Días oscuros LUANA #3
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LUANA #3

—Bien. Pero ¿eres consciente de la encrucijada en la que nos encontramos?

—La agarró por los brazos con las manos frías y sudorosas y la miró a los ojos—.

En este momento, todo esto es culpa mía y tú estás a salvo.

Podemos explicar por qué no llamé a la policía de inmediato.

Es la respuesta de bloqueo. Puedes decirles que me hiciste entrar en razón cuando llegué a casa tras haber huido con el cadáver de Liam en un ataque de locura.

Pero, si seguimos por este camino, pasarás a formar parte de todo esto.

Si las cosas se tuercen, diré que actué solo y que no te conté nada.

Tal vez funcione. Pero tú sabrás la verdad.

La llevarás contigo, y eso no puedo cambiarlo de ningún modo. Jamás podrás perdonarte a ti misma.

«No —pensó ella—. Jamás podré perdonarte a ti. Creo que eso ya lo tengo claro».

Si aceptaba seguir adelante, sería por los niños.

«Pero ¡ponte en el lugar de Joyce un momento! ¿Qué querrías si fueras ella? ¿Qué querrías si hubiera sido Django?».

Justicia. Como cualquiera. Daba igual que nunca hubieran sido amigas: Joyce Wachowski era madre y su hijo estaba muerto.

Pero, por otro lado…, ni una decisión ni la otra conseguiría devolverles a Liam.

La justicia costaría vidas.

Empezando por la de sus hijos.

Durante un largo rato, ninguno dijo nada. Al final, Luana levantó la vista.

—¿Somos unos monstruos, Ralph?

—Creo que sí.

Su marido se acercó, pero ella se zafó de su abrazo, porque cada vez los sentía más como una llave que la estrangulaba.

—¿Cómo voy a mirar a Joyce y a Marc a la cara? ¡Que Dios nos ayude, pensarán que Liam ha desaparecido! ¡Y yo lo sé! ¡Lo sé!

—Tendremos que planificarlo todo muy a fondo. Y tenemos hasta la hora de comer de mañana, supongo, cuando el colegio llame a los Wachowski para preguntar dónde está Liam. Pero primero tenemos que…

—Nadie puede saberlo jamás —susurró Luana—. Nadie puede saber lo que hemos hecho.

—Nadie lo sabrá. Allí no lo encontrarán nunca. Pero, precisamente por eso, ahora tengo que darme prisa y…

—Uy, no, ni lo pienses. No te irás a ningún sitio hasta que hayas puesto las tablas. Mira qué hora es.

Lo vio. Era medianoche.

El móvil de Luana empezó a sonar.

1 DE NOVIEMbrE

Joyce o Marc, pensó Luana. Se habrían enterado de que su hijo se había marchado de casa de los Stone.

O Django, preocupado porque Liam no le contestaba a los mensajes.

La tormenta estallaría, y aún no estaban preparados.

Quienquiera que la estuviese llamando y fuera cual fuese el mensaje, las buenas noticias nunca llegaban a medianoche.

Pero no eran ni los Wachowski ni Django. Era Kaila. Luana le enseñó la pantalla a Ralph antes de armarse de valor y contestar la llamada.

—¡Kaila! ¿Estás bien?

—Sí. —Se oía música de fondo. A juzgar por el ruido, debía de seguir en la fiesta—. Me he imaginado que aún estarías despierta, así que he pensado en llamarte.

—¿Qué pasa?

—Nada, en realidad. Pero ha empezado. Ya sabes. Y tenía una sensación rara. Solo quería saber cómo estabas.

Luana cerró los ojos y se frotó la frente con la mano libre.

—Ay, cielo, qué detalle. —Y la primera mentira—: No tienes que preocuparte por nada. —La segunda—: Estamos bien.

«Ha empezado. La gran obra teatral. Ahora ya no hay vuelta atrás».

—Pues no parece que estés bien —dijo Kaila—. Tienes la voz rara.

—No, qué va. ¿Rara en qué sentido?

—Como si hubieras estado llorando. ¿Ha pasado algo?

—No, pero tienes razón —se oyó decir—. Estoy un poco decaída. Creo que todos nos sentimos un poco raros esta noche.

—¿Ha vuelto ya papá?

—Claro —asintió, y clavó la mirada en la camisa empapada de sangre de Ralph. Le hizo un gesto para que se pusiera en marcha—. Ha terminado de cerrar las contraventanas y se está dando una ducha.

Ralph captó el mensaje y se largó. Kaila le contó que habían hecho un concurso de disfraces, que había participado en un juego de rol que consistía en resolver un asesinato y que el maratón de películas de Halloween ya estaba en pleno apogeo.

Daba la sensación de que se lo estaba pasando en grande.

Luana era incapaz de entender por qué, aun así, había sentido la necesidad de llamarla.

—No te acuestes muy tarde, ¿vale, cariño?

—No, ya estamos recogiendo. Vamos a volver a casa de Jax.

—¿Y no has bebido?

—Solo ponche, mamá.

—Ya.

—¡De verdad!

—Solo te estoy tomando el pelo.

—Oye, estaba pensando que tal vez sea mejor que vuelva a casa. Jax podría acercarme.

«¡No!», estuvo a punto de gritar, pero reprimió el impulso a tiempo.

—De verdad, cariño, no hace falta. Disfruta mientras puedas. Diviértete con Jax. Ya tendrás que pasar bastante tiempo encerrada durante las próximas semanas. —Guardó silencio un segundo y añadió—: A menos que necesites volver a casa, claro.

Con eso dio en el clavo.

—Vale, me quedaré con Jax. Nos vemos mañana después de clase.

—Te quiero, cielo. Llámame si necesitas cualquier cosa, ¿vale?

—Sí. Y yo también te quiero.

Colgó el teléfono. Luana empezó a llorar incluso antes de que se le desvaneciera la sonrisa.

Veinte minutos más tarde, las contraventanas estaban cerradas y Ralph estaba arrebujado en su impermeable Gore-Tex.

Luana se preparó una infusión y vertió tres expresos en una taza grande para Ralph.

Reprimió un impulso demente de reírse: estaban al borde de la oscuridad absoluta y se ponían a tomarse una infusión y un café.

Luego pensó en lo que había en el garaje y el impulso desapareció al instante.

No había querido estar presente mientras su marido envolvía el cuerpo de Liam y una pala en el viejo guardapolvos con el que ella lo había tapado antes —«eso sí que es eficacia multifuncional»—, pero ahora estaba a su lado en el garaje.

Lo había enrollado bien con cinta adhesiva y lo había rodeado con una cuerda gruesa de polipropileno naranja que había cogido de la estantería de las herramientas.

Con el estómago revuelto, Luana comprendió para qué le serviría.

El terreno era escabroso. No sería extraño que Ralph se viera obligado a arrastrar a Liam.

—Me gustaría que esto fuera un sueño —dijo—. Una pesadilla. ¿No crees que podría ser una pesadilla?

—Puede que así sea como lo recordaremos dentro de un tiempo, cuando todo esto haya terminado.

En cierto sentido, Ralph tenía razón, y eso era lo peor de todo. Si lograban superar los Días Oscuros, el propio tiempo mitigaría la experiencia. Pero Luana no quería pensar en eso. Era demasiado repugnante.

Ralph se colocó una linterna bajo la axila y se agachó para levantar el fardo. Tenía la mirada sombría, temerosa, asqueada.

—Cogeré la escalera y me subiré al tejado del cobertizo. Desde allí, creo que podré bajarlo por el otro lado de la valla. Dejaré la escalera en el lado del bosque. Para cuando vuelva.

—Tengo mucho miedo. Nadie se adentra solo en ese bosque en noviembre. ¿Y si no vuelves?

—Pues será lo que me merecía.

—No se te ocurra. No puedo lidiar sola con esto.

—Volveré, Luana. No te preocupes.

Sin embargo, él sí estaba preocupado: llevaban demasiado tiempo casados para que los ojos de su marido pudieran ocultarle ningún secreto.

—¿Llevas la batería del móvil llena? —le preguntó.

—Sí, lo puse a cargar en el coche.

—Llámame. Llámame en cuanto cruces la valla. Una videollamada. Nos hemos metido en esto juntos. Y juntos tendremos que salir.

—Pero no verás nada.

—Te oiré. Quiero saber que estás bien. Y… —Vaciló—. También quiero saber cuándo no lo estás.

Ralph asintió y Luana se dio cuenta de que estaba aliviado. Él también estaría más tranquilo oyéndola hablar, le distraería del hecho de que estaba solo en el bosque, cargando con el cadáver del mejor amigo de Django.

—Te llamaré. No por Vember, porque sospecho que Gray tiene acceso a nuestras conversaciones privadas. Usaré FaceTime.

Luana abrió la puerta del patio de atrás y se estremeció cuando una ráfaga de aire frío entró en el garaje.

Una vez más, lo detuvo.

—¿Nos delatará?

Su marido se volvió.

—¿Qué quieres decir?

—En los espejos.

—No. No ha muerto allí, ¿verdad?

Ralph echó a andar bajo la lluvia.

Luana entró en el baño, usó el váter, se cepilló los dientes.

La lengua se le pegó al paladar como una esponja agria, y se quedó de piedra al notar que tenía un horrible gusto a alcohol en la boca.

Ahora el delito de Ralph era el suyo. La culpa se transmitía como un virus.

Escupió, volvió a meter el cepillo de dientes en el vaso y levantó la vista medio esperando ver que la mujer culpable en la que se había convertido le devolvía la mirada, pero entonces se acordó de que unas horas antes había quitado el espejo.

Menos mal. No necesitaba ver que la culpa de su marido le quedaba como un guante.

Se lavó la cara y, al secarse las manos en la bata, vio que estaba pintada como una sutil acuarela de manchas de sangre.

De manchas de sangre de Liam. Se la arrancó con tal fuerza que rasgó la tela.

La tiró sobre el montón de ropa mojada de Ralph y entró en el dormitorio para ponerse un jersey de cuello alto de lana y unos pantalones de pijama.

Luego recogió la ropa del suelo del baño, formó una bola con ella y bajó las escaleras a toda prisa.

Las ascuas de la chimenea seguían ardiendo. Luana añadió tres leños y los roció con líquido inflamable. Prendió al instante, y las llamas se hincharon y elevaron como lenguas del diablo.

Empezó por la bata. No quería volver a tocarla jamás.

Cuando el satén se hubo convertido en cenizas, se sirvió del atizador para introducir en la hoguera la camisa mojada y empapada de sangre de Ralph.

Eso provocó una nube de humo que amenazó con apagar el fuego, pero, con un chorro más de líquido, las llamas se reavivaron.