Días oscuros RALPH
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RALPH

Celebración. Driving Home for November.

Una cadena de consecuencias.

—No sé, a lo mejor tendría que poner una excusa y no ir —dijo durante la cena, unas noches antes.

Pero Luana se dio cuenta de que lo decía de mala gana…

Y luego Kaila les dijo que quería ir a una fiesta de Halloween con Jax, en Redmond, sin hora de llegada ahora que tenía dieciséis años.

Y Django tenía muchas ganas de ir a Carnation a pedir caramelos con Liam y Noah Stone.

El padre de Noah los vigilaría, podrían quedarse a dormir allí y, a la mañana siguiente, ir directos al colegio desde casa de Noah.

Luana objetó que ya tenían planeado quedarse a dormir en casa de los Stone dos días más tarde (la noche de la reunión en la sala de trofeos), pero, de repente, olió la oportunidad de tener una noche para ella sola antes del inicio de noviembre.

—¿Estás seguro de que a los padres de Noah les parece bien? —Y luego, cortando de raíz la especulación que brotaba de la boca de Django antes de que tuviera oportunidad de cobrar fuerza, añadió—: No, no me respondas a eso. Ya los llamo yo.

—Podríamos probar algo distinto este año —propuso Ralph—. Podrías darte un baño relajante con esas sales de baño que huelen tan bien. Leer un libro.

—Y podríamos saltarnos la regla de «no puedes quedarte a dormir en casa de Jax entre semana», solo por una vez, y echar de casa también a Kaila. —Luana se tapó la boca con la mano—. Ups. ¿Lo he dicho en voz alta?

Su hija abrió muchísimo los ojos.

—Ay, ¿puedo? Por favor, por favor, por favor.

—Me aseguraré de volver a casa sobre las diez para entablar las ventanas. Y luego tendremos la casa para nosotros solos.

—Puaj, siempre y cuando no concibáis otro bebé, por favor —dijo Django.

—Yo que tú, me preocuparía —dijo Luana—. La historia se repite.

Tomaron una decisión y los niños se pusieron contentísimos.

A Ralph le despertaba cierta añoranza poner fin a una tradición de años, pero su instinto le decía que tal vez su simbólica ceremonia del cierre de las contraventanas debía quedar atrás.

Le daba demasiada importancia al asunto.

Además, lo que les esperaba le aterrorizaba más que otros años.

Aunque esa vez todo saliera a la perfección (y ¿por qué no iba a ser así, con todos los preparativos que habían hecho?), sería bastante difícil.

Una noche más de felicidad despreocupada les iría bien a todos.

Por eso, a lo largo de los días siguientes Ralph empezó a considerar la celebración como una noche simbólica que marcaría la transición de la luz a la oscuridad, de lo festivo a lo sobrio…

… y fue entonces cuando comenzó a tener ganas de tomarse una copa.

La fiesta era a las cinco. Como llovía a cántaros, Steve, él y las especialistas legales en las que más confiaban, Liz Gorinsky y Miriam Weinberg, recorrieron las dos manzanas que los separaban del Columbia Center luchando contra las ráfagas que intentaban darles la vuelta a sus enormes paraguas negros.

—Un tiempo ideal para Halloween, ¿eh? —gritó Steve por encima del ruido de la Cuarta Avenida.

—Un tiempo ideal para tu despedida —le respondió Ralph también a gritos—. Justo así me he imaginado siempre tu carrera.

Steve soltó una carcajada. Llegaron empapados, pero, cuando el ascensor los escupió en la última planta, ni siquiera el mal tiempo pudo empañar la vista panorámica de la bahía de Elliott y la Space Needle.

El Observatory Bar estaba iluminado en tonos rosas y amarillos.

Se hallaba abarrotado de empleados a los que Ralph conocía en mayor o menor grado: jueces, secretarios judiciales, abogados, administrativos, todos agrupados en su propia camarilla hasta que se emborrachaban lo suficiente como para empezar a relacionarse con el resto de los asistentes.

Los camareros, vestidos de pingüino, se abrían paso entre la multitud con bandejas de canapés.

Ralph captaba fragmentos de palabrería legal, que era justo la razón por la que solía evitar aquel tipo de fiestas: sí, el tapón en los casos civiles era increíble; y sí, aquel era el tercer año consecutivo de recortes presupuestarios.

Ralph se sentía excluido y, cuando perdió de vista a sus acompañantes entre el gentío que esperaba los discursos de rigor, se encaminó hacia la barra.

Se ofrecía una amplia variedad de cócteles exclusivos, entre los que el «Kill Bill» (vodka Crystal Head, maracuyá, lima, mango y miel picante) y el «Mezcal Telequinesis» (mezcal ahumado doble y flores de Sichuan) parecían los más raros.

El camarero estuvo de acuerdo.

—El mezcal proporciona una sensación en la boca bastante cosquilleante, eléctrica y adormecedora, como cuando pones la lengua en una pila de nueve voltios.

—Qué psicodélico —bromeó Ralph—. ¿No produce alucinaciones?

—No, señor —dijo el hombre en tono serio—. Puedo dar fe de ello.

—Muy bien, entonces tomaré uno de esos.

Mientras el camarero le preparaba la bebida, Ralph mandó un mensaje a casa.

Luana se lo estaba gozando. Había pedido comida de Sam’s Noodle Town a domicilio y estaba preparándose el baño que él le había sugerido.

«Disfruta, cariño», le escribió Ralph. «Ten cuidado», le contestó ella. Se guardó el móvil.

En su opinión, aquella sed periódica no lo convertía en alcohólico.

Ralph lo había analizado de manera objetiva para asegurarse de que no estaba engañando a nadie, ya que, de acuerdo con su experiencia en casos relacionados con el alcoholismo, sabía que el consumo moderado de alcohol no existía: o bebías o no bebías.

Cierto, él no había dejado de beber por completo (de vez en cuando, se tomaba una copa de vino en la cena y habían bebido glühwein junto a la hoguera en Canadá), pero no bebía.

Sus problemas con el alcohol surgían solo durante los Días Oscuros.

Solo entonces la sed se convertía en ansia.

Y si los Días Oscuros no se tornaban demasiado oscuros, era capaz de aguantarla.

El año pasado se le había ido de las manos. Pero, bueno, como todo lo demás.

Aun así, no le parecería sincero acudir a una reunión de Alcohólicos Anónimos, levantarse y decir: «Hola, me llamo Ralph y soy alcohólico». La verdad sería: «Hola, me llamo Ralph y soy alcohólico en noviembre». Eso era difícil de explicar.

Pero esa noche no se preocupó. El hombre que tenía una cita con la muerte en el bosque al cabo de tres días se llamaba Bill Nielsen y, según su oncólogo, le quedaban tres meses de vida.

No tenía pareja a la que confesarle sus recelos, solo una solicitud de suicidio asistido rechazada por un diagnóstico anterior de TOC.

Harry Aikman decía que el hombre no era solo pragmático, sino un ateo de tres pares.

«¿Ese tipo de sufrimiento? Gracias, pero no, gracias —había dicho Nielsen—.

Me gustaría elegir el momento en que los gusanos puedan comerme.

Tengo unas cuantas deudas que saldar, pero después estoy listo».

Las posibilidades de que Nielsen se lo pensara mejor eran casi nulas.

Eso cortaría de raíz los Días Oscuros. Aquel año solo sufrirían un caso leve de mala suerte; el riesgo de que Ralph bebiera sin medida sería mínimo.

Además, todavía no estaban en noviembre.

Aquella noche, dejarse llevar un poco no tenía consecuencias.

—Así que déjate llevar un poco —se espetó a sí mismo.

Qué harto estaba de tanto darle vueltas a la puñetera cabeza, joder.

—¿Qué decía, señor? —preguntó el camarero.

Ralph sonrió a modo de disculpa.

—Nada, estaba en mi mundo.

—¿No lo estamos todos, señor? Un Mezcal Telequinesis.

Cuando lo probó, descubrió que el camarero no había exagerado y le guiñó un ojo.

—¡Uy, creo que ya empiezan las alucinaciones!

—Pues deje que fluyan, señor.

Y eso hizo.

Para cuando terminaron los discursos y subieron el volumen de la música un puntito o dos, ya iba por la cuarta copa.

La segunda fue un Kill Bill: estaba rico, pero demasiado follón para su gusto.

La tercera fue su bebida habitual: un vodka con tónica, lima y hielo.

Y, cuando se bebió de un trago la cuarta y se dio cuenta de que había pedido un vodka sin tónica, cayó en la cuenta de que quizá hubiera tomado una ruta equivocada.

Además, eran casi las ocho. ¿Qué impresión le causaría a Luana si llegaba a casa borracho la noche antes de los Días Oscuros?

Se abrió paso a codazos hasta la barra, se tambaleó y se agarró al hombro de alguien. Se disculpó y el camarero le sonrió con amabilidad.

—¿Otro vodka, señor?

—Ya te gustaría, Lloyd. Una Coca-Cola, por favor.

—Tío, ¿una Coca-Cola? —Ese era Steve, que apareció como por arte de magia y le dio un abrazo de oso—. ¿Qué clase de vida es esa? ¡Relájate, es mi despedida!

—Un cóctel más y será mi mujer la que me despida a mí —respondió Ralph, y Steve rompió a reír a carcajadas.

Ralph se zafó de él, levantó el vaso para brindar con el reflejo que le devolvía el espejo del fondo de la barra —enmarcado por una multitud de sombras y por las luces acuosas del skyline que se deshacía en gotas—, y masculló:

—En el espejo, todos parecemos fantasmas.

Treinta minutos y dos Coca-Colas más tarde, se había recuperado bastante del colocón. Ralph decidió que era hora de irse. Se despidió, pero, cuando estaba a punto de entrar en el ascensor, Miriam lo agarró del brazo.

—Ralph…, ¿vas a coger un Uber?

Agitó el móvil.

—Claro. Lo pediré cuando esté abajo.

—¿Quieres que te acompañe? No tienes muy buen aspecto.

—No seas tonta. Disfruta de la fiesta. A lo mejor se ponen a cantar.

—Uf. Me deprime que vayas a desaparecer durante un mes entero.

—Lo sé. El juzgado no será lo mismo sin mi ilustre presencia.

A la mujer se le escapó una risa por la nariz.

—Feliz Día de Acción de Gracias, Ralph. Saluda a Luana de mi parte.

—Lo mismo digo, Miriam. Y dale recuerdos a Lydia. Nos vemos en diciembre.