Días oscuros DJANGO #3
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DJANGO #3

—Dale la espalda al agua y aléjate de ella en línea recta. Llegarás al bosque y, a partir de ahí, solo tienes que bajar la ladera. Puede que encuentres las señales de Liam, pero no te preocupes si no las ves. Tú sigue bajando hasta llegar a la valla. No tiene pérdida.

Unos segundos de silencio.

—¡Tengo miedo!

—¡Tienes que hacerlo, Harper! —gritó Liam, y Django notó la desesperación que le teñía la voz—. ¡O no saldremos de aquí!

—¡Pero Hansel y Gretel también siguieron el rastro de vuelta y solo se encontraron a la bruja!

—¡En Lock Haven no hay brujas! —gritó Django.

Liam bajó la voz:

—¿Y la señora Aikman?

Django reflexionó sobre las palabras de su amigo.

—¡Excepto quizá la señora Aikman! —gritó—. ¡Pero, una vez que llegues a su casa, solo tienes que cruzar la calle!

—¡Es que no quiero ir sola!

Aquello era desquiciante. ¿Cómo se hacía entrar en razón a una niña de siete años?

—Escucha —gritó—. ¡Todavía hay luz, todavía puedes encontrar el camino de vuelta! ¡Solo tienes que caminar cuesta abajo! Pero, si sigues esperando, oscurecerá y hará frío, y entonces las brujas sí que saldrán arrastrándose del agua ¡y los lobos también!

—¡Y los Jibblymowers! —añadió Liam. A Django le confió—: Les tiene miedo.

—Y los Jibblymowers —gritó Django—. Así que es mejor estar allí que aquí. ¡Tienes que buscar ayuda lo antes posible!

Otro silencio largo.

—Vale —oyeron entonces.

—¡Muy bien, Harper! ¡Así se hace!

—¡Me voy ya!

—Oye, Harper —gritó Liam. Su hermana lanzó una última mirada hacia abajo—. No te caigas en ningún agujero.

El rostro de la niña desapareció de la abertura y ambos se quedaron callados.

—¿Crees que encontrará el camino? —preguntó al fin Django.

Liam se limitó a mirarlo con una expresión que indicaba que estaba al borde del colapso. Quizá fuera mejor no responder a esa pregunta. Quizá fuera mejor esperar sin más.

No, esperar le desquiciaba. Así que hizo otro intento de salir del pozo. Apartando las ramas delgadas que tenía por encima, impulsándose con otras; pero, por más que lo intentara, todas se desprendían, y debía tener muchísimo cuidado de no hundirse aún más.

—No sirve de nada —dijo Liam cuando Django se rindió.

La voz de su amigo sonaba extraña. No solo porque esta vez viniera de más abajo ni porque Django percibiera la desesperanza que la impregnaba.

Sonaba como una voz salida de una tumba.

La luz cambió. El cielo color miel de agosto dio paso al resplandor apocalíptico del sol poniente. El día comenzaba a desvanecerse y, entre la tierra, a Django se le iban acostumbrando los ojos a la oscuridad.

Era imposible saber cuánto tiempo había pasado.

La espera era horrible, pero más horrible aún era que hubiesen dejado de hablar.

Django sabía que se debía a algo más que al miedo.

Estaba experimentando una inusual sensación de animadversión hacia su amigo.

Era a Liam a quien se le había ocurrido aquel plan.

Quien había empezado a cavar esa estúpida zanja por debajo de la valla y quien había seguido insistiendo en que avanzaran, incluso después de que se hubiesen perdido y de que Harper se asustara.

Y Liam era quien había removido el montón.

Si había que culpar a alguien, era a Liam.

«Da igual de quién sea la culpa. Los dos habéis roto las normas y ahora estáis pagando las consecuencias. Harper se ha torcido el tobillo, o se la ha comido un lobo, y aquí no hay nadie para ayudaros».

Se sacó ese pensamiento de la cabeza y se estremeció.

Era mejor concentrarse en conservar el calor.

Aunque arriba era verano, bajo tierra hacía frío y los músculos ya se le estaban agarrotando.

Frotarse las extremidades quedaba descartado si no quería alterar el frágil equilibrio de las ramas que lo sostenían.

«No tendrías que haberle hecho caso a Liam. Te dijo que los Jibblymowers te atraerían a sus agujeros, pero la verdad es que ha sido él, ¿no? Él te ha atraído aquí».

¿Qué era aquel agujero?

No lo habían cavado los humanos, eso lo tenía claro. Ni siquiera los druidas.

Simplemente estaba.

Y estaba mal.

Desde arriba, muy lejos, tal vez desde el otro lado del agua, le llegó un grito áspero e histérico.

A Django se le pusieron los pelos de punta y sintió que se le encogían las retinas.

El chillido se elevó como una sirena, se quebró en carcajadas y terminó convirtiéndose en un sollozo.

Django no conocía ningún pájaro capaz de producir un sonido así.

El grito se apagó y ahora, por encima del pozo, el cielo era de un morado intenso, salpicado de unas chispas rápidas que Django reconoció como luciérnagas. Dentro del pozo, el frío ya no era solo físico y no podía dejar de temblar.

Bajó la vista. Desde la oscuridad, Liam lo miraba de hito en hito. Tenía los labios azules. Por debajo de la piel pálida le asomaba una red de venas, y los ojos le ardían con una intensidad gélida y acusadora.

—Te has acostado con mi Catherine —dijo.

—¿Q-qué?

—Olí el oro en el norte y tú me robaste a mi mujer.

A Django se le hundió el corazón en el estómago. A Liam le pasaba algo, algo horrible. No podía dejar de mirarlo. Los ojos de su amigo eran dos canicas ahumadas de ira sombría. Intentó pronunciar su nombre, pero lo único que le salió de los labios fue un susurro ronco.

Una sonrisa hueca y aterradora le deformó el rostro a Liam. Fue como si se le hubiera caído una máscara y, en ese momento, Django se dio cuenta de que no era Liam quien estaba con él en la oscuridad, sino un desconocido.

—Es demasiado tarde —dijo el extraño—. No puedo salvarte. La oscuridad es solo nuestra, y tus huesos y los míos nunca… se… separarán…

Entonces el mundo dio un vuelco vertiginoso y una avalancha de ramas cayó sobre él.

Solo que no eran ramas, eran huesos, y brillaban con un resplandor enfermizo bajo la luz moribunda.

Django jamás había experimentado un pánico así.

Se revolvió, buscó a tientas, se hundió cuando las raíces se partieron bajo su peso y, con cada movimiento, caía más y más hacia aquella cosa que una vez había sido su mejor amigo, pero que ahora era algo distinto.

El pozo se inclinó hacia atrás y giró en dirección contraria.

Unas manchas grises le brotaron ante los ojos, los oídos le zumbaban y, en un último y desesperado esfuerzo por conservar la cordura, el corazón le desalojó toda la sangre del cerebro.

Aquello era puro terror y, presa de él, Django se desmayó.

Cuando despertó, estaba desorientado. Un traqueteo de huesos.

Alguien que gritaba su nombre. Con un sobresalto, recuperó el sentido.

Seguía dentro del agujero, suspendido en una red de raíces que gemían.

Así que no había sido un sueño. Eran las ramas lo que traqueteaba, no huesos. Liam se estaba moviendo.

Pero ¿era…?

—¡Django! ¡Django, por favor!

Sí, era Liam. Había lágrimas en su voz.

—Estoy aquí, Liam.

—Dios mío, se te estaba yendo la olla…

—Lo sé. Ya estoy bien. Por favor, no me sueltes.

Porque era cierto: Django sentía las manos de su amigo en el cuerpo.

Debía de haberse hundido hasta su altura y Liam lo había rodeado con los brazos.

Quizá para consolarlo. Quizá porque él mismo ansiaba un abrazo.

En circunstancias normales, le habría dado vergüenza, pero ahora Django lo agradecía de todo corazón. Seguían siendo amigos.

Estiró el brazo y le agarró una mano a Liam. La mano se aferró a la suya. Estaba fría.

—Perdóname —dijo su amigo en voz baja—. Es culpa mía que estemos aquí. No tendría que haberme empeñado.

Entonces Django se estremeció hasta la médula de los huesos.

La voz de Liam. Venía al menos de metro y medio más abajo.

Bajó la mirada y, en la penumbra, vio las manos de Liam sobre su camiseta amarilla, sucias y mugrientas.

Había tres.

Django apartó la mano con brusquedad al mismo tiempo que un espasmo brutal lo atravesaba como una descarga eléctrica.

Al instante, la rama que le sostenía los pies se partió y Django se hundió medio metro más.

Se estremeció, sintió un hormigueo en la piel, se retorció porque todavía notaba aquella mano en la suya, como un eco, y solo entonces cobró conciencia de lo pulposa e inerte que le había parecido.

—¡Liam!

—¡Eh…! —gritó el otro—. ¿Qué estás haciendo?

—¡No estoy haciendo nada!

—Claro que estás haciendo algo, ¡me has tocado!

Ahora sí que le hormigueaba todo. El cuello. El pelo. Las axilas. Roces por todas partes. Caricias, casi. Django levantó la cabeza de golpe.

«Manos por todas partes».

Venían de la tierra que había por encima de él, por debajo de él, a su alrededor. Se estiraban para tocarlo. Gritó y las manos se replegaron entre las raíces, como si el ruido las hubiera disuadido.

—¡Qué coño es esto! —gritó Liam.

—¿Qué pasa?

—¡Hay algo aquí abajo!

—¡Aquí también!

—¡Qué cojones! ¡¿Qué cojones es eso?!

Cuando volvió a mirar hacia abajo, el mundo titiló ante los ojos de Django. La oscuridad estaba plagada de manos que flotaban. Liam las tenía por todas partes, se le deslizaban por la cara y los brazos, por debajo de la camiseta, por el pelo. Su amigo se sacudía y gritaba.

Lo que Django hizo a continuación fue puro instinto, y era lo único que podía hacer.

Se agachó y, con la boca hacia abajo, rugió con todas sus fuerzas.

Con más fuerza que Little Richard en «Good Golly, Miss Molly».

Con más fuerza que James Brown en «I Feel Good».

Qué coño, con más fuerza que The Killer durante sus actuaciones más salvajes en The Steve Allen Show .

Como ratas asustadas, las manos salieron disparadas en todas direcciones y desaparecieron. Liam se incorporó de golpe, sacudiéndose el cuerpo, gritando.

—¡Muévete! —rugió Django—. ¡Ya!