Días oscuros RALPH #2
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RALPH #2

Pero cuando llegó al vestíbulo, con el pulgar suspendido sobre el botón para confirmar su lugar de recogida, pensó que sería muy poco práctico que el Forester se quedara en Seattle.

Ya tenía los expedientes que pensaba leer en casa durante su permiso sabático y no planeaba volver a la ciudad.

Al día siguiente tocaba hacer la compra, abastecerse para los Días Oscuros.

Luana tenía clases y necesitaría el Optima.

Por supuesto, su mujer podría acercarlo a recoger el Forester, pero eso le supondría tener que dar todo un rodeo por el centro, o bien dejarlo en el campus y que él cogiera un Uber desde allí.

Ambas opciones le parecían innecesariamente complicadas.

Además, no había bebido tanto. Vale, si le paraba la policía, daría positivo en la prueba de alcoholemia y, si lo arrestaban, las cosas se pondrían feas: el condado de King no veía con buenos ojos que sus funcionarios dieran mal ejemplo.

Pero no pasaría nada de eso. Los Días Oscuros todavía no habían comenzado.

Esas garantías no eran más que las pequeñas ventajas de las que uno disfrutaba al vivir en Bird Street. El día siguiente sería otra historia. Pero aquella noche no.

Se sentía revitalizado ahora que había salido del bar mal ventilado. Aun así, pasó por la máquina expendedora y se compró un café grande.

Por si acaso.

Había tres manzanas hasta el aparcamiento de Goat Hill. Para cuando llegó, su paraguas era una reliquia del pasado, así que lo tiró al contenedor que había cerca de la entrada y se enjugó la lluvia de la cara.

El juzgado tenía plazas de aparcamiento reservadas, pero le parecía recordar que, cuando había llegado esa mañana a las nueve, ya estaban todas ocupadas.

Recorrió dos plantas antes de que se le ocurriera comprobar su plaza habitual y, en efecto, allí estaba el Forester. Se rio para sus adentros. «Idiota».

Metió la bolsa en el asiento trasero, se sentó al volante y cerró la puerta de golpe. En el espejo retrovisor, Levi lo miraba fijamente.

Ralph tardó en reaccionar, sintió que la presión le aumentaba detrás de los globos oculares mientras el cerebro intentaba asimilar lo que estaba viendo. Entonces dio un respingo y se giró. El asiento de atrás estaba vacío.

Volvió a mirar por el espejo retrovisor, pero no vio a nadie.

—Dios mío —farfulló.

Se frotó los ojos y la imagen residual se le cristalizó en las retinas: los ojos saltones de Levi acusándolo.

Rebuscó en la guantera, encontró una botella de agua purificada Dasani y se la bebió de un trago. Se sintió un poco mejor.

«¿Qué narices estás haciendo? Estás borracho. Sal del coche y pide un Uber».

Ralph arrancó el motor y salió de su plaza dando marcha atrás. El aparcamiento sería su pista de pruebas. Si conseguía conducir el Forester por allí sin causar daños, estaría en condiciones de llevárselo a casa. Si no, lo dejaría ahí.

Superó la prueba con un éxito rotundo. Ni siquiera rozó el bordillo de la salida con los neumáticos cuando pasó la tarjeta.

La barrera se abrió y Ralph inició el trayecto.

Salió de la autopista y siguió la luz de sus faros por la 202, acelerando hasta los ciento diez y cantando «Baba O’Riley», de The Who, a pleno pulmón.

No sabía por qué se sentía tan eufórico mientras conducía de vuelta a casa para noviembre.

Normalmente, la anticipación hacía que se sintiera vacío.

Quizá los acontecimientos del año anterior le hubieran permitido reconciliarse con la tarea que le esperaba, porque era imposible que la situación se complicara tanto como entonces.

Pero esa no era la historia completa. Bird Street, su familia, el sacrificio: eran suyos.

No solo era responsable de ellos, sino que le pertenecían.

Incluso cuando las cosas se oscurecían un poco, esa oscuridad también era de su propiedad.

Paró en la gasolinera Shell de Sammamish Point para comprar chicles y refrescarse el aliento, puesto que ya se sentía lo bastante lúcido y seguro como para enfrentarse a Luana.

Sí, se había dado un capricho, pero había esquivado la bala.

Se había dejado llevar un poco, pero no había traspasado los límites.

La lluvia caía con fuerza entre los limpiaparabrisas cuando Ralph redujo la velocidad y tomó Tolt Hill Road hacia Carnation, y luego Two Rivers Hill hacia Lock Haven.

La decoración empapada del porche le hizo pensar en Django y en Liam.

Pobres chavales. La lluvia les había fastidiado la noche de Halloween.

Django llevaba mucho tiempo esperándola con ilusión y preparando el disfraz de mandaloriano, el personaje de esa serie de Star Wars que echaban en Disney.

Eran casi las diez, pero Ralph dudaba que hubiera habido alguien por la calle durante la tarde.

No con aquel tiempo. Esperaba que los padres de Noah les hubieran dado un montón de caramelos y que los chicos se hubieran conformado con jugar a la consola.

Seguro que Kaila se lo estaba pasando en grande en la fiesta, ajena a la lluvia. Los adolescentes cada vez se divertían más dentro de casa. Los niños no. Contra viento y marea, los niños vivían sus aventuras en la calle.

Pasado el Camp Heron Market, giró a la derecha por el camino forestal.

Le quedaban un par de kilómetros hasta Bird Street.

Una vez más, pisó el acelerador. «Baba O’Riley» sonaba en bucle —una canción digna de ser la banda sonora de la noche— y Ralph marcaba el ritmo con los dedos sobre el volante.

A punto de llegar a casa, aquella extraña y estimulante sensación de ser el dueño de todo se intensificó.

Estaba en los árboles que se agolpaban bajo la tormenta, estaba en la carretera que tenía delante, tan conocida, y estaba en el paso del tiempo, en el octubre que desencadenaba noviembre: lo que lo mantenía todo unido.

«Lo estás deseando, ¿verdad?».

Sí. Era una locura, pero era cierto. Se dio cuenta de que tenía tantas ganas de que llegaran los Días Oscuros como los niños de que llegara la Navidad.

No era el sacrificio, sino la intimidad y la colectividad que compartían como familia.

Estarían encerrados. Subirían la calefacción y encenderían las velas.

Jugarían a juegos de mesa y no harían caso de lo que aporreaba las contraventanas.

Los niños se estaban haciendo mayores. Eran momentos para el recuerdo.

El asfalto negro y mojado se deslizaba bajo los neumáticos. Las sombras de los árboles pasaban a toda velocidad por la valla metálica de la derecha.

¿Quedaba algo de alcohol en casa? Seguro que en el garaje aún había alguna botella de vino. Le propondría a Luana que las vaciaran juntos en el fregadero cuando llegara a casa. Más simbolismo para el rito de paso.

Justo estaba pensando en lo feliz que aquel gesto haría a Luana cuando se encontró con una curva y vio un destello de color en el parabrisas.

De repente se oyó un plaf repugnante, no demasiado estruendoso, apenas audible por encima de The Who, pero palpable; lo sintió en todas y cada una de las fibras de su cuerpo.

Casi al mismo tiempo, un pegote rojo se estampó contra el lado derecho del parabrisas.

Durante una milésima de segundo, permaneció allí: un bucle, un signo de interrogación emborronado por la lluvia.

Luego, los limpiaparabrisas lo barrieron.

Ralph no pegó un frenazo; tuvo la sangre fría de darse cuenta de que, a esa velocidad, lo más seguro sería que derrapara y estrellase el Forester contra un árbol.

En lugar de eso, pisó el pedal de forma intermitente, pero, aun así, los neumáticos chirriaron; aun así, el cinturón de seguridad se le clavó en el pecho; aun así, su bolsa salió volando por encima de los asientos y chocó con el GPS.

Se detuvo.

Las manos aferradas al volante con los nudillos blancos.

La mandíbula apretada. Los ojos hinchados y protuberantes, clavados en el lugar en que hacía un momento había visto el signo de interrogación rojo.

No podía parpadear. Si se hubiera mirado en el retrovisor, habría visto que la presión de los globos oculares era tan intensa que los capilares le habían reventado y le habían teñido de rojo la esclerótica de los ojos.

Pero no se miró en el retrovisor. Ni siquiera veía lo que había dentro o fuera del coche.

Los ojos se le habían quedado paralizados en aquel destello del parabrisas.

«No era un ciervo. No era un animal».

Despacio, muy despacio, soltó el volante.

Trazó un arco lento con la mano hasta el equipo de sonido y apagó la música.

El silencio no puede ser ensordecedor, pero lo parecía de todos modos.

El chapoteo de la lluvia, el susurro de los limpiaparabrisas, el zumbido del motor al ralentí, el eco de The Who: todas esas cosas eran silencio.

Cogió una bocanada temblorosa de aire.

«Quizá no sea tan grave. Ha sido un impacto suave. Sea lo que sea, puede que solo lo hayas rozado».

Pero entonces volvió a ver el pegote rojo, la salpicadura oscura de sangre que se estampaba contra el parabrisas.

«Ibas muy rápido. Demasiado rápido».

Ralph abrió la puerta y salió a la lluvia torrencial.

Rodeó el coche hasta la parte delantera y vio el reflejo fantasmal del Forester en un charco de agua de tormenta.

La carcasa del faro derecho estaba destrozada, pero la bombilla seguía funcionando.

El parachoques estaba dañado, aunque no mucho. Nada que indicara una colisión grave.

Sintió un atisbo de esperanza.

Levantó la mirada hacia el resto del coche; luego, más allá.

Había algo. A un lado de la carretera. Unos treinta metros atrás, casi fuera del alcance del resplandor rojo de las luces traseras.

Las farolas empezaban unos cuatrocientos metros más adelante y, otros cien metros más allá, estaba el bungaló de los Aikman.

Por la noche, el tramo donde se encontraba era tan oscuro que Elizabeth había presentado quejas en el ayuntamiento.

Ralph retrocedió un trecho, con los pies tan pesados como si fueran de plomo.