado.
Cada vez que su marido hablaba o que el viento le azotaba la capucha, Luana se despertaba agitada de un salvaje y desagradable fragmento de pesadilla incipiente.
Y cada vez se daba cuenta de que el respingo la había devuelto a la pesadilla real que se estaba desarrollando a su alrededor.
—Luana —dijo él.
—¿Hum?
—Todavía tenemos que hablar de muchas cosas. Para empezar, de qué vamos a decir.
—Lo sé.
—Nuestras versiones tienen que coincidir.
—Ralph.
Silencio.
—Háblame de Italia, por favor.
Más silencio. Luego:
—¿Qué quieres que te cuente?
—Todo. Todo lo que recuerdes.
Y eso hizo. Le habló de los mejores linguine del mundo, servidos en un pequeño restaurante familiar de Cortona, donde la cocinera, una mujer robusta y desdentada con un delantal sucio, no paraba de gritar: « Solo quatro ingredienti!
». Del gigantesco saltamontes de color verde lima que Django había sostenido entre las manos durante el trayecto en barco por Cinque Terre, temeroso de que acabara en el agua si lo soltaba.
Ralph le habló de la cata de vinos en un palazzo de Montepulciano, del aroma del heno recién empacado en los campos ondulados del color de la siena natural y del susto que se habían llevado cuando Kaila había robado la bicicleta en Arezzo para recrear La vita è bella llevando a Django en el manillar.
Cuando le habló de cómo habían hecho el amor en una tumbona bajo el cielo de Umbría, Luana se sorbió la nariz.
—Eso fue bonito —dijo—. Era feliz, ¿sabes? Era muy feliz.
—Lo sé, cariño. Yo también.
—Nunca hemos tenido derecho a esa felicidad.
Escuchó los jadeos de su marido. Al final, él contestó:
—No lo sé. La felicidad no es algo a lo que se tenga derecho. O la tienes o no la tienes.
—Entonces espero que no volvamos a tenerla nunca. No nos la merecemos. Mirándolo en retrospectiva, quiero devolverla toda.
—Podemos recordarlo con cariño —sugirió él—. Lo que ha sido.
Pero eso, en vista de aquella noche, era una contradicción tan fundamental e implacable que Luana no supo si alguna vez sería capaz de hacerlo.
Mucho más tarde, su marido la despertó con un sobresalto al decirle que estaba allí.
¿Dónde? En las ciénagas. En la necrópolis.
Una vez, hacía años, Ralph la había llevado a ese lugar opresivo, pero después le había ahorrado la molestia de enterrar los cuerpos.
Allí cavaría un hoyo para Liam. Allí velaría su cuerpo.
Ralph se sacó el móvil de la capucha y, bajo la lluvia torrencial, Luana vio lo que él veía a la luz de la linterna.
Vio montones de ramas por todas partes. Vio los brezales, vio la pala clavada en el suelo y, en un destello, vio a Liam.
Con la manta retirada, expuesto a la lluvia.
Ralph no había tenido intención de que lo viera, así que apartó el móvil a toda prisa, pero ya era demasiado tarde: había visto a Liam.
Se acabó. De pronto, ya no le importaba qué peligros acechaban en el bosque ni si Ralph volvería a casa aquella noche. Ocurriera lo que ocurriese, le ocurriría a él.
—Buena suerte —murmuró, y colgó.
Ralph lo entendió. O no. Pero no volvió a llamar.
Más tarde, mucho más tarde, emergió medio dormida de un profundo letargo sin sueños.
Desorientada, percibió la presencia de una sombra en la habitación, aunque no echada a su lado.
Permanecía inmóvil a los pies de la cama.
Y, solo durante una milésima de segundo, tuvo la impresión de que en realidad había dos sombras, la de atrás un poquito más baja que la de delante.
Eso le provocó una breve pero intensa sacudida de alarma que la recorrió de arriba abajo; sin embargo, antes de despertarse lo suficiente como para que se le acelerara el corazón, olió a Ralph; su aroma le resultaba inconfundible tras diecisiete años de matrimonio. «Está en casa», pensó con indiferencia.
La sombra se hizo a un lado y, si en algún momento había habido una segunda, ahora se habían fusionado. Aun así, captó un ligero tufo a algo más: un olor del todo desconocido… Un hedor. Le dio la espalda.
Notó que el colchón se hundía bajo el peso de Ralph, pero, para cuando él puso la alarma del móvil con sus últimas fuerzas, Luana ya se había vuelto a dormir.
No se dio cuenta de que su marido dejó caer el teléfono sobre la almohada, a su lado ni de que, cuando su respiración se tornó constante y lenta unos minutos más tarde, el móvil se deslizó hacia el colchón.
Así que tampoco vio los dígitos luminosos del reloj de la mesita de noche de Ralph reflejados en la pantalla: 4:53. Y tampoco vio la figura oscura y lodosa que se alzaba junto a él.