Días oscuros LUANA
63%

LUANA

Squamish Treehouses. El guion de Kaila. Fin de temporada.

OTOÑO

—Lo sé. Estoy hecho todo un Clark Griswold. Y todavía tengo unas cuantas sorpresas guardadas en la manga.

—Ah, ¿sí? Quizá esta noche puedas enseñarme en qué más sitios las escondes.

El fin de semana fue increíble. Asaron perritos calientes clavándolos en un palo y estuvieron jugando a Los Hombres Lobo en la terraza que rodeaba la casa hasta bien entrada la noche, con vino caliente para Ralph y Luana, té chai para Kaila y sidra de manzana caliente para Django.

Nadie mencionó los Días Oscuros y hubo muchas risas.

Y, cuando los niños se durmieron, la sorpresa extra de Ralph no decepcionó en la cama king size tallada con raíces de árbol; «no está mal —pensó Luana—, después de diecisiete años de matrimonio».

«Este es mi hogar», pensó.

Porque el hogar era el sitio del que no querías marcharte, junto con las personas que amabas.

Pero, por supuesto, los Días Oscuros siempre estaban ahí, y aquel otoño se cernían sobre ella como nubes de tormenta cada vez más espesas.

En septiembre, Luana se volvió muy consciente de que la balanza se inclinaba hacia el punto en que la perspectiva del noviembre que se avecinaba empezaba a pesar más que el recuerdo del anterior.

Eso ocurrió el día que llamó a Danilo López desde su despacho de la Universidad de Washington.

Al hombre le estaban yendo bien las cosas.

El colchón financiero le había permitido alquilar un apartamento en Puerto Barrios, en el golfo de Honduras, y de vez en cuando trabajaba para una empresa que prestaba servicios a los cruceros en el puerto de escala.

Todos los días antes del amanecer, cogía su bicicleta y recorría veinte kilómetros hasta un pueblo llamado San Francisco del Mar para ver salir el sol desde la playa.

Eso le recordaba que merecía la pena vivir cada día.

Y, aunque echaba de menos a su esposa y a sus hijos más que a la vida misma, se había enamorado de una mujer que limpiaba caracoles en la playa.

López volvió a darle las gracias a Luana y la instó a hacer el agradecimiento extensivo a los demás, cosa que ella no haría.

Se negaba a considerar que sus vecinos y ella eran los buenos samaritanos que él los hacía parecer.

Le aseguró que las personas tenían en sus propias manos el poder de recuperar la felicidad y, con ese pensamiento, pudo dejar atrás el invierno anterior.

Ralph, sin embargo, no era capaz de hacerlo.

A veces, Luana lo sorprendía mirando al infinito con esa expresión oscura hasta entonces desconocida, y entonces sabía que estaba pensando en el chico del bosque.

El trauma le había abierto una herida profunda que lo había cambiado de forma sutil pero, según sospechaba ella, permanente.

Y se sentía agradecida por ello. Aliviada de que no hubieran seguido adelante con su vida como zombis suertudos y sin escrúpulos.

Si esa carga era el precio que tenían que pagar, la aceptaba de buen grado.

Después de haber llamado a López, impartió una fascinante clase sobre el Cinema Novo brasileño, una de las nuevas asignaturas de aquel otoño.

Cuando sus alumnos abandonaron el aula al terminar, vio que tenía un mensaje de voz de Ralph en el móvil.

Kaila había tomado la decisión, decía. Iba a iniciarse.

Luana llevaba todo el verano viéndoselo venir y creía estar preparada para ello; aun así, la maraña de emociones que le provocó la noticia la pilló desprevenida.

Era un alivio, claro, pero también le daba miedo, y sintió una profunda melancolía por el futuro de su hija.

Al igual que su padre, Kaila quería proteger el sacrificio y garantizar que, quienquiera que fuese la persona sacrificada, siempre recibiese el trato más humano posible.

Pero ¿cómo iba a ser humano aquel destino para Kaila?

Cuando Luana volvía a casa en el coche aquella tarde, el sol bajo derramaba un resplandor amarillento y enfermizo en el retrovisor, y pensó: «Sí, ahora sí que se nos está echando encima. El invierno pasado ya está empaquetado y guardado, procesado o no. Se está gestando otra tormenta».

Por supuesto, se habían preparado para evitar el desastre del año anterior.

Ralph había refinado los criterios éticos: solo podían elegir enfermos terminales, y solo si no tenían pareja.

La cosecha de aquel año consistía en siete candidatos, cuatro de ellos prometedores, y tenían seis semanas por delante para ganarse su confianza.

Elizabeth había trabajado con especial ahínco aquel año.

Luana sabía todo esto y se sentía muy segura, pero eso no bastaba para disipar sus preocupaciones.

Su mente estaba puesta en Kaila y en el complicado número de equilibrio que se establecía entre los Días Oscuros y su trastorno bipolar, un campo minado que necesitaba con urgencia una limpieza.

Pero su hija estaba en una edad en la que ya no creía ciegamente en lo que sus padres le decían que era lo mejor para ella.

Empezaría a tomar sus propias decisiones precipitadas.

Durante el año, su buena suerte compensaba con creces las dificultades, pero ¿resistiría su armadura los implacables embates de su depresión de noviembre?

«A lo mejor no sale todo mal —pensó Luana mientras cruzaba el puente de acero que salvaba el río Snoqualmie y giraba a la izquierda hacia Lock Haven—. Puede que tenga dieciséis años, pero seguirá siendo una niña durante un tiempo. Aún podemos ayudarla».

Y así lo harían. En octubre, irían aumentándole poco a poco la dosis de litio en sangre para protegerla.

Y el 3 de noviembre llevarían a alguien al bosque; alguien que cumpliera todos los criterios.

Lo harían bien a la primera, como antes.

Y así las cosas no se pondrían tan mal, no como el año pasado.

Juntos, soportarían los Días Oscuros. Les esperaban grandes cosas en 2024.

Los Juegos Olímpicos de París. El inicio del último año de Kaila en el instituto.

Era septiembre, los últimos rayos del sol poniente bañaban el mundo en una maravillosa y resplandeciente noche de verano de San Miguel, y Luana depositó su confianza en esa luz.

Una noche, una semana más tarde, Kaila le pidió que leyera el primer borrador del guion que había escrito para el proyecto de solicitud de entrada a la universidad.

—¿¡Ya!? —exclamó Luana—. Has empezado pronto. Todavía te quedan dieciocho meses, ¿no?

La chica se encogió de hombros.

—Hacer películas lleva tiempo. Y estaba inspirada.

Luana le dijo que sería un placer leerlo, pero resultó que fue de todo menos placentero.

Era un noir urbano nihilista que terminaba siendo terror, y trataba sobre una chica llamada Alicia, que huía del maltrato de sus padres de clase media y con casa en las afueras para buscar fortuna en Hollywood.

Pero la primera noche se perdía en las sombrías calles de Skid Row, donde un hombre con una sudadera con capucha, cuyo rostro no se revelaba en ningún momento, le ofrecía cocaína.

Se volvía adicta enseguida y acababa viviendo en la calle.

La detenían varias veces por delitos menores —hurto en tiendas, alteración del orden público, posesión de drogas—, pero una noche lanzaba un ladrillo contra un coche desde un paso elevado y hería de gravedad a un niño.

Escapaba de la policía, y esa noche la mordía una rata rabiosa.

Alicia, presa del pánico, acudía a su camello, que la violaba.

En vez de provocarle repulsión, eso la atraía hacia él, y los dos acababan en una espiral de degeneración y violencia, en una huida continua, ambos echando espuma por la boca.

Todo acababa cuando Alicia, abrazada al camello en la oscuridad, le susurraba «te quiero» al oído y le clavaba una jeringuilla en el brazo antes de clavársela ella misma, lo que en teoría los mataba de una sobredosis.

Luana se lo llevó a Ralph de inmediato y le pidió que lo leyera. Él mostró una indulgencia que la sorprendió.

—Es, más que nada, agresividad adolescente. —Se encogió de hombros—. Es de lo que hablan las miles de canciones de hip hop, series y videojuegos que consumen a esa edad.

—¡Es de lo que hablan las pesadillas! ¿No te preocupa nada de esto? ¡Es perverso! No es propio de Kaila.

—Hace unas semanas, tu hija eligió Midsommar para la noche de peli. Tú te acostaste pronto por el trabajo. Menos mal, porque no creo que hubieras soportado verla. Es repugnante.

—Pero dice que estaba inspirada —insistió Luana—. ¿Qué la ha inspirado a escribir algo así?

Lo que quería decir era: ¿dónde estaban la belleza y la pasión del cine italiano que Kaila siempre había admirado? No… Lo que realmente quería decir era: ¿dónde se había metido su niñita?

—Cariño, se está haciendo mayor. Tiene las hormonas revolucionadas, su visión del mundo se está ampliando y está empezando a entender que la vida no siempre es el cuento de hadas que crees que es cuando eres pequeño. La verdad, yo no veo nada raro en esto.

—¿Y crees que esto no tiene nada que ver con el guion? —Hizo un gesto con el que pretendía abarcar la casa, lo que había fuera de aquellas paredes, la estación que se acercaba.

—Por supuesto que tiene que ver —respondió Ralph—. Tanto como su miedo a la depresión. Pero, si Kaila transforma su dolor en algo creativo, me parece que lo está gestionando de una manera bastante sana.

—Puede que tengas razón. Es que estoy muy preocupada por ella. Por cómo va a salir todo esto.

—Los estudios le van muy bien. Y la piscina aún mejor. Además, acaba de sacarse el carné de conducir. Yo creo que se está convirtiendo en una persona maravillosa.

—Lo sé. A veces echo de menos a la Kaila que quería chapotear en la Fontana di Trevi.

Ralph se echó a reír y la atrajo hacia sí.

—Roma fue genial. Si no se lo hubiéramos impedido, estoy bastante convencido de que lo habría hecho. Y esa Kaila sigue aquí. Siempre estará aquí. Once meses al año.

—Once meses al año —suspiró ella.

Al final, Luana habló con Kaila, pero su charla con Ralph la ayudó a mostrarse menos crítica y más dispuesta a discutir el guion por sus características.

El cambio de género del medio era demasiado inesperado, le dijo, y los espectadores se sentirían más identificados con Alicia si su vida no fuera una sarta de cosas negativas desde el principio.

Kaila le agradeció los consejos, pero la sorprendió diciendo:

—No sé. De hecho, he empezado a trabajar en algo nuevo. En este pasaban demasiadas mierdas a la vez.

Dar un giro de ciento ochenta grados: eso también era la hipomanía.

Luana lo agradeció. A veces, las cosas se arreglaban solas.

La mañana que se despertaron en Squamish Treehouses, tomaron el teleférico Sea to Sky hacia las montañas y se atrevieron a cruzar el puente colgante que llevaba al mirador con vistas al fiordo y a los picos nevados.

Allí, lejos de los turistas alojados en la cima, compartieron el paisaje con una marmota regordeta que buscaba un tentempié.

A Kaila y Django les pareció el escenario perfecto para grabar un TikTok. Inspirados por el contoneo del trasero de la marmota, eligieron «Anaconda», de Nicki Minaj, y se pusieron a bailar twerking . Luana y Ralph tuvieron que turnarse para sujetar el teléfono porque se estaban partiendo de risa.

Mientras veía a sus hijos en ese momento de felicidad absoluta, Luana se los imaginó cuando fueran mayores.

Miró más allá de las medallas de oro que Kaila ganaría y de los conciertos que Django empezaría a dar ya durante sus años de instituto, y los vio como los adultos maduros en los que se convertirían.

Quizá cada uno con su propia familia, quizá con su propio hogar en su propio sitio.

Se imaginó todo esto y pensó: «Qué hermosos son».

Allí, con las alegres carcajadas de Ralph y de sus hijos, la invadió una premonición de una oscuridad tal que la hizo desfallecer.

«Nada de eso va a suceder. Jóvenes o viejos, morirán en Bird Street.

Sin una vida propia, sin un hogar feliz.

Ellos fueron mi sueño. Y yo soy la cadena que los ata a Bird Street».

Se arrebujó el cuello del abrigo para protegerse de un viento frío que anunciaba el final de la estación.

Un escalofrío le recorrió la espalda y le puso la piel de gallina.

Contempló el paisaje silencioso que la rodeaba.

Todo parecía estar igual que antes. ¿Qué demonios le había dado?

Ralph y los niños no parecían haberse dado cuenta de nada.

«Porque no hay nada de lo que darse cuenta. Te estás asustando tú sola. Déjalo ya».

Eso hizo, y se sorprendió de lo fácil que le resultó.

Todavía faltaban más de cuatro semanas para lo que les esperaba, para lo que les oprimía, tan despiadadamente imparable como un cometa.

Pero, para cuando Django y Kaila bajaron dando saltos por las losas grises del puente y Ralph y ella los siguieron con paso tranquilo, Luana ya había olvidado su premonición.

Estaba en el lugar del que no quería marcharse, junto con la gente a la que quería. Y más que feliz.