DJANGO #4
Impulsado por un horror primigenio, el chico enganchó los dedos alrededor de la base de dos raíces, pero esta vez se aseguró de buscar también puntos de apoyo para los pies.
Más abajo, Liam hizo lo mismo. Tal vez fuera el pánico lo que les permitió superarse a sí mismos y hacer lo que no habían sido capaces de hacer hasta entonces: trepar como gusanos por el pozo, agotador centímetro a agotador centímetro.
Django agarró, tiró, cavó, empujó, apartó la cara y se aferró a raíces nuevas, más firmes.
El pozo se había convertido en un caos tan enmarañado que había montones de sitios a los que agarrarse.
Cada vez que temía haberse atascado, rugía y se propulsaba a través de las venas retorciendo el cuerpo, encontrando otro camino hacia arriba.
Ya no veía manos, pero las sentía más que de sobra.
Las sentía por todas partes, acariciándole la espalda y las pantorrillas.
Django pataleaba y gritaba y, en algún momento, se puso a cantar.
Jamás recordaría qué, pero cantó hasta que le dolió la garganta, y luego se echó a reír.
En el momento más oscuro de su vida, el chico sintió una euforia extraña y, cuando más tarde le contó a su padre el episodio que había vivido en el bosque, omitió esa parte porque, aunque solo tenía once años, intuía que se había acercado peligrosamente a la locura.
Un último empujón lo sacó del pozo como si fuera un muñeco impulsado por un resorte, y Django se desplomó bocabajo sobre una maraña de ramas al borde del agujero, jadeando.
Le sorprendió la calidez del suelo del bosque.
La oscuridad ya era absoluta, las estrellas parpadeaban en el cielo.
Allí arriba, hacía una agradable noche de finales de verano, y ¿por qué no iba a cerrar los ojos un segundo?
Solo necesitaba quedarse un rato allí tumbado, escuchando a los mosquitos, quizá echarse una siesta.
Entonces alguien lo agarró del brazo y tiró de él: Liam.
—Nos largamos —jadeó—. Ahora mismo.
Más tarde, no recordaría gran cosa de su salida a través del bosque, solo que la oscuridad era monumental.
Sí recordaba que no hablaron. Algo había cambiado entre ellos.
Para siempre, supuso Django, aunque no era capaz de identificar el porqué.
No dejaba de pensar en todas aquellas manos.
En cómo se habían deslizado en masa por el cuerpo de Liam.
Marcándolo.
Cuando menos lo esperaban, se toparon con la valla metálica, y el resplandor amarillento de una farola los guio hasta la zanja que habían cavado tras la parcela de los Aikman.
Debatieron adónde ir: si a casa de Liam o a la de Django. ¿Qué padres serían más comprensivos? Pero necesitaban saber si Harper había conseguido llegar, así que se decidieron por la de Liam.
Harper no había vuelto a casa.
Y sus padres estaban furiosos.
Por supuesto, llamaron a los de Django de inmediato.
Estaban fuera de sí. ¿Cómo habían podido ser tan idiotas?
¡Y para qué narices estaban las normas! Pero, incluso en esos momentos, Django vio algo más en la mirada de papá.
No lo culpaba a él, se culpaba a sí mismo.
Estaba claro que tarde o temprano tendría que pasar algo así.
Papá, Marc, Gray Júnior y el señor Aikman salieron con linternas a buscar a Harper.
Mamá se llevó a Django a casa y lo mandó a su habitación.
En la cama, probó unas mil posturas diferentes y ninguna hizo que le entrara sueño.
Pero al final se quedó dormido, porque se despertó cuando papá entró en su habitación mucho más tarde.
Habían encontrado a Harper en las ciénagas, dijo, metida en el agua hasta la cintura.
Le había dado una hipotermia, pero tenía suerte de estar viva.
—¿Viste algo extraño ahí abajo? —le preguntó Ralph, sentado en el borde de la cama.
—No —respondió Django—. Solo nos quedamos atascados.
—Harper podría haber muerto. ¿Lo entiendes? Le pedisteis que cruzara sola el bosque. Podría haber pasado cualquier cosa. Podría haberse caído en una zanja o haberse dado un golpe en la cabeza contra una piedra. Podría haberse ahogado. Un oso o un puma podrían haberla atacado.
«U otra cosa», pensó Django. No hacía falta decirlo en voz alta, porque lo vio reflejado en los ojos de su padre.
Se quedaron en silencio un rato y papá empezó a enrollarse el pelo de Django en un dedo, algo que al niño siempre le había gustado.
—¿En qué estabais pensando? Ya conocéis las reglas. El bosque es peligroso.
—Pero ¿no tenemos siempre tanta suerte? Creíamos que, siendo nosotros, no nos pasaría nada.
Su padre le lanzó una mirada larga e inescrutable y luego negó con la cabeza.
—No hay medicina contra la estupidez.
El castigo se discutió a la mañana siguiente, durante el desayuno.
Dos semanas sin salir, hasta el final de las vacaciones de verano.
Y sin paga durante un mes. Y tareas domésticas, muchas tareas domésticas.
Mamá y papá lo habían hablado con los Wachowski y Liam pagaría el mismo precio.
Pero ya no estaban enfadados, no de verdad.
La pesadilla de la víspera parecía haberse desvanecido, como si fuera algo que había pasado hacía tiempo, puede que durante los Días Oscuros del último año.
Mamá fingió ser uno de los miembros del jurado y papá dictó el veredicto como un juez de verdad, golpeando la mesa de la cocina con su mazo, y todos se partieron de risa.
Se acabó el andar por ahí haciendo el tonto con Liam durante lo que quedaba de verano, pero Django se dio cuenta de que no le molestaba. No le habían quitado el piano, y eso era lo más importante.
Después de desayunar, mientras Django frotaba el horno con un estropajo y una botella de Don Limpio, mamá entró con el iPad.
—Tienes un mensaje.
—¿De quién? —preguntó Django.
—Viene con un correo electrónico —dijo mamá, lo cual no era una respuesta—.
«Por favor, acepta mis disculpas por los meses y meses de retraso en responder.
Tras su fallecimiento, esto quedó traspapelado entre un montón de trámites.
Grabó este mensaje unas semanas antes de morir.
Estoy segura de que le habría encantado saber que por fin te ha llegado».
Era un vídeo grabado con un teléfono. El hombre era más viejo que Matusalén y llevaba una chaqueta roja con brillos. Su acento sureño era aún más marcado y ceceaba debido al derrame cerebral, pero Django lo reconoció al instante.
«Hola, hola, hola —dijo—. Mi mánager me ha enseñado tu carta de admirador y el vídeo que me enviaste, y te he visto tocar.
Tengo que decir que, entre toda esa puñetera basura hippie de hoy en día, no hay mucho que me impulse a marcar el ritmo con el pie, pero Django, tú te abres en canal.
Tocas con pelotas y juegas con fuego, igual que hacía yo.
—Se rio entre dientes y chasqueó los labios—.
A mí me llamaron el primer salvaje del rock and roll, pero a ti te llamo el segundo.
Si fuera diez años más joven, te invitaría a Luisiana para que te convirtieras en mi protegido, pero me temo que mis días de piano han quedado atrás.
Un hombre no puede tener toda la suerte del mundo, Django, pero, ya sabes, no hay nada que no seas capaz de hacer siempre y cuando lo hagas con fuego.
Hazle caso a tu buen amigo Jerry Lee Lewis».