Días oscuros RALPH #4
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RALPH #4

La próxima vez que viera a sus hijos sería a través de un cristal en el centro de detención. Llevaría un mono naranja.

Aunque ese era el problema.

¿Vería allí a sus hijos?

Porque entonces sería noviembre.

El pánico, el dolor, la ira… Lo trastocaría todo.

Los Días Oscuros. El sacrificio.

Kaila sería incapaz de lidiar con el trauma.

¿Seguirían tolerando a Luana y a los niños en Bird Street después de una tragedia así? ¿O los vecinos los expulsarían?

Y ¿entonces qué? Entonces Luana perdería su mayor felicidad.

Perderían a los niños.

Las malas consecuencias derivaban en otras peores. Era una tragedia irreparable, y él era el responsable. El responsable de la destrucción de su familia. La gente debía asumir sus responsabilidades… Pero eso no resucitaría a Liam.

Ojalá apareciera alguien. Así Ralph podría confesar lo que había hecho y las cosas dejarían de estar en sus manos. No solo aquel cuerpo destrozado, sino también la carga que lo acompañaba. Tomarían la decisión por él.

Pero no llegó nadie.

De repente, notó mucho calor en la cabeza.

Con el corazón aporreándole las costillas, se levantó.

Muerto, Liam era tan ligero como una pluma, y Ralph lo apretó contra sí para abrir el maletero del Forester.

La manta marrón de su disfraz de Baby Yoda se le había subido muy arriba y le protegía la cabeza.

Con cuidado, Ralph metió el bulto en el maletero.

Le apretó los pies hacia abajo. Cerró la puerta de golpe.

Luego, corrió a buscar la máscara y la bicicleta y metió ambas cosas en el asiento trasero.

Después, condujo hasta casa.

Según el reloj del salpicadero, eran las 22:39 cuando enfiló el camino de entrada.

Abrió la puerta del garaje pulsando el mando a distancia que llevaba en el parasol.

Entró y aparcó junto al Optima de Luana, pero, cuando apagó el motor y la puerta del garaje se cerró a su espalda con un traqueteo, volvían a temblarle las manos.

«Dios mío, ¿qué he hecho? Esto podría haber sido un terrible accidente. Una tragedia sin precedentes de la que habría tenido que responsabilizarme, pero con la que, con el tiempo, habría aprendido a vivir. Ahora esa oportunidad se ha esfumado».

Ralph oyó el crujir del motor al enfriarse.

El goteo del agua de lluvia que caía de la rejilla.

Liam Wachowski. El hijo de Joyce y Marc. Metido en el maletero.

Era muy consciente de que ya no controlaba sus actos.

Había actuado dejándose guiar por el pánico más absoluto, había cometido una estupidez tras otra y había emprendido un camino sin retorno.

Allí, reinaban unas leyes distintas a la ética.

La amenaza de la locura lo acechaba por todas partes.

Una sola metedura de pata significaría el fin de todo.

La única salida era afrontar las consecuencias.

Así que tenía que confesárselo a su mujer.

No se atrevía a entrar.

Sabía que ella lo estaba esperando. Llevaba cuarenta minutos de retraso respecto a la hora de llegada aproximada que le había enviado por mensaje desde la gasolinera Shell de Sammamish.

Luana no era una mujer que se preocupara con facilidad (se imaginaría que habría parado a comerse una hamburguesa), pero aquella noche, la víspera de los Días Oscuros, sería diferente.

Se palpó los bolsillos. Su móvil seguía en el asiento del copiloto. Si lo miraba, sabía que se encontraría con varias llamadas perdidas de Luana.

Unos minutos más tarde, se puso en marcha. Oyó el chof-chaf-chof de sus pasos. Sonaba como una pesada criatura marina arrastrándose hacia tierra firme.

Abrió la puerta de la cocina. Lo envolvió una vaharada cálida y dulce procedente del horno. Luana había hecho una tarta de manzana.

Tres pasos más y tuvo que detenerse: le entraron ganas de vomitar. El estómago se le contrajo varias veces de forma violenta, pero solo le subió un reflujo agrio con regusto a alcohol.

—Ralph, ¿eres tú? —oyó desde el salón.

¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a decírselo? La vida de ambos cambiaría para siempre.

Captó el susurro de unas zapatillas; Luana se acercaba a la cocina. Solo unos segundos más. Unos segundos más para que continuara viviendo en la felicidad de la ignorancia. Unos segundos más antes de que su burbuja de suerte estallara para siempre.

Su mujer entró en la cocina y lo que fuera que iba a decirle se le murió en los labios.

—¿Ralph? ¿Qué ha pasado? Madre mía, ¿estás herido?

Él bajó la vista. Tenía el traje empapado, lleno de barro y cubierto de mugre. De la yema de los dedos le goteaba agua sucia que manchaba el suelo de la cocina. Llevaba la chaqueta abierta y arrugada y la camisa blanca pegada a la piel, aunque se le había teñido del rojo de la sangre.

«Donde me he apoyado la cabeza de Liam —pensó Ralph. Y luego—: Los ojos de la máscara. Estaban llenos de sangre. La hinchazón le había deformado la cara».

No pudo hablar. Se limitó a sacudir la cabeza.

—¡Ralph! —Luana corrió hacia él—. Ralph, ¿qué ha pasado? ¡Me estás asustando! ¡Di algo, joder!

Él rompió a llorar.

Ella lo abrazó.

Él se lo contó