Días oscuros LUANA
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LUANA

La decisión. Una videollamada en la noche. La sombra junto a la cama.

(«… no, no, no, dime que no es así, Ralph, dime que no es verdad…»)

ira

(»… ¿bebiendo? ¿En qué demonios estabas pensando…?»)

y un horror profundo y espantoso

(«… ¿en el maletero? ¡Por Dios, Ralph!»)

que la dejó aturdida.

—Luana…

Su voz. Muy cerca.

Cuando volvió a ser consciente de su entorno, se descubrió bajo las luces intensas de la cocina, plantada en medio de un charco de agua de lluvia, con los brazos alrededor de Ralph.

¿Podría continuar abrazándolo en esas circunstancias?

Pero, por otro lado, ¿por qué no? Era su marido.

Había tres cosas ciertas: ella lo quería, él estaba conmocionado y él la necesitaba.

No era una elección: no podías ponerle condiciones al amor.

Ni siquiera el hecho de que el hombre al que quería hubiera provocado su propia destrucción y la de su familia hacía que lo que sentía en el corazón fuera menos verdadero.

Ralph sollozaba sin consuelo.

—Lo s-s-siento… mu-mucho…

Luana notó el frío húmedo de aquel cuerpo al que siempre había cuidado y lo atrajo hacia sí, pero entonces le olió el aliento y eso le volvió a despertar la ira. Y, cuando bajó la mirada, vio la mancha de sangre de la camisa de Ralph, del tamaño de un puto plato llano.

La cocina se volvió gris y se alejó de ella dando vueltas.

Intentó zafarse de los brazos de su marido, pero él se aferró con fuerza y librarse de sus dedos le supuso un esfuerzo considerable.

De repente, ya no soportaba tocarlo. Se apartó de Ralph tambaleándose, entrelazándose las manos detrás del cuello y apretándolas con fuerza para no desmayarse.

A medida que el mundo iba recuperando el color, Luana contempló con los ojos muy abiertos la misma cadena de consecuencias que Ralph había visto antes, y la verdad la golpeó con toda su crudeza: aquella noche no acabaría nunca.

Un pensamiento súbito. Un pensamiento atractivo, y su mente se abalanzó sobre él.

—¿Estás seguro? —Luego, con más urgencia—: A lo mejor sigue vivo. A lo mejor solo lo has dejado inconsciente. Tenemos que…

Ralph negó con la cabeza, despacio.

—Luana…

—¿Lo has comprobado? ¿Has comprobado que está muerto de verdad?

Su marido bajó la mirada.

—Está muerto, Luana.

—Pero ¿cómo lo sabes?

Se dio cuenta de que estaba divagando y de que las manos le temblaban con tanta fuerza como le temblaba el cuerpo a Ralph, así que se obligó a reprimir ambas cosas.

Era la negación lo que ansiaba. Comprensible, pero bastante infantil y, sobre todo, peligroso, ya que estaban perdiendo un tiempo precioso.

—¿Cuánto tiempo hace de esto? ¿Cuánto tiempo has pasado allí sentado?

Ralph ya no podía hablar; los dientes le castañeteaban sin control. Luana le agarró la mano y le notó los dedos débiles y fríos. Estaba mal, hipotérmico por la impresión.

Lo empujó hacia el salón. Un rato antes, tras haberse dado un baño, había encendido velas y la chimenea.

Mientras un calor agradable se extendía por la planta baja, había guardado los espejos en el garaje y se había acomodado en el sofá con un libro, acurrucada bajo una manta, para esperar a que Ralph llegara a casa.

Los aromas de la savia que chisporroteaba en la chimenea y de la tarta de manzana que se enfriaba en la cocina le habían proporcionado una reconfortante sensación de calma.

Ahora entendía que todo había sido una farsa.

El amanecer macabro de los Días Oscuros.

«¡Ho, ho, ho, hemos vuelto! ¿Nos ha echado de menos, señora? Nos lo imaginábamos, así que ¡este año hemos decidido llegar antes! ¡Porque nosotros la echábamos mucho de menos!».

Luana apartó la alfombra (no había motivo para que Ralph la estropeara con barro o sangre, pensó con frialdad) y lo ayudó a desplomarse delante de la chimenea.

Un déjà vu le hizo recordar la imagen de cuando su marido había regresado del calvario del bosque el año anterior, aquel último día de noviembre.

Esto era peor. Mucho peor. Y esta vez él era la causa.

—Dios mío, Ralph. ¿Cómo has podido ser tan estúpido?

—No lo sé —respondió casi en un susurro, mirándose las manos—. De verdad que no lo sé.

—¿Cuánto has bebido?

—No lo sé —repitió.

—¿Y luego decidiste coger el coche? ¡¿En qué estabas pensando?!

No hubo respuesta.

—¡No me jodas, Ralph!

Esta vez había levantado la voz. Captó en ella los primeros atisbos de la histeria y se dio cuenta de que estaba a punto de derrumbarse. No podía evitarlo.

—Lo sé.

—¿Por qué no pediste un Uber?

Con la mirada clavada en el regazo, con los ojos oscuros:

—No lo sé.

—¿No lo sabes? ¡Vas a tener que darme una respuesta mejor!

—Creí que no pasaría nada. Porque tenemos suerte.

—¿Que no pasaría nada? —«Contrólate. Una hora y es noviembre. Por el amor de Dios, contrólate o lo perderéis todo»—. ¿No les enseñamos a nuestros hijos que una cosa es tener suerte y otra es ser Superman?

—Y ¿esto es suerte, Luana? —estalló Ralph—. ¡Ese accidente tendría que haber sido imposible!

—¡Esto es estupidez! —Dejándose llevar por un impulso, cogió del aparador la foto enmarcada de los cuatro en Squamish Treehouses (sin cristal reflectante) y se la lanzó.

Lo golpeó con fuerza en el brazo. Él ni siquiera se molestó en agacharse—.

¡Me prometiste que no beberías! ¡Me lo prometiste, Ralph!

—Todavía no era noviembre. Pensé que no habría consecuencias.

—¡Cielo santo!

—Lo sé.

Su marido tenía los ojos inyectados en sangre, pero lo que Luana veía en ellos era sincero y sobrepasaba con creces la culpa o el arrepentimiento. Se preguntó si existiría siquiera una palabra para describirlo.

—Y… Y… ¿Y luego pensaste: «Mejor me lo llevo a casa»?

Ralph volvió a bajar la mirada.

—¡Has manipulado las pruebas! ¡Estás encubriendo un delito! ¡Eso no hace más que empeorar las cosas!

—Lo sé.

Luana se llevó los puños a la boca. La rabia se le evaporó al instante al pensar: «Liam. Liam está muerto», y eso reactivó todo el ciclo de incredulidad y negación. Cuando habló, lo hizo con voz débil, casi gimoteando:

—Dime que esto es un sueño, Ralph. Dime que esto no está pasando.

Él la miró con una expresión ausente.

—¿Ahora mismo lo tienes en el maletero del coche?

Era un pensamiento demasiado monstruoso, no podía ser verdad. Ralph se estremeció, desvió la vista hacia la manta del sofá. Aquel gesto hizo que a Luana se le ocurriera una idea.

—Uy, no, ni se te ocurra. Esa es mi manta de lana. Te traeré una vieja del garaje.

Se puso en marcha. Ralph la llamó, pero no fue capaz de levantarse. O tal vez entendió que no tenía sentido.

Él le había llevado algo.

¿Por qué no iba a poder su mujer echarle un vistazo?

El garaje, sumido en la penumbra, olía a cera de abeja y moho.

Oía el repiqueteo de la lluvia y el lento crujir del motor del Forester, pero aun así albergaba una ilusión de profundo silencio, debida exclusivamente a lo que había en el maletero.

Una presencia tan monumental disipaba cualquier sonido y absorbía toda la energía como un agujero negro.

«No lo hagas, Luana. ¿Por qué vas a mirar? Créete lo que te dice, ¿por qué no te lo crees? A veces, ver las cosas no las mejora, sino que las empeora muchísimo».

Buen consejo, pero ya era demasiado tarde para escucharlo.

En zapatillas de casa, rodeó el coche hasta la parte de atrás.

La luna trasera continuaba estando salpicada de lluvia.

El cristal oscuro transformaba su reflejo en algo sombrío e inhumano.

Noviembre no había llegado aún, pero, si Liam la miraba con los ojos muertos, ella sería el fantasma del espejo.

Buscó a tientas el botón de apertura. El portón trasero se abrió con un clac sordo, pero no lo suficiente para revelar su contenido.

Luana lo levantó con ambas manos y entonces sí lo vio, gracias al resplandor de la luz amarilla del maletero.

Un bulto envuelto en una manta marrón. Podría haber sido una alfombra enrollada, doblada por la mitad…

Si no hubiera sido por la zapatilla embarrada que asomaba por el lado derecho.

La mujer cerró los ojos, pero volvió a abrirlos cuando oyó un aullido espeluznante, de esos que te ponen la piel de gallina y los pelos de punta. Y entonces se dio cuenta de que había salido de su propia garganta.

Era Liam, sin duda. Reconoció las zapatillas rozadas; se las había visto puestas cuando Django y él jugaban a lanzarse la pelota al otro lado de la calle.

Moschino Kids: prueba del gusto de sus padres por lo ostentoso.

Vio el dobladillo de los vaqueros, arrugado cuando unas manos poco compasivas (las manos de Ralph) lo habían embutido en el maletero.

Un calcetín empapado y lleno de barro. La piel pálida y desnuda de un tobillo.

«Oh, Joyce. Oh, Marc. Lo siento mucho, muchísimo».

La conmoción le había impedido asimilar la mayor parte del confuso relato de Ralph, pero sí recordaba haberle oído decir que los Wachowski no debían de tener ni la más mínima idea de que su hijo no estaba en Carnation con Django y Noah.

Para empezar, porque ellos no le habrían permitido volver a casa en bicicleta solo y de noche.

Luana no estaba preocupada por su hijo, porque este le había enviado un somero «Buenas noches, mamá» sobre las diez, lo que en el lenguaje de Django equivalía a: «Estoy ocupado jugando a la consola, no me interrumpas, por favor».

Ni una palabra acerca de Liam. Nada que explicara su marcha. Pero los niños eran así.

Si Ralph estaba en lo cierto, lo más probable era que Joyce y Marc estuvieran en casa. Quizá viendo el especial de Halloween de la AMC. Quizá estuviesen haciendo el amor mientras su hijo yacía muerto y aplastado en el maletero de sus vecinos de enfrente.

Volvió a gemir. Estiró la mano por instinto. Quería tocarlo. Lo habían dejado completamente solo. Y, tal como yacía allí en aquel momento, tirado como un trozo de basura, seguía estando solo.