Días oscuros LUANA #4
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LUANA #4

Levantó la vista, sobresaltada, como si hubiera oído un ruido a su espalda.

Solo que no había habido ningún ruido. El salón tenía el mismo aspecto de siempre y, a la vez, parecía que todo hubiera cambiado de lugar de forma imperceptible.

No era solo el hecho de que fuera 1 de noviembre ni de que estuviera sola en el opaco silencio de la medianoche en aquel hogar que antes le era tan familiar y que ahora le resultaba tan extraño y hostil.

Lo que Ralph estaba haciendo en el bosque le pesaba como una losa.

Sentía la presencia de un peligro desconocido ahí fuera, pero, por alguna razón, también allí dentro.

¿Por qué no la había llamado todavía?

¿Y si no la llamaba? ¿Y si nunca volvía a saber de él?

Tonterías. Estaría concentrado en su tarea. Si seguía tardando, lo llamaría ella misma.

De la camisa de Ralph solo quedaba un trozo de manga ennegrecido por los bordes. Agarró el atizador y lo hundió en el fuego.

«Buen trabajo, señora Perreira da Silva. Está manejando muy bien la destrucción de pruebas».

Ahogó esa voz. El traje de Ralph no era barato y tal vez pudiera salvarse con una limpieza a vapor, pero no estaba de humor para ganarse su favor. Estaba extendiendo la chaqueta sobre los troncos ardientes cuando por fin le sonó el teléfono.

—¿Por qué has tardado tanto?

—No ha sido fácil —contestó Ralph, que no dio más detalles.

Luana oyó el susurro de la ropa y del viento, pero su pantalla no mostraba más que un negro reflectante.

Puso el altavoz. El susurro se convirtió en un tamborileo y, cuando su marido volvió a hablar, lo oyó sorprendentemente cerca, casi como si estuviera en la misma habitación que ella—. ¿Me oyes así?

—Te oigo muy bien.

—Vale, yo también. Me he metido el móvil dentro de la capucha. Así evito que se moje y, de todas formas, aquí no se ve nada.

Aquello explicaba el tamborileo: era la lluvia que repiqueteaba contra la capucha de Gore-Tex.

—¿Dónde estás?

—Sigo aquí atrás. Voy a mantenerme pegado a la valla hasta llegar al sendero McKinley. Será lo más rápido.

Luana oyó más crujidos y, luego, un gruñido. Un breve destello le mostró la barba incipiente de la mejilla de Ralph y el borde rojo de la capucha. Después, más oscuridad. Se había echado a Liam al hombro, dedujo. Entonces, una respiración entrecortada. Había empezado a caminar.

—¿Cómo te sientes? —preguntó uno de ellos al cabo de un rato.

—Mal. ¿Y tú?

—Igual.

Ninguno tenía ganas de hablar, así que no lo hicieron.

Luana continuó quemando ropa. Cuando no quedaron más que trozos que se desintegrarían entre las cenizas humeantes a lo largo de la noche («Acuérdate de sacar los botones mañana —pensó—.

Por si acaso»), se dirigió al garaje. Más cosas por limpiar.

Pero enseguida se le cayó el alma a los pies.

Sangre en el maletero (invisible sobre el forro negro, así que puso los dedos en ella y se arrepintió de inmediato), la bicicleta de montaña de Liam en el asiento trasero y, lo peor de todo, la máscara de Baby Yoda, que tenía pelos pegados dentro.

Gritó, horrorizada, y la dejó caer detrás del asiento del copiloto.

Quiso apartarse demasiado rápido y se dio un golpe en la cabeza.

—¿Qué pasa? —le preguntó Ralph, alarmado.

—¡El coche! —gimió ella—. ¡No puedo! Hay que limpiarlo entero y ¡no puedo!

—Pues no lo hagas, cielo. Déjamelo a mí. Yo me encargo de hacerlo mañana por la mañana.

—Hay que fregar el suelo de la cocina. ¿Y si los niños entran en el garaje?

—Los niños no volverán a casa hasta mañana después de clase.

—¡Tengo sangre por todas partes, Ralph! ¡La sangre de Liam!

—Lo sé. Y lo siento. Sal de ahí. Tienes que calmarte.

—¿Y qué pasa con su bici? ¿Y con tu coche? Tiene una abolladura enorme, y si Liam ha desaparecido y los vecinos ven que tienes así el coche… ¡Menudo puto lío, no lo hemos pensado nada bien!

—Yo sí lo he pensado. Fíjate: los daños no son tan graves.

El faro roto sigue funcionando y el parachoques puede cambiarse.

Escúchame. La cámara de seguridad de Marc graba nuestro camino de entrada, pero el bollo está en el lado derecho, así que no lo habrá captado.

Mientras no hagamos nada raro en la parte delantera, no hay razón para que nadie venga a preguntarnos.

¡No hay motivo de sospecha! ¿Lo entiendes?

—¡Ralph, no seas tan ingenuo! ¡La policía empezará a investigar!

—Pero piénsalo bien. ¿Por dónde empieza a buscar la policía cuando desaparece un niño? Por el entorno más cercano. Y ¿de verdad crees que los vecinos van a querer involucrar a la policía con lo que hemos estado haciendo en el bosque todos estos años? ¿Ahora, en noviembre?

—Pero…

—Además, tenemos tiempo. Mañana por la mañana iré con el Optima al desguace de Kirkland.

Tienen una compactadora y me aseguraré de que la bici quede hecha chatarra.

Dejaremos el Forester en el garaje unos días.

Hasta ver cómo van las cosas. La semana que viene, un día a primera hora de la mañana, cuando aún no haya luz, cogeré Tolt River Road y lo llevaré a algún taller de reparación de Monroe o incluso de Everett, me da igual.

Luana lo escuchó hablar con la cara apoyada en el codo, pero entonces se giró y empezó a darle patadas a la rueda trasera del Forester. Se hizo daño en los dedos de los pies. Disfrutó del dolor.