Días oscuros LUANA #2
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LUANA #2

Encontró la costura húmeda de los vaqueros, la piel debajo de ella. Le acarició la pantorrilla delgada al chico. Estaba fría, pero no rígida. Todavía no.

La manta se movió.

Luana se quedó paralizada, sintió que el cuero cabelludo se le erizaba y retiró la mano. «No lo he visto de verdad», pensó. Esperó a que volviera a ocurrir. O quizá a que una mano saliese arrastrándose por debajo de la manta, a que unos dedos de niño aplastados y rotos la señalasen, la acusaran.

No pasó nada. Se lo había imaginado. Liam no iba a volver a la vida, porque no le quedaba vida en el cuerpo. Así que cerró el maletero con violencia.

Cogió un guardapolvos del montón de espejos y salió del garaje.

Estaba decidida a decirle a Ralph que llamara a emergencias —no habían perdido mucho tiempo—, pero, cuando entró en el salón, las palabras se le quedaron atrapadas en los labios.

El Contable estaba allí.

Estaba acuclillado frente a la chimenea.

Le brotaban volutas de humo del traje. Había venido a reclamar su sacrificio: Liam.

Se lo llevaría al bosque para enterrarlo y cazar su alma cada noviembre.

Aunque estaba de espaldas a ella, Luana sentía el calor de su respiración sibilante, ronca.

Y, cuando el Contable empezó a darse la vuelta, la mujer ahogó un grito, pues sabía que vería su verdadera esencia detrás de aquellos ojos negros: un hambre que ardía como un horno nuclear.

Solo entonces se dio cuenta de que no era el Contable. ¿Cómo había podido pensar algo así? Era Ralph. Lo que le salía del traje empapado no era humo, sino vaho generado por la cercanía del fuego.

Dios mío, se estaba volviendo loca.

—¿Estás bien? —preguntó Ralph—. ¿Lo has… visto?

Luana salió de su ensimismamiento, se encaminó hacia él y le echó el guardapolvos sobre los hombros.

—Tienes que llamar a emergencias. No es demasiado tarde. Di que no podías dejarlo ahí fuera, bajo la lluvia. Que no tenías nada con qué taparlo. Es un niño, joder…

Rompió a llorar. En su estado, Ralph era incapaz de consolarla (y Luana dudaba que hubiera estado dispuesta a aceptar su consuelo), así que tuvo que pasarlo sola.

Se imaginó la zapatilla llena de barro de Liam, luego la piel desnuda del tobillo del chico, luego a Joyce, y lo único que podía pensar era: «Qué horror tan absoluto. Qué abominación».

Cuando se calmó un poco, vio que Ralph continuaba mirándola con la misma expresión ausente y extraña.

Pero entonces se percató de que no era una mirada del todo vacía.

Era más bien pensativa. Al recordarla más tarde, se daría cuenta de que para entonces su marido ya sabía lo que iban a hacer. Y ella también, en el fondo.

—Luana —dijo Ralph—, llamaré si es lo que quieres. He cometido un error imperdonable y aceptaré las consecuencias. Te lo prometo. Y, si lo hago, espero que tu corazón encuentre algún día la forma de perdonarme, aunque sé que no tengo derecho a pedirte algo así.

—Oh, Ralph…

El juez levantó una mano.

—Pero, antes de hacerlo, tómate un momento para reflexionar sobre las consecuencias, por favor.

Luana lo hizo…, y aquello le hizo comprender de verdad la profundidad del pozo de miseria en el que Ralph los había metido, que iba más allá de la trágica muerte de Liam.

Su marido estaría entre rejas durante años, quizá de por vida. Eso significaría, casi con total seguridad, el fin de su matrimonio. Supuso que él ya se lo esperaba…, pero ella también lo sufriría. Y Ralph tenía razón: no estaba segura de si sería capaz de perdonarlo. No tenía derecho a pedírselo.

Pero eso no quería decir que no sintiera compasión. Su marido era juez. En Monroe y Walla Walla, a los reclusos no les caían bien las personas como él, a veces porque había sido el propio Ralph quien los había mandado allí. Su vida en la cárcel sería un infierno. Quizá imposible.

Y eso era solo el principio. ¿Qué significaría todo aquello para Kaila?

Faltaban dos días para que tuvieran que iniciarla en un pacto que odiaba con toda su alma.

Se había rendido a él solo porque sabía que estaba afrontando una mala situación de la mejor manera posible.

Pero, a pesar de todo, había acudido a su padre en busca de orientación ética.

Ahora, le arrancarían esa alfombra de debajo de los pies.

Sin poder evitarlo, se puso a pensar en Frank, el hermano de Ralph, que se parecía mucho a Kaila en gran cantidad de aspectos y que se había quitado la vida una semana después de su iniciación.

Fue como si Ralph le leyera la mente, porque dijo:

—Kaila no podrá soportarlo. —Luana lo sabía. Despacio, como impulsada por una fuerza externa, se tapó la boca con las manos—. Y hay otra cosa. ¿Qué harán los vecinos? Puede que yo vaya a la cárcel, pero ¿les bastará con eso? ¿Seguirían queriendo coexistir con una familia relacionada con esto?

—Pero ¡no es culpa nuestra! —le espetó Luana, atónita.

—No, no lo es. Pero, cada vez que os vean a ti o a los niños, se acordarán de lo que ha pasado. Imagina que fuera Django.

—¡Ni se te ocurra decir eso, Ralph!

—Vale, pero entiendes a qué me refiero. No estoy seguro de que vayan a tolerarlo. Además, saben que, si os expulsan a los tres, me hacen más daño.

La verdad la agarró por el cuello.

—¡No serían capaces de hacer algo así!

Aunque quizá sí, y con eso bastaba. Una cosa llevaba a la otra y Luana sintió que estaba atrapada en una red de repercusiones que ni siquiera era capaz de empezar a imaginarse.

Su mente hizo un último esfuerzo por encontrar una salida, sabedora de que solo estaba posponiendo lo inevitable.

Quizá todo aquello fuera una salida. Una forma de que los niños y ella tuvieran por fin una vida normal, lejos de Lock Haven, Washington.

Siempre lo había considerado imposible, pero ¿hasta qué punto estaban seguros de ello?

—¿No podríamos aprender a vivir en el exilio? Los niños tendrían una vida normal, sin un talento ni una suerte excesivos. ¿No podrían aprender a vivir de esa forma, con el tiempo?

—Los niños, quizá. Ellos pueden marcharse. Pero tú no, Luana.

—Pero ¿cómo sabemos que…?

—Por los Nyholm. La buena suerte que proporciona este lugar se evapora.

Tú eras estéril. ¿Estás dispuesta a arriesgarte a que, un día cualquiera, Kaila y Django sufran un accidente, como aquel profesor pervertido que te trajo a Estados Unidos?

¿A que se pongan enfermos y mueran? ¿O a que una mañana te despiertes y, sencillamente, ya no existan?

—¡Ni siquiera tendrían haber nacido! —gritó ella, y un tronco restalló en la chimenea.

El ruido fue tan fuerte que ambos se sobresaltaron y volvieron la cabeza.

¿De dónde habían salido aquellas palabras?

No se correspondían con los sentimientos de Luana.

Pero entonces vio el reloj de ébano sobre la repisa de la chimenea y cayó en la cuenta.

Eran más de las once y media. Los Días Oscuros estaban a las puertas…

Aunque, por supuesto, en casa de los Lewis da Silva ya habían entrado.

—Ni siquiera hemos tenido en cuenta lo más obvio —dijo con una voz desprovista de vida—.

Los Días Oscuros. No existe ni un solo escenario en el que las cosas no se desmadren, Ralph.

Para ninguno de nosotros. Y solo irá a peor.

En el mejor de los casos, los demás vecinos se muestran compasivos y nos dejan quedarnos, pero ¿qué les harán los Días Oscuros a Marc y a Joyce?

Unos padres afligidos, llenos de rencor…

Su marido lo entendió:

—Ojo por ojo.

—Entonces, ¿qué hacemos, Ralph? —preguntó—. ¿Qué hacemos?

Su marido se levantó, se acercó a ella y la abrazó, lo cual la hizo estremecerse de pies a cabeza.

Porque ambos lo sabían.

Ninguno quería ser el primero en decirlo. Al final, con un esfuerzo terrible y desgarrador, fue Luana quien lo soltó:

—Tienes que llevarlo al bosque. Es la única opción.

Él la miró de hito en hito, sorprendido.

—¿Qué?

—Uf, ¡no te atrevas a decirme que no estabas pensando lo mismo, Ralph! ¡No te atrevas!

—No es eso —dijo al mismo tiempo que le hacía gestos para que bajara la voz—. Es solo que no esperaba que tú también llegaras a esa conclusión.

—¿Qué otra cosa podemos hacer? Todo esto es un terrible desastre…

Le aporreó el pecho porque la culpa era de él, y echarle la culpa era más fácil que aceptar la realidad. Luana volvió a llorar, y esta vez no tuvo fuerzas para rechazarlo cuando él la abrazó. Al cabo de un rato, recuperó la compostura y dijo:

—Entiérralo. Entiérralo y recemos para que cuente como ofrenda. Así al menos su muerte no habrá sido en vano.

Ahora que lo habían dicho en voz alta, una extraña calma se apoderó de Ralph. La miró con paciencia.

—Luana…, Liam no contará.

—¿Por qué no?

—No ha muerto en el bosque.

—Pero has dicho que se golpeó la cabeza contra…

—No fue en el bosque. Ya sabes que Frank…

—¡Frank murió aquí fuera, en el camino de entrada! Liam ha muerto literalmente debajo de un árbol. ¡Has dicho que la fuerza lo lanzó contra la valla!

—Sí. Contra este lado de la valla.

—¿No podríamos al menos intentarlo? ¿Cortar los Días Oscuros de raíz antes incluso de que empiecen? Quizá así mantengamos la mala suerte a raya. Quizá tengamos una oportunidad. Su muerte no puede ser tan inútil, ¿verdad?

—Luana, deberíamos alegrarnos de que no cuente. Ya sabes lo que les ocurre a los que sí.

Sí, lo sabía, y no dijo nada. Que Liam estuviera muerto ya era espantoso. Condenarlo a más lo habría convertido en algo indescriptible.

—Y no podemos decírselo a los vecinos, así que, de todas formas, tendrá que morir alguien más.

—Lo entiendo —dijo en voz baja.