RALPH #3
Incluso a veinte metros de distancia, vio que se trataba de una bicicleta de montaña. Uno de los manillares de goma se alzaba hacia el cielo, inmóvil.
«No es eso lo que he atropellado. Imposible. Iba al menos a setenta. Habría habido muchos más daños».
Diez metros más adelante, vio que era de tamaño infantil.
Se tapó la boca con las manos.
«Que no sea Django. Por favor. Que no sea Django. Al menos, concédeme eso…».
Con las manos temblorosas, se sacó el teléfono del bolsillo y encendió la linterna.
No era la de Django. La bicicleta no estaba deformada, ni siquiera dañada, salvo porque tenía la rueda trasera pinchada.
O sea que era cierto que no la había atropellado.
Parecía que simplemente la hubieran dejado allí tirada. Entonces, ¿qué era…?
Ralph miró a la izquierda y lo vio.
Una oleada de debilidad hizo que el mundo se evaporara en remolinos de color gris perla.
Solo volvió en sí cuando un pinchazo de dolor le atravesó la rodilla: al parecer, con la impresión, se había desplomado de rodillas sobre el asfalto mojado.
Gimiendo, se puso en pie y fue dando tumbos hasta el arcén.
En la cuneta, arrojado contra la valla, yacía un cuerpo. Ralph no era médico, pero diagnosticó a simple vista que era imposible que siguiera vivo. Estaba envuelto en una manta marrón empapada, manchada de barro y de hojas húmedas. De ella sobresalían unas piernas retorcidas.
Se acercó y vio una máscara verde con unos enormes ojos almendrados y unas orejas de gremlin que ya se estaban llenando de agua de lluvia. Era Baby Yoda.
«Dios mío, los ojos. Eso no es agua de lluvia. Los ojos están llenos de sangre…».
Ralph se arrodilló mientras la verdad le inundaba la mente en avalanchas nauseabundas. Aquella noche Django se había disfrazado de mandaloriano. Por supuesto, su compañero sería Baby Yoda. La idea de llevarlo cargado a la espalda mientras pedían caramelos debía de haberles hecho muchísima gracia.
Con cuidado, le quitó la máscara.
Era Liam Wachowski.
Durante mucho tiempo, Ralph permaneció sentado en el borde de la carretera con el cadáver destrozado del chico en el regazo. No podía dejarlo contra la valla —no allí—, pero aquel era todo el alcance de su plan. Así que ahí se quedó, helado, empapado y lívido de pena, meciendo el cuerpo.
Cuando se le pasó el mareo, un horror profundo y abrumador se apoderó de él y anunció el fin del pensamiento racional.
Perdió el control y, durante un rato, no fue más que un espectador de su propio pánico.
Lloró, tembló, increpó, gritó. Apretó las manos con agonía, la boca se le curvó en un arco hondo y tembloroso y golpeó el pecho del niño con los puños mientras susurraba una y otra vez su única pregunta: «¿Por qué? ».
Poco a poco, fueron surgiendo otras.
¿Qué narices hacía Liam allí, en medio de la puta carretera, a esas horas, con aquel tiempo de mierda?
¿Cómo demonios había pasado algo así?
¿Y cómo era posible que hubiera ocurrido esa noche?
¡Todavía no estaban en noviembre!
¡Tenían un puto trato!
Pero entonces recordó lo que le había dicho a Django el agosto pasado, cuando Liam y él se habían adentrado en el bosque y se habían quedado atascados en una de las tumbas: «No hay medicina contra la estupidez».
—¿Qué he hecho? —murmuró—. Ay, Dios mío, ¿qué he hecho? ¿Qué demonios he hecho?
Su mente empezó a recomponer un escenario borroso.
Por algún motivo, Liam había decidido no quedarse a dormir en casa de Noah Stone.
Y allí era donde había acabado, solo en la oscuridad.
Como eso era algo que no figuraba en la lista de deseos de ningún niño de once años, debía de haberse visto obligado a hacerlo.
Su intención había sido volver a casa en bicicleta, pero se le había pinchado una rueda.
¿Por qué había seguido a pie? ¿No llevaba el móvil?
¿Se había quedado sin batería? Estas cosas pasaban; eran críos.
Si le hubiera ocurrido en Lock Haven, habría llamado al timbre de cualquier conocido para pedir que llamaran a casa.
Así que el pinchazo era reciente. Había baches en el camino forestal. Ramas caídas.
¿Qué narices se les había pasado por la cabeza a los Stone para permitirle volver solo?
«A lo mejor no le habían dado permiso. A lo mejor los chicos se habían peleado.
Django y Liam se habían distanciado los últimos meses.
¿Recuerdas que Luana se planteó si habría pasado algo en aquel agujero del bosque?
¿Algo que Django no había superado? Pero no llegasteis a preguntarle al respecto.
No parecía importante. Estabais cegados por la felicidad».
A lo mejor habían discutido, Liam se había marchado a causa del enfado y los Stone ni siquiera lo sabían.
«O quizá Liam ni siquiera supiera por qué se había ido.
Puede que simplemente oyera la llamada de la fuerza aquí, en el bosque, y no tuviese más remedio que responder a ella.
La misma fuerza irresistible que te ha llevado a ti a beber y luego a decidir que era buena idea volver a casa conduciendo en lugar de coger un Uber».
No, se negaba a creer algo así. No existía tal fuerza. Él había tomado su decisión, y Liam también. Eran responsables de las consecuencias de sus actos.
Por las razones que fuera, Ralph no había visto a Liam, y Liam no había oído el Forester a tiempo por culpa de la lluvia.
Si hubiera ido caminado por el lado derecho de la bicicleta, lo más seguro sería que no le hubiera pasado nada.
Pero iba por el lado izquierdo, así que el coche lo había embestido desde detrás a toda velocidad.
Había salido disparado por encima de la bicicleta, había chocado de cabeza contra el tronco de un abeto y se había estrellado contra la valla metálica. Al menos, había sido rápido.
«Sí, ha sido rápido. Liam estaba a punto de llegar a casa. Y tú también. Y, aun así, vuestros respectivos caminos se han precipitado hacia esta colisión fatal. Pero ¡seamos un poco positivos! Al menos, ha sido rápido. No como con Levi».
Los mareos volvieron y, con ellos, los escalofríos. No era el frío físico lo que le provocaba escalofríos que le recorrían la espalda y le ponían la piel de gallina, sino un frío mucho más elemental, un frío del alma.
Miró hacia un lado de la carretera. Luego hacia el otro. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Por qué no había llegado nadie?
«Porque todavía no has llamado a nadie».
Y luego: «¿Qué vas a hacer, Ralph?».
Allí, en aquel momento, vio el verdadero alcance de lo que había hecho como una cadena de causa y efecto, y fue tirando de ella eslabón a eslabón: las consecuencias iniciales daban paso a repercusiones secundarias, más significativas.
Conocía como nadie las leyes sobre conducción temeraria del Estado de Washington.
El homicidio vehicular por conducir bajo los efectos del alcohol era un delito grave punible con entre veinte años de cárcel y cadena perpetua, si no había atenuantes.
Y en su caso no los habría. Liam era un niño.
Ralph, un juez del Tribunal Superior. La prensa se pondría las botas.
Estaba dispuesto a aceptar esas consecuencias…
, pero lo que lo paralizaba era pensar en su familia.